Prensa y canon · Canon poético
«Variedades. Concluye el artículo acerca de la Poética del señor Martínez de la Rosa»
- Autor del texto editado
- Sin firma
- Título de la obra
- Gaceta de Bayona, n.º 17, 28/11/1828
- Autor de la obra
- Lista, Alberto (dir.)
- Edición
- Bayona:
Imprenta de Duhart Fauvet, Impresor del Rey,
1828
- Paginación
- p. 4
Fuentes
Información técnica
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Variedades.
Concluye el artículo acerca de la Poética del señor Martínez de la Rosa
Por el plan que hemos trazado de esta obra, se deja ver la estensión, filosofía y acertado método de su desempeño, sin embargo de las ligeras reformas que deseáramos. Cuanto al estilo, el del señor Martínez de la Rosa, semejante al de Vida, es más florido y amplificado que el de Horacio y Boileau. Estos, incluyendo las principales reglas en sentencias breves y enérgicas, han logrado imprimirlas fácilmente en la memoria y difundirlas como axiomas literarios. La nueva poética, si no ofrece tanto esta ciase de proverbios, la compensa con una mayor abundancia de ornatos, que hacen sobremanera agradable y variada su lectura, especialmente en los tres cantos últimos. Muchos ejemplos de imágenes y descripciones bellísimas pudiéramos citar en un escrito más estenso: nos limitaremos, no sin dolor, a alguna otra y a dos o tres comparaciones, en cuya abundancia, exactitud y belleza aventaja a todas con mucha superioridad. Es lindísima la personificación del romance, en que denota su historia y sus varios géneros:
Mas antes que sencillo apareciese
en traje pastoril cogiendo flores,
el morisco alquicel vistió por gala
o cantó de Jimena los amores;
de los siglos de gloria nos recuerda
los dulces galanteos, etc.
La imitación del monstruo con que principia Horacio para prescribir la uniformidad de las partes es más noble, más propia y más artística que su original. La figura que describe Horacio no escitaría, como él dice, la risa, sino el horror.
Si unierais por ventura
del Hércules de Roma el tronco bello,
la augusta faz de Iove soberano,
de Cipria el blando cuello
y de Aquiles veloz el pie liviano,
aunque del mismo Fidias obra fuera,
¿quién del necio capricho no riyera?
No puede darse comparación más bella y exacta que la siguiente para mostrar la nobleza que dan al lenguaje los arcaísmos, aunque fuesen palabras vulgares en su tiempo:
Como suele tal vez humilde vaso,
hallado entre las ruinas de Pompeya,
con respeto mirarse, y, si se hallara
sirviendo en pobre aldea,
cual barro vil y tosco se arrojara;
la hinchazón y oscuridad:
Es cual hueca fantasma, que de noche
remeda de un gigante la estatura.
¡Qué propia también y qué bella es la comparación del epigrama!:
Y cual rápida abeja vuela, hiere,
clava el fino aguijón y al punto muere.
Aunque estos lugares, y más tal vez otros que omitimos por su estensión, están limados con esmero, no son raras las faltas de pulimento en el fondo general del poema. Sin embargo de hacerse, al parecer, con estudio, tenemos por un defecto la frecuente unión del pronombre se con los verbos en medio de la frase, que sienta mejor al principio del período o de sus principales miembros. Tal vez se quiere concertar con otro verbo siguiente al que le lleva ligado, que el solo al que se refiere la enclítica. «Asómbrase y recrea» se diría bien de un niño que divirtiese con su inocente asombro; «se asombra y recrea» es la sola construcción en que puede suprimirse el pronombre respecto del verbo segundo y hacerlo a entrambos recíprocos. Hay también superfluidad de palabras y duplicación inútil de epítetos, que se hallarán fácilmente sin detenernos a citar ejemplos, concurrencia de sílabas iguales o cacofónicas: «si su suerte teméis», «mas si su osado arrojo», «no oséis con torpe paso»; repeticiones de una misma frase: «cien veces y otras cien» (p. 8), «cien veces y otras ciento» (12), «cien veces y otras ciento» (30), «a cien y cien naciones» (70, «y en cien y cien figuras» (74); repeticiones de máximas o pensamientos, como de la unidad en el primer canto (pp. 13 y 16), del uso de los arcaísmos en el segundo (22 y 24), etcétera.
Res tantum semel infari: repetita bis aures
ferre negant (Vida, Poética, libro II).
Hay dureza en la contracción de algunas sílabas. En este verso cargado de sinalefas, no pueden las tres vocales de la séptima pronunciarse bien en un tiempo:
Alarga, acorta, enlaza a otra oportuna
1
La palabra «ruina», por su origen, por la analogía de otras lenguas que la han traído también del latín, por el uso de nuestros antiguos poetas, por la costumbre más general y por el juicio del oído, es de tres sílabas. Si el hiato, de que usó Herrera sabiamente, suele dar majestad al verso, las fuertes contracciones siembre dan aspereza. «Candorosa» y «goza», «choza» y «suntuosa» no son consonantes, ni debe admitirse una licencia que se puede atribuir a vicio en la pronunciación. Quisiera el oído también que terminase la cláusula en los hemistiquios con más frecuencia,
Si que uno y otro verso le repita
a medido compás el eco mismo (p. 31)
Perdónense estas observaciones a nuestro deseo de la perfección en obra de tanto mérito. 2
No las terminaremos sin decir algo sobre el metro adoptado en ella. La mezcla de versos cortos y largos, acomodada a la variedad de medida en la música, da, como dice muy bien Luzán, un aire lírico a las composiciones. A un poema didáctico, cuyo paso debe ser más igual y tranquilo, como el de la razón, convienen los versos iguales, que son, fuera de eso, más fáciles de conservar en la memoria, a que deben encomendarse los preceptos. Convienen, además, los versos largos a la gravedad de la enseñanza. Por eso los han preferido siempre para este género nuestros poetas, si se esceptúa el infeliz ejemplo de Iriarte; y los han empleado desde la antigüedad los más célebres de todas las naciones, reservando generalmente la variedad de metro para el canto y las composiciones líricas, y admitiéndola, cuando más, en algunas obras ligeras. Si no se adoptan los tercetos, el metro más acomodado a los poemas didácticos es el endecasílabo suelto, o ya rimado a veces libremente, como intentó Luzán. Pero en la Poética se usa con tal esceso de esta variedad, que tal vez se tropiezan seguidos ocho versos de siete silabas, tal vez hasta veinte para hablar de la letrilla y anacreóntica, como si no bastase adoptar el colorido de la composición que se trata, sin abandonar el metro propio de la silva, para seguir el estraño. Con igual razón se hubiera insertado un soneto.
De esta elección, a nuestro juicio desgraciada, nace el inconveniente en el estilo didáctico, más sencillo que el lírico, de ser frecuentemente débiles los versos menores, en los cuales supliría una medida más llena la falta de ornatos, que no siempre las materias doctrinales admiten. Un verso en que tal vez no hay de poesía más que el número es menester que tenga más número. No se hallarían entonces algunos tan prosaicos como los siguientes: «Dispensen los lectores», «y honrada compañía», «los varios incidentes», «en una y otra casa», etc., versos poco dignos , a la verdad, de haber entrado en un poema que por la nobleza de su argumento, por las sabias máximas que contiene y por las bellezas innumerables de que abunda, inmortalizará el nombre de su autor y será un nuevo título de gloria para la literatura de España.