Volver a los resultados

Prensa y canon

«El Correo Nacional. Madrid, lunes 2 de noviembre»

Autor del texto editado
Sin firma
Título de la obra
El Correo Nacional, n.º 1, 2/11/1840.
Autor de la obra
Borrego, Andrés (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de de El Correo Nacional., 1840
Paginación
p. 3
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
Este documento sigue los criterios y lenguaje cifrado de TEI http://www.tei-c.org/About/website.xml
Sevilla, 11 junio 2025

El Correo Nacional

Madrid, lunes 2 de noviembre


Cuando los partidos se aperciben al combate, despliegan al viento sus enseñas, que los fieles creyentes siguen hasta en lo más recio de la pelea: y para animarlos proclaman los caudillos en voz alta, en pocas y bien concertadas palabras, la expresión de sus sentimientos, el blanco y fin de sus deseos; grave compromiso adquieren desde entonces los partidos contendientes, y el vencedor está obligado en toda ley a cumplir lo ofrecido o dar el escándalo de faltar a su juramento y a su palabra empeñada, dando a entender que miras particulares, pasiones o intereses de pocos eran la causa de la contienda, y no el bien general y los intereses de todos, que tanto se preconizan y ensalzan. Así ha acontecido entre nosotros en estos últimos días, pues, aunque no hubo pelea, hubo voces de combate. La de viva la Constitución era una, la regencia de la augusta Gobernadora era otra; mas, sin embargo, la Constitución se ha infringido en todos sus artículos y todos los días, y en todos los pueblos, por las juntas; y en algunos artículos, y de los importantes, por el gobierno [...] Los que no llevaban con paciencia tan siquiera distinta interpretación de la que ellos daban al testo de la ley fundamental hoy son sus más encarnizados enemigos, y piden su reforma, no obstante sus juramentos, sus promesas y serios compromisos. De nada han servido tampoco los contraídos por las propias expresiones de los pronunciados con la augusta Gobernadora.

La Regencia de tan alta princesa se ha sustituido por la de los ministros por ella nombrados y responsables de sus actos, así como la Constitución del año de 37 será acaso sustituida por la del año de 40, que fraguarán a su antojo los que hasta aquí han pretendido ser exclusivos defensores de la obra de las Cortes de 30. Grande lección que no echará en olvido la nación, apreciando de hoy más lo que valen las palabras de sus fogosos tribunos. Pero no va este artículo dirigido a poner en claro el poco respeto y miramiento con que el poder revolucionario ha tratado a la Constitución del Estado; que referirnos basta para esto a los acuerdos de las juntas de las capitales, de los pueblos de segundo orden y hasta de las villas. Los tiempos harán justicia a semejantes actos. Vamos a seguir tratando hoy de la más nueva, más singular y más incomprensible de las voces del combate; queremos hablar de la independencia nacional. Hacia algún tiempo, bastante antes del pronunciamiento, que en el seno de los ejércitos y en documentos muy solemnes sonaban altas protestas de que la independencia nacional seria respetada, afianzada y defendida a todo trance. Eran muchos los que creían, se entiende de los del partido vencido, que tales expresiones no tenían más motivo que un acendrado amor a la patria y la justa indignación que debiera causar al ejército el mal influjo en nuestra política interior, en nuestros asuntos domésticos de parte de extrañas potencias. Para otros significaban algo más tantas y tan repetidas frases sobre la independencia nacional, porque, no viendo ni amenazada la integridad de nuestro territorio, ni en peligro las colonias, ni amagándonos la vencedora espada de Austerlitz , como en el año 8, razón tenían para creer que especies tan profusamente vertidas no eran sino un medio de oposición al gobierno de entonces, tanto más temible cuanto más popular y disfrazado, tanto más invencible cuanto partía de la fuerza armada. La independencia nacional así encarecida no era otra cosa sino la expresa condenación del sistema de política exterior que se había propuesto el gabinete del año de 37 y que habían apoyado los legítimos poderes del país; para nuestros contrarios tal expresion era la voz de alarma, el grito de guerra, la señal del combate. Así ha sucedido cabalmente, y, ya que los sucesos han pasado, hemos visto confirmados nuestros pronósticos, y la independencia nacional proclamada antes en los campamentos ha descendido hasta oírse mezclada entre los brindis de muchos banquetes y de las bacanales de nuestros días.

