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Prensa y canon

«Variedades. Teatro»

Autor del texto editado
López Soler, Ramón (1806-1836)
Título de la obra
El Europeo. Periódico de ciencias, artes y literatura, año 2, n.º 13, 3-4-1824
Autor de la obra

Edición
Barcelona: Imprenta de Torner, 1824
Paginación
pp. 21-28
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar del Arxiu de Revistes Catalanes Antigues. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
Este documento sigue los criterios y lenguaje cifrado de TEI http://www.tei-c.org/about/website
Sevilla, 15 mayo 2025

VARIEDADES

TEATRO


Hasta el presente, nos hemos abstenido de hablar acerca de las composiciones dramáticas de nuestro teatro. Una que otra advertencia, una que otra respetuosa indicación que hayamos hecho sobre la compañía italiana ha llenado un artículo cuyas primeras páginas debían consagrarse al análisis de las piezas españolas poniendo en claro sus bellezas, así como censurando sus monstruosidades. Algunos nos han acusado de poco amor al teatro nacional; otros de que mirábamos a la literatura dramática con desapego o indiferencia; y otros de que la blandura de nuestro carácter nos impedía mojar la pluma en el tintero de Juvenal. Pero, en realidad, por ninguno de estos motivos hemos dejado de hacerlo.

Estamos harto convencidos de la utilidad que produce la representación de una buena pieza para ser fundada la acusación de los primeros; harto dedicados a este interesante ramo de literatura para que fuese justo el cargo de los segundos; y harto somos celosos en cuanto pueda difundir la sólida ilustración para que convengamos con la opinión de los terceros.

El teatro, según nuestro sentir, aun no mirándolo en cuanto contribuye a formar el buen gusto, a presentar el lenguaje en toda su pureza y a la dicción con el nervio de que es susceptible, siempre será entre los establecimientos importantes el que más llama la atención de los reguladores de la moral pública por la poderosa influencia que tiene en la conservación de las costumbres, en su cultura y en su perfección.

Por lo demás, el verdadero motivo que habíamos tenido para guardar silencio sobre un objeto tan del gusto de todos y que proporciona dilatado campo a un escritor público ha sido el temor de no acertar en nuestras críticas y poder darlas el carácter de imparcialidad y de fundamento que solo debe esperarse de sujetos profundamente versados en nuestra literatura. Dotados de aquel fino y delicado tacto que sabe separar el agua del cieno, distinguiendo una pincelada original entre muchas dignas de reprobación y purificando un hermoso pasaje de algún lunar solo perceptible a un talento por esencia analizador, porque es preciso confesarlo: al paso que los rasgos más brillantes y felices embellecen las obras de nuestros autores de comedias, las afean los más clásicos errores y los descuidos más groseros. Golpes sorprendentes de imaginación, argumentos fecundos maravillosamente desenvueltos, caracteres originales y sostenidos, diálogos vigorosos, versos fluidos, blandos y sonoros se hallan interpolados con escenas ridículas, con asuntos mezquinos, con indecentes caricaturas, con gracias obscenas y chocarreras, con pobre lánguida y nada armoniosa versificación. Además de esto, tenemos distintas especies de comedias heroicas de capa y espada, de santos, de figurón, sentimentales, novelescas y finalmente, comedias de verdadero argumento, verdadera marcha y verdadera moral. Y, en vista de cuanto llevamos dicho, ¿dejará de ser osadía atreverse a analizar las bellezas y los defectos que se encierran en cada uno de estos géneros, para orientar a los lectores sobre su origen, progresos y estado actual, para indicarles el concepto que deba merecerles cada uno de por sí, y para clasificar las piezas que se vayan representando a tenor de estas nociones preliminares?, ¿no hay nada más que examinar detenidamente una comedia, teniendo a la vista el género al que pertenece, las costumbres y la ilustración del tiempo en que se escribió, sin despreciar la menor circunstancia de cuantas pudieran contribuir, según la época, en la elección del argumento y en la adopción del estilo? Empresa es esta que al paso que pudiera dar margen a que se luciera algún profundo y juicioso literato, la juzgamos muy superior a nuestras fuerzas para poder desempeñarla, ni aun con aquel pequeño acierto que se nos pudiera tolerar en gracia del buen deseo y de nuestros pocos años.

Pero, como quiera que sea, ya que varios de nuestros lectores nos han manifestado su anhelo de que consagremos uno de los artículos del Europeo a la crítica de las piezas dramáticas españolas que se representa en la escena de esta capital de Cataluña, no omitiremos la oportunidad de poder complacerles, a pesar de que, según hemos tenido ocasión de manifestar, estamos bien penetrados de las dificultades que en sí envuelve tamaña empresa. Nos dedicaremos con placer a ensayarnos en semejante crítica con aquellas obras que no sean enteramente indignas de ella, procurando rectificar el gusto de los espectadores, si ya no con la estensión que llevamos indicada, a lo menos en cuanto alcancen nuestras fuerzas; pues también deseamos la perfección de nuestro teatro, y que, desterrando de él las impuras composiciones que le desacreditan y profanan, se empezase a prestar un homenaje algo noble y correspondiente a la musa de la poesía dramática.

