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Prensa y canon · Textos historiográficos

«El Liceo. Poesía castellana del siglo XVI»

Autor del texto editado
Madrazo, Santiago Diego (1816-1890)
Título de la obra
El Liceo Artístico y Literario Español, 1838
Autor de la obra
Fernández de la Vega, José (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de la Compañía Tipográfica, 1838
Paginación
pp. 166-171
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de HathiTrust Digital Library. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 11 junio 2025

EL LICEO

Poesía castellana del siglo XVI


En las primeras épocas de la vida del mundo la poesía fue siempre un fruto espontáneo del corazón y un resultado necesario de las circunstancias en que se hallaban los cantores, que al mismo tiempo que celebraban a los héroes explicaban los arcanos de la naturaleza y daban leyes al pueblo. Los cantos que resonaron en la cuna del mundo tenían la pureza y ternura del corazón de una virgen, y la frescura, lozanía y arrogancia de un mancebo robusto que no ha oído mas música que el ruido de los torrentes, ni ha visto más cuadros que la agreste capa de una naturaleza salvaje. Tal es la poesía que se conserva de aquel pueblo rudo e indomable que tuvo por rey al sublime David, y tales son los cantos de aquella nación desconocida, tal vez hija primogénita de los hebreos, que nos dejó la Mahabarata, poema colosal digno del país de los elefantes y de la prodigiosa vegetación del Asia. Así nos pinta la fábula a la poesía del famoso Orfeo, que, conmoviendo los montes de Tracia, paraba el curso de los ríos; y la del celebrado Anfión, que levantó con su lira las murallas de la ciudad de Edipo. A medida que los pueblos se separan del punto de su nacimiento, la poesía va perdiendo el hermoso candor de la inocencia y se atavía con las galas que la presta el gusto refinado que traen consigo la cultura y la civilización.

Por eso la poesía de la Grecia, de ese país privilegiado cuya gloria se ha hecho hermana del tiempo y crece con él, a pesar de ser indígena y nacida espontáneamente y sin esfuerzo, no es ya tan sencilla como la de los pueblos nómadas, que no entendían más lenguaje que el del corazón. Por eso Homero, que es acaso el hombre más grande que han producido los siglos, no es ni tan sublime como David, ni tan melancólico como Job, ni tan sencillo en sus descripciones como Moisés. Sin embargo, la poesía de la Grecia es la primera poesía del mundo, porque aunque no es tan sencilla ni tan sublime como la de la Biblia y la de la Mahabarata, es además de original y hermosa, más universal que las otras dos, y un espejo fiel de la civilización de un pueblo sabio y lleno de gloria que dejó la escuela para enseñar y rasgó las mantillas para empuñar el escudo. La antigua Grecia, ese pueblo famoso que tuvo la suerte de ver la aurora de la civilización de la tierra, era poeta cuando era filósofo, cuando daba leyes y cuando se batía en el campo. La República de Platón es un poema, las leyes de Solón son un poema, y la batalla de Salamina es un magnífico cuadro en el poema de la historia de Grecia. Aristóteles con su escuela es la única excepción, y, sin embargo, pasó gran parte de su vida dando leyes a los hombres que cuando cantan son los intérpretes del corazón. Cuando la poesía es original e hija de un estudio profundo de la naturaleza, reúne de ordinario casi todas las dotes que hacen de ella el pasto de las almas sublimes, el consuelo del abatimiento y el antídoto de la amargura. Por eso pocos pueblos tienen una literatura que esté fuera de los tiros de la crítica, y por eso conservará siempre la primacía la literatura del pueblo de Sócrates. La lira griega encontraba siempre cuerdas para expresar de una manera original y exacta todos los pensamientos del alma y todos los sentimientos del corazón. Era sencilla y sublime con Homero, osada y delirante con Píndaro, tierna con Corina, frenética y vehemente con Safo, ligera y lasciva con Anacreón, juguetona y maliciosa con Menandro y Aristófanes, y terrible y apasionada con Sófocles y Eurípides.

