«Demostraciones críticas para los lectores de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, impreso en Argamasilla de Alba. Continuación»
- Autor del texto editado
- Acosta y Lozano, Zacarías
- Título de la obra
- El Museo universal, año IX, nº 2, 08/01/1865
- Autor de la obra
- Gaspar y Maristany, José (dir.) Roig, José (dir.)
- Edición
- Madrid:
Gaspar y Roig,
1865
- Paginación
- pp. 10-11
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Carmen Calzada Borrallo
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
Este documento sigue los criterios y lenguaje cifrado de TEI http://www.tei-c.org/About/website.xml
Sevilla, 2 junio 2025
Demostraciones críticas para los lectores de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, impreso en Argamasilla de Alba
(Continuación)
Párrafo XII.
Parte II, cap. VIII. Nota 62, tomo III.
Texto de Cervantes. «Hemos de matar en los gigantes a la soberbia, a la envidia en la generosidad y buen pecho...»
El señor Hartzenbusch ha añadido un vicio al texto, escribiendo: «a la avaricia y envidia».
Dice: «Ninguna edición trae aquí la avaricia, palabra que, si no la escribió Cervantes en su borrador, de seguro estaba en su pensamiento cuando escribía esto, porque nombra a todos los demás vicios, y a la virtud contraria a la avaricia: la generosidad».
Nos sucede con las notas del señor Hartzenbusch lo que al buen Sancho al pasar una mano por sus carnazas para topar cosa viva, que, tentando y pescando, tenía que sacudirse los dedos y lavarse toda la mano en el río
Vamos por partes.
He aquí cómo raciocina el corrector: La palabra avaricia estaba en el pensamiento de Cervantes; lo que está en el pensamiento siempre se traslada al papel; luego la palabra avaricia debió escribirla Cervantes.
Que la palabra avaricia se hallase en el pensamiento de Cervantes al escribir este lugar de su obra es probable, atendiendo a ese fenómeno de nuestra inteligencia conocido con el nombre de asociación de las palabras, pero aun de aquí no se sigue que forzosamente hubiese de trasladar al papel dicha palabra, pues, no habiéndose propuesto escribir un compendio de doctrina cristiana, pudo tener para omitirla muchas y diversas razones.
La que más naturalmente se ocurre es no ser la avaricia vicio en que podía don Quijote creer incurriese ningún caballero andante. Y, en efecto, ¿para qué querían las riquezas aquellos a quienes todo se debía de derecho y que, como los apóstoles, caminaban, o podían caminar, sin dineros y sin alforjas?
La omisión, pues, de la palabra avaricia, más que descuido, parece revelar cuidado. Todos saben que Solón no impuso en su código pena alguna al parricida, y este voluntario descuido de aquel sabio legislador es un rasgo más filosófico y profundo.
Ya nos parece oír a algún malicioso lector que, bañado el rostro de una sonrisa entre severa y burlona, nos dice:
… Frate, tu vai
l’altrui mostrando, e non vedi il tuo fallo.
«Usted, señor crítico, no ha tenido presente que al añadir el corrector la palabra avaricia no se funda solamente en que esta palabra debió estar en el pensamiento de Cervantes, sino también en que, haciéndose mención en el texto de la virtud de la generosidad, debió asimismo mencionarse el vicio contrario de ella, que es la avaricia.»
Vamos a contestar a esto.
Que la virtud contraria del vicio avaricia o, mejor dicho, equidistante de los vicios extremos avaricia y prodigalidad es la generosidad nunca lo dijo Cervantes, ni lo dirá nadie que conozca el valor de estas palabras. Dicha virtud es la liberalidad, y así lo entendía Cervantes, que la define con toda claridad y precisión en los siguientes versos:
Llaman liberalidad
al dar que extremo huye
de prodigalidad
y del contrario…
Este contrario o —supliendo lo que la elipsis quita— extremo contrario es la avaricia, por manera que ya tenemos aquí una definición por la cual vemos que por liberalidad entendía Cervantes esa virtud que nos separa igualmente de las mezquindades del avaro y de los despilfarros del pródigo.
Pero (podrá preguntársenos) Cervantes, que así fijó el significado de la palabra liberalidad, ¿fue siempre consecuente al usar de ella? Sí que lo fue, y vamos a probarlo con repetidos ejemplos.
«Pasaba mi padre (dice el cautivo al principio de su historia) los términos de la liberalidad, y rayaba en los de ser pródigo».
«El rico no liberal (dice don Quijote en otra parte) será avaro mendigo».
