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Prensa y canon · Textos historiográficos

«VARIEDADES. Estado actual y esperanzas de la literatura española»

Autor del texto editado
Sin firma
Título de la obra
Boletín de Comercio, n.º 25, 8/02/1833
Autor de la obra

Edición
Madrid: Imprenta de D. Tomás Jordán, 1833
Paginación
pp. 1-2
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 21 mayo 2025

VARIEDADES

Estado actual y esperanzas de la literatura española


Es una verdad harto dolorosa y que en vano trataríamos de ocultar con un mal encendido orgullo: no marchamos en las producciones del entendimiento al nivel de las demás naciones ilustradas de Europa. Lo más que hacemos es trasplantar a veces lo que otras producen, pero en cuanto a originalidad nuestro ingenio no da hace ya tiempo sino escasos y débiles destellos.

Un tiempo fue que al par que dominábamos en Europa con nuestras armas, ejercíamos la misma influencia en la literatura. La lengua española se estudiaba como ahora la francesa. Sus obras clásicas se hallaban en manos de todos y se leían con placer y entusiasmo. Y, en efecto, no podía menos de suceder así, al ver la multitud de ingenios de primer orden que produjo entonces el suelo español y que, con la fecundidad de una imaginación florida, las galas de una poesía encantadora y la dulzura de una habla que así se prestaba a los asuntos más graves como a los festivos y amorosos, sedujeron todos los oídos y cautivaron todas las fantasías. Nuestra literatura, que fundó su imperio en la imaginación, lo hubiera conservado eternamente si esta sola bastara a establecerlo en bases sólidas e inalterables; pero el suelo en que la imaginación fabrica es variable como fango, y nada logra sostener si el gusto no lo consolida. El gusto, pues, faltó a los españoles, y esta prenda que desdeñaron fue el patrimonio de otra nación que vino tras ella en la carrera del saber y que con menos ventajas naturales llegó no solamente a pasarla, sino también a hundirla en el olvido, y aun a hacer que se tuviese por despreciable lo que un tiempo fue la admiración del mundo.

La Francia, que había comenzado por imitarnos, tomó en breve otros modelos, y acudiendo a la Antigüedad, siguió sus huellas servilmente, aspirando solo a igualar los grandes dechados que en diferentes géneros nos había dejado. Sacrificando a las gracias como los griegos, llegó a hacer prodigios con un instrumento que al pronto parecía rebelde a las dulces inspiraciones de Apolo. Su lengua no podía producir aquellos sonidos halagüeños que habían seducido los oídos de los españoles; demasiado sensibles a este encanto, descuidamos por él otros datos fundamentales que solo sostienen las obras cuando, despojadas de él, las cita la razón a su tribunal terrible. Los franceses, por el contrario, vieron que no podían tener literatura si no la fundaban en la exacta proporción y belleza de las formas, en lo escogido de los pensamientos y en el exquisito gusto que dirigió siempre a los grandes maestros de la Antigüedad. Sublimes genios vinieron a completar la obra principiada sobre tan sólidos principios y favorecidos al propio tiempo por la preponderancia política que empezó a tomar la Francia desde el tiempo de Luis XIV, la adquirieron tal en todos los ramos del entendimiento humano que llegaron a eclipsar cuanto habíamos hecho, avasallando a toda Europa bajo el yugo de sus preceptos literarios.

En tanto, a par que a su fin caminaban la dinastía austriaca y nuestro antiguo poder, caía en el mismo descrédito nuestra literatura. Ya no engendraba España aquella multitud de ingenios que la ilustraron, y los pocos que salían, sin tener las dotes brillantes de los antiguos, conservaban todos sus defectos y añadían otros mayores todavía. Fue tal esta decadencia, que a pesar de la nueva energía que adquirió la monarquía bajo el gobierno de la casa de Borbón, el ingenio español permaneció sumido en la misma esterilidad y abatimiento, hasta que ya a fines del siglo pasado, a los repetidos esfuerzos de hombres ilustrados y amantes de su patria, empezó a dar señales de vida y resucitó, por decirlo así, para seguir una nueva carrera diferente de la que un tiempo la ilustrara. Con efecto, entonces empezó a caminar con sujeción a los preceptos aristotélicos, y la nueva literatura se amoldó sobre la francesa, que era la admiración y estudio de los que comunicaron el nuevo impulso. Pero no parece sino que nuestro ingenio, naturalmente suelto y amigo de divagar por los campos imaginarios, se encontraba comprimido y torpe con el extraño yugo de las trabas que le imponían. Nada produjo que mereciese llegar al templo de la gloria: el aprendizaje de este nuevo sistema fue largo, hasta que por fin ya tocábamos al momento de recoger el fruto de tantos afanes y empezábamos a brillar en el campo de la literatura clásica, cuando la invasión francesa vino a interrumpir el curso de esta nueva era de gloria para las letras españolas. Otros afanes reemplazaron a las tareas científicas, y las turbulencias políticas hicieron amplia cosecha en todo cuanto teníamos de hombres eminentes e ilustrados, sucediendo una época de harta escasez y miseria en producciones del entendimiento. Pero la agitación producida por las mismas disensiones acaso no será inútil para lo sucesivo: en medio de ellas se ha formado una juventud que arde en vivísimos deseos de ser útil a su patria. Por todas partes pululan ingenios que anhelan lanzarse a la carrera, anunciando talentos no vulgares. Acaso en ningún tiempo ha ofrecido España tal multitud de jóvenes atletas que se presenten en la liza, no solo con ardor, sino con armas poderosas, pues todos ellos prueban que se hallan formados en excelente escuela. Dentro de algunos años es de esperar que, si encuentran libre campo para ejercer sus talentos, brillará la aurora de una nueva época gloriosa para nuestra literatura. El movimiento está dado; solo falta que continúe.