Ahora bien, hombres de setiembre, conquistadores de la España, según vosotros decís, ¿qué entendéis por independencia nacional? Nosotros os lo diremos, según lo que lógicamente se deduce según las doctrinas que sustentáis, según lo que se divisa al través de vuestras expresiones, y según lo que prematuramente anuncian vuestros actos. Rotas nuestras relaciones con la mayor parte de las naciones de la Europa, nada os importa que continúen en el mismo lastimoso estado; pero aun esto no os basta. El nuevo sistema de política exterior nos conduce a enajenarnos las voluntades de los estados que hasta ahora han sido nuestros aliados; llega a mas su frenesí; llega, según alguno de vuestros órganos, a proclamar nuestra independencia de la Santa Sede, concitando de esta suerte un cisma religioso, que, mil veces más funesto que el político que nos divide, acabaría para siempre con las instituciones liberales. En vuestros locos arrebatos, y sin hacer caso de la nación de cuyo nombre os servís, lanzáis denuestos y amenazáis con bravatas a las naciones europeas, sin acordaros del desafío ridículo del año 22 y de sus funestos resultados. Pero ¡cuán errados son vuestros cálculos! Sabed que en los estados modernos, en la culta Europa, en la comunidad política de tantas, tan civilizadas y tan poderosas naciones, en medio de las frecuentes relaciones de amistad y de comercio, con tantos intereses ligados, con innumerables medios de comunicación expeditos, no es posible esa independencia que vosotros concebís y predicáis, semejante a la que en algún tiempo mantuvieron los pobres estados y reinos de la edad media. Los progresos de la ciencia, los pasos vigorosos de la moderna civilización, los adelantamientos del arte de navegar, la mejora de los caminos, tantos y tan nuevos medios con que la humanidad cuenta, que admiran hoy al mundo, combaten vuestro sistema, lo hacen ineficaz y ridículo. Pero, rubor cuesta confesarlo, en nombre del progreso se pretende por españoles, en estos calamitosos tiempos, luchar brazo a brazo con la ciencia, robar a la humanidad los sucesos pasados, destruir lo existente y edificar sobre hacinados escombros un palacio fantástico que se desplome al más ligero soplo y confunda a sus autores. Se pretende por los mismos una independencia nacional tan absoluta e impracticable, que la nación española forme un aparte en la comunidad europea del presente siglo, sin reparar que tal y tan cumplida como ellos pretenden la tienen todas las tribus salvajes del interior de América, y que así harán bueno el dicho de nuestros contrarios, que el África empieza en los Pirineos. Pero os hacemos más justicia que vuestras palabras merecen; os concedemos que no queréis esa independencia nacional; que con respecto a la nación sería lo mismo que el total embrutecimiento, a que llegara el individuo con esas máximas que predicáis con tanto fervor; os tratamos mejor de lo que a nosotros nos tratáis; queréis para la nación española una dicha y prosperidad sin límites, pretendéis que sea grande, poderosa y, como en lo antiguo lo fue, respetada de propios y estraños, temida de los enemigos, de los amigos fiel aliada, de todos cortejada y reverenciada; todo esto y más os concedemos; veamos ahora vuestros medios, examinemos vuestros recursos y comparemos con la inflexible historia en la mano esas épocas que con tanto encomio citáis, sin haberlas comprendido. A juzgar por vuestras ponderaciones, la antigua época que tanto celebráis es, sin duda, la de Carlos el emperador y la de Felipe II, su hijo; os lo concedemos: en ninguna otra se hizo sentir tanto el predominio del nombre español, en ningún otro tiempo nos cuenta la historia abatidos hasta el polvo como entonces a sus enemigos, regada con su sangre la Italia, y al rey de nuestros vecinos prisionero; en aquella época nuestras flotas surcaban todos los mares del orbe, y el pabellón de los dos colores flotaba en Alemania, en Italia, en los Países Bajos y de un extremo a otro de un mundo hasta entonces desconocido. ¿Quién obró una tan extraordinaria mudanza en nuestra nación, que cincuenta años antes era víctima como ahora de partidos que con distintas denominaciones se hacían la guerra, devorando las entrañas de su común madre? EL TRONO, y nada nada que EL TRONO; volved los ojos a esa época, y encontrareis acalladas las pretensiones de los grandes; encontrareis a la nación unida, y sus pueblos en común denominados ESPAÑA; allí veréis la muerte de las instituciones feudales, si bien cayeron con ellas los privilegios de las ciudades y villas, libertades municipales que proclamáis hoy y que tratáis superflua y dañosamente de resucitar, reclamando al mismo tiempo para la nación el poderío de los tiempos de Carlos y de Felipe: o no habéis leído la historia de nuestro pueblo, o no la habéis entendido, imperdonables faltas que no se suplen con las protestas de patriotismo, ni las alharacas de