En el primero de estos ejemplos está tomada la liberalidad como contrario de la prodigalidad; en el segundo está tomada como contrario de avaricia; vemos, pues, aquí otra vez lo que ya vimos en la definición: colocada la liberalidad entre los extremos de prodigalidad y avaricia.
A aquel amante, siempre dispuesto a sacrificar sus bienes de fortuna por la libertad de su amada, no llamó Cervantes generoso, sino liberal: El amante liberal; y si tampoco le llamó pródigo fue porque sabía que la prodigalidad no la constituye el deprecio de las riquezas, sino el desperdiciarlas en la compra de goces o frívolos o altamente reprobados por la moral.
«Lea, señor, y lea alto (dice la gitanilla Preciosa), veremos si es tan discreto ese poeta como es liberal».
«Infinitas y bien dichas fueron las razones con que los capitanes agradecieron a Roque su cortesía y liberalidad».
«Este nuestro capitán más es para fraile que para bandolero; si de aquí en adelante quisiere mostrarse liberal, séalo con su hacienda y no con la nuestra.»
«Al ventero, que no conocía a don Quijote, tan admirado le tenían sus locuras como su liberalidad.»
«De todo lo cual fue común opinión que se debían dar las gracias a la buena intención y mucha elocuencia del señor cura, y a la incomparable liberalidad de don Fernando.»
Los ejemplos puestos bastan para quedar convencidos de que cuando el señor Hartzenbusch toma a avaricia por contrario de generosidad se desvía de las ideas claras y precisas que unía Cervantes a estas palabras.
Si donde el corrector ha puesto la palabra avaricia la hubiera puesto Cervantes, no hubiera este escrito después generosidad, sino liberalidad; no hubiera escrito «a la avaricia y envidia, en la generosidad y buen pecho», sino «a la avaricia y envidia, en la liberalidad y buen pecho». Y, en efecto, en su Adjunta al Parnaso no escribe «son asombros de la avaricia y estímulos de la generosidad» , sino «son asombros de la avaricia y estímulos de la liberalidad».
Y no se diga que el corrector ha seguido quizá el ejemplo de alguno que tomó por sinónimos a generosidad y liberalidad; pues no se trata ahora de seguir el ejemplo de ese alguno, sino de escribir como escribía Cervantes.
Por último, aquellas dos palabras ni fueron sinónimas en tiempos de Cervantes, ni lo son ahora; la liberalidad es una virtud y, por consecuencia, un hábito. Y solo se refiere al uso que se hace de las riquezas; la generosidad es una propensión, y puede referirse a muchas cosas. Un liberal puede ser generoso unas veces, y otras no, sin que por esto deje de ser liberal. El que se venga deja de ser generoso al vengarse, pero no dejará de ser liberal si poseía esta virtud.
Párrafo XIII.
Parte II, cap. LVI. Nota 83, tomo IV.
Texto de Cervantes. «El Duque, que esto oyó, estuvo por romper en risa toda su cólera y dijo: “Son tan extraordinarias las cosas que suceden al señor don Quijote, que estoy por creer que este mi lacayo no lo es; pero usemos de este ardid y maña: dilatemos el casamiento quince días si quieren, y tengamos encerrado a este personaje que nos tiene dudosos, en los cuales podría ser que volviese a su prístina figura”».
El corrector pone siquiera en lugar de si quieren, y la razón que expone para justificar esta enmienda es la siguiente: «Si quieren dice la primera edición; el Duque, sin embargo, según se refiere después, no gustaba de tal casamiento, y lo hubiera dilatado aun contra el querer de Tosilos, de la dueña y de la hija».
Todo el mundo sabe que la línea recta es la más corta de cuantas pueden tirarse de un punto a otro; y, sin embargo de esto, para pasar de un punto a otro no siempre vamos por la línea recta. En los negocios de la vida ninguna línea es más larga que la recta: la curva conduce siempre, o casi siempre, con más facilidad y prontitud al punto que se desea llegar.
El Duque no quería que se efectuase tal casamiento, pero tampoco querría manifestar su oposición de una manera decidida: habló como diplomático.
Las insinuaciones de los poderosos casi siempre son recibidas por sus inferiores como mandatos. Esto no debe de ignorarlo ningún duque, y el de nuestro cuento usa de la frase si quieren dando muestra de deferencia e imparcialidad, y seguro de que no quedaría desairado. Para mandar como señor siempre le quedaba tiempo.
Vale, pues, más, y es mucho más intencionado el si quieren de Cervantes que el siquiera del corrector.
(Se continuará)
Zacarías Acosta