«Boletín de la revista. Literatura. Espagne poétique. Choix de Poésies Castillanes, depuis Charles-Quint, jusqu'à nos jours, mises en vers français: avec une dissertation comparée sur la langue et la versification espagnoles; une introduction en vers, et des articles typografiques, historiques et littéraires. Por D. Juan Maria Maury: Ouvrage orné de plusieurs portraits»
- Autor del texto editado
- Sin firma
- Título de la obra
- La Revista Española. Periódico, n.º 197, 24/04/1834.
- Autor de la obra
- Carnerero, José María de (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de Sancha.,
1834
- Paginación
- pp. 1-3
Fuentes
Información técnica
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
BOLETÍN DE LA REVISTA
Literatura
Espagne poétique. Choix de Poésies Castillanes, depuis Charles-Quint, jusqu'à nos jours, mises en vers français: avec une dissertation comparée sur la langue et la versification espagnoles; une introduction en vers, et des articles typografiques, historiques et littéraires. Por D. Juan Maria Maury: Ouvrage orné de plusieurs portraits.
Hubo un tiempo feliz para nuestra patria en que supo en armas, en política, en letras, dar la ley al mundo. Cuando es llegada para una nación la hora de la gloria parece que se compadece el cielo en acumular lauros de todas especies sobre su generosa frente. Tocole a la España esta época, y sublimose a un grado de esplendor que ya difícilmente alcanzará ni ella ni pueblo alguno. En un mismo siglo expulsaba heroicamente de su profanado suelo los restos de la opresora dominación que, por espacio de ocho largos siglos, la avasallaba y hacía ondear el estandarte de la cruz sobre las mezquitas de la media luna; extendía el poder de sus armas victoriosas por gran parte de la Europa; no contenta con tremolar el pabellón español en las tres partes del mundo conocido, vínole este estrecho a su gloria y lanzose al vago inmenso del Océano buscando mundos nuevos que conquistar. Roma, México, Lepanto inclinaron sucesivamente la cerviz humillada bajo su poderoso cetro; no le bastaba tampoco el dominio de la fuerza, no le satisfacía que el sol no se pusiese nunca en sus dilatados términos; era preciso que el ingenio español desplegase también su poderío y concluyese la conquista de las armas. A la sombra de los ganados laureles nacieron y crecieron hombres que previnieron e inutilizaron para la patria los posibles rigores del olvido. Lope y Calderón no fueron, efectivamente, nuestras glorias menores. Si, cuando circunstancias de doloroso recuerdo hicieron degenerar después esta generación, quedaron sus grandes hechos consignados en la historia para servir de eterna reconvención a las degradadas generaciones posteriores, los escritos de nuestros grandes hombres permanecieron como blanco perpetuo de emulación a los que después de ellos habían de venir.
Olvidada después la antigua influencia nuestra, levantadas otras naciones a ocupar el puesto privilegiado que vergonzosamente les cedíamos en el rango de los pueblos, la literatura no podía menos de resentirse de nuestra decadencia política y militar: callaron los cisnes de España. Una nación vecina, de quien atinadamente dice el señor Maury «Le goût naquit français», creó una literatura nueva, que debía adolecer, sin embargo, de la influencia regularizadora, acompasada, filosófica del siglo en que aquella prosperaba. Millares de preceptistas creyeron leer en Horacio lo que nunca acaso había pensado decir, Shakespeare y Lope fueron sacrificados en las aras de la nueva escuela, y el gusto se asentó sobre las ruinas del genio. El corto número de sus apasionados hubo de contentarse en admirarlos en silencio: nadie osó alabarlo sin rubor. Entronizada la nueva escuela, que nada debía en verdad a la España, esta debía quedar borrada del mundo literario, y un célebre crítico pudo decir de ella impunemente «un rimeur sans préril delá des Pyrénees, etc.»; y llamarla bárbara, sin que nadie se atreviese a sospechar que se podría volver por ella algún día victoriosamente.
Las épocas y los gustos se sacuden, sin embargo, rápidamente, y el hombre debía volver a conocer que no había nacido solo para un mundo de amarga y disecada realidad. Escritores osados intentaron sacudir el yugo impuesto por los preceptistas. El mundo debía encontrar, al fin, en política como en literatura, la libertad para que nació; la literatura española debía surgir de nuevo desde este momento y aparecer más radiante que nunca, como un inmenso fanal oscurecido largo tiempo por una inmensa niebla. Los alemanes fueron los primeros que desenterraron nuestras bellezas, y Calderón vino a serles un objeto de culto. Había falta, sin embargo, todavía de una obra que hiciese conocer a la nación esclusiva que los españoles son hombres también y poetas. Tan grande empresa debía arredrar el más osado. No bastaba decir: «Aprendan ustedes a leer en castellano»; esto hubiera sido acaso reproducir la Casandra de Troya; era preciso decir: «Aprendan ustedes en francés a leer el castellano». Don Juan María Maury, nuestro compatriota, tomó sobre sí la arrojada empresa de convencer al sordo que se negaba a oír y, si es cierto que in magnis audisse sat est, la idea sola del señor Maury constituye el mayor elogio de su obra.
