Prensa y canon · Textos historiográficos
«Variedades. Sobre nuestro juicio de la obra traducida de Bouterwek»
- Autor del texto editado
- Reinoso, Félix José (1772-1841)
- Título de la obra
- Gaceta de Bayona, n.º 147, 26/02/1830
- Autor de la obra
- Lista, Alberto (dir.)
- Edición
- Bayona:
Imprenta de Duhart Fauvet, Impresor del Rey,
1830
- Paginación
- pp. 3-4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 21 mayo 2025
Variedades.
Sobre nuestro juicio de la obra traducida de Bouterwek
Pocas veces hemos sentido tanta repugnancia al tomar la pluma como esta en la que la mala suerte, o nuestra facilidad en comprometernos con el público, nos obligan a examinar los efugios y paralogismos con que se ha pretendido eludir nuestras observaciones sobre el tomo I de la Historia de la Literatura española por Bouterwek. Arrostrar las náuseas de una nueva lectura del libelo anónimo que denunciamos a la execración general en nuestro número 138 y revolver aquella pestilente ciénaga para sacar fuera y sofocar los esfuerzos que bullen entre su inmundicia es ciertamente la más fatigosa tarea y acaso la menos útil en que pudiéramos empeñarnos. Los que entienden la materia de que se trata conocerán fácilmente que nuestras reflexiones, si alguna vez han podido desfigurarse, ni una sola han podido destruirse. Para los que no entienden, quedan siempre al autor del Diálogo sus medios de cacarear un triunfo ignominioso, enredando nuestras explicaciones, denigrándonos personalmente y colmándonos de dicterios. Mas sea cual fuere el fruto de esta vindicación, la ofrecimos ya y la cumpliremos fielmente. Un solo temperamento adoptaremos en ella; la daremos en tomas y a intervalos como las pócimas, para aliviar nuestro cansancio y el hastío de nuestros lectores, únicos a quienes sin desdoro podemos dirigir la palabra sobre tan indecente contestación. Hablaremos primero de lo que toca a la materia o argumento del libro, y en último lugar de todo lo que pertenece a la censura del lenguaje. Esta parte, cuya discusión puede traer más utilidad, nos dará materia para algunos artículos de gramática.
Cuando dimos noticia del argumento de la primera parte de Bouterwek, observamos de paso la equivocación del epígrafe en que se ofrece hablar de nuestra literatura desde fines del siglo XIII hasta principios del XVI, tratándose en ella de los poemas escritos desde mediado el siglo XII y no diciéndose palabra de la revolución poética hecha por Boscán y Garcilaso a principios del XVI, sin duda por reservarla el autor para otra parte que deberá comenzar con este siglo. El dialogista, desentendiéndose de la inexactitud con que se anuncia el último término de la época, contesta en cuanto a la equivocación de su principio que la historia empieza en la época de don Alonso el sabio, y las obras anteriores se citan por vía de introducción. Respuesta: Bouterwek comprende en su historia el tiempo a que pertenecen esas obras; Bouterwek debió comprender en ella aquel tiempo.
1.° Bouterwek da a conocer, indistinta y seguidamente, los versos hechos en el siglo XII y en todo el curso del inmediato, y los escritos desde fines de este en adelante. No resume las noticias de los más antiguos, para tomar de ellos el origen y tratar más extensamente de los posteriores, que se dice haber sido su objeto. El carácter que da a don Alonso el Sabio es el de creador de la literatura de su época, independiente de los ensayos hechos por los anteriores versistas. Ni sus cantigas auténticas, ni las octavas que se le atribuyen, ni ningún otro de sus escritos y solicitudes para promover las letras muestran semejanza ni derivación de aquellas rudas poesías. El historiador de la literatura del reinado de Alonso y de los posteriores no está en necesidad ni ocasión de nombrarlas, si ya no quiere hacer una rápida mención de su rusticidad para contraponerles la mayor cultura que las siguió. Pero cabalmente Bouterwek lo hace todo al contrario. No cita, sino juzga con mucho mayor detención, y da idea muy más circunstanciada de los poemas del Cid y de Alejandro, que se dicen citados por introducción, que de los versos de Alonso el Sabio, que ya son materia de su Historia según esa división arbitraria. Toda la noticia que da de la poesía de aquel monarca, sin nombrar ni un solo título de sus composiciones, se reduce a que su principal objeto fue poner en verso todo el caudal de conocimientos que poseía, hasta los misterios de la alquimia. Tampoco merece su aprecio más que los anteriores como poeta: lejos de eso, muestra mayor estima del poema del Cid, en que reconoce algunas vislumbres de poesía y a veces un colorido algo poético, que de los versos de Alonso, en que no descubre el más ligero rasgo de verdadera poesía. Ni se crea que suplen otros el vacío que deja aquel rey en su Historia. Apenas acaba de hablar de él, añade: hasta fines del siglo XIV no nos ofrece la poesía española más que los nombres de un muy pequeño número de poetas; y cierto que ninguno de ellos le ocupa, como los autores de los poemas citados y Gonzalo Berceo. Así atraviesa más de un siglo en un salto, sin decirnos tanto, porque no hay qué decir, como nos había dicho de los primeros y de sus obras. ¿Por qué, pues, esta breve y descarnada indicación es la historia, y es otra narración más detenida y analítica, la introducción?
