«BIOGRAFÍA. Continúa el artículo de don Pedro Calderón de la Barca»
- Autor del texto editado
- Sin firma
- Título de la obra
- Miscelánea de comercio, artes y literatura, n.º 44, 9/2/1820
- Autor de la obra
- Burgos, Francisco Javier de (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de Repullés,
1820
- Paginación
- pp. 3-4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Juan Montero
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
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Sevilla, 28 mayo 2025
BIOGRAFÍA
Continúa el artículo de don Pedro Calderón de la Barca
No es de nuestro propósito inquirir aquí por qué camino se corrompió en tan poco tiempo el gusto clásico en la literatura española; basta establecer que don Pedro Calderón de la Barca lo encontró corrompido, y, lo que es más, que el primero de sus predecesores en la carrera dramática, el ilustre Lope de Vega, lo había encontrado viciado también; pues, aunque antes de él hubiese uno u otro poeta distinguido compuesto una u otra pieza dramática menos defectuosa, y si se quiere completamente arreglada a las leyes del arte, estas no habían hecho fortuna en sus representaciones y se posponían a las extravagancias antiguas. Cuando nació nuestro autor tenía Lope 38 años, y 60 a lo menos cuando aquel ilustre ingenio empezó a darse a conocer. Lope, por su parte, había dado a la contextura de las fábulas teatrales una libertad, un ensanche extraordinario y monstruoso, y esto en tiempo en que su coetáneo don Luis de Góngora había dado al estilo un giro igualmente exagerado y ridículo, que desgraciadamente tenía muchos admiradores. Doce o quince poetas dramáticos que se habían hecho célebres al mismo tiempo que Lope y antes que Calderón, y de quienes hablaremos cuando podamos reunir ciertas noticias que nos faltan, habían acreditado el nuevo género de comedias del padre del teatro español, y quince o veinte líricos el nuevo estilo de Góngora. Don Francisco de Rojas Zorrilla, muy conocido aún hoy por su preciosa comedia Entre bobos anda el juego, había exagerado sobre los desvaríos de Lope de Vega, Mira de Amescua, don Guillén de Castro, don Jerónimo de Cáncer, etc., y, aplicando a la comedia el gongorismo en toda su oscuridad y sus despropósitos, había hecho del diálogo dramático una jerga ininteligible. El mismo maestro Lope y los demás contemporáneos se avergonzaron de pasar por menos ingeniosos que Rojas, y se empeñó una lucha sobre quién diría más disparates, lucha en la que no se desdeñaron de tomar parte el facilísimo Téllez, el elegante Moreto y algunos de nuestros hombres más ilustres de aquella época.
Tal era el estado de nuestra literatura cuando, al advenimiento de Felipe IV al trono, empezó a oírse el nombre de Calderón. En estas circunstancias es difícil, por no decir imposible, resistir al torrente, y sobre todo cuando un monarca poderoso que cultiva las letras sigue la misma mala escuela, y con su ejemplo autoriza, sanciona o consolida la corrupción, que era lo que puntualmente sucedía en España. Don Pedro Calderón escribió, pues, sus comedias en el viciado y detestable estilo de su tiempo, lleno de figuras atrevidas, o incoherentes o absurdas, de locuciones extravagantes, y de ideas falsas y ridículas; pero en medio de esto se ve en ellas un interés siempre sostenido: sus versos, cuya contextura métrica es admirable, tienen tanta armonía, que el poeta más severo no puede resistir a su prestigio, por más que vea alguna vez que solo contienen disparates rimados. En suma, Calderón tiene golpes de teatro magníficos; habla, a veces, al corazón, y lo arrastra; siempre a la imaginación, y la cautiva. Testigo el efecto constante y casi mágico que, por más de dos siglos, ha producido la representación de sus piezas, y que produciría aún hoy si se supiesen recitar sus hermosísimos versos. Testigo el gran poeta cómico de nuestros días, que, hablando de ciertas comedias bárbaras que hace veinticinco años se representaban con mucho aplauso, decía: «¡Cuánto más valen Solís, Moreto, Calderón y Rojas cuando deliran, que estos otros cuando hablan con razón!».
Si se exigiesen de nosotros otras pruebas del juicio que acabamos de formar, no tendríamos más que remitir a nuestros lectores a cualquiera de las piezas que componen el teatro de este hombre insigne, en todas las cuales se encuentra por doquier interés constante, versificación magnífica y estilo monstruoso. En algunas se hallan, además, sentencias luminosas y oportunamente aplicadas, y a veces el lenguaje puro y fácil que conviene al diálogo dramático, como, por ejemplo, en muchas escenas de La dama duende, de Para vencer amor, querer vencerle, de No siempre lo peor es cierto, de Fuego de Dios en el querer bien y de El secreto a voces, por no hablar de otras en que también hay pasajes admirables, ya por la fuerza o la novedad de los pensamientos, ya por la gracia o la majestad del estilo, o ya por el efecto teatral de la situación. En estas el dramático madrileño no quedó inferior a los primeros modelos de este género y se mostró igualmente capaz de aterrar con los lúgubres acentos de Melpómene, que de divertir con los festivos ecos de Talía.
Pero en las comedias de argumentos caseros, llamadas de capa y espada porque se representaban con este traje, que era el que entonces usaban todos, y el que usan aún hoy los alguaciles, fue en las que nuestro Calderón sobresalió particularmente, trazando con un pincel vigoroso y magistral las costumbres de su tiempo. Los que en las piezas que de esta clase escribió nuestro poeta se quejan de no ver más que desafíos, escondites de galanes, raptos de doncellas y un pundonor exagerado y quisquilloso, no reparan, sin duda, en que el poeta no creó estos usos o estos sentimientos, sino que eran los de la época y del país en que vivía; que las comedias verdaderas, propiamente dichas, deben siempre pintar las costumbres de la sociedad en que se supone pasar la acción, y es tan ridículo reprender a Calderón por haber retratado estos usos, que hoy ya no existen, como lo sería reprender al cultísimo Terencio porque en su Andria presenta a Gliceria dando chillidos que le arrancan los dolores del parto, pidiendo protección a Juno, a la partera mandando que laven a la parida, a unos y a otros poniendo al hijo de Pánfilo a la puerta de la casa del viejo Simón, y otras cosas que están más lejos de nuestros hábitos y de nuestros usos que los pendencieros amores del siglo XVII. Aún podríamos añadir que en las costumbres de dicho siglo hay, en medio de estas extravagancias, mucho que nos convendría aprender o imitar. El cuidado con que los amantes se recataban de los padres y hermanos de sus queridas prueba que la autoridad doméstica estaba en toda su fuerza, al menos cuando se trataba del honor. La galantería caballeresca, de la que eran consecuencias la exaltación del amor, la fidelidad en cumplir lo prometido y la disposición constante para socorrer al que necesitaba favor, es una virtud social que no estaría de más conservar. Las academias de damas y caballeros, en las que se proponían y ventilaban cuestiones muy ingeniosas, tenían la ventaja de hacer necesaria alguna instrucción para figurar algo en el mundo, en el cual estaban seguros de no poder representar el menor papel ciertos hombres de pocos alcances o de ninguna instrucción que, desde que se desterró aquel uso, pudieron andar más a sus anchas; en fin, el amor a la patria, el horror a cierta clase de vicios que estaban reputados por bajos, el hábito de emprender todo aquello que el valor podía superar, eran otras tantas ventajas de las costumbres en los tiempos de Calderón.
Se concluirá.