La gran Roma, ese pueblo que fue extremadamente valiente y después extremadamente cobarde; que fue virtuoso hasta ser ascético, y después vicioso hasta ser desenfrenado; que venció a casi todos los pueblos que lucharon con él, y al fin murió de consunción mas bien que bajo el hacha de los cazadores del Norte, también tuvo su literatura. Mas la poesía romana no es ya la sencilla hija de los bosques de Arcadia, ni la hermosa joven que llora sobre las ruinas de Ilión; sino es una copia de la literatura griega, no tiene ya la frescura y originalidad de los cantos del país de la poesía. Virgilio Atierno, melancólico y a veces sublime, siguió las huellas de Homero y, como todo imitador, se quedó a larga distancia. Horacio, que unía a una imaginación rica y fecunda un talento filosófico y exacto, es el único poeta original que poseyó Roma. Horacio solo fue el que comprendió que la poesía de su siglo debía ser filosófica, porque los romanos pensadores, naturalmente graves, tenían que ser por necesidad filósofos, después que Sila, Catilina y Antonio habían hecho de una nación virtuosa y activa un gran rebaño de esclavos viciosos e indolentes. Si los poetas de Roma, en vez de estudiar a los poetas griegos, hubieran estudiado la naturaleza, sus cantos hubieran sido originales, y por consiguiente profundos, melancólicos y vigorosos. Tal vez entonces, en lugar de seguir a Teócrito por los campos de la Arcadia, hubieran sido el eco de las últimas palabras del rígido Catón, y acaso se hubiera despertado en el corazón de más de un romano el fuego santo que inspira la gloria y que ató en otro tiempo al carro de la república los despojos de Grecia, de Cartago y de Mitrídates.

Antes de la literatura de la restauración dominaron la poesía árabe y la provenzal, que, si bien son originales, aunque no siempre, nunca atraerán la ciega veneración de los sabios, porque no se refleja en ellas un estudio concienzudo de la naturaleza.

La poesía del Norte es de distinto género, porque es enteramente original; es dura como las rocas de la Escandinavia e impetuosa como sus torrentes, valiente como sus héroes, y agreste como sus hielos y sus bosques. Esta poesía es independiente, porque no ejerció ningún influjo en su formación la poesía antigua, ni ella le ejerció en la de la restauración.

Italia, que tantos títulos tiene para merecer la admiración del mundo, fue el primer pueblo que, alzándose del polvo, dio la señal de la resurrección de las ciencias y las artes. Dante, abriendo las puertas del infierno, sacó del cristianismo una poesía nueva, profunda, enérgica y terrible. Este hombre sombrío ha dejado solo con su nombre un monumento de las glorias de Italia. Mas la poesía italiana perdió su originalidad en su cuna, y Dante murió sin imitadores. Petrarca, hombre de talento, dulce, sensible y de costumbres apacibles y angelicales, se dio al estudio de los códices latinos que conservaron los árabes durante el largo periodo de la edad media, que es un grande paréntesis en la civilización del mundo. Mas, a pesar de eso, la poesía de Petrarca no presenta el mismo sello que la poesía romana del tiempo de Augusto. La dulzura, regularidad y corrección son las mismas; hay empero cierto refinamiento en los cantos del amante de Laura que no se halla en las sentidas elegías de Tíbulo y Ovidio. Esa sutileza metafísica y pueril, hija de las cuestiones amorosas de la poesía provenzal, a que tan aficionado era Petrarca, hizo que la literatura italiana no tuviera la nobleza de la literatura antigua de Roma, y que la poesía tomara cierto aire pueril y humilde, de que no pudieron despojarla los paladines de Ariosto, ni la dignidad del melancólico y sabio poeta que hizo repetir los gemidos de su harpa al eco de las ruinas de Jerusalén.

La poesía española del siglo XVI es un reflejo de la poesía italiana y ofrece, por consiguiente, al historiador filósofo los dos caracteres que distinguen a la literatura que fue su modelo. Tiene la regularidad de la poesía romana y la puerilidad sutil de la provenzal. Herrera siguió las huellas de Píndaro sin tener su amable y delirante abandono; Garcilaso copió a Virgilio, y los Argensola a Horacio. Garcilaso por imitar a Petrarca escribió unas canciones frías e inamoldables al carácter español, y Herrera cantó sus amores en ridículas elegías, faltas de calor y de vida, de una manera tal, que, si la historia no nos hubiera trasmitido su vehemente pasión a la condesa de Gelves, creeríamos que nos engañaba. La causa, pues, del mal gusto que reinó en el siglo XVI es la falta de originalidad y el ningún estudio de la naturaleza. Fue malo el gusto de los poetas del siglo XVI porque, en vez de buscar las bellezas en el mundo, las buscaron en los poetas italianos; y fue malo también el de nuestros poetas del siglo XVI porque, en lugar de estudiar el mundo existente, crearon uno nuevo. No estudiando los poetas del siglo XVI ni la naturaleza que los rodeaba ni el pensamiento social que presidió a la vida de su siglo, privaron a España de la gloria que eran capaces de darla Garcilaso, Rioja, fray Luis de León y Herrera.