Y echando una ojeada sobre nuestros antiguos poetas cómicos, no podemos menos de admirar su abundancia, su facilidad a su invención y las sales del buen decir en que tan felices son tan naturales y fecundos.

Lope de Vega se distingue por la gracia y soltura en el versificar, por la naturalidad en el diálogo y por la decencia y nobleza de sus personajes. Sobre todo, trata de los asuntos amorosos con tal decoro y delicadeza que merece ser considerado en esta parte como un modelo casi inimitable. Es verdad que en el aglomeramiento de sucesos o lances episódicos comúnmente traídos fuera de sazón y en el no saber sacar partido del asunto principal cuando podía desenvolverse con el éxito más feliz nos da la idea de las demasiada precipitación con que escribía y de que se resienten casi todas o las más de sus comedias, pero es necesario advertir que el arte se hallaba entonces en su infancia y que además de no conocerse por esta razón todos los efectos y situaciones teatrales que se podían derivar de un argumento, el público español deseaba la duplicidad de incidentes de personajes y de fábulas, por lo que dijo de él el mismo Lope:

...no se templa
si no le representan en un acto
hasta el final juicio desde el Génesis.


Pero, en cambio de esto, ¡qué versos tan blandos y tan armoniosos, qué de bellezas deducidas a veces de objetos frívolos y al parecer insípidos, qué lenguaje tan puro! Y, aun de cuando en cuando, ¡qué personajes tan noble y hermosamente delineados!

Es preciso convenir, sin embargo, en que al arte dramático ya lo encontramos muy adelantado en Moreto, por lo cual hallamos mucho más placer en la lectura de sus comedias. Aquí se nos presenta un escritor de nuevo carácter: la fábula se desarrolla como por sí misma, con inteligencia y maestría; los caracteres son más cómicos, más combinados y más bien descritos; las situaciones más dramáticas, el diálogo más vivo, más lleno de expresión, más vigoroso. Sobresale, en medio de semejantes perfecciones, la fuerza característica y aquella e inimitable sal que tantos aplausos ha merecido a este célebre poeta.

Calderón se diferencia de entrambos por la brillantez de sus cuadros y por un lenguaje más culto, alambicado y cortesano. Nacido en una época en que la predilección a lo maravilloso tenía deslumbrados a los españoles, trató de dar a la escena a un aire mágico y encantador que lo sedujera. Aprovechose para ello de cuanto podía servirle: a sus galanes les revistió de esplendidez, de sentimientos valientes y generosos, de pundonor caballeresco; a las damas de urbanidad, de noble altivez, de belleza, de osadía y de cultura, y a los demás personajes distribuyó igualmente otras prendas a tenor del papel que habían de representar. El lenguaje que pone en boca de estos sublimados caracteres es musical, sonoro y sorprendente en la variedad y elegancia de las rimas, en la pompa y majestad de las imágenes, en los complicadísimos enlaces, en las más sutiles combinaciones y agudezas de la expresión se descubre una fantasía acalorada, que, cediendo al genio que le inspira, se ha de abandonar a sí misma. En su férvido arrebato, todo le encanta, le transporta, y por eso amalgama, pinta y combina las cosas más extrañas, más distantes y más opuestas. Colocado como en medio del universo y en el centro de las relaciones, pone en movimiento a toda la naturaleza y, cual si aquella alma fogosa no pudiese separar ni clasificar, no descubre en la armonía de los seres sino el secreto de enlazarlos entre sí por medio de las más atrevidas y maravillosas comparaciones, las estrellas y las flores, y el sol y los ojos, el coral y los labios, las lágrimas y las perlas, el metal de la voz y el agradable murmullo de los vientos se cruzan, por decirlo así. Y engalanan sus magníficas descripciones de suerte que, para servirnos de la expresión de un célebre literato de Alemania, se puede decir de sus comedias lo que de los estados de Carlos V, que nunca se ponía el sol en ellos.

Pero es preciso convenir en que ninguno de estos grandes hombres había fijado el verdadero carácter de la comedia española. Parece que estaba reservada a nuestros días la gloria de tan feliz hallazgo, y, a la verdad, no era fácil de vaticinarlo. Pues, cuando, por haber desaparecido aquellos colosales ingenios y sus más diestros imitadores, se habían apoderado de la escena española talentos adocenados que no llegaban ni a una tolerable medianía y que nos iban llenando de producciones mal concebidas, peor dialogadas y pésimamente escritas, no era nada probable que estuviésemos tan cerca de gozar de los verdaderos modelos de nuestra comedia en los admirables partos de un talento que reuniese a la vez la fluidez de Lope, el artificio de Calderón, la gracia de Moreto y la profundidad de Moliere. Ninguno de nuestros lectores dejará de conocer que hablamos del célebre poeta árcade Inarco Celenio, a quien podríamos llamar justamente el Terencio español.

