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Prensa y canon · Polémicas

«Demostraciones críticas para los lectores de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, impreso en Argamasilla de Alba. Continuación»

Autor del texto editado
Acosta y Lozano, Zacarías
Título de la obra
El Museo universal, año VIII, n.º 51, 18/12/1864
Autor de la obra
Gaspar y Maristany, José (dir.) Roig, José (dir.)
Edición
Madrid: Gaspar y Roig, 1864
Paginación
p. 402
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Carmen Calzada Borrallo
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 28 mayo 2025

Demostraciones críticas para los lectores de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, impreso en Argamasilla de Alba

(Continuación)


Sancho es despertado por su señor muy de mañana el día siguiente, y, todavía soñoliento y perezoso, vuelve la cabeza a todas partes para cerciorarse de cuál de ellas venía el agradable olor que percibió, quizás apenas abrió los ojos, o quizá antes de haberlos abierto.

Ya resuelto por su olfato el importante problema propuesto por su vientre, con el aplomo y desconfianza del sabio que expone una verdad por él descubierta, pero que teme equivocarse, dice: «De la parte de esta enramada, si no me engaño, sale un tufo y olor harto más de torreznos asados que de juncos y tomillos; bodas que por tales olores comienzan, para mi santiguada que deben ser abundantes y generosas».

Ya tenemos aquí a Sancho Panza tentado por el demonio de la gula: segura es su caída. Por una fritada de jamón renunciará su noble oficio de abogado, así como Esaú renunció su primogenitura por un plato de lentejas.

En efecto, mándale don Quijote, después de decirle que acabe y de llamarle glotón, que le siga por ver lo que hace el deseñado Basilio; y contesta Sancho: «Más que haga lo que quisiere. No fuera él pobre, y casárase con Quiteria. ¿No hay más sino no tener un cuarto y querer casarte por las nubes? A la fe, señor, yo soy de parecer que el pobre debe contentarse con lo que hallare y no pedir cotufas en el golfo».

¡Contradicción espantosa! El defensor espontáneo de Basilio ha abandonado la causa de este, pasándose al bando de Camacho el rico, y, sin embargo, nada hay en esto que se oponga a esa verdad sin la cual ninguna obra fruto de la imaginación podrá tener verdadera belleza.

El egoísta puede parecer generoso al tratar de las cosas en que nada ve o columbra de que pueda resultarle daño o provecho; pero al punto que esta circunstancia desaparece dejará de dirigir sus palabras y sus obras al blanco de la razón y de la justicia, para dirigirlas al de la propia utilidad o conveniencia.

Sancho Panza se retrata a sí mismo de un solo rasgo cuando dice: «El rey es mi gallo, a Camacho me atengo». Breve y digna fue la contestación que dio don Quijote a tan miserable y desconsoladora máxima: «En fin, bien que se parece, Sancho, que eres villano, y de aquellos que dicen “viva quien vence”».

La inconsecuencia de Sancho que acabamos de apuntar es una de las grandes y muchas bellezas de que está sembrado el Quijote. Acaso tuvo presente Cervantes al escribir esto al padre Aliaga, de quien ha dicho el siempre profundo, circunspecto y elegante escritor don Aureliano Fernández Guerra 1 que «tuvo maña para sacudirse de los miserables y acercarse a los dichosos».

Párrafo II

Parte II, cap. XXIV. Nota 119, tomo III.

Texto de Cervantes. «Estando en esto, vieron que hacia donde ellos estaban venía un hombre a pie, caminando apriesa, y dando varazos a un macho que venía cargado de lanzas y de alabardas. Cuando llegó a ellos los saludó y pasó de alto. Don Quijote le dijo: “Buen hombre, deteneos, que parece que vais con más diligencias que ese macho ha menester”. “No me puedo detener, señor –respondió el hombre– porque las armas que veis que aquí llevo han de servir mañana, y así, me es forzoso el no detenerme.»

