«Crítica literaria. Poesías de don Nicomedes Pastor Díaz»
- Autor del texto editado
- García Tassara, Gabriel (1817-1875)
- Título de la obra
- El Correo Nacional, n.º 1069, 27-12-1840
- Autor de la obra
- Borrego, Andrés (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de la Compañía Tipográfica,
1840
- Paginación
- pp. 1-3
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Fátima Rueda Giráldez
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
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Sevilla, 1 abril 2025
FOLLETÍN
CRÍTICA LITERARIA
Poesías de don Nicomedes Pastor Díaz
1
Cuentan, no recuerdo bien si de Hoffman, que al fin era alemán, o de otro ensoñador por el mismo estilo, de estos monomaniacos que se dan a singulares y estrafalarios entretenimientos; cuentan que consumía gran parte de sus vigilias en reducir a formas todos los materiales posibles, los entes fantásticos que en sus sueños se le aparecían, los monstruos y quimeras que forjaba su imaginación delirante y acalorada. Para tal objeto se valía de la industria de unos dichosos cartones, en los cuales iba representándolos con la mayor propiedad y distintamente como podía. Guárdalos después, yo no sé dónde, porque ni siquiera se me acuerda el cómo y el cuándo de haber llegado a mi noticia extravagancia semejante; pero digo yo que los guardaba en su carpeta, como en cosa que está muy a mano; y allí, en su carpeta o donde quiera que los guardase, los dejaba estar y dormir, procurando olvidarse de ellos, hasta que en alguna ocasión se le ponía en mientes la ocurrencia de dar un paseo por su mundo imaginario y conversar con aquellos seres, cuya creación y cuya existencia eran obra enteramente suya, de sus delirios, de sus pasiones, de su monomanía. Hacía esto con la más solitaria solemnidad del mundo; porque se encerraba en su aposento, abría su carpeta, sacaba sus cartones de su alma, los estendía por orden de antigüedad sobre una mesa, y, la mano en la mejilla, permanecía las horas muertas en aquella contemplación. Otro ensueño, otros cartones, otras figuras. Vuelta a la carpeta, vuelta a la manía, vuelta al encierro. Allí estaba su alma. Y así iba formando este hombre una a manera de cronología estrambótica de los hechos morales de su vida, de la cual así pudiera decirse que no significaba nada, como creerse que era la verdadera esencia de sus pensamientos y de sus pasiones.
¡Valiente loco! exclamará a este punto el lector cuerdo. ¡Valiente loco! Es verdad. Y, sin embargo, es menester que el cuerdo lector entienda que ese loco, quien quiera que fuese, sumiéndose por largas noches en su soledad, extraviándose en el mundo desconocido de sus visiones, agitando él mismo, como una hoguera al viento, su fantasía, y multiplicando sus aprehensiones, y dando cuerpo y forma a sus delirios y vaciando, por decirlo así, en monstruosas pinturas los engendros de su imaginación monstruosa; ese hombre enfermo del entendimiento y del alma es, ni más ni menos, lo mismo que cierta escuela histórico-filosófica entiende por un mytho; quiere decir, el símbolo de una idea general, la representación de un pensamiento común. Y no como quiera, sino que ese loco es el mytho por excelencia; ese loco es el hombre; ese loco son los hombres todos de todos los tiempos y de todas las sociedades. El lector cuerdo que se espantará probablemente de lo que le vamos diciendo, es un loco también de la especie de ese loco.