¿De dónde ha sacado el dialogista esa distinción caprichosa? ¿En qué la muestra; dónde la advierte; de qué manera la indica Bouterwek? He aquí la mala argamasa con que se ha fabricado ese castillejo. El historiador o los traductores (pues las palabras son de estos, y aquí son el todo las palabras), dice que no se debe mirar el poema del Cid, como principio de la historia de la poesía castellana; y después: «Este período ofrece pocas aclaraciones al historiador de la poesía española. Así que, sin detenernos a examinar las producciones de algunos otros autores oscuros de igual mérito y del mismo tiempo, pasemos a tratar del impulso que debió la literatura al rey don Alonso el Sabio». Luego Bouterwek, concluye el dialogista, n o hace más que citar aquellas producciones, para que sirvan como de introducción. Todo ese tejido de cláusulas dislocadas y exprimidas del original es una pura sofistería. Bouterwek, desde las primeras líneas, ha colocado el verdadero origen de la poesía castellana en los romances y canciones populares. Es claro, pues, que no debe considerar como principio de la historia de ella el poema del Cid, que es muy posterior, y no se pierde en las tinieblas de la Edad Media, como aquellos. Las palabras, citadas dolosamente con las cláusulas copiadas antes, en que afirma el historiador que existen otras poesías anteriores a todos ellos, de las cuales parece la más antigua el poema del Cid; no se refieren, como quisiera el dialogista, a los romances en general, sino a los del mismo Campeador en el estado en que se conservan; de los cuales, dice Bouterwek, los más antiguos no alcanzan al siglo XII, y nosotros añadimos en nuestra crítica que ni al XV. No hablar más de esta primera época porque ofrece pocas aclaraciones, y abandonar el examen de otras obras o autores oscuros, no es un método peculiar de las introducciones; es lo de la historia en cualquiera de sus partes, cuando los hechos no tienen autenticidad o interés. Mucho más pasa luego por alto en la edad de Alonso X hasta fines del siglo XIV, como observamos poco ha; y aquella es ya la historia del dialogista. Pasemos a tratar del impulso que debió la literatura a este rey, ¿es decir, que allí va a principiarse la historia? ¿No es esa una transición, de las que necesariamente van llenas todas cuantas se han escrito en el mundo? ¡Qué inteligencia de hombre, si tan desacorde baturrillo no se ha hecho de mala fe!
2.° Bouterwek debió comprehender en su historia los poemas que se dicen citados por vía de introducción. Su libro no ofrece tratar de alguna o de varias épocas determinadas, sino de la historia de la literatura española; la cual abraza todas las épocas, anunciada con esta generalidad. No se omiten en la historia de la poesía romana las noticias de Ennio ni de Pacuvio, aunque solo nos quedan de ellos pocos fragmentos; ¿pues cómo se excluirían de la nuestra esotros poemas con que ha llenado Sánchez sus gruesos volúmenes? Velázquez, Sarmiento, Andrés y cuantos han escrito memorias o historia de la poesía castellana, incluso los que la han comprendido con más o menos extensión, como Luzán, Conti, el señor Quintana, y aun limitándose a la versificación, el señor Martínez de la Rosa; todos han comenzado su narración desde aquel tiempo y aquellos poemas; porque todas las historias generales deben empezar desde el principio conocido de los sucesos. Quien escribe no algunas hazañas particulares, sino la vida entera de un héroe, ¿no hablará, sino por vía de introducción, de su nacimiento, que señala el principio de ella, a cuenta de que no fue héroe desde la cuna?
Y si su corto mérito pudiera ser causa para que no hagan parte de la historia las obras relegadas a esa imaginaria introducción, ¿por qué principiaría luego con las de Alonso el Sabio y de ese muy pequeño número de poetas, a quienes estima en menos Bouterwek?, ¿dónde fijaríamos entonces el principio de su historia, cuando desprecia tan altamente las Trescientas de Juan de Mena, que son la más grave composición de aquella edad? Bajo ese concepto, todo cuanto se dice de la poesía en este libro es una introducción a la poesía perfeccionada del siglo XVI.
La circunstancia de ser esta la primera refutación de nuestras observaciones y la que más puede alucinar a los que no tengan presente el libro de Bouterwek nos ha hecho detenernos en desvanecerla con una extensión que, si la diésemos igual a las demás explicaciones, sería necesario escribir un volumen en folio. Dada a conocer por esta muestra la polémica del folletista, cuando volvamos a tan enfadosa discusión procuraremos no fastidiar a nuestros lectores, en cuyo obsequio la suspendemos.