El señor Hartzenbusch, en lugar de mañana, escribe acaso mañana; y para justificar su enmienda dice: «El adverbio acaso, que en las demás ediciones falta, va en esta, porque en el capítulo siguiente, hablándose de lo mismo se dice que las armas han de servir mañana o esotro, y se ve después (capítulo XXVII) que sirvieron a los cuatro días».

Se ve clarísimamente en lo que hemos copiado del texto del Quijote que el conductor de las armas caminaba con suma priesa. Su contestación debía ser la más favorable al propósito que de no detenerse había hecho. Pues bien, mañana es más perentorio que acaso mañana, y por eso dijo mañana, como escribió el gran Cervantes, y no acaso mañana, como escribe el señor Hartzenbusch.

Lo que se ha dicho en este párrafo y en el primero da suficiente motivo para observar que muchas de las equivocaciones que, al pretender corregir el texto del Quijote, ha padecido el señor Hartzenbusch tienen su origen en que ve contradicciones donde en realidad hay verdad y consecuencia.

No le bastará seguramente a un novelista, para escribir con verdad, hacer que cada una de las personas que introduce en su novela hable como corresponde a su edad y a su estado, si al mismo tiempo no hace que el lenguaje de cada una esté en armonía con las circunstancias en que se encuentra. El que trata, por ejemplo, de vender una cosa, pondera su mérito, y afectará desconocerlo en el caso de querer comprarla.

Esto, como se ve, es tan claro como la luz del mediodía, y, siendo así, no se halla contradicción alguna en que el mismo Sancho que dice a su mujer, «si no pensase antes de mucho tiempo verme gobernador de una ínsula, aquí me caería muerto» diga luego a su señor tratando del mismo asunto «ni lo creo ni lo espero». Ni tampoco hay contradicción en que el conductor de las armas dijese «han de servir mañana» aunque así no lo creyese, pues el fin que se propuso al contestar a don Quijote no fue decir la verdad, sino aquello que más a cuento le venía para librarse de preguntas y respuestas que hubiesen frustrado el vivo deseo que tenía de llegar cuanto antes a la venta. Ya en esta dijo que las armas habían de servir «mañana o esotro». Con el «mañana» disimulaba su mentira, y con el «o esotro» se componía con la verdad, y desviándose lo menos posible de lo que antes había afirmado.

Párrafo III

Parte II, cap. LIX. Nota 87, tomo IV.

Texto de Cervantes. «Cuando esperaba palmas, triunfos y coronas granjeadas y merecidas por mis valerosas hazañas, me he visto esta mañana pisado y acoceado y molido de los pies de animales inmundos y soeces».

Indómitos y feroces escribe el señor Hartzenbusch, y dice: «Estos dos adjetivos parecen más acomodables a toros que los de inmundos y soeces, impresos en la primera edición. Inmundos se llama con mayor propiedad a los puercos en el capítulo de la cerdosa aventura».

No nos detendremos a probar que los dos calificativos que adopta el corrector son mucho menos acomodables a los toros que los dos que desecha.

Creemos que, tratándose de toros, los adjetivos más propios son bravos y cerriles. Pero ni estos ni los que ha escogido el señor Hartzenbusch hubieran tenido, puestos en boca de don Quijote, tanta fuerza y verdad como tienen los dos que ha desechado… Vamos a probarlo.

Don Quijote se propone comparar dos estados opuestos de su vida: uno de encubrimiento y gloria, el otro de abatimiento y humillación. Funda el primero en considerarse impreso en historias, famoso en las armas, solicitado de doncellas, respetado de príncipes; y da por razón del segundo el haberse visto pisado y acoceado y molido de los pies de animales inmundos y soeces. Empleados estos dos calificativos, pinta mejor su estado extremo de humillación que si hubiese dicho indómitos y feroces, pues estos adjetivos, menos viles, no hubieran dado a la ofensa recibida un grado tan alto de humillación. En la escuela aprendimos de memoria:

Que el grado de la ofensa a tanto asciende
cuanto sea más vil aquel que ofende.