El mundo no es tan grande como la imaginación, y no todo lo que vemos con la imaginación lo alcanzamos en el mundo. Hay cierta época de la vida en que concebimos en imágenes divinas el amor que no tocamos luego, sino bajo formas humanas. Hallamos al amor como le sentimos, pero no como le soñamos. Hay otra época en que viene a inquietarnos la pasión de los intereses de la vida; y también son muy grandes los objetos de la ambición soñada; pero acercaos a ellos, tocadlos. ¿Qué se han hecho las proporciones magníficas de los gigantes de nuestra imaginación? El hombre, a medida que satisface sus pasiones, se va desengañando de que hay esperanzas irrealizables, de que hay deseos imposibles, y, lo que es más triste aún, de que no puede ser de otra manera. Pero la imaginación es la sed de Tántalo; no se satisface jamás. Y todos esos sueños que van uno tras otro desvaneciéndose a la luz de una realidad que no debería llegar nunca; y todas esas ilusiones que, como las hojas caídas de una flor seca, vamos dejando en pos de nosotros en el hermoso camino de los días que han pasado, son otros tantos recuerdos que se despiertan de cuando en cuando en nuestra alma para consolarla, son otras tantas visiones que vuelven tal vez a pasar por delante de nuestros ojos para deslumbrarnos, son otros tantos fantasmas de un mundo cerrado para siempre, como la tumba, pero del cual los evoca un poder que reside en nosotros mismos, para que vengan a llamar a las puertas de nuestro corazón, y a decirnos tristemente que están allí, que estarán siempre allí, y que nos acompañarán en nuestras horas de soledad y melancolía. Son, en una palabra, las visiones y las figuras del loco.
No hay más que una diferencia: la de los cartones. Para la mayor parte de los hombres el cartón no puede ser sino el alma, y en ella guardan silenciosamente sus memorias; porque no son tan fuertes ni tan vivas, que produzcan la necesidad de representárselas bajo formas determinadas ni a sí mismos ni a los demás. Mas hay otros que pueden o quieren hacerlo (lo cual, sea dicho de paso, no es lo mismo); y estos buscan efectivamente sus cartones y los pintan. Imaginaciones ardientes que devoran con su actividad inmensa las realidades que se agitan a su alrededor; almas profundas en que hay lugar para todo, menos para el olvido; seres de organización, yo no sé si feliz o infelizmente privilegiada, cuya vida es sentir e imaginar, y para quienes las ilusiones son los imposibles necesarios del alma; se forman un mundo ideal, que es su refugio, con las abstracciones del mundo positivo, en donde no hay para ellos más que desengaños: y, sintiendo la necesidad de vaciar en alguna parte la plenitud y el exceso de su corazón y de su fantasía, producen esos magníficos delirios de la inteligencia humana que acostumbramos llamar creaciones, ignorando el secreto de su generación, la cual nos enseña que en el mundo moral, lo mismo que en el físico, nada absolutamente se crea.
Entre esta especie de hombres descuella el poeta. El poeta, el hombre de la imaginación y del sentimiento, es el ensoñador por excelencia de que hemos hablado. Loco entre locos, su locura a lo menos es la sublimidad humana; y, colocado entre el mundo que se toca y el mundo que se sueña, comunicando con uno y con otro mundo, estrechando sus relaciones, cambiando sus productos, como se diría hablando de economía política, el poeta se erige en natural intérprete de los misterios del alma para con las realidades de la vida, halla el único medio de reducir a una forma, por insuficiente que sea, los objetos aéreos e impalpables de aquellos que pudieran muy bien ser calificados de sentidos interiores del hombre, embellece la verdad árida, desencantadora, monótona, con la pintura y el colorido de esos mismos objetos que, aun degenerando necesariamente en la expresión, conservan todavía una reliquia de su primitiva hermosura, y enlaza y refunde la una en la otra, las dos naturalezas del hombre, tomando de una la esencia, buscando en la otra la forma; es, en fin, el vehículo por donde se comunican el mundo ideal y el mundo positivo, y a él solo está reservado el decir que esos dos mundos son uno mismo, porque él solo los identifica. Siendo de esta manera, nos atrevemos a sentar que no existe la poesía del materialismo; más claro: que no puede ser materialista la verdadera poesía, el elemento moral ha de dominar necesariamente en la inspiración. Así, el poeta pagano tiene de común con el poeta bíblico el necesitar un panteísmo para inspirarse; y por esta razón la poesía ha sido siempre el lenguaje de las ilusiones humanas.