Esta idea llevaba empero en sí misma un escollo inevitable: la índole de la lengua y de la poesía francesa, sobre todo, tan opuesta a la española, debía ser un obstáculo invencible. El intentar la perfección hubiera, pues, sido desatino. En acercarse a ella estaba la victoria. Admitido este principio, creemos que la ha alcanzado las más veces el señor Maury. El plan de su obra es el más apropósito para el objeto que se proponía: la colección de poesías escogidas hubiera sido incompleta sin una reseña histórica de nuestra literatura; este vacío ha tratado de llenar en su introducción. Convenimos con el Monitor francés, que, al analizar la España poética, siente que el autor se haya dejado llevar de su inclinación y aun de tal cual parte de amor propio al escribirla en verso; amor propio disculpable en español, que ha podido desplegar tales fuerzas en el difícil empeño de poetizar en una lengua extraña. Este plan envuelve el inconveniente que ofrece el asunto mismo: una historia de literatura, llena de fechas y nombres propios, es argumento harto estéril para las musas. Al quererlo tratar poéticamente, le ha sido forzoso al autor embarazar su lectura con notas históricas, si bien importantes, prolijas, y a veces minuciosas. Una disculpa encontramos, con todo, a su introducción poética: acaso necesitaba el autor captarse la benevolencia de sus lectores, creando en ellos hacia él una prevención favorable de su suficiencia. Si tal fue su objetivo, hale conseguido sobradamente. Las noticias biográficas de nuestros poetas era otro punto importante que no podía olvidarse en semejante trabajo.
Con respecto al desempeño de la obra en general, varios críticos franceses se apresuraron a admitir en la literatura francesa al señor Maury, que se había adquirido indudablemente no pocos títulos a ocupar en ella un lugar distinguido.
«La expresión de don Juan Maury», dijo un periódico francés haciendo el juicio de esta obra siempre elegante, «anuncia un estudio profundo de la lengua francesa». Tacháronle otros de una concisión harto incorrecta, de licencias inútiles y de haber españolizado demasiado la poesía francesa. Esto, a nuestro entender, sobre ser lo más atrevido que ha podido hacer, nos parece más bien un servicio hecho a la lengua francesa, harto poco libre y desembarazada, y esta verdad la han confirmado escritores modernos franceses que después del señor Maury han roto las antiguas cadenas de la sintaxis francesa. Después de haber leído Notre dame de París, obra que ha hecho indudablemente una revolución en la lengua del Sena, la inculpación hecha a Maury cae por sí sola.
Más fundado nos parece el reproche que se le ha hecho de poca fidelidad al texto que traduce: abrevia y suprime a veces con notable perjuicio del original: ejemplo de esto puede ser la égloga de Garcilaso, Salicio y Nemoroso; otras, amplifica, desliendo un pensamiento enérgico en más versos franceses de los necesarios. Puédele obligar a lo primero el miedo de verter al francés ideas propiamente españolas cuya osada energía no consiente la índole de la poesía francesa; y en el segundo la precisión de rimar y redondear los pensamientos en una poesía que apenas admite les enjambements.
Hay, en cambio, traducciones bellísimas, y en algunas creemos que ha mejorado el original. Ejemplo de las primeras puede ser la fábula del caballo y la ardilla de Iriarte, cuyo original callaremos por ser de todos nosotros conocida, pero sin podernos negar al deseo de insertar la traducción:
Le cheval et l'écureuil
Docile au frein qui le guide,
un cheval trotte et bondit;
un ecureuil peu timide
va l’accoster et lui dit: 5
«Mon beau sire,
si j’admire
ton adresse,
ta souplesse,
j’aime à croire 10
pour ma gloire
que je sais en faire autant.
Je suis preste
vif et leste:
me promène, 15
me demène:
je travaille
sans qu’il faille
me reposer un instant».
Le coursier toujours honnête, 20
se mettant à l’unisson,
prend de la petite bête
la sautillante façon:
que mon màitre
fier de l’être, 25
an service
m’asservisse,
j’aimé à faire
pur lui plaire
des efforts dont il fait cas: 30
mais que preste
vif et leste
tu te tournes
et retournes
sans relâche 35
je ne sache
à quoi sert tout ce tracas.
