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Prensa y canon · Biografías

«Estudios biográfico-literarios, dedicados a mi buen amigo don Antonio T. y la Quintana. Don Alonso de Ercilla»

Autor del texto editado
A. S. G.
Título de la obra
El Genio, Tomo I, n.º 9, 07/06/1846
Autor de la obra

Edición
Cádiz: Imprenta de la Sociedad de Recreos Literarios, 1846
Paginación
pp. 33-34
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Esther Márquez Martínez
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 18 junio 2025

ESTUDIOS BIOGRÁFICO-LITERARIOS, DEDICADOS A MI BUEN AMIGO DON ANTONIO T. Y LA QUINTANA.

DON ALONSO DE ERCILLA


La época en que la política española dominaba tanto en Roma como en el resto del mundo; que sus armas triunfaban en Pavía, San Quintín y Lepanto; que sus bajeles surcaban todos los mares, ya pretendiendo domeñar al África, ya buscando ignotas regiones en el país nuevamente descubierto; y que, por último, los algún día terribles hijos de San Ignacio se esparcían por el corazón del Asia, había de ser fecunda en grandes y extraordinarios acontecimientos. Nuestra madre-patria llegó entonces al apogeo de la gloria, y tal supremacía alcanzaban sus triunfos, que en sus estados, según una feliz expresión hoy día muy vulgar, jamás se ponía el sol. Rotos los vínculos del feudalismo, que tendía más bien a dividir que a hermanar la sociedad y a hacer que gravitasen sobre los unos más pechos que sobre los otros, la nueva era regeneradora aparecía en su más brillante esplendor. El espíritu caballeresco aún conservaba todo el fuego necesario para animar a los hombres a atrevidas empresas; y así aconteció que multitud de aventureros sin títulos, hogar, ni más patrimonio que su lanza se arrojaron al combate, conquistando nombres que debían solo a su valor, y dando a su patria toda la fama que merecía. En busca del lauro y con un mosquete marchaban primeros los reyes y a su lado los soldados que, conforme el dicho de Hernán Cortés, habrían de legarles más reinos y provincias que las que ellos habían heredado de sus abuelos. Sucedíanse las victorias a las victorias, y en la hora del combate era más noble el que más pronto saltaba la trinchera. Tal era el carácter de heroísmo que constituyó el siglo XVI, ese siglo de turbaciones religiosas, conquistas y descubrimientos, en cuyo seno se nutría el germen de la cultura, tolerancia y libertad moral, que a no dudarlo será la oriflama de los siglos venideros.

En medio del estrépito que agitaba por do quiera a la sociedad española, y al arrullo de nuestros cañones, que retumbaban a la vez en los más distantes países, se formó nuestra literatura, que por los sazonados frutos que entonces produjo se ha granjeado el epíteto de siglo de oro de las bellas letras españolas. Sublimes ingenios coronaron el éxito de tan brillantes hazañas, ora tomando la pluma, ora empuñando la espada, desde el tierno Garcilaso de la Vega hasta el fénix de nuestros vates Féliz Lope de la Vega Carpio, vega también amenísima, y cuyos vergeles florecerán mientras subsista el teatro español Pero ninguno de estos esclarecidos vates hizo resonar con más valentía y ardor la trompa épica que don Alonso de Ercilla y Zúñiga, que en los confines del nuevo mundo cantó las proezas de las legiones españolas con los bravos Araucanos.

Bajo las eternas nieves de los Andes y en el país de los cien volcanes, sobre cuyas cimas cierne sus alas el atrevido condor, 1 tuvieron lugar sucesos de mucha importancia para la historia de las conquistas de los pueblos, que quedaran ignorados si el talento de Ercilla no hubiera sabido modularlos con tanto tino y maestría, que su patria no titubeará jamás en acoger su obra como una de las mejores muestras de la verdadera poesía castellana.

No había aun cuarenta años que el intrépido Cristóbal Colón, después de andar a la merced de los vientos, arribara a las rocas de Guanahani, 2 que cual puerto de bendición apellidara San Salvador, cuando los españoles no contaban ya los límites de su imperio. A pesar de tener que combatir con tribus de diversas costumbres de los demás hombres con quien hasta allí se habían relacionado, a pesar de presentárseles como un obstáculo insupurable la variedad de climas que los diezmaba completamente, ni el hambre, ni la fatiga, ni los males que sufre el que está separado de su país natal, pudieron detener a un puñado de hombres de extender su dominación por aquellas inmensas llanuras. Sin duda, era voluntad del destino que la América fuese adquisición de España, que, a no ser así, difícilmente la hubiera avasallado nación alguna. Los extranjeros para calumniarnos dicen que los españoles deben su engrandecimiento a su sed de oro; ciertamente que este incentivo contribuyó a que muchos arrostraran tantos peligros; pero también es verdad que nadie hubiera pisado aquellas playas si no existiera un móvil que los alentara. Poco tiempo bastó para que el fuerte imperio de Moctezuma fuese derrocado por Cortés y para que los valerosos incas sufriesen el yugo de los Pizarros, que ensangrentaron sus apacibles comarcas con su ambición y rivalidades. El genio investigador de Fernando de Magallanes abríase paso por do quiera que dirigía sus naves, y, prestando su nombre al estrecho que separa la Patagonia de la Tierra del Fuego, intentaba dar la vuelta alrededor del mundo, cuando fue muerto por los indígenas. Juan Sebastián Cano, natural de Guetaria en Vizcaya, más afortunado que él, habiendo salvado su vida de tantos trabajos realizó sus proyectos, y después de tres años de penoso viaje, en 6 de Setiembre de 1522, ufana la Victoria, único bajel que trajo consigo, besaba las aguas de Sanlúcar de Barrameda. En esta sorprendente expedición fue descubierto Chile, el campo de la historia de Ercilla.



A. S. G.

(Continuará.)

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