¿Habremos de traer nuevamente los cartones del loco para explicar en qué se fundan esa multitud de creaciones en que las inteligencias favorecidas por el numen y agitadas por el estro no hacen más que exagerar hermosamente, permítasenos la expresión, los objetos comunes de las afecciones y de los deseos de todos los hombres, que revestir con el lujoso aparato de su fantasía y trasladar a las especies de la idealidad los seres de la naturaleza con que todos estamos en continuas relaciones? ¿Será necesario repetir la causa del placer de afinidad y semejanza que experimentamos, al leer una poesía que nosotros no hemos compuesto, pero en la cual hallamos el reflejo de la propia sensibilidad, el secreto de nuestras pasiones, el traslado de las concepciones imaginativas en que todos ejercitamos alguna vez nuestras facultades? ¿Qué significarían para los hombres que no fuesen el Dante, Milton o Klopstock, el espectáculo de un infierno moral, la naturaleza inmaculada de un paraíso que no hemos visto, los agentes celestes y espirituales que intervienen en una epopeya mística, si el origen y principio de esas concepciones maravillosas no residiesen en nosotros mismos? El genio no hace más que llevar la luz al caos informe de aprehensiones morales que existen en la mente de todos los hombres. El genio no hace más que reasumir y analizar en sí mismo las sensaciones y los juicios comunes, y darles cuerpo y sonido, y revelar después el secreto a la multitud que no se explica lo mismo que siente. Ni, de ser posible que otra cosa hiciese, el genio sería más que un ídolo solitario en un templo sin adoraciones, porque no se le comprendería. En este sentido, hemos dicho arriba que no puede existir lo que se llama creación en literatura. El poeta mismo, de esta manera entendida la poesía, no es más que el historiador de la imaginación y del alma.
Hágasenos gracia de la demasía de esta introducción. El autor cuyas son las poesías de que hemos debido hablar desde el principio del artículo ofrece el testimonio irrecusable de lo que llevamos expuesto, y la lectura de su libro nos ha sugerido naturalmente aquellas ideas. Poeta de carácter más íntimo que expansivo, cuya imaginación está dominada por su sentimiento, se descubre rara vez en sus versos el intento deliberado del autor que se inspira para el público; y, pareciendo haber sido escritos únicamente para quien los ha sentido, van por esta razón más derechos al alma de los demás. Apenas se encuentra en ellos trozo que no signifique algo para el corazón impresionable; apenas se lee estrofa que no suscite la impresión de un recuerdo, la imaginación de una esperanza, el delirio de uno de esos deseos que son la sensibilidad y la existencia mismas del hombre interior, y en que se reúnen por medio de una simpatía universal todos los corazones para quienes haya recuerdos, esperanzas y deseos en el mundo. Una imagen de semejanza; he aquí lo que están destinadas a dejar en la fantasía del lector la mayor parte de estas composiciones. Y personas habrá, es bien seguro, de organización delicada y de susceptibilidad melancólica y tierna que interrumpirán muchas veces la lectura de este libro de sentimientos para recordarse de que, aquello mismo que estaban aprendiendo de sí propias lo habrían ellas dicho en algunas situaciones de su alma. La facultad de producir este delicioso contagio es don y principal atributo del verdadero poeta; y en el de que vamos hablando es la cualidad distintiva de su carácter poético.
Tiempo hace que nuestros lectores deben de estar familiarizados con el nombre de don Nicomedes Pastor Díaz, pues se le cuenta merecidamente en el número de los jóvenes (apparent rari nantes) que serán confirmados en la posesión del puesto que ahora ocupan en nuestra literatura el día en que se verifiquen definitiva y valederamente los poderes y títulos de los literatos actuales. Habiendo sobrevenido esta época que vamos trabajosamente atravesando, de agitación y de garrulidad en todos sentidos, claro era que donde la revolución política no se presentaba bastante grande, bastante nueva para apoderarse de los ánimos con los entusiasmos y fanatismos en que hallan su cortejo deslumbrador las revoluciones espontáneas; claro era, decimos, que la actividad de la juventud, obediente por naturaleza al movimiento de todas las pasiones, había de convertirse con mayor ahínco a otros objetos. La literatura reclamó, como era natural, este privilegio; y entre las producciones que vieron la luz en los periódicos que entonces se publicaban, llamaron muy particularmente la atención algunas poesías del señor Pastor Díaz. La Oda a la luna... ¿quién no recuerda la impresión que causó esta melancólica y delicadísima poesía, este himno purísimo de contemplativa tristeza en los que entonces, con ansia más provechosa, buscaban en el artista el estímulo intelectual que no alcanzan a cebar ahora las sensaciones cotidianas y cada vez más irritantes del pandemónium de la política?