Si recorremos una por una las manchas que afearon la poesía castellana del siglo XVI, en todas ellas reconoceremos una misma fuente: la falta de originalidad. La religión gentílica no tiene ni el misterio, ni la idealidad, ni el terrible sublime de la religión del Evangelio; pero, en cambio, está más en armonía con la vulgaridad de nuestras pasiones y más en contacto con los intereses de los sentidos. Por eso esa religión material y lasciva era eminentemente poética en un pueblo como la Grecia, cuya atmósfera es una nube de perfumes, cuyo suelo era una grande alfombra bordada de flores, y en donde la naturaleza física forzaba al pensamiento a espaciarse por ella y no le dejaba buscar dentro de sí mismo el temple de las almas de los países helados y nebulosos del Norte. Mas, ¿cómo podía ser objeto de los cantos de la España del siglo XVI, en tan alto grado cristiana y tan distante de sus hábitos por su cultura y por la organización de su gobierno de aquel pueblo, prototipo de la belleza y de la sensualidad, que no conocía más trabajo que el de hablar en las plazas públicas, ni más ocupación que la de batirse en el campo? Lo poetas del siglo XVI, sustituyendo la mitología pagana en lugar de la religión evangélica, hicieron que la poesía, arte popular y divino, se convirtiera en estudio de los anticuarios y filólogos. Por no estar persuadidos de la importante verdad de que la poesía debe ser para el pueblo, decían fríamente, porque no decían lo que pasaba dentro de su corazón, que se hallaban inspirados por el fuego de los dioses, como si se hallasen sobre la cueva de Trofonio o sentados en la trípode de la Pitonisa.

Como los cantos de los poetas del siglo XVI no estaban en armonía con su corazón, ni eran el espejo fiel de sus sentimientos ni de sus ideas, sino el eco de las palabras de otros siglos, por eso estaban faltos de calor y de vida. La sencilla y apasionada ternura de los pastores del cisne de Mantua no es ya sino un pálido reflejo en las églogas de Garcilaso. La filosofía natural y sentida de Horacio es escabrosa, árida y obtenida a duras penas en los Argensolas. Mas, si algunas veces encuentran las pasiones una expresión sencilla y espontánea, casi nunca tienen el calor y la vehemencia que las distinguen en el mundo. Por eso el amor, esa pasión exigente y poderosa, no es sino una flor marchita en los sonetos de Rioja, en las canciones de Garcilaso y en las elegías de Herrera. Por eso las sublimes y terribles tragedias de Sófocles y Eurípides no se copiaron tanto como las demás obras de la antigüedad, y solo hallaron un débil remedo en las piezas raquíticas de Vasco del Fregenal y de Fernán Pérez de Oliva. Era imposible que fueran trágicos unos hombres que cuando sentían necesitaban copiar.

El mismo origen tiene la sutileza pueril y ridícula que afectaron los poetas del siglo XVI en las composiciones en que debe haber más delirio y más abandono, en las que calla el sabio para que hable el hombre, y en las que duerme el alma para que despierte el corazón. Por eso la poesía amorosa y apasionada estaba sembrada de conceptos y oscurecida con las nieblas de una metafísica insípida.

El no ser original la poesía del siglo XVI hizo que algunos escritores, y entre ellos los Argensolas, no tuvieran aquella difícil facilidad que es el encanto de la poesía griega. Una traducción, aunque esté bien hecha, no tiene nunca la frescura y la naturalidad del original, y es como las plantas exóticas, que crecen humildes y raquíticas en un suelo en que nacerían espontáneamente árboles frondosos y robustos.

