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Prensa y canon · Textos historiográficos

«Sobre la comunicación de la literatura y de la filosofía entre las diversas naciones de Europa»

Autor del texto editado
Sin firma
Título de la obra
Efemérides de España, n.º 301, 06/11/1806
Autor de la obra
Velasco, Julián (dir.)
Edición
Madrid: Oficina de Caballero, 1804
Paginación
pp. 1264-1277
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de Google Books. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 4 junio 2025

SOBRE LA COMUNICACIÓN DE LA LITERATURA Y DE LA FILOSOFÍA ENTRE LAS DIVERSAS NACIONES DE EUROPA


En una época en que muchas personas atrincheradas en sus opiniones forman dos partidos igualmente perjudiciales al progreso del entendimiento humano; es decir, unos por quererlo encontrar todo en la literatura nacional, y otros, (y suelen ser los peores ) por despreciar esta y proclamar exclusivamente la literatura extranjera, será muy oportuno ponerles de manifiesto el siguiente discurso tomado substancialmente de los Archivos literarios de Francia:

Dos obstáculos defraudan hoy a las naciones ilustradas de las ventajas que les ofrece un comercio recíproco de ideas y de conocimientos. Aquel ciego entusiasmo que se manifiesta algunas veces en cada país por la literatura extranjera, con el cual se da a la literatura patria un carácter forzado y servil de pura imitación; y aquella preocupación en favor solo de las cosas propias, con cuya exageración se pretende proscribir todo cuanto no ha nacido y progresado en el patrio suelo. Ambas disposiciones son igualmente funestas. El comercio de las ideas es como el de los frutos y producciones industriales. Ninguno puede aspirar a enriquecerse sino por medio de cambios o permutas; el que quiere darlo todo creyendo tenerlo todo, prepara la quiebra de la razón; y el que se obstina en no recibir nada vivirá en un vergonzoso empobrecimiento de la razón misma.

Es muy justo que toda nación conserve en materias literarias, como en todo lo demás, aquel noble orgullo y legítima independencia que está en ecuación con el patriotismo ilustrado y que sirve para mantener la elevación de las ideas y para nutrir el ingenio, prestándole un íntimo convencimiento de sus propias fuerzas. Pero de semejante afecto, sublime por la verdad, va tanta diferencia al amor obstinado de las ideas exclusivas o al menosprecio de las producciones ajenas como diferencia va de la dignidad a la vanidad y necio orgullo. Todos los literatos de una nación están obligados a dar a conocer, por la justicia que tributen a los de las demás naciones, la confianza ilustrada que ellos ponen en sus propios derechos a una recíproca estimación, de manera que, apreciando con imparcialidad su literatura, se muestren idóneos y dignos de juzgarla. La señal más cierta de la verdadera grandeza y poderío de la razón es la de ser justo y equitativo con sus rivales; pero una estólida arrogancia nada significa más que el patrimonio de las tinieblas y de los errores: Así vemos que los pueblos ignorantes son precisamente los que más están en la torpe creencia de que pueden bastarse a sí mismos sin necesidad de otro alguno.

Hay un error singular que es común hasta en las naciones más ilustradas, y que por desgracia existe en Paris, en Madrid, en Londres, etc.; es, a saber, la pretensión de fundar en el patriotismo un orgullo literario exclusivo, y asociar de este modo el más noble de los afectos a las ideas más miserables y más estériles. Todo hombre que ame profundamente su patria, que la desee con anhelo todo género de gloria, no debe limitarse a ponderar sus éxitos pasados, sino que debe proponerse conocer lo que fue y examinarlo para afianzar sus éxitos presentes y venideros. La España, por ejemplo, ilustró la Europa en el siglo XVI, y ya en el XVIII necesitó comprar las luces de esta, mal compradas acaso porque no quiso acordarse de lo que había tenido en su literatura, y, por consiguiente, no supo apropiarse de nuevo lo que adquiría. Todo esto debe examinarlo el literato celoso del bien de su país, y después debe querer que sus compatriotas sepan estimar a los extranjeros para que puedan recibir con gratitud y discernimiento lo grande y útil que sean capaces de producir. Debe aplaudir toda comunicación literaria que, permitiendo observar los progresos de los demás pueblos, ponga a su nación en estado de excederlos a todos; finalmente, debe comprehender que ilustrarse así con los adelantamientos ajenos no es reconocer en estos una superioridad ridícula, sino confesar una verdad muy útil, cual es que las naciones son unas de otras tributarias de sus conocimientos.

Los griegos, que tuvieron la manía de llamar bárbaros a todos los pueblos contemporáneos, no incurrieron, sin embargo, en el error de privarse de sus socorros. ¡Cuántas veces tomaron prestadas con ciega confianza las tradiciones del Asia y las artes de Fenicia y de Egipto! Los sabios que ilustraron los buenos tiempos de Grecia se prepararon a sus tareas rectificando sus conocimientos en los viajes que emprehendieron al efecto. Trajeron a la patria los conocimientos matemáticos que no tenían y los elementos de filosofía que no habían cultivado. En fin, la Grecia por la variedad de usos y de instituciones diversas pudo considerarse en la época de su mayor prosperidad como una reunión de lo mejor de los demás pueblos, en donde la emulación mantenía los progresos de los ramos del saber y vulgarizaba el cultivo de las luces. Por eso los griegos, entre todas la naciones de la antigüedad, fueron los únicos que tuvieron la gloria de establecer en su seno un comercio de ideas activo y rápido, llegando a la cumbre de la perfección a que ninguno pude arribar en su tiempo.

Los romanos, aquel pueblo insolente y orgulloso, que puede decirse numeró los días de su grandeza por los actos de desprecio con que trató a los demás pueblos, sin embargo de que no quería con ellos más relaciones que las de la guerra y conquista, que jamás supo adquirir nada sino con los triunfos, luego que se vieron dominadores conocieron que ya no podían serlo sin atesorar los conocimientos de los demás países; y así se ve en la historia que la época de sus buenos progresos literarios nació luego que acabaron el edificio de su engrandecimiento.

La moderna Italia fue el primer teatro de la restauración de las ciencias y de las artes, porque aprovechó las luces ajenas y porque, dando la mano a los griegos fugitivos y extendiendo hasta las Indias sus relaciones mercantiles, vino a ser por un efecto de las instituciones religiosas el centro de las relaciones de toda Europa.

También la España tuvo el mismo privilegio. Aprovechando las luces que habían reunido los griegos y romanos, y familiarizándose con el idioma de los Homeros, de los Virgilios y de los Horacios, dio a su lengua y a su literatura en el siglo XVI un carácter decidido, y sin servil imitación conoció sus fuerzas, las cultivó con los conocimientos de todos los pueblos, y la Europa atónita admiró los escritos de Cervantes y reconoció por modelos las producciones de sus poetas, cuyas imaginaciones fueron ricas de conceptos sublimes, tan nuevos como apropiados, y de una dicción delicada, severa, correcta y elegante.

La Francia heredó poco después este privilegio de la razón, y aunque al principio cometió el defecto de dar a su lengua y a su literatura un carácter de imitación, por sujetarse demasiado a los modelos que la España y la Italia la presentaban, recobró en breve su esplendor.

[...]

* Debemos justificarnos con nuestros lectores. El discurso que antecede lo hemos creído digno de las Efemérides. Los defectos que reprehende Degerando en París son comunes a nosotros; habla de todas las naciones cultas, reclama los derechos de la razón en cada una, y las preocupaciones que reprehende pertenecen al plan de nuestro prospecto, cuyo objetivo principal es la instrucción pública.

Los editores

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