A la sazón, el horizonte literario comenzaba a ensancharse prodigiosa y repentinamente; y una infinidad de jóvenes llenos —¿por qué no se ha de hablar así?— de ignorancia y de talento, se abalanzaban con avidez y devoraban como un exquisito manjar aquel pasto primero y abundante de una literatura que renacía. Murieron, es verdad, y se olvidaron el mayor número de aquellas poesías que lograron el favor de un irreflexivo entusiasmo, porque no tenían realmente otra bondad que la osadía con que inauguraban sus autores una revolución que en la literatura ha dado frutos tan malos, pero también los ha producido mejores que en otra parte. Murieron, es verdad, y se olvidaron, sin que de ellas haya quedado más que el recuerdo agradable del efecto que hicieron por la oportunidad de la circunstancia en que aparecían. Pero de entre aquel inmenso fárrago, algunas habían de resistir el examen, y la Oda a la luna sobresalía de manera que aseguró ya al autor una reputación que obras de la misma especie y mérito han venido luego a robustecer.
Escusado parece advertir que el señor Pastor Díaz es un poeta de la moderna escuela literaria, irrepudiable ya en buena crítica, porque a la crítica, que es la impotencia misma, no le es dado oponer un dique al raudal de los siglos que trae consigo las innovaciones sociales, ni el genio, tan independiente como es, alcanza a emanciparse de la sociedad en que bebe sus inspiraciones. Pero la poesía del señor Pastor Díaz se distinguía desde el principio por la ausencia de esos delirios, a que no es extraño que se dejase abandonar en sus primeros ensayos una literatura que nacía del seno de una revolución social; y para ser instrumento de una revolución social como un monstruo más que se levantaba sobre la negación y ruina de todas las autoridades posibles. Hablábamos de la literatura moderna en general; pero lo que decimos es también hasta cierto punto aplicable a la instauración de esa literatura entre nosotros, y era notable ver a un joven que principiaba a componer en tal coyuntura, en que hallaban disculpa muchos extravíos, y que por otra parte ha mostrado bien no ser de esos talentos pacatos o cuasi-talentos que se sujetan toda la vida al yugo impuesto por un preceptor de retórica. Era notable verle desdeñando el vano oropel y la pompa ficticia de los que la juventud reputaba entonces por modelos igualmente grandes que impecables; como quien conocía ya que bajo aquel aparato venían por lo general encubiertos, a par de los esfuerzos pretenciosos de la ignorancia, las usurpaciones ridículas y pasajeras de la medianía.
Sin duda el señor Pastor Díaz tenía ya formada su educación literaria en la época a que nos referimos, época lejana hoy, en nuestros fastos literarios también, según lo mucho que ha corrido el tiempo en los últimos seis o siete años. La naturalidad y conveniencia de la expresión, la corrección y elegancia de la forma, la facilidad y armonía del verso, eran dotes que resaltaban bien a las claras en las composiciones de este autor, para que pudiera confundírsele nunca con la turba ignorante que no ha saludado un libro en que se aprenda algo. Ignórase todavía, ni, a decir verdad, les ha de ayudar a muchos gran cosa el llegar a entender que esta literatura de nuestra edad tiene que aprender la parte convencional, y esto es mucho, del arte en el clasicismo de la antigüedad y de nuestros buenos autores. El señor Pastor Díaz, al contrario, mostraba estar amamantado a los pechos de la divinidad clásica, nutrido con esa magnífica poesía de formas, a cuya belleza exterior, si bien no ha de llegar nunca por su misma naturaleza y esencia la literatura moderna, es necesario que ajusten, en cuanto sea posible, la estructura de sus cantos los poetas que no conciban la idea de lo bello sin algún elemento de exactitud, de regularidad, de simetría. ¿Ni cómo es posible que la poesía, y más especialmente la poesía lírica española, aunque se ponga a hablar el lenguaje puramente español de Calderón, se olvide hoy de que la restauración, la verdadera restauración del arte que tuvo lugar a fines del pasado siglo, y que ha preparado los materiales de la actual revolución literaria, fue hecha por el clasicismo?
