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Prensa y canon

«Examen crítico del teatro antiguo. Aguilar y Lope de Vega (continuación)»

Autor del texto editado
Morón, Fermín Gonzalo de
Título de la obra
El Iris. Periódico artístico y literario, Tomo II, n.º 21, 21-11-1841.
Autor de la obra
Mellado, Francisco de Paula (dir.)
Edición
Madrid: 1841
Paginación
pp. 326-331
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Biblioteca Digital Memoria de Madrid. (texto completo)
Información técnica
Editor: Juan Montero
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 16 junio 2025

EXAMEN CRÍTICO DEL TEATRO ANTIGUO.

Aguilar y Lope de Vega

(continuación)


Al legar Felipe II la dirección de su vasta y poderosa monarquía a Felipe III, presenta España una fisonomía política diferente. La heroica raza de Carlos V, que había producido a don Juan de Austria, a Alejandro Farnesio y a Felipe II, bastardeó y degeneró hasta el envilecimiento en su segunda, tercera y cuarta generación real. Príncipes educados con lujo y orientalismo en magníficos palacios y enervados y degradados por escrúpulos de conciencia y por ideas de fanatismo supersticioso, entregaron el gobierno de la nación a merced de miserables validos, que la condujeron por una serie no interrumpida de calamidades, de derrotas y de ignominias al estado de desorden, de abandono y de postración de que la sacó en 1701 la nueva y vigorosa raza de los Capetos de Francia. La religión desde Fernando I hasta la muerte de Felipe II (1474 a 1598) había secundado los designios de estos, y la intolerancia del clero y de la Inquisición, a pesar de su poder, había estado subordinada a su autoridad. Mas desde Felipe III la dignidad real decae de su antiguo poderío, el sentimiento religioso toma una dirección exagerada y funesta, el clero se hace superior al monarca, y se pierde en medio del ocio, de los deleites y del envilecimiento producido por la tendencia material y supersticiosa de las doctrinas eclesiásticas aquel antiguo vigor y extraordinaria energía que hicieron célebre a España. La poderosa monarquía de Fernando el Católico y Carlos V pasó a ser dirigida por las mezquinas y erradas ideas de teólogos y confesores reales, sin cuyo dictamen no se trató ni decidió materia alguna de importancia desde esta época hasta la de Carlos III (1598 a 1759). Aquella población marcial, vigorosa, llena de entusiasmo y de genio en el reinado de la célebre Isabel vino a caer en manos de miserables pigmeos, que enervaron su valor y sofocaron toda su energía moral. Debe, no obstante, confesarse que la debilidad misma del gobierno desde Felipe II favoreció al desarrollo literario. Había sido tan severa y terrible la dominación de Felipe II, que ella llegó en cierto modo a encadenar duramente al ingenio español. Y nosotros podemos después de su muerte decir lo que los franceses después de la de Luis XIV: se sintió que el individuo era más libre que en el anterior reinado. Felipe III, sin embargo, entregado a clérigos y religiosos, y más amigo de las procesiones y de los conventos que de las diversiones teatrales, volvió a consultar en una junta de teólogos sobre si eran o no lícitas. Esta opinó «que las comedias, conforme hasta allí se habían representado y solían representarse en los teatros con los dichos y acciones y meneos y bailes y cantares lascivos y deshonestos, eran ilícitas y era pecado mortal representarlas». Después indicó las condiciones bajo las cuales podían permitirse, y entre otras cosas manifestó que en las iglesias y conventos se representasen comedias solamente ordenadas a devoción, que en los teatros fuesen examinadas y vistas representar lo menos por un teólogo antes de la representación pública, y que se nombrase un juez ejecutor de las penas impuestas a las infracciones de esta disposición. El Consejo de Castilla aprobó este dictamen con ligeras restricciones, y el teatro español quedó desde 1600 1 sujeto al más estrecho y ridículo ceremonial. Mas, ¿qué importaban las trabas que el ascetismo de los teólogos oponía al desarrollo dramático en medio de un país entusiasmado por las artes, la poesía, el teatro y todos los placeres de la imaginación? ¿Qué influencia podían tener los escrúpulos de conciencia de Felipe III y de estrictos moralistas en un pueblo amante de su historia, de sus hechos heroicos y maravillosos, y que contaba además con ingenios tan esclarecidos como el de Lope de Vega? Ninguna, por cierto. Así es que la época brillante del teatro español puede señalarse desde 1598 hasta 1665. Abre su magnífica marcha el autor de la Jerusalén conquistada, continúa su brillo y fecundidad hasta la muerte de Felipe IV. Mas antes de entrar en el examen del genio dramático de Lope de Vega, ya que no nos es posible por la naturaleza de nuestro trabajo analizar las medianas comedias de Guillén de Castro y las de Cervantes, cuyo talento era más propio para el entremés y la pintura de la parte cómica de la vida que para el drama histórico y la comedia heroica, citaremos algunos trozos de El mercader amante, de Aguilar, y ellos servirán a demostrar el tono sublime y caballeresco de nuestro teatro y los adelantos del mismo en la época de Lope de Vega.

