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Prensa y canon

«Examen crítico del teatro antiguo. Aguilar y Lope de Vega»

Autor del texto editado
Morón, Fermín Gonzalo de
Título de la obra
El Iris. Periódico artístico y literario, Tomo II, n.º 20, 14-11-1841.
Autor de la obra
Mellado, Francisco de Paula (dir.)
Edición
Madrid: 1841
Paginación
pp. 309-315
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Biblioteca Digital Memoria de Madrid. (texto completo)
Información técnica
Editor: Juan Montero
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 16 junio 2025

EXAMEN CRÍTICO DEL TEATRO ANTIGUO.

Aguilar y Lope de Vega


Nos hemos detenido en el examen de esta cuestión por responder de una vez a la severa censura de los críticos, y para defender filosóficamente esta nueva manera de juzgar la literatura y las bellas artes que presentamos en nuestro ligero trabajo. No es nuestro ánimo, como ya hemos manifestado, considerar el teatro español bajo su aspecto artístico, o sea, la regularidad de las formas, la exactitud de caracteres y la observancia de los preceptos; empero, antes de juzgar las comedias de los más sobresalientes ingenios de España, era nuestro deber decir lo que entendíamos en defensa de la escuela seguida por estos.

Aunque las circunstancias del reinado de Felipe II fueron desfavorables al adelanto de la dramática, y si bien solo dos poetas han llamado nuestra atención en el siglo XVI, Naharro y Juan de la Cueva, tendríase, sin embargo, una idea equivocada del teatro español quien creyese que estaba limitado a estos, a las loas, pasos y farsas de los autores y representantes ya citados, y que debió a Lope de Vega elevarse desde la infancia a su mayor apogeo. En los últimos años del siglo XVI, los progresos de la poesía y de la dramática fueron ya sorprendentes. La importancia política de España, el renombre de sus victorias, las riquezas del Nuevo Mundo y la opulencia de la nobleza, ostentando ahora a porfía con los reyes el lujo y el amor a la poesía, a las artes y a los placeres de la corte, contribuían poderosamente a excitar la alegría y el regocijo en el país y a aficionarlo extremadamente a todos los goces de la imaginación. Sonreía entonces la fortuna al valeroso español, y en la embriaguez de sus glorias trocó con facilidad su vida puramente militar y guerrera en los reinados de Fernando V y Carlos I, por una existencia tan agradable y poética, que rayó en muelle y sobrado voluptuosa durante la época de Felipe IV. Hubo además otra causa para el prodigioso desarrollo artístico y literario de España en el siglo XVI y la primera mitad del XVII. Cuando acabó su valor en 1492 la magnánima empresa de vencer completamente al árabe que le subyugara por espacio de ocho siglos, la nación se hallaba dotada del más altivo temple y de una exuberancia portentosa de vida y de energía moral. Es cabalmente esta la época en que, si afortunadamente se constituye un gobierno bien dirigido, hacen los individuos los progresos más admirables en todos los ramos sobre los que puede ejercitarse su actividad física, intelectual y moral. Considerables fueron los hechos por los españoles en los reinados de Fernando V, Carlos I y Felipe II. Mas, por desgracia, una política demasiado suspicaz y recelosa indujo al primero y al último de estos reyes a asegurar su autoridad y la unidad del dogma cristiano sobre un sistema de la más terrible intolerancia religiosa. Estableciose la Inquisición, y aunque ambos la sujetaron a obrar en servicio de sus designios, acumularon sobre ella privilegios, riquezas, prestigio y las más ilimitadas atribuciones, de suerte que al cabo de un siglo fue bastante audaz y poderosa para ahogar el atrevido y magnífico vuelo que desde 1474 había tomado el ingenio español. Coartado este en la región política, religiosa y científica, buscó explayarse y desarrollarse en las artes, en la poesía y en la amena literatura; y tal fue su fecundidad, cual no se halla en ninguna otra nación, indemnizándonos hasta cierto punto la esclarecida y numerosa serie de nuestros poetas y artistas de la falta de los Hobbes, de los Cartesios y de los Bacones, cuya existencia era incompatible con el errado sistema político y religioso de España.