libertad con que tan satisfechos os mostráis. ¿Y qué pensáis sustituir, ahora que felizmente se gobiernan las naciones civilizadas, y la nuestra entre ellas, por un régimen esencialmente diverso al inmenso prestigio del trono español en los tiempos a que aludimos para gozar de esa preponderancia a que hoy aspiráis? Diréis que existe el trono español; existe, es verdad; y, para humillación, nuestra más combatido dentro de la nación que fuera de ella; existe sin fuerza, sin brío, que en vano pretendéis dársela con arcos de flores y con juglares y danzas; existe ese cetro, tan poderoso en otros tiempos, en las manos de una inocente niña, a quien tristes sucesos que lloraremos amargamente, han condenado a una prematura orfandad. Y ¿quién ejerce la suprema potestad del Estado? ¿Quién es ese monarca temible al mismo tiempo que amante de los pueblos, a cuya temible voz obedecen todos los súbditos de España, y tiemblan las naciones extrangeras? Ese poder está hoy día depositado en los ministros amovibles que lo ejercen provisionalmente; a quienes miran hoy con envidia y desdén sus propios amigos; y a los que antes de poco tiempo se les presentarán quizá tantos obstáculos para gobernar, que conozcan y confiesen el inmenso vacío que deja en pos de sí la excelsa Cristina, la reina viuda de España, que, mujer flaca y débil, gozaba ante la Europa de un prestigio y autoridad insustituibles. Para representar un digno papel en las naciones civilizadas es indispensable marchar al par que ellas en la carrera de la civilización; nosotros, pequeños y humildes, confesamos que hemos adelantado poco, volvemos los ojos a vuestro partido, erigido hoy en director de la nación española, y le preguntamos: ¿dónde están esos sublimes ingenios con que pretendéis acallar en el país todas las opiniones, para que única y exclusivamente prevalezca la vuestra? ¿dónde están esos matemáticos sublimes, que han de hacer olvidar a Newton, a quien calificaríais hoy de retrógrado porque no aprendió a estudiar en vuestro catecismo político? ¿dónde están esos literatos que han de oscurecer la fama de los del siglo XVI y aventajar a Villemain y a Sismondi? ¿en dónde esos jurisconsultos que han de hacer estimar en poco las obras de Bacon, y los comentarios de Blakston? Con detención hemos examinado todas vuestras obras en el período que corre de septiembre acá; por las calles las gritan los vendedores de diarios; las juntas las insertan en sus boletines; el público las devora en silencio compadeciendo vuestros extravíos; la posteridad les hará la justicia que merecen. Seamos francos: solo hemos visto cosas a estas parecidas; el manifiesto de la junta de Madrid, en mal lenguaje español redactado, lleno de frases altisonantes, y sin una idea sola digna de la grave misión de que se juzgaban investidos sus autores; las felicitaciones y exposiciones de las provincias de Albacete y de Burgos; y, por último, las disposiciones de la junta de Badajoz, que rogamos se nos diga en que lengua están escritas. ¡Independencia de la nación española, poder y grandeza de otros tiempos! Las conseguiría vuestro partido cuando sacase a la palestra hombres gigantes como los de los tiempos pasados; hombres superiores, al menos: hombres políticos y de estado como Saavedra y Hurtado de Mendoza; escritores como Cervantes y Lope de Vega, pintores como Murillo y Velázquez. Si tuvieseis hombres a estos semejantes, impondríais la ley a las naciones extranjeras. Si los tenéis, ¿dónde están? ¿por qué se esconden? ¡Ah! Porque lo que hay de saber en España no está con vosotros; porque la ciencia y el mérito huyen de vuestros trastornos y persecuciones políticas como en otro tiempo temían a la Inquisición religiosa; porque las ciencias y las artes son independientes y altaneras y no sufren ningún género de despotismo, y vosotros todo lo queréis encerrar en el mezquino círculo de vuestras pasiones políticas. [...] la independencia nacional no significa otra cosa, que oposición a la política extrangera seguida hasta aquí; veremos la que sigue el nuevo gobierno; veremos si sabe librarse de todas las influencias; veremos si es posible, veremos si es conveniente; por nuestra parte estaremos siempre dispuestos a rechazar todo aquello que pueda mermar en lo más pequeño el lustre de la nación, su verdadera independencia, su industria naciente; por último, si en nuestra mano estuviese, jamás consentiríamos que en la lucha a que parece prepararse la Europa la Nación española en el occidente represente un papel que no convenga a su verdadero interés y a su decoro.

Si algo de esto ha habido hasta ahora, no es, por cierto, nuestro partido el responsable ante la opinión de los males causados, ni de la dependencia en que los hombres titulados independientes tiendan a constituir a la nación, con el fin y objeto de servir a naciones extrañas en la cuestión que actualmente agita a la Europa.

Volver a los resultados