Tels s’agitent dans l’école
ces disputeurs sur des riens,
ou dans une œuvre frivole 40
s’épuisent tous leurs moyens.
Véase igualmente cómo se ha traducido el final de la fábula del oso, la mona y el cerdo:
Guarde para su regalo
esta sentencia un autor:
si el sabio no aprueba, malo;
si el necio aplaude, peor.
Amis auteurs, en consciencee
je vons dois un conseil à tous:
le goût siffle-t-il, patiente;
sottise applaudit, pendez vons.
Lo mismo puede decirse de la oda a las estrellas de Meléndez, de la rosa de Rioja, etc.
Interminable empeño sería el de presentar en un artículo de periódico, acaso ya demasiado largo, los muchos trozos que pueden servir de modelo a traductores, y en que ha sabido vencer el señor Maury la inmensa dificultad que le oponía la diversidad de índoles de las lenguas, de poesías, de giros, de locuciones, etc. Contemos con que haya dado una idea ventajosa, si a veces incompleta, de nuestros poetas a los extranjeros, y reconozcamos francamente en honor de Maury que los más de los defectos son culpa del autor y las más de las bellezas propias suyas.
Garcilaso, Santa Teresa, Luis de León, Herrera, Cervantes, Góngora, Lope de Vega, los Argensolas, Quevedo, Rioja, Villegas, Luzán, Cadalso, Iriarte, Meléndez, Iglesias, Noroña, Cienfuegos, Moratín, Quintana y Arriaza son los poetas que el autor ha puesto a contribución para formar esta colección escogida. No ha olvidado por eso que poseemos una inmensa riqueza literaria de autores desconocidos, en nuestros romances sobre todo. Al escoger de ellos los mejores y más afamados, ha creído deber dar una idea de este género puramente español en que se hallan consignados los hechos principales de nuestra historia, y que es el verdadero depósito de la tradición fabulosa e histórica de nuestros tiempos primitivos.
Tal cual reconvención pudiera hacerse al señor Maury acerca de la elección de algunas piezas, pero es difícil desnudarse de toda prevención y parcialidad amistosa, sobre todo cuando ha de hablarse de poetas contemporáneos: desde la dedicatoria se observa una predilección, que no llamaremos precisamente injusta, hacia las poesías del señor Arriaza, pero con la cual no convenimos del todo, sin que esto sea negar el sello de picante originalidad y de estro poético que casi siempre caracteriza a este escritor. Generalmente hallamos mejor traducido el género heroico y el de las fabulas. Quevedo, por ejemplo, era intraducible, y el señor Maury, en una sola composición jocosa que de él escoge, lo ha probado. No habiendo traducídole victoriosamente, creemos que puede cualquiera renunciar a ese empeño. Rioja, Quintana y los romances son los que han encontrado más simpatías en la índole de la lengua francesa. La tendencia filosófica de los primeros y el vigor varonil y sabor anticuado de los segundos pueden haber contribuido a esto.
Mucho sentimos no poder citar largamente los elogios que diversos periódicos franceses tributaron a la España poética a la sazón de su publicación:
«Si don Juan Maury», dijo uno de ellos, «es español de nacimiento, diríasele francés por el talento con que escribe la lengua de Racine, ora en prosa, ora en verso; y cosmopolita por lo bien que sabe apreciar todas las lenguas de Europa». Nosotros diremos más: don Juan Maury ha sabido hacerse con dos patrias, ha conquistado con su España poética su naturalización en la literatura francesa. No sabemos cuál le debe más, si esta que le ha enriquecido con una noticia que no podía sin vergüenza ignorar, o la española, cuyo mérito ha sabido hacer valer ante los extranjeros.
Sabemos que el señor Maury piensa en introducir y poner en venta en su patria esta obra impresa en París, que solo conocen hasta la presente los más afectos a la literatura; deseamos ardientemente que la aprobación de nuestros compatriotas confirme nuestro débil juicio y dé realce al voto que en su favor han omitido los diarios extranjeros. Entretanto, no podemos menos como españoles de felicitar al señor Maury por su importante trabajo y su acertado desempeño en general. Y la literatura española, que había tenido un intérprete para los italianos en Conti, y para los ingleses en la Antología española de mister Wiffen y en el informe de lord Holland sobre Lope de Vega, debe igual servicio con respecto a los franceses al señor Maury. Sería, pues, imperdonable ingratitud en nosotros criticar con más rigorosa severidad una obra a quien tanto debemos por todos respetos los literatos celosos de la gloria de las letras españolas.