Contaba, pues, nuestro teatro en los últimos años del siglo XVI con una abundante colección de autores cómicos, la mayor parte de cuyas obras no ha llegado a nuestros días, oscurecidas por otras más brillantes y por la inconcebible riqueza de nuestro repertorio dramático. Miguel Sánchez, el doctor Ramón, el doctor Tárrega, canónigo de la Seo de Valencia, Gaspar de Aguilar, secretario del duque de Gandía, Ochoa el Sevillano, Cepeda, Alcira de Mescua, arcediano de Guadix, don Guillén de Castro, capitán del Grao de Valencia, don Diego Jiménez de Enciso, caballero de Sevilla, Cervantes y otros florecieron en el último período del siglo XVI, y fueron anteriores unos y contemporáneos otros del ilustre Lope de Vega. La comedia española se hallaba, pues, formada con todas sus bellezas y defectos en el siglo XVI, y eran célebres a la sazón los teatros de Sevilla y Valencia por la multitud de poetas y piezas dramáticas, habiendo antecedido en esta gloria a los de Madrid, que no llegaron a su esplendor ni a oscurecer los primeros hasta que el genio de Vega, de Calderón, de Alarcón, Tirso, Rojas y Moreto abasteció rica y copiosamente los últimos en los reinados de Felipe III y Felipe IV. Innumerables compañías de cómicos recorrían a fines del siglo XVI las ciudades y villas principales de España, y Agustín de Rojas, que publicó su Viaje entretenido en 1603, hace mención de ocho especies de las mismas, desde el bululú, que caminaba solo y a pie, y que sabía de memoria alguna comedia o loa, hasta la verdadera compañía. En el objeto que nos hemos propuesto de examinar el teatro español con relación a las costumbres y nacionalidad del país y a la portentosa fecundidad de nuestros poetas, no cabe dar cuenta sino de los más distinguidos ingenios y de sus obras más acabadas. Empero nada puede dar una idea tan exacta del progreso de la dramática y de la extraordinaria afición del pueblo a las diversiones escénicas como la siguiente loa de Agustín de Rojas sobre el origen y progreso de la comedia en España:

Y donde más ha subido
de quilates la comedia
ha sido donde más tarde
se ha alcanzado el uso de ella,
que es en nuestra madre España. 5
Porque en la dichosa era
de aquellos gloriosos reyes,
dignos de memoria eterna,
don Fernando e Isabel
(que ya con los santos reinan), 10
acababan de echar de España
a todos los moriscos, que eran
de aquel reino de Granada.
Y entonces se daba en ella
principio a la Inquisición, 15
y se le dio a nuestra comedia.
Juan de la Encina, el primero,
aquel insigne poeta
que tanto bien empezó,
de quien tenemos tres églogas, 20
que él mismo representó
al almirante y duquesa
de Castilla y de Infantado,
que estas fueron las primeras;
y para más honra suya, 25
y de la comedia nuestra,
en los días que Colón
descubrió la gran riqueza
de Indias y el nuevo mundo,
y el Gran Capitán empezó 30
a sujetar aquel reino
de Nápoles y su tierra,
a descubrirse empezó
el uso de la comedia.
Porque todos se animasen 35
a emprender cosas tan buenas,
heroicas y principales,
viendo que se representan
públicamente los hechos,
las hazañas y grandezas 40
de tan insignes varones,
así en armas como en letras.
Porque aquí representamos
una de dos: las proezas
de algún ilustre varón, 45
su linaje y su nobleza,
o los vicios de algún príncipe,
las crueldades o bajezas,
para que al uno se imite
y con el otro haya enmienda. 50
Y aquí se ve que es dechado
de la vida la comedia,
que como se descubrió
con aquella nueva tierra
y nuevo mundo el viaje, 55
que ya tantos ver desean,
por ser de provecho y honra,
regalo, gusto y riquezas,
así la farsa se halló
que no es de menos que esta. 60


Trata de los griegos, romanos y extranjeros que admitieron la comedia, y continúa:

Y porque yo no pretendo
tratar de gente extranjera,
sino de nuestros españoles,
digo que Lope de Rueda,
gracioso representante, 5
y en su tiempo gran poeta,
empezó a poner la farsa
en buen uso y orden buena;
porque la repartió en actos,
haciendo un introito en ella, 10
que ahora llamamos loa,
y declaraban lo que era.
Las marañas, los amores,
y entre los pasos de veras
mezclados otros de risa, 15
que porque iban entremedias
de la farsa los llamaron
entremeses de comedia.
Y todo esto iba en prosa,
más graciosa que discreta; 20
tañían una guitarra,
y esta nunca salía afuera,
sino adentro y en los blancos,
muy mal templada y sin cuerdas.
Bailaba a la postre el bobo, 25
y sacaba tanta lengua;
todo el vulgacho embobado
de ver cosa como aquella.
Después, como los ingenios
se adelgazaron, empiezan 30
a dejar este uso,
reduciendo los poetas
la mal ordenada prosa.
En pastoriles endechas
hacían farsas de pastores 35
de seis jornadas compuestas,
sin más hato que un pellico,
un laúd y una vihuela,
una barba de zamarro
sin más oro ni más seda; 40
y, en efecto, poco a poco
barbas y pellicos dejan,
y empiezan a introducir
amores en las comedias;
en las cuales ya había dama, 45
y un padre que aquesta cela;
había galán desdeñado
y otro que querido era,
un viejo que reprendía,
un bobo que los acecha, 50
un vecino que los casa
y otro que ordena las fiestas.
Ya había saco,
había barba y cabellera,
un vestido de mujer, 55
porque entonces no lo eran
sino niños; después de esto
se usaron otras sin estas,
de moros y de cristianos,
con ropas y tunicelas. 60
Estas empezó Berrio;
luego los demás poetas
metieron figuras graves,
como son reyes y reinas.
Fue el autor primero de esto 65
el noble Juan de la Cueva;
hizo del Padre Tirano,
como sabéis, dos comedias;
sus Tratos de Argel Cervantes;
hizo el Conservador Vega, 70
sus Lauras y el bello Adonis,
don Francisco de la Cueva;
Loyola, aquella de Andalla,
que todas fueron muy buenas.
Y ya en este tiempo usaban 75
cantar romances y letras,
y esto cantaban dos ciegos,
naturales de sus tierras.
Hacían cuatro jornadas,
tres entremeses en ellas, 80
y al fin con un bailecito
iba la gente contenta.
Pasó este tiempo, vino otro,
subieron a más alteza;
las cosas ya iban mejor. 85
Hizo entonces Artieda
sus Encantos de Merlín,
y Lupercio sus tragedias;
Virués hizo su Semíramis,
valerosa en paz y guerra, 90
Morales su Conde Loco,
y otras muchas sin estas.
Hacían versos hinchados,
ya usaban sayos de tela,
de raso, de terciopelo, 95
y algunas medias de seda;
ya se hacían tres jornadas,
y echaban retos en ellas.
Cantaban a dos y a tres,
y representaban hembras. 100
Llegó el tiempo que se usaron
las comedias de apariencias,
de santos y de tramoyas,
y entre otras farsas de guerra:
hizo Pedro Díaz entonces 105
la del Rosario, y fue buena,
San Antonio, Alonso Díaz,
y al fin no quedó poeta
en Sevilla que no hiciese
de algún santo la comedia. 110
Cantábase a tres y a cuatro,
eran las mujeres bellas,
vestíanse en hábito de hombre,
vivarachas y compuestas,
a representar salían 115
con cadenas de oro y perlas.
Sacábanse ya caballos
a los teatros, grandeza
nunca vista hasta este tiempo,
que no fue la menor de ellas. 120
En efecto, este pasó,
llegó el nuestro, que pudiera
llamarse el tiempo dorado ,
según al punto en que llegan
comedias, representantes, 125
trazas, conceptos, sentencias,
jovialidades, novedades,
música, entremeses, letras,
graciosidad, bailes, máscaras,
vestidos, galas, riquezas, 130
torneos, justas, sortijas,
y al fin cosas tan diversas,
que parece cosa incrédula
que digan más de lo dicho.
Los que han sido, son y sean, 135
¿qué harán los que vinieren
que no sea cosa hecha?
¿Qué inventarán que no esté
ya inventado? Cosa es cierta.
Al fin, la comedia está 140
subida ya en tanta alteza,
que se nos pierde de vista.
¡Plega a Dios que no se pierda!
Hace el sol de nuestra España,
compone Lope de Vega, 145
la Fénix de nuestros tiempos,
y Apolo de los poetas,
tantas farsas por momentos,
y todas ellas tan buenas,
que ni yo sabré contarlas, 150
ni hombre humano encarecerlas.
El divino Miguel Sánchez,
¿quién no sabe lo que inventa?
Las coplas tan milagrosas,
sentenciosas y discretas, 155
que compone de continuo,
la propiedad grande de ellas,
y el decir bien de ellas todos,
que esta es mayor grandeza.
El jurado de Toledo, 160
digno de memoria eterna,
con callar está acabado,
porque yo no sé, aunque quiera;
el gran canónigo Tárrega:
Apolo, ocasión es esta 165
en que, si yo fuera tú,
quedara corta mi lengua.
El tiempo es breve y yo largo,
y así he de dejar por fuerza
de alabar tantos ingenios, 170
que en un sinfín procedieran.
Pero de paso diré
de algunos que se me acuerdan:
como el heroico Velarde,
famoso Micer Artieda, 175
el gran Lupercio, Leonardo,
Aguilar, el de Valencia,
el licenciado Ramón,
Justiniano, Ochoa, Cepeda,
el licenciado Mejía, 180
el buen don Diego de Vera,
Mescua, don Guillén de Castro,
Liñán, don Félix de Herrera,
Valdivieso y Almendariz.
Y entre muchos uno queda, 185
Damián Salustrio del Poyo,
que no ha compuesto comedia
que no mereciese estar
con las letras de oro impresas,
pues dan provecho al autor 190
y honra a quien las representa.
De los farsantes que han hecho
farsas, loas, bailes, letras,
son Alonso de Morales,
Grajales, Zorita, Mesa, 195
Sánchez, Ríos, Avendaño,
Juan de Vergara, Villegas,
Pedro de Morales, Castro,
y el del hijo de la tierra,
Carvajal, Claramonte, 200
y otras que no se me acuerdan,
que componen y han compuesto
comedias muchas y buenas.


Esta loa, pues, insertada en una obra que se imprimió en 1603, demuestra que eran extraordinarios al fin del siglo XVI los progresos y la afición dramática en España. Mas en 1598 Felipe II prohibió, en fuerza de las instancias de los teólogos, la representación de comedias. Madrid reclamó contra esta disposición, y apenas murió el primero (13 de septiembre del mismo año), cuando se alzó la prohibición.



F. G. de Morón.

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