El poeta de que vamos hablando ha comprendido perfectamente estas verdades; y eso que es un poeta, como decimos ahora, eminentemente romántico. Pero antes de arrojarse a escribir sus versos, ha acostumbrado su paladar al sabor puro de los autores latinos y nuestro Siglo de Oro; y luego ha cedido, enhorabuena, a las nuevas exigencias literarias con discernimiento, con condiciones, sabiendo lo que se hacía. Por donde se viene a la razón de por qué, sin arreglarse estrictamente a los modelos antiguos en la ejecución y distribución de sus piezas, lo cual es ya pretensión absurda por imposible; hasta en las formas más latas, hasta en las nuevas o poco usadas combinaciones métricas que ha sido dueño de adoptar con la mayor libertad literaria de estos tiempos, haya puesto el sello de ese gran sentido artístico que se llama gusto. El cual, aunque no sea ni pueda ser otra cosa que natural instinto del sentimiento y del alma, necesita ser corregido y depurado por la razón del arte, mucho más que en los tiempos en que una autoridad reconocida domina sin contradicción en la literatura en aquellos tiempos de revolución y controversia en que la confusión de las ideas morales envuelve también en su oscuridad las nociones puras de la propiedad y la belleza.
Otra cualidad reluce en estas poesías, que se acuerda perfectamente con las de que hemos hablado y que podrá tener su mismo origen; cualidad rara que les impide alcanzar, aun a los mejores poetas de este tiempo, la naturaleza misma de la inspiración moderna, en que la complicación de las ideas embaraza a menudo la marcha del sentimiento poético. Es, pues, esta cualidad el dominio exclusivo de un pensamiento sin desviación, sin accesorios en las composiciones. Horacio, el poeta en el que más se aprende, es gran maestro en esta parte; ya sea por estudio, o ya por inclinación de su talento mismo, el señor Pastor Díaz ha acertado en muchos y pequeños poemas a encerrar un argumento sencillo y uno en un plan de proporciones exactas y regulares.
Pero estas cualidades, si bien muy dignas de aprecio, no constituyen solas a un buen poeta: se puede serlo muy mediano, y haberlas adquirido con la meditación y el trabajo. A veces, la cortedad del talento facilita semejante adquisición, porque lo pequeño se encierra en dondequiera. Pero tener inspiración propia y reducirla al molde propuesto, esto ya es más difícil.
Las formas, como todas las trabas, ceden siempre ante la inspiración, se ensanchan, se rompen y se pliegan ante ella; y no se consigue combinar a medida de deseo estos diferentes elementos de la composición. Cuando se consigue, hay mérito; y si no se echa de ver la dificultad vencida, el mérito es mayor. Ahora bien: la inspiración propia es la que hace verdaderamente al poeta; ella le distingue, ella le califica, ella constituye su originalidad, su manera peculiar de serlo. Y el señor Pastor Díaz, cuya poesía se recomienda por la belleza de la forma, necesita decirnos ahora: «pues bien, ved todo lo que yo he encerrado aquí».
El señor Pastor Díaz tiene inspiración propia. ¿Y qué es eso? se nos preguntará. La originalidad poética, ya lo hemos dicho. ¿Dónde está? Aquí y aquí, como respondería un ambicioso, llevándose la mano a su cabeza y a su corazón. La inspiración propia resulta del modo particular con que obra sobre una organización más determinada o más susceptible el mundo que la rodea, y esta es la explicación de todos los fenómenos intelectuales. El señor Pastor Díaz debe sin duda de ver las cosas del mundo a su manera, porque, si no, sería un poeta de los que no las ven de manera ninguna.
