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Prensa y canon · Biografías

«Estudios biográfico-literarios, dedicados a mi buen amigo don Antonio T. y la Quintana. Don Alonso de Ercilla. Continuación»

Autor del texto editado
A. S. G.
Título de la obra
El Genio, Tomo I, n.º 16, 27/07/1846
Autor de la obra

Edición
Cádiz: Imprenta de la Sociedad de Recreos Literarios, 1846
Paginación
pp. 61-62
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 18 junio 2025

ESTUDIOS BIOGRÁFICO-LITERARIOS, DEDICADOS A MI BUEN AMIGO DON ANTONIO T. Y LA QUINTANA.

DON ALONSO DE ERCILLA

(Continuación)


Las revueltas que agitaron al Perú así que estuvo avasallado por los españoles fueron causa de la peregrinación que hasta las sierras de Chile efectuó Diego de Almagro, primer europeo que a costa de diversos contratiempos logró internarse en aquellas desconocidas tierras.

Las conquistas de Méjico, Perú y Chile se sucedieron con tal rapidez y en tan breve espacio, que a no haberse visto se tomaría por imposible que el atrevimiento y constancia de algunos aventureros diera cabo a semejante obra, no menos dilatada que costosa. Vasco Núñez de Balboa, yendo en busca de nuevas posesiones, partió en 1513 de la Isla Española, 1 aportó en Santa Marta (Nueva Granada) y, continuando sus escursiones por el istmo de Dasien, díjole una vez un indio que si quería ver el mar subiese a una montaña vecina. Púsolo en ejecución el caudillo y, con grata sorpresa de sí mismo y de cuantos le rodeaban, descubrió el Pacífico.

Muerto Balboa, quedaba un hombre que, aunque de escasa instrucción, le igualaba en osadía. Este era Francisco Pizarro, que, habiéndole acompañado en dicha espedición, tampoco dudaba de señorearse por sí solo de vastas comarcas. Algunas tentativas alcanzadas con buen éxito probaron al audaz soldado que existían realmente estensas regiones, y acaso soñó que alguna de ellas la varia fortuna habría de colmarle de mercedes. Perú llamose este país de promisión que dio vuelo a no pocas esperanzas e hizo elevar grandiosos castillos, como si cada cual tuviera asidos los azares de la suerte. Formose entonces una coalición que por su naturaleza y la calidad de los sujetos que la compusieron ha sonado mucho en la historia. Pizarro a la vista de Tumbez, 2 ensenada del Perú, desde su frágil piragua dispuso a su antojo de un territorio que aún no había conquistado, bien que nada de cuanto halagüeño concibe la fantasía se escapó a su esquisita penetración, mostrando por este medio el afán que lisonjeaba su orgullo. Pero Pizarro, 3 bastardo de nacimiento, hombre sin estudios, pues no sabía leer siquiera, y que en su juventud guardaba cerdos en su patria, a pesar de contar meses en América, no tenía recursos ni gente a propósito para plantear su proyecto. Estos nublados desaparecieron pronto. Residía en Panamá Hernando de Luque, capellán y maestro de escuela de esta pequeña colonia y señor de la Taboga, isla cercana, y persona que atesoraba más riquezas que cumplidos conocimientos, con cuyos manantiales pensaba fecundar los campos de su ambición. El deseo de aumentarlas no le desvelaba como el de ascender en su carrera, pretensión algo difícil de conseguir en tiempos en que solo el favor o una inteligencia superior se abría paso entre la turba de aspirantes a calzarse los principales grados de la milicia del cielo. Pasaba por amigo de ambos el expósito Diego de Almagro, viejo soldado de quien pudiera decirse que tenía medido el terreno hasta allí conquistado, tal era su intrepidez. Su alma de hierro sufría las penalidades con la mayor resignación, saliendo airoso siempre en todos los trances. Competía con su arrojo la generosidad que mostraba para con sus compañeros, que disfrutaban sin restricción alguna del botín, y satisfacía su amor propio más oír su nombre envuelto en estrañas aventuras que no verse ahogado entre el incienso del mando, no cabiendo en su franco pecho la doblez y suspicacia que abrigaba el de Pizarro. Estos tres ambiciosos inflamados por la codicia y el deseo de ilustrar sus nombres no tardaron en comprenderse. El historiador peruano Garcilaso de la Vega 4 con un rasgo de delicado ingenio compara a este célebre triunvirato con el que crearon Antonio, Ocatvio y Lépido luego que cayó César bajo la cuchilla de Bruto, con intento de apoderarse del imperio romano, y dice que así como estos no tuvieron escrúpulo en querer repartirse el Viejo Mundo a aquellos no les faltaba ardimiento para apropiarse del Nuevo. Aquí desmiente la historia un axioma que se tiene por alma de las empresas; asegura que la juventud es la única que puede acometer tales heroicidades; sin embargo, ni Luque ni Pizarro ni Almagro tenían la edad en que tienen más fuerzas las pasiones, pues pasaban ya todos de cuarenta años, pero conservaban tan puras las ilusiones como la vez primera que blandieron las armas. De humilde estado eleváronse a la cumbre de los honores y sobrepujaron en el goce de ellos a otros hombres de alta jerarquía, que se vieron obligados a apartarse para dejar brillar y hacer interesantes en los anales de los siglos a los colosos del valor y la fortuna. No faltará quien lleve la sangre del labriego de Trujillo y mantenga en los cuarteles de su escudo los blasones del marqués de Atavillos y de las Charcas, conquistador y adelantado del reino de Perú, títulos concedidos por la majestad de Carlos V a Francisco Pizarro y dignos de aplauso cuanto que dimanan del heroísmo de la persona y no de las antesalas de palacio.



A.S.G.

Continuará.

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