Pero si hemos de creer todas las apariencias, tendrá esta nueva época diferente carácter de la que la ha precedido. De veinte años a esta parte el influjo de las revoluciones que han agitado a los imperios se ha comunicado también a la literatura. Los preceptos aristotélicos que tanto tiempo habían dominado despóticamente. y que parecían haber fijado para siempre el último confín del dominio de las letras, han sufrido embates poderosos que ponen en peligro su existencia. Novadores atrevidos se han lanzado al palenque y han desbaratado el sanitario donde aquellos principios se guardaban en respetuosa veneración. Hase vuelto a entronizar el imperio de la imaginación, y he aquí que se presentan de nuevo con la frente erguida y laureada los escritores audaces que en España, Inglaterra y Alemania no reconocieron nunca las trabas del clasicismo. Los mismos franceses, tan sujetos un tiempo a aquellas trabas, se rebelan ahora y son los más ardientes en destruir el edificio de sus antiguas leyes literarias. No sueltan, sin embargo, el cetro los que tanto tiempo le empuñaron, defiéndenlo con tesón y, aunque algo roto ya, no lo cederán sin duda sino después de capitulación honrosa. La guerra empero resiste, y continuará mucho tiempo todavía, y destinados están a tomar parte en ella los que de hoy más se dediquen en nuestra patria al cultivo de las musas. Creemos que en tal contienda podrán brillar nuestros ingenios, previendo que acaso se colocarán la mayor parte en las filas de los partidarios de las nuevas doctrinas literarias por ser más análogas a nuestra índole, e inclinarnos a ellas la lectura de nuestros autores antiguos. Los cuadros fantásticos de la imaginación y los encantos de la armonía tienen siempre el privilegio de arrastrarnos con preferencia a todo, y si los que en adelante escriban logran reunir ambas circunstancias, sin caer por esto en los delirios que la razón reprueba, lograrán producir obras más adecuadas al gusto de los españoles. La crítica que trate de analizar tales obras no deberá perder de vista, a nuestro entender, tales principios. Ningún censor, aunque criado bajo la influencia de los preceptos clásicos, ha de estar ya tan sujeto a ellos que se confiese su esclavo. Debe posponer al interés de su escuela el justo deseo de que adquiera mayores adelantos el entendimiento humano; este es siempre capaz de perfectibilidad, y, si es dable conseguirla abriendo nuevos caminos, es criminal quien trata de entorpecerlos, saciados ya con las bellezas clásicas; pedimos otros goces, y, como las extraordinarias circunstancias en que nos hemos visto han engendrado nuevas ideas, han avivado nuestros afectos y dado nueva dirección a nuestros pensamientos, sacándonos del estado a que estábamos acostumbrados, acaso no bastan ya a satisfacernos los medios que antes poseíamos, y es natural que parezca pobre y frío el campo de la antigua literatura a espíritus familiarizados con los grandes acontecimientos y los ruidosos trastornos del mundo político. Complacíase un tiempo el hombre en pasearse por amenos pensiles en medio de flores olorosas y bosquecillos risueños y graciosos. Ahora no bastan tan agradables sensaciones a sus sentidos embotados y su alma se mueve solo al ver las selvas espaciosas, los precipicios horrendos y destructores torrentes. Por lo tanto, si el nuevo rumbo literario conviene más a la edad presente, si es capaz de proporcionarnos nuevos goces agitando más fuertemente el alma, si contribuye a ensanchar los límites del imperio de las letras, se debe aplaudir a los ingenios que lo siguen, máxime si en él dan pruebas de talento, pues el privilegio de este es embellecer y hacer amable cuanto toca, sean cuales fueren los medios que empleare. Pero el crítico prudente, siguiendo siempre un justo medio, que es el camino del acierto, a par que condene a un vergonzoso olvido cuantas obras que, con pretexto de clásicas, adormezcan con su beleño, deberá también tronar contra aquellas que extravagantes y monstruosas a fuer de románticas, quebranten las leyes de la razón y choquen abiertamente con los preceptos del gusto.

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