«Teatros. Revista dramática»
- Autor del texto editado
- Grijalva, José de
- Título de la obra
- El Heraldo, n.º 1362, 25-11-1846
- Autor de la obra
- Sartorius, Luis José (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta del Heraldo,
1846
- Paginación
- p. 1
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Fátima Rueda Giráldez
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
Este documento sigue los criterios y lenguaje cifrado de TEI http://www.tei-c.org/about/website
Sevilla, 28 marzo 2025
FOLLETÍN
Teatros
Revista dramática
Vergonzoso es decirlo, pero es lo cierto, que un extranjero que venga a Madrid podrá permanecer un año sin escuchar en el teatro una de las obras de Lope, de Moreto, de Tirso y de Calderón. Esto decía hace cuatro años uno de los más inteligentes y notables literatos en las publicaciones periódicas de aquel tiempo, El Seminario Pintoresco y la Revista de Madrid, lamentando precisamente al reseñar las bellezas de nuestro teatro antiguo el lastimoso y completo olvido en que era mirado en los coliseos de la corte.
Efectivamente, puede decirse que en los últimos años ha sido contada, muy contada, la obra de nuestros antiguos dramáticos que ha resucitado en escena, no tanto por no haber podido sostenerse, como bien manifiesta la inclinación del público español en todos tiempos a las bellezas de sus riquísimos e imperecederos tesoros, como en parte por el descuido de las empresas, en parte por lo poco que se ha cuidado de alimentar el buen gusto en nuestra escena, bastardeándolo un año y otro con obras de objetos las más veces impropios o atroces, de proporciones deformes, de caracteres inmorales o absurdos, donde la fuerza dramática en los movimientos de las pasiones y en los incidentes era el todo, y a cuyo lado cualquier producción que se desviase de tan pernicioso sendero se hallaba expuesta a pasar por fría en el plan, por descolorida en los afectos, por insuficiente, en fin, para llenar las que suelen llamarse condiciones dramáticas de la época.
De aquí ha provenido que, a pesar de los esfuerzos de algunos de nuestros autores contemporáneos, dados a la imitación del teatro antiguo español, este haya venido a quedar olvidado hasta el punto de que se nos presente hoy como una verdadera novedad la reaparición en la escena de los dramáticos del siglo XVII. Y en medio de todo, preciso es reconocer que, a medida que la exageración del mal gusto ha ido cediendo el puesto a obras de proporciones más regulares y de argumentos y caracteres más naturales, verosímiles y convenientes, la afición del público se ha visto ayudada en su predisposición a aceptar las bellezas de nuestra antigua dramática, preparándose cada día más a gustarlas, cual en otro tiempo las gustaba, a aplaudirlas con el entusiasmo que nunca podrá negar a cuanto le recuerde sentimientos que serán siempre el más digno y lisonjero orgullo de la sociedad española.
En las empresas está el saber aprovechar la buena disposición del público hacia las obras de Lope, de Calderón y de Moreto. Sosténgase la afición a esta escuela dramática sin que el cansancio la enfríe, sin que el olvido de los últimos años inutilice las buenas disposiciones del público hacia ella. La acertada elección de las obras de aquellos ingenios célebres y de otros que sobresalieron también en los buenos tiempos de las letras españolas, el lujo y propiedad del aparato escénico y de los trajes, el acierto en la distribución de los papeles y la inteligencia en la declamación propia de la escuela a que pertenecen la mayor parte de las producciones escogidas de nuestro repertorio antiguo, asegurarán su éxito y las sostendrán en el gusto del público, cual conviene a las glorias de nuestro teatro nacional, en lo que puede servir de modelo y estímulo al arte dramático moderno.
