«BIOGRAFÍA. Don Pedro Calderón de la Barca»
- Autor del texto editado
- Sin firma
- Título de la obra
- Miscelánea de comercio, artes y literatura, n.º 43, 7/2/1820
- Autor de la obra
- Burgos, Francisco Javier de (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de Repullés,
1820
- Paginación
- pp. 3-4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Juan Montero
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
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Sevilla, 27 mayo 2025
BIOGRAFÍA
Don Pedro Calderón de la Barca
1
Nació en Madrid, pero no el 1 de enero de 1601, como dice su gran amigo y cronista don Juan de Vera Tasis y Villarroel, sino en uno de los primeros días de 1600, pues consta, por la partida de bautismo que inserta en sus Hijos de Madrid don José Álvarez y Baena, que fue bautizado el 14 de febrero de dicho año de 1600 en la parroquia de San Martín. Fueron sus padres don Diego Calderón de la Barca Barreda, de una antigua y noble familia del Valle de Carriedo, en las montañas de Burgos, y doña Ana María de Henao y Riaño, descendiente del señor de Mons de Henao, y de los esclarecidos Riaños, infanzones de Asturias. A los nueve años de su edad entró don Pedro a estudiar gramática latina en el colegio Imperial, donde en breve se adelantó a todos sus condiscípulos, y a los catorce años pasó a Salamanca, en cuya insigne universidad estudió filosofía, leyes y cánones, adquirió grandes conocimientos históricos y se dio a conocer como uno de los poetas que habrían de ilustrar algún día el parnaso español. A los diecinueve años volvió a Madrid, donde por espacio de seis extendió y aumentó sus conocimientos, y a los veinticinco entró a servir en la milicia, primero en el estado de Milán, y luego en Flandes. En esta carrera habría adelantado mucho, si el Rey, informado de su talento dramático, no le llamara cerca de sí honrándole el año de 36 con una merced del hábito de Santiago, que se puso en el de 37. En el de 40 debían salir todos los caballeros de las órdenes militares a la jornada de Cataluña, donde la insurrección hacía rápidos progresos; aunque el Rey exoneró a Calderón de esta obligación, mandándole escribir la célebre fiesta de Certamen de amor y celos, que se representó en los estanques del Buen Retiro, el poeta no quiso dejar por este encargo de cumplir con las obligaciones de ciudadano, y, sentando plaza en la compañía del conde-duque de Olivares, partió a dicha expedición, en que se mantuvo hasta que se ajustó la paz. En el año de 49, hallándose en Alba con el duque de este título, le mandó llamar el rey para trazar y describir los arcos triunfales que se erigieron con motivo de la entrada de la reina doña María Ana de Austria; en el de 51 se ordenó, en el de 53 fue nombrado capellán de los Reyes Nuevos de Toledo, en el de 63 capellán de honor de la Real Capilla. Se le mandaron pagar en Madrid los gajes y emolumentos de Toledo, se le dio una pensión en Sicilia, y se le dispensaron otras mercedes. Colmado de bienes, favorecido por los tres últimos soberanos de la dinastía austriaca, solicitado y protegido por el condestable de Castilla, por los duques del Infantado, Alba y Medina de las Torres, por el conde-duque de Olivares, marqués del Carpio, príncipe de Estillano y otros magnates, y honrado con el aprecio y con la admiración de sus contemporáneos, Calderón murió en Madrid el 25 de mayo de 1681, dejando una reputación que nunca perecerá.
Según las épocas, las obras dramáticas de este ilustre poeta han sido juzgadas o como portentos de ingenio, o como modelos de extravagancia; y esta diversidad de opiniones, que podría explicarse diciendo que una era la del siglo XVII y otra la del XVIII, continúa con harto asombro de los que meditan, en el siglo XIX, sin que haya podido fijarse todavía de un modo positivo el concepto sobre el mérito de Calderón. Don Nicolás Antonio, que, moderado siempre en la alabanza y en el vituperio, parecía no participar del espíritu característico de ninguna época determinada o exclusiva, dijo en el siglo XVII, hablando de Calderón, ser opinión común que él fue casi el único cuya reputación dramática igualó a la de Lope de Vega, y que le aventajó en algunas prendas. «Todo cuanto el ingenio puede hacer para enredar y desenredar las fábulas», dice el ilustre biógrafo, «para presentar en la escena todos los casos de la vida y vencer todas las dificultades, otro tanto le debe a él la comedia. Además, en el número de las composiciones y en su talento dramático fue, exceptuando a Lope, el primero de todos los poetas de esta clase, ora compusiese piezas sagradas, ora profanas, por cuya razón lo empleó frecuentísimamente Felipe IV, juez bien perspicaz e inteligente, en estas materias». El juicioso, el circunspecto, el amante de lo clásico don Ignacio de Luzán escribía en el capítulo 15 del libro 3.º de La Poética, impresa en 1737: «En Calderón admiro la nobleza de su locución, que, sin ser jamás oscura ni afectada, 2 es siempre elegante, y especialmente me parece digna de muchos encomios la manera y traza ingeniosa con que este autor, teniendo dulcemente suspenso a su auditorio, ha sabido enredar los lances de sus comedias, particularmente de las que llamamos de capa y espada, entre las cuales hay algunas donde hallarán los críticos muy poco o nada que reprender, y mucho que admirar y elogiar. Tales son las comedias Primero soy yo, Dar tiempo al tiempo, Dicha y desdicha del nombre, etc.». Desde los años de 1625 a 1630, que empezó Calderón a ser elogiado, nunca hasta el de 1737 lo había sido menos que lo fue por don Ignacio de Luzán.
Sin embargo, poco después de esta época se empezó a perder totalmente el respeto a Calderón, y los Nasarres, Montianos, Moratines, Clavijos y otros eruditos declamaron amargamente contra nuestros poetas antiguos, encarnizándose más particularmente contra nuestro autor y contra el padre de la comedia española, Lope de Vega, y, siendo de todos aquellos críticos severos el que más escribió y difundió más su doctrina, don José Clavijo y Fajardo, redactor del Pensador Matritense, periódico bastante útil, que empezó a publicarse en Madrid en 1762. El mayor número de literatos de tertulias y de cafés, que nunca tienen opinión propia, y que, diciendo en una parte lo que oyen en otra, suelen al cabo de cierto tiempo ser calificados de hombres de gusto, repitieron con mucho énfasis las ideas y aun las expresiones del pensador, las exageraron, si en ello había exageración, y dejaron por cosa asentada que don Pedro Calderón de la Barca fue un poeta extravagante. Empero, la escuela dramática alemana vino en breve a vengarle de estos insultos, le declaró el primer ingenio del imperio de Talía, y renovó una cuestión que hace mucho tiempo debería estar decidida. Clavijo, declamando violentamente contra la corrupción del gusto dramático en el siglo XVII, intentaba rectificar la opinión de su nación, y hacerla volver al gusto clásico, que es el que asegura la duración de las producciones literarias, y que se verá ya renacer en dos composiciones de don Agustín Montiano y Luyando. En ocasiones semejantes, y por tan respetables motivos, es permitido recargar alguna vez la crítica; pero, si esto era lícito a Clavijo por esta razón, no había por qué deferir ciegamente a su opinión cuando se prescindiese del motivo o cuando no se estuviese en el caso que él. Así pues, era menester hacer justicia imparcialmente, examinar lo que se criticaba, y sentar el juicio sin exagerar el elogio ni la reconvención.
Se continuará.