Belisario, mercader rico, y dotado de bellísimas prendas, quiere experimentar el cariño de la mujer con quien debe casarse, y al efecto esparce la noticia del naufragio de cinco buques suyos y de su completa indigencia, entregando sus bienes bajo una venta fingida a un criado para pagar las deudas. Dos mujeres que antes le amaban le abandonan en su desgracia, y otra se apasiona de él hasta el extremo de querer matar al amante con quien su padre la quiere casar y después a sí misma para no hacer traición a Belisario. Tal es el argumento de esta comedia, sostenido por mucho tiempo con gran interés, sin saberse cuál será el desenlace. La fidelidad de Astolfo, criado de Belisario, y la de Labinia, su amante, no puede subir a mayor punto, y el teatro en esta pieza se eleva a la sublimidad de Lope de Vega, de Rojas y Calderón. Es notable, para conocer el tono noble y heroico de la misma, el siguiente diálogo de don García:

y aun de eso reniego yo,
que ya los hombres honrados,
cuando tratan de casar
sus hijas, suelen dejar
los duques por los ducados. 5
Busquen, busquen caballeros,
que, codiciosos de alabanzas,
traten en cuentos de lanzas,
y no en cuentos de dineros.
Busquen hombres bien nacidos, 10
que en batallas y en amores
salgan siempre vencedores,
y jamás salgan vencidos.
Y busquen, si puede ser,
un yerno hidalgo y discreto, 15
porque le tenga respeto,
y no miedo la mujer.
Mas todo a perder se viene,
pues la de mayor decoro
se casa con el tesoro, 20
y no con el que lo tiene:
Y si el tesoro se aleja,
y con el tiempo se pasa,
puede decir que se casa
con marido que la deja.
Toda aquesta perdición 25
sufre una mujer honrada,
y es la condición malvada
de su padre la ocasión.
Porque los padres tiranos,
Con Sus Vejeces Prolijas, 30
Por Hacer Ricas Las Hijas,
Hacen los nietos villanos.


Si brillante es la arenga de don García, es todavía más interesante, por su ternura y sublimidad, la respuesta que Labinia da a su padre, al proponerle el casamiento con un hombre muy rico:

Yo he de querer el tesoro,
padre, que nunca he querido.
¿Yo que a los ricos olvido?
¿Yo que la pobreza adoro?
¿Yo que menosprecio ya 5
de tal suerte la riqueza,
que me agrada la pobreza
por un sujeto en que está?
Un hombre rico me das.
Yo quiero tomarle pobre, 10
y, como el valor le sobre,
que le falte lo demás.
Y por mi satisfacción,
quiero escogerle y tomarle
tan pobre que pueda darle 15
de limosna el corazón.
de limosna el corazón. 2