La misma causa produjo la regularidad que hace fría y monótona nuestra literatura llamada del Siglo de Oro. Unos hombres que limitaron su ambición a copiar no podían menos de ser esclavos de sus modelos, y era imposible que sus cantos respirasen aquella libre franqueza que caracteriza las poesías originales. De ahí es que casi todas las composiciones comienzan y concluyen del mismo modo, y que, sabido el rumbo de una, se conoce el de todas las del mismo género. De ahí nacieron las frías invocaciones de las odas y los insípidos ritornelos de las canciones, y de ahí la regla ridícula que marcaba el número de versos de algunas composiciones, como si pudieran tener más límites que los que señalan el corazón y el buen gusto.

La falta de originalidad produjo también la mala elección de los asuntos. Nuestros poetas, fijos siempre sus ojos en los libros griegos y latinos, no vieron nada en el libro del mundo que tenían delante, y la historia fecunda y filosófica de aquel siglo, que tan bien se hubiera hermanado con la poesía, tenía sus hojas en blanco para nuestros literatos. Un pueblo virgen, rudo y desconocido aparecía a la voz de un hombre en medio de las aguas, y se vio que el sol, que habían creído los antiguos iba a dormirse debajo del océano, estaba siempre despierto y fecundaba durante nuestro sueño un pueblo libre a quien después alumbró esclavo. Carlos V, príncipe guerrero y magnánimo, hollando con sus pies la Europa, produjo una revolución política, y Lutero, queriendo dar libertad al pensamiento, produjo una revolución moral. León X, centro del mundo religioso, era también centro del mundo científico protegiendo las letras y las artes, y Rafael y Tiziano estaban haciendo milagros en Roma y Venecia. Los comuneros de Castilla, queriendo sostener los antiguos fueros, vieron rodar sus cabezas, y un rey de Francia estuvo prisionero en Madrid. Todos estos grandes acontecimientos iba escribiendo el tiempo en las hojas de la historia, en tanto que nuestros poetas invocaban a dioses desconocidos del pueblo, que no existían, y cantaban el candor y la amable inocencia de los pastores en una época en que eran groseros y brutales. Esta idea peregrina no se les hubiera ocurrido si, más que en lo que les rodeaba, no hubieran pensado en Virgilio y en Teócrito. Si nuestra poesía del siglo XVI hubiera sido original, tal vez fuera valiente como Carlos V, sublime como Rafael, delicada como los bellos rostros de las vírgenes de América, y ardiente y apasionada como el clima de Andalucía. Mas, desgraciadamente, no fue así, y la España del siglo XVI, que tantos laureles amontonó sobre la cabeza de sus guerreros, no tuvo poesía propia.

¡Cuántas excelentes prendas se malograron desgraciadamente! ¿Quién es capaz de igualar a nuestros poetas del siglo XVI cuando son originales? ¡Qué sencillez, qué candor, qué ternura las de Garcilaso! ¡Qué amable abandono el de Francisco de la Torre! ¿Quién es más vehemente que fray Luis de León cuando al ver la Ascensión del Señor levanta las manos y parece elevarse con él hasta el cielo? ¿Qué no hubiera sido capaz de hacer un hombre tan filósofo, tan tierno y tan sublime? ¿Quién es capaz de detener a Herrera cuando se lanza a los tiempos pasados y rasga el velo del porvenir? ¿Quién es más grande que él en algunos trozos de la oda a la batalla de Lepanto? ¿Y qué poeta ha habido más rico, más profundo y más melancólico que Rioja llorando sobre las ruinas de Itálica? ¡Qué agudeza en don Lupercio Argensola, y qué juicio en su hermano! ¡Qué verdad y qué hermosura en Céspedes, y qué inspiración en Arguijo! ¡Qué versos tan sonoros en Figueroa, y qué lozanía en los pastores de Balbuena! ¡Qué corrección en todos ellos, y qué estudio tan detenido de la lengua! ¡Qué no hubieran producido prendas tan relevantes en un siglo tan fértil en acontecimientos, si la moda y una civilización naciente no hubieran hecho de cada libro antiguo un código sagrado! Tal vez se dirá que por no seguir sus huellas se extraviaron nuestros poetas colosales del siglo XVII; yo solamente contestaré a eso, con el inmortal Jovellanos, que en la poesía, como en las demás bellas artes, hay solo un libro, que es… la naturaleza.

SANTIAGO DIEGO MADRAZO

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