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Prensa y canon · Polémicas

«Demostraciones críticas para los lectores de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, impreso en Argamasilla de Alba (1). Advertencia»

Autor del texto editado
Acosta y Lozano, Zacarías
Título de la obra
El Museo universal, año VIII, n.º 50, 11/12/1864
Autor de la obra
Gaspar y Maristany, José (dir.) Roig, José (dir.)
Edición
Madrid: Gaspar y Roig, 1864
Paginación
pp. 395-396
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Carmen Calzada Borrallo
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
Este documento sigue los criterios y lenguaje cifrado de TEI http://www.tei-c.org/about/website
Sevilla, 28 mayo 2025

Demostraciones críticas para los lectores de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, impreso en Argamasilla de Alba


1

Advertencia

En los primeros días de estar de venta la edición que queda mencionada, tuve deseos de verla, mas, como esto no me fuese buenamente posible conseguirlo en el punto donde entonces me hallaba, dejé el satisfacer mi deseo para después y cuando ningún sacrificio me costase.

Juzgué entonces, y lo mismo juzgo ahora, que cuando compramos un libro, si sale malo, que es por desgracia lo más común, compramos en él un estorbo que nos produce una molestia muy parecida a la que sentimos cuando, por nuestro descuido o torpeza, nos cuelan un duro falso.

A principios de julio vino a mis manos por primera vez (prestada, por supuesto) la edición pequeña 2 impresa en Argamasilla, y a poco que la hojeé quedé convencido de que en ella y con ella se ha hecho la mayor ofensa que ha podido hacerse a nuestros blasones literarios.

En esa edición se ha alterado, desfigurado y corrompido, sin miramiento alguno, el texto de una obra que, siendo las delicias de los españoles, es la admiración de los extranjeros y el monumento más permanente y grandioso de cuantos, para alimentar nuestro legítimo orgullo, nos legaron nuestros pasados.

Desgracia grande es, dije entonces para mí, que la mayor parte de los comentadores y anotadores que han pretendido hasta ahora ilustrar la mejor obra del mayor de nuestros ingenios solo hayan poseído ese talento negativo, poco envidiable a la verdad, que, sin percibir las bellezas, solo es capaz de conocer los defectos. Y, si los que por defectos toman y quieren darnos lo fuesen siempre, ya por lo menos podría decirse que eran jueces competentes para juzgar de lo malo, aunque incapaces para decidir acerca de lo bello. Pero es el caso que con la mayor frecuencia y frescura se propasan a calificar de defectos bellezas de primera magnitud, solo porque no cupieron en sus estrechas cabezas ni tocaron sus helados corazones.

Bajo la dolorosa impresión que produjeron en mí estas reflexiones, comencé a tomar algunas notas, con el objeto de darles después y cuando tuviese comodidad y espacio para ello la extensión y forma que para su publicación me pareciesen más adecuadas.

Se ha retrasado, contra mi deseo, la publicación de este trabajo, que hoy doy por terminado, aunque no por concluido, forzándome a esto, por una parte, mi natural pereza para escribir, y, por otra, la circunstancia de haber de publicarse en un periódico que, teniendo por principal elemento de vida la variedad, no es a propósito para llevar artículos demasiado extensos.

Nunca, al escribir estos párrafos, me ha abandonado el propósito de hacer ver que allí donde en el texto del Quijote se ha alterado o suprimido alguna palabra o frase, creyendo hacer desaparecer un defecto, se ha mutilado o destruido una belleza; en una palabra: sacar luz del humo –y no humo de la luz, como otros se propusieron– es lo que yo me propongo.

Aquí doy fin a mi Advertencia sin detenerme a hacer salvedades. Mi intención es buena, mis razonamientos podrán ser defectuosos y, en este caso, sufriré lo que venga detrás:

Pues yo sé como cualquier–,
y cualquiera debe sa–,
«que el que imprime neceda–
dalas a censo perpe–.»


Párrafo primero

Parte II, cap. VII. 3 Nota 47, tomo 3º

Texto de Cervantes. «Verdad sea que si sucediese (lo cual ni lo creo ni lo espero) que vuesa merced me diese la ínsula que me tiene prometida, no soy tan ingrato ni llevo las cosas tan por los cabos, que no querré que se aprecie lo que montare la renta de la tal ínsula, y se descuente de mi salario gata por cantidad».

En lugar de «ni lo creo ni lo espero» pone el señor Hartzenbusch, «ni lo creo ni lo desespero», lo cual en el lenguaje familiar se expresaría más correctamente diciendo «ni lo creo ni lo niego», y dice apoyando su enmienda: «Algo esperaba Sancho, cuando había dicho a su mujer: “Si no pensase antes de mucho tiempo verme gobernador de una ínsula, aquí me caería muerto».