Las reflexiones hechas y los extractos que hemos presentado de las comedias de Torres Naharro, de Juan de la Cueva y de Aguilar, de las opiniones literarias del segundo y de Lope de Vega en sus respectivas obras El Ejemplar Poético y Arte de hacer comedias, y de la loa de Agustín de Rojas sobre el origen de estas, creemos serán suficientes para demostrar a nuestros lectores que el teatro español se hallaba ya formado con sus bellezas y defectos especiales en los últimos años del siglo XVI y con anterioridad a la colosal y bien merecida reputación de Lope de Vega. Empero, en este siglo, todavía las traducciones de Oliva, Abril y Boscán, las comedias de Cózar, Fuentes, Ortiz, Mejía y Malara, y las opiniones literarias de Cervantes lucharon, aunque inútilmente, por detener el atrevido vuelo de la comedia española, y sujetar esta a las estrictas concepciones de la poética de Aristóteles. Fue, pues, la gloria inmortal de Lope de Vega fijar el verdadero carácter de nuestro teatro, sustituir a los preceptos de la antigüedad ideas más justas y libres sobre la poesía y la dramática moderna, elevar aquel a su mayor brillo y apogeo, y probar con la belleza y fecundidad prodigiosa de sus comedias que el rumbo adoptado por él y Juan de la Cueva era el único que agradaba y encantaba al pueblo español, el único que ofrecía abundante cosecha de aplausos y laureles a los poetas dramáticos, y el único que podía dotar a nuestro país de un teatro rico y verdaderamente nacional.

Presentada, pues, ya la rápida reseña del estado de las costumbres y de la dramática hasta principiar el siglo XVII, cumple ahora a nuestro propósito examinar las comedias más célebres de Lope de Vega, Calderón, Rojas, Tirso de Molina, Moreto, Alarcón y Solís. Todos ellos, si se exceptúa el primero, florecieron en el reinado de Felipe IV (1621 a 1665) y fueron hasta cierto punto contemporáneos. Por ello, a pesar del mérito distinguido del Curso de literatura dramática del alemán Schlegel, que ha abierto a la crítica literaria una dirección más vasta y filosófica que la seguida anteriormente, y cuyas doctrinas sobre las artes y la poesía son bastante conformes a las que hemos defendido en este trabajo, no podemos de ningún modo adoptar la marcha que él abrazó en su rapidísimo, si bien apreciable, juicio del teatro español. Señalar, pues, como él hace en la lección 16, tres épocas distintivas del progreso del arte dramático en España por los tres famosos escritores, Cervantes, Lope de Vega y Calderón, es cosa que demuestra indudablemente que el eminente crítico de Alemania no conocía profundamente el relevante mérito de los poetas contemporáneos del autor del Quijote, y el genio y carácter distintivo de los que vivieron en la época de Calderón. El teatro español, desde Naharro y Juan de la Cueva hasta Zamora y Cañizares (principios del siglo XVI hasta la mitad del XVIII), refleja fielmente todo lo que había noble, heroico y maravilloso en las costumbres, en los recuerdos y afición de los españoles. Considerado, por lo mismo, en su esencia, en lo que constituye el fondo de sus bellezas y de su marcha, él presenta un mismo tipo y carácter, mas se descubren, sin embargo, diferencias marcadas en las formas, combinación y desempeño del arte dramático entre nuestros poetas; y por esta diversidad y no por orden alguno cronológico los clasificaremos y juzgaremos desde los primeros años del siglo XVII. Ignoramos hasta dónde convendrán con nuestro sistema los críticos y hombres ilustrados, mas una lectura detenida de las voluminosas colecciones del teatro español nos ha sugerido esta idea. En nuestro concepto, y para adoptar alguna clarificación, pueden dividirse en dos escuelas los poetas dramáticos de España. La una dejó correr libre y caprichosamente su imaginación, sin atenerse a la perfección de las formas ni a la exactitud artística de caracteres y costumbres, y, fiada en el poder de su genio, produjo los mayores efectos y las más sublimes bellezas, deslucidas algún tanto por desvíos y extravagancias, que no es fácil disculpar; y la otra, sin abandonar el tono grandioso y elevado de nuestro teatro, ostentó mayor regularidad en las formas, más detención en la combinación e intriga dramática, un uso más entendido del resorte maravilloso, y mayor perfección y exactitud en la pintura de caracteres y costumbres. Inclinose aquella escuela hacia el lado puramente ideal y poético del hombre; y esta supo mezclar hábilmente la parte cómica y positiva de la vida. Por ello se ve, que los poetas de la segunda llegaron hasta crear y perfeccionar la comedia de costumbres, en la cual el teatro español puede aspirar con justicia a una gloria anterior a la del francés. A la primera escuela pertenecen Lope de Vega, Calderón y casi todos nuestros poetas de tercer orden; ofrécense en la última los nombres de Tirso, de Moreto, de Rojas, de Alarcón y de Solís. Mas al presentar esta división, no se crea que es tan rigurosamente cierta, que no compusiesen los poetas de la segunda escuela comedias parecidas a las de Lope y Calderón en el atrevido vuelo de la fantasía y en la exageración del resorte novelesco y maravilloso. Compusiéronlas, sin duda; mas basta para fundar nuestra aseveración, que en muchas de ellas se observen cierta regularidad y exactitud, que inútilmente nos afanaríamos en buscar en los dos poetas ya citados, de cuyas producciones vamos a ocuparnos.