Una disposición de ánimo ocasionado a recibir y a moverse por las impresiones de la ternura y la melancolía, una sensibilidad cuyas fibras responden admirablemente al patético de las pasiones, una fantasía que guarda transformados en imágenes los afectos que han herido el corazón y un fondo de idealidad vaga, indeterminada y supersticiosa, que presta un carácter singular de solemnidad y misterio a su poesía. He aquí los rasgos distintivos del talento poético de este autor. Inspirándose siempre en la tristeza, sus miradas parecen tenderse con una tranquilidad apasionada sobre todos los objetos que para él han significado algo en el mundo y volverse luego hacia su interior para fijarse en su corazón. Y entonces es cuando, elevándose con calor y resonancia la parte espiritual y armoniosa de su mente, un recuerdo, una ilusión, una esperanza, un ensueño se convierten, bajo la pluma del hombre transformado en poeta, en una de esas tristes elegías, que para el vulgo de los lectores serán buenos versos, para el crítico superficial, obras de convención literaria, y para las almas capaces por sí de una comprensión más alta, ecos quizás de situaciones morales de la vida, cuyo juez natural debe ser el sentimiento.
Es necesario hacer una observación. El señor Pastor Díaz ha nacido en una provincia de España cuyo clima debe de participar en algo de esa hermosura y magnificencia sombrías de los países en que se está en relación más continua con la naturaleza. El hombre adquiere mayor intimidad y concentración al aspecto del mar o a la sombra de una montaña. Y estas circunstancias de la primera edad y de las primeras impresiones, muy determinantes sin duda en el desarrollo de ciertos caracteres, estas circunstancias que en almas de alguna profundidad contribuyen mucho a formar como una familia de imágenes queridas, como una religión de recuerdos lejanos que nos acompañan toda la vida, estas circunstancias influyen de tal manera en la índole poética del señor Pastor Díaz, que a esta influencia atribuimos especialmente el tono y el colorido general que reinan en sus composiciones. La descripción de los objetos naturales está siempre hecha sobre un fondo oscuro; lo mismo sucede con los objetos morales; y a unos y a otros los realzan generalmente visos y accidentes notables de localidad. A veces nos figuramos estar oyendo un canto primitivo, entonado junto a la lumbre del hogar doméstico bajo las nubes de un cielo tempestuoso. Luego nos parece ver atravesar ante los ojos del cantor solitario alguna de esas creaciones de la mitología oscura y supersticiosa de los pueblos del norte. No es la inspiración fiera, no es la armonía salvaje, no es la imaginación enérgica y vibradora de Ossian. Son la voz y la fantasía del poeta civilizado de este siglo, poeta de una sociedad y no de una tribu.
[...]
La reunión de todos estos elementos poéticos, ya naturales, ya adquiridos, estos proporcionados por el arte, aquellos dando vida, fuerza y color al arte, constituyen lo que no vacilamos en llamar la novedad bella de estas poesías. A la elaboración de ellos ha presidido por fuerza un trabajo de meditación de que hay señales en toda la obra, y sin la cual era imposible combinarlos convenientemente; pero esta meditación no es el trabajo de quien, sin las cualidades necesarias, se impone la obligación de hacer una cosa, trabajo ímprobo e infructífero que únicamente sirve para revelar toda la ridiculez de una insuficiencia presuntuosa. Es, por el contrario, la tendencia espontánea, el natural empleo de un entendimiento cultivado que impide a una imaginación ocupada en sus concepciones vaciar informemente aborto sobre aborto; y los pule y los corrige y los amolda, y hace de ellos otros tantos poemas, conformados a un tipo de belleza literaria. Solo procediendo de este modo se puede hermanar con el arte la inspiración verdadera.