Convenimos con el corrector en que algo esperaba Sancho, pero hay que notar que su esperanza no era tan viva, que no dejase suficiente lugar a la desconfianza. No hacía mucho que el bachiller Sansón Carrasco le había motejado de demasiadamente crédulo, en creer que podía ser verdad el gobierno de aquella ínsula ofrecida por el señor don Quijote, y aunque este acude a la observación del bachiller, contestándole que aún era temprano («aún hay sol en las bardas») y que cuanto más fuese Sancho Panza entrando en años más idóneo y hábil se hallaría para ser gobernador, el fiel escudero no se conforma con este parecer, y concluye diciendo: «El daño está en que la dicha ínsula se entretiene no sé dónde, y no en faltarme el caletre para gobernarla». En otra ocasión dice, contestando al ama de don Quijote: «él me sacó de mi casa con engañifas, prometiéndome una ínsula que hasta agora la espero». Bien claro se ve en estos y en otros muchos lugares la desconfianza que Sancho tenía de llegar a calzarse la prometida ínsula.

La esperanza, pues, que Sancho tenía de llegar a ser gobernador no pasaba de ser una de esas esperanzas vagas que, como la luna, tienen sus crecientes y sus menguantes. El deseo de llegar a realizarla y el temor de verla desvanecida dan ocasión en la obra del inmortal Cervantes a mil incidentes llenos de inimitable gracia y de moralidad profunda. En esa alternativa en que Sancho se hallaba es lo natural y lógico que esperase unas veces y desconfiase otras; y, en consecuencia de esto, la enmienda hecha por el año Hartzenbusch no se halla justificada.

Por otra parte, debe advertirse que no se hallaba Sancho Panza en el mismo caso cuando habló con su mujer, a la que deseaba consolar y dar una idea ventajosa de su posición oficial (como ahora se diría), que cuando habló con su amo, de quien esperaba la prometida ínsula.

No era, seguramente, la esperanza de Sancho muy viva, y tanto por esto como porque manifestando no creer en la posibilidad del bien que tibiamente esperaba se hallaba más desembarazado para entrar con su señor en el tanto más cuanto del salario que pretendía le señalase, fue el decir «ni lo creo ni lo espero».

Nada hay, pues, de contradictorio en que Sancho se manifestase confiado al hablar con su mujer, y desconfiado al hablar con su señor. Lo que sí se nota en esto es el más profundo conocimiento del corazón humano y esa maravillosa verdad que ha dado a Cervantes (y es lo menos que puede decirse) el primer lugar entre nuestros escritores.

«Pero, señor, – podrá decir alguno– vuestras observaciones y modo de discurrir llevan las cosas a un grado extremo de sutileza. No parece muy probable que al tiempo de escribir Cervantes su obra, tan apresuradamente como se deja conocer que la escribió, se fijase en estas relaciones casi imperceptibles, cuya existencia puede considerarse como un mero efecto de la casualidad y cuyo descubrimiento, si lo es, no puede hacerse sino en fuerza de un estudio detenido y de una meditación sostenida y profunda.»

¡Falsedad!, contestamos.

El verdadero genio aventaja en sutileza y profundidad a la crítica más sutil y profunda. En sus concepciones no busca las relaciones, pero las halla; no huye de lo falso, pero no lo toca; no va paso a paso tras la verdad, pero alcánzala de improviso; y, dejando el análisis a la crítica, sintetiza con maravillosa perfección y presteza.

Es el genio un Proteo que se transforma ya en rudo campesino, ya en palaciego artificioso, ya en púdica doncella, ya en desenvuelta cortesana, y que en cualquiera de estas y de las demás innumerables ligaduras que puede tomar, cuyas edades, caracteres y situaciones quedan a su arbitrio, habla y obra de la misma manera que hablaría y obraría el sujeto de cuya forma se ha revestido.

La verdad se halla en la contradicción, cuando la contradicción es una consecuencia legítima de las aberraciones del entendimiento o miserias del corazón humano.

No dejará de ser verdadero el carácter de un personaje de novela cuando se contradiga diciendo antes una cosa y después otra, si esta contradicción es el resultado del profundo conocimiento que de los hombres tiene el novelista. Pondremos un ejemplo notable de esta verdad, tomándolo de la obra misma que nos ocupa y que con tanta falta de respeto como sobra de atrevimiento (por no decir otra cosa) se arrojan algunos a corregir y alterar.

El hombre, cuando el amor, el odio, el miedo o el interés no le extravían, nunca (a no ser un malvado) se aparta de la senda de la rectitud y de la justicia. Compadece al desgraciado, y más todavía si conoce que por sus buenas prendas y virtudes es digno de mejor suerte.

Por esta razón, cuando oyó por primera vez Sancho Panza la relación de los amores de Basilio con la hermosa Quiteria, y que Camacho el rico iba pronto a convertir en humo las esperanzas de su angustiado rival, dice: «A mi mujer con eso, la cual no quiere decir sino que cada uno case con su igual, ateniéndose al refrán que dice “cada oveja con su pareja”. Lo que yo quisiera es que ese buen Basilio, que ya me le voy aficionando, se casara con esa señora Quiteria, que buen siglo hayan y buen poso (iba a decir al revés) los que estorban que se casen los que bien se quieren».

¿Puede darse un defensor de la causa del pobre Basilio más ardiente y desinteresado?, ¿no? Pues bien, muy pronto abandonará la causa que ahora abraza, y dejando de ser defensor, pasará a desempeñar el oficio opuesto.

(Se continuará)



ZACARÍAS ACOSTA

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