Nosotros nada diremos del genio de Lope de Vega, 3 de la prodigiosa fecundidad de su musa, de la dictadura que ejerció sobre el teatro español. Desde Cervantes, su contemporáneo, hasta Moratín y los señores Quintana y Martínez de la Rosa, han sido reconocidas sus eminentes facultades poéticas a despecho de las estrictas teorías del clasicismo francés. No nos pertenece, pues, repetir cosas dichas y sabidas de todos, y sí solo examinar su numen dramático bajo el punto de vista filosófico, que es el objeto de la presente obra. La lectura más rápida de las innumerables comedias de Lope de Vega presenta a este como un ingenio admirable por la riqueza de su imaginación, la fluidez, armonía y diversidad de la rima, la fe a las costumbres nobles y honradas de España. La cortesanía, el pundonor más delicado en las damas y caballeros, la deferencia ideal hacia el bello sexo y la descripción de todos los sentimientos generosos distinguen especialmente sus piezas, y les dan un tinte dulce y amable. Más que pintura acabada de caracteres y pasiones en toda su energía, se descubre en ellas la del carácter español heroico por honor y hasta por jactancia. Muchas veces dejó correr libre y caprichosamente su imaginación, como en El nuevo mundo descubierto por Colón, y jamás se atuvo en la comedia o drama histórico a la observancia fiel de las costumbres de la época, y así es que vistió completamente a la española la tragi-comedia del Honrado hermano, cuyo argumento versa sobre la célebre lucha de los Horacios y Curiacios, prestando a sus personajes los sentimientos de un español y no los de un romano o albano. En todas las comedias de Lope se observa la mezcla de lo serio y cómico, de lo sublime y bajo, y haciendo un papel distinguido el gracioso personaje que siempre se encuentra en nuestro teatro antiguo. Anteriormente hemos ya manifestado que esta amalgama de cosas tan opuestas se halla en el orden natural, produce el contraste en que principalmente consiste el drama y contribuye de un modo eficaz a hacer el cuadro más vivo, fiel y animado; ahora solo nos resta decir nuestra opinión sobre la figura del gracioso, que tanto descuella en todas nuestras comedias, y que ha sido juzgada con severidad por los críticos. Con ello responderemos de una vez a las impugnaciones que ha sufrido el teatro español, procuraremos fijar un juicio exacto de sus defectos y bellezas, y quedaremos completamente libres de la parte artística y material de la poesía dramática para entrar en el examen de la parte esencial y filosófica de la misma.

Los que consideran al género puramente trágico como lo más elevado y superior, las tragedias francesas como un modelo acabad, de que no sea lícito separarse, y la diferencia entre la comedia y la tragedia fundada rigurosamente en naturaleza, deben reír con cierto desdén o indignación al leer las comedias españolas, en que el bufón o gracioso hace tan importante y distinguido papel. Mas nosotros, que, por ese carácter monótono y exclusivamente aristocrático ideal de las tragedias francesas, vemos en ellas más bien magníficos versos, trozos elocuentes, arengas brillantes, que no vida, verdad, animación y movimiento dramático; nosotros, que reconocemos lo sublime trágico en los más fuertes contrastes de situaciones y pasiones, siempre que sean naturales, no forzados; nosotros, que no admiramos como una cosa definitiva e irrevocable la separación absoluta de lo trágico y cómico, y que creemos falsas, incompletas y poco filosóficas algunas de las reglas adoptadas por los clásicos, aventuraremos defender el personaje del gracioso, que no es peculiar de nuestro teatro, sino que se halla también en muchas comedias de Shakespeare y en su tragedia del rey Lear.



F. G. de Morón.

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