Bueno será observar, por la mucha luz que el hacerlo ha de esparcir sobre este punto, que la sentencia anterior no es más que el reverso de la siguiente:

Y tanto el vencedor es más honrado
cuanto más el vencido es reputado.


Según esta, el poeta que se proponga ensalzar una gran victoria de su nación tanto más la ensalzará cuanto a mayor altura levante el valor de la nación enemiga. Por esto, al cantar el gran Camões la más señalada victoria que contra las armas de Castilla alcanzaron las de Portugal, dijo:

A sublime bandeira castellana
foi derribada aos pés da Lusitana.


Demos fin a este párrafo.

El mal estuvo en no haber planteado bien el señor Hartzenbusch, antes de hacer su corrección, el problema que quería resolver: no debió buscar cuáles son los adjetivos que con más propiedad pueden aplicarse a los toros, sino cuáles son los que más naturalmente debían habérsele ocurrido a don Quijote para expresar con mayor verdad y fuerza todo lo humillante de la situación en que se encontraba.

Párrafo IV.

Parte II, cap. XI. Nota 79, tomo III.

Texto de Cervantes. «“Calla, Sancho”, respondió don Quijote en voz no muy desmayada, “calla digo, y no digas blasfemias contra aquella encantadora señora…”».

El señor Hartzenbusch escribe ronca y… en lugar de no muy bien; y para justificar su acatarrada enmienda dice: «Lo propio del caso era que hablase don Quijote con voz desmayada. Parece que la y de muy que trae la primera edición ha de ser la copulativa necesaria para unir con el adjetivo desmayada otro anterior, sea el de ronca, sea el de floja, sea otro más oportuno».

Lo propio del caso era, decimos nosotros, que a don Quijote se le alterase la sangre al oír que su escudero no hablaba de la señora Dulcinea con el respeto debido, –pues se desmandó hasta el extremo de decir «mas que se lleve a Satanás a cuantas Dulcineas hay en el mundo»– y si bien el grado sumo de postración en que le cogió tamaña blasfemia y la buena intención que, procurando consolarle, manifestaba Sancho, no dejaron que su cólera subiese hasta el punto que subió en otras ocasiones por irreverencias del mismo género, subió, sin embargo, lo bastante para que el tono de su voz se pusiese en desacuerdo con la postración anterior de su espíritu.

Vemos aquí a don Quijote, cuyo abatimiento había llegado hasta el extremo de soltar las riendas a Rocinante, dejándolo andar y pacer a su arbitrio, animarse súbitamente por el embrión de la cólera que engendró en su alma la blasfemia proferida por Sancho Panza contra la señora Dulcinea del Toboso, ídolo de nuestro andante caballero. Este es uno de aquellos cuadros de maravillosa sencillez y verdad vivificados por el divino pincel de Cervantes.

Y, si ahora nos detenemos a ver cuál es el toque magistral que da a este cuadro su mayor animación y belleza, hallaremos que es precisamente aquel no que, en mala hora, ha suprimido el señor Hartzenbusch.

Y es muy digno de notarse, por lo que contribuye a dar a conocer los recursos de los grandes escritores, que Cervantes, sin necesidad de valerse de explicación alguna, ha conseguido pintar la reacción producida en el ánimo de don Quijote con solo decir que este respondió con voz no muy desmayada.

La repetición «calla digo» no solamente contribuye a dar más bulto a aquella reacción, sino que pone de manifiesto una indignación reprimida en su origen, pero pronta a crecer y a estallar si un nuevo motivo da causa para ello. Calla digo, vale en este lugar tanto como una amenaza no expresa: es equivalente a «¡ten cuenta con lo que hablas!, ¡cuidado con lo que dices!»

Ya se deja ver que todas aquellas conjeturas de que la y del muy sería la copulativa para casar a desmayada con ronca, floja, o tirante no ha de pasar de ser ilusiones ópticas.

(Se continuará)

ZACARÍAS ACOSTA

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