Pero el señor Pastor Díaz ha hecho más; ha inventado un género suyo, exclusivo, característico; ha trazado en derredor de sí un círculo dentro del cual a nadie es lícito penetrar sino doblando la cabeza. En la parte moral de estas poesías, se ve al hombre nacido para tener fe aislándose, mientras sueña o se lamenta, de una sociedad conjurada en contra de su espiritualismo. En la parte artística, se ve el estudio de las formas, enfrentando el extravío de la inspiración, y el dominio de las reglas, ensanchado por la libertad de la fantasía. Y luego, sirviendo como de fondo y atmósfera a este cuadro, se sienten las impresiones y se perciben los dejos de un provincialismo de buen gusto, que ensancha el horizonte de la poesía nacional, en que han dominado alternativamente hasta hace poco, como dogmas de dos grandes sectas rivales, el españolismo puro de los poetas castellanos y el orientalismo clásico de los poetas andaluces.
Excusamos entrar en cuestión con el señor Pastor Díaz por causa de las ideas que en su prólogo manifiesta profesar acerca de la literatura de nuestra edad. Tal vez seamos nosotros más escépticos de lo que quisiéramos; pero creemos, y no somos dueños de dejar de creer, que en las sociedades en que no hay creencias es donde se asienta en todo su poder el influjo del talento; y que por lo mismo que no hay creencias en la sociedad que alcanzamos, por lo mismo se siente más la necesidad de tenerlas, y por lo mismo deben proponerse un fin moral y social la ciencia, la literatura, la poesía. Hasta qué punto será eficaz el remedio, eso no lo diremos nosotros, porque somos también un poco fatalistas. Pero contéstesenos si la filosofía moderna, si este germanismo que va imponiendo el sello de una reacción progresiva a toda la ciencia contemporánea, no suministra una gran prueba de esa tendencia, que es además la lógica misma del espíritu humano. Ese sello está también en la poesía del señor Pastor Díaz. En vano el señor Pastor Díaz querría, que no querrá, ser tenido por un poeta escéptico. Su escepticismo no es el escepticismo verdadero, el escepticismo del razonamiento frío, que juega estúpidamente con sus dudas. Es el escepticismo apasionado que busca las creencias en todas partes. Y esto, cuando es escéptico; que lo es en alguna poesía de ideas o de imaginación; pero en sus poesías de sentimiento, que forman casi todo el libro y que son sus títulos legítimos a la gloria, en estas el señor Pastor Díaz se muestra espiritualista. No han de correr peligro en la lectura de este libro las creencias ni la moralidad de sus lectores. ¡Gran motivo de aplauso al autor!
Tampoco nos acordamos en el anatema que lanza sobre la duración de las producciones de este siglo. La literatura de hoy es, a nuestro entender, la más grande de las literaturas en toda la extensión de esta palabra, y, sea cualquiera la opinión que se abrigue acerca del porvenir de la actual sociedad, haya de despedazarse y perecer, o haya de sobrevivir con nueva fuerza a las revoluciones que la están agitando; si sobrevive esta sociedad, volverá siempre sus ojos con curiosidad, con estudio, con asombro a los monumentos de toda especie que se hayan levantado en época de tantas pruebas para ella; y en el caso de que esta sociedad se desorganice, las sociedades venideras se ocuparán mucho de cuanto tenga relación con este período que vamos corriendo, el período de más actividad social que conoce la historia.
No están, pues, heridas de muerte las obras de las altas capacidades de la época. Y esas obras de escombro, con las cuales confunde el señor Pastor Díaz sus poesías en un acceso de modestia orgullosa que tan bien sienta a un hombre de talento, ¿sabe el señor Pastor Díaz cuáles son esas obras de escombro? Las obras de ese batallón de rábulas de la literatura que nos están atormentando perpetuamente los oídos con el sempiterno mazacoteo de sus máquinas de hacer versos y otras picardías literarias; las traducciones y los cuentos y los dramas; los libros asquerosos de esa bandada de grajos que amenaza aturdir nuestro pobre Parnaso con sus graznidos; y a los cuales es un placer gustoso y vengativo el figurárselos leyendo y devorando con el despecho de la impotencia un libro de tanto mérito como las poesías del señor Pastor Díaz.
(Concluiremos en otro artículo)
Gabriel García y Tassara