A pesar de que nuestro teatro puede gloriarse de las producciones con que lo han enriquecido los aplaudidos autores que acabamos de describir y aún de otros muchos que, sin haber sobrepujado a los tres primeros, acaso han llegado a igualarles, está inundado de comedias ya originales, ya traducidas, que, sobre ser contrarias al buen gusto y a los preceptos del arte, ni tener ninguna de aquellas cualidades que hacen disimular otros defectos, son de malísima y despreciable moral. Por desgracia, el público ha tomado inclinación a muchas de ellas, por cuanto le han acostumbrado a que las viese aparecer sobre la escena, y, aunque aquellos sujetos que consideran al teatro como la verdadera escuela de las costumbres no pueden menos de dolerse de semejante propensión, conocen, por otra parte, que faltan los principales recursos para atajarla. Hemos observado también que, aun en aquellas piezas dramáticas en que abunda lo malo y lo bueno, más comúnmente que a lo último se tributan aplausos a lo primero. ¡Cuántas veces una espresión fina, una pincelada característica, una frase culta y felizmente colocada no mueve a los espectadores, o cuanto más a unos pocos que tienen la suficiente dosis de instrucción para penetrarla, al paso que les agitan y entusiasman las insulsas gracias de un criado que hace el papel de bufón! ¿Y de dónde nace que el público esté tan atrasado, que apenas sepa distinguir lo malo de lo mediano, y lo mediano de lo realmente bueno? Primero, de no acostumbrarle a la representación de buenos modelos, y, segundo, de no indicarle las bellezas v los defectos de cada uno. A buen seguro que, si los papeles públicos analizasen con tino y rigorosa crítica las comedias que se representaran, y se procurase por otro lado que estas fuesen bien combinadas y agradablemente escritas, que una gran parte del público se irla ilustrando como por grados, hasta hallarse en la situación de no apreciar sino lo verdaderamente apreciable, y despreciar lo que fuese contrario sin disputa a la decencia y al buen gusto.

Y aun por esto estamos persuadidos de que el dedicarnos a hacerlo encierre alguna utilidad, no tanto, si se quiere, por la confianza que se pueda tener en el desempeño de nuestras censuras como por la consideración de que acaso nuestro ejemplo anime a algún otro escritor a mezclarse en este asunto, ya combatiendo los errores en que podamos incurrir, ya haciéndonos notar bellezas o descuidos que no hayamos tenido presentes, o ya finalmente por el placer de escribir sobre un objeto que inspira parcialidades a muchos, celo y satisfacción a otros, ganas de lucirse a algunos, e interés y curiosidad a todos. Púrguese nuestro teatro de las comedias de hambres y de pestes, de las de moros y cristianos, de las de Valladares, Comella, Fermín del Rey y otros semejantes autores. Destiérrense para siempre de él las que tienen por argumento la vida de algún santo en mengua del decoro y de la veneración que se debe a los asuntos religiosos. Arrincónese esta multitud de insípidas traducciones que, a manera de una funesta plaga, ha venido a inundar nuestra literatura dramática, purifíquese de los autos, sainetes y demás obras monstruosas e intolerables. Y quedémonos en hora buena con lo más selecto de Lope, de Moreto, de Rojas, de Tirso de Molina, de Calderón, de Solís, de Iriarte, de Moratín y de algunos otros que han caminado también por la senda del acierto. Sobre todo las del ultimo, que todas pueden llamarse escogidas, hacen tal honor y aumentan de tal suerte el crédito de las musas castellanas, que difícilmente ninguna nación extranjera se lo atreverá a disputar.

A propósito no hemos hablado de la tragedia por creernos muy inferiores en ella. Aun los pocos modelos regulares que en este género poseemos ofrecen en medio de situaciones muy dramáticas, de lenguaje enérgico y sublime, de sentencias espresadas con gravedad, soltura y osadía, lunares algo reparables, que es de esperar se eviten en lo sucesivo. Acaso en el señor Cienfuegos perdimos el ingenio que hubiera llegado a ser el padre de la tragedia española, y en el señor Quintana, que tan fundadas esperanzas nos hizo concebir con su Pelayo, hemos perdido igualmente quien hubiera podido sucederle, desde que, satisfecho de los aplausos que le mereció esta pieza, se despidió al parecer para siempre de Melpómene. Asimismo recelamos que haya abandonado a esta melancólica musa un ingenio barcelonés, cuyas primeras composiciones 1 nos daban una ventajosa idea de sus talentos trágicos y hacían esperar otras con que enriquecer la galería, tan escasamente provista, de nuestras tragedias originales.



L . S.

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