Forzoso es, además, el más delicado tacto para elegir entre las obras originales o las distintas refundiciones que se han hecho de nuestros poetas del siglo XVII, las que más se acerquen a la perfección del arte y de la naturaleza, las que brillen por más puras y grandes bellezas, las que más libres se vean de esos lunares que suelen desarmonizar el conjunto y son como contornos sobrepuestos o retocados en un cuadro decaído o desfigurado por la lujuria del tiempo. Decimos esto precisamente porque en la comedia de Lope de Vega titulada Lo cierto por lo dudoso o La mujer firme, que ha vuelto a ejecutarse en el teatro del Príncipe a beneficio del señor Guzmán, hay una escena que desdice del cuadro general de la composición, que el público oye con desagrado y tolera solamente como concesión otorgada en gracia de la ejecución, de las bellezas del conjunto y del genio de aquel poeta insigne. Nosotros desearíamos que se enmendase en esta obra, donde, cosa singular, es un pegote grosero de mano ajena, lo mismo que en cualquier otra en caso análogo, donde el propio autor y no la mano airada de los refundidores fuese el responsable de semejante lastimoso extravío de mal gusto.
Hablamos de la escena del acto segundo en que Chichón, oyendo al conde invocar la muerte en medio del despecho de sus amores, entabla un diálogo imaginario con diferentes cofradías y corporaciones, y hasta saca a plaza a los sepultureros del cadáver de su señor, perjudicando al interés de la obra, desentonando la marcha de su acción y quebrantando la verosimilitud hasta un punto grotesco e inadmisible.
En los años pasados, aunque hubiese sido un actor tan inteligente como Guzmán el encargado del papel de Chichón, el público difícilmente hubiera podido tolerar semejante escena. Hoy el público, admirador de Lope, la hubiese presenciado con mayor desagrado del que ha sentido, a haber estado persuadido, en su generalidad, de que don Vicente Rodríguez de Arellano y no el autor original de Lo cierto por lo dudoso, es quien tuvo el singular capricho de engalanar con aquella retahíla de despropósitos en son de chiste, tomada del Non plus ultra de la amistad de Tirso de Molina, el carácter de Chichón, sin duda, a juicio del refundidor, no tan agudo y chistoso como otros graciosos de nuestro teatro antiguo.
¡Cuánto más hubiera lucido esta producción de estilo tan elegante y bello, de afectos tan vivos y delicados, de intención moral tan sublime, de caracteres tan interesantes y generosos, y puesta, además, en escena con no menos lujo que propiedad en su aparato escénico, de haberla descartado, cual está en la comedia original de Lope de Vega, del pegote insufrible del refundidor del tiempo de Comella! Lo cierto por lo dudoso, joya de las más preciosas de nuestro tesoro dramático, que ha sostenido por tantos días la concurrencia en el teatro del Príncipe, bien merecía haberse visto libre de un borrón que la afea y la desfigura; y debe servir de precedente para mayor detenimiento en el examen de las obras de nuestro teatro antiguo que en lo sucesivo pudieran volverse a poner en escena, secundando la predilección que el público madrileño ahora les dispensa.
En cuanto a la ejecución por parte de los principales actores, especialmente por parte de Guzmán y la Matilde, puede decirse que fue completa. La escuela de declamación de esta notable actriz la hace, sin embargo, precipitarse algún tanto, lo mismo que al señor Romea, en algunas escenas, tomando un calor y una agitación de movimientos que sus situaciones respectivas parecen exigir, y que la declamación escénica propia de nuestro teatro antiguo y la índole de los personajes que casi siempre en él figuran no consienten muchas veces. Aunque hayamos de reconocer que pasadas las primeras noches, en el curso de la representación de Lo cierto por lo dudoso, han ido tomando ambos actores las actitudes y han adoptado la entonación que nos parecen más convenientes, no creemos de más hacer estas indicaciones, deseosos del mayor brillo de las cualidades de ejecución que les son propias.
Mientras el teatro del Príncipe ha sostenido la concurrencia con esta comedia y los conciertos de Ole Bull y Jacquet, el de la Cruz ha estrenado, a beneficio de Lombía, el drama en cinco actos y en verso titulado Los dos Foscaris. Esta producción, cuyo original resalta por la energía y profundidad con que Lord Byron sabía retratar las tempestades de las pasiones más violentas del corazón y del orgullo humano, reúne la sencillez de los recursos de la acción, de la tragedia, a lo terrible y patético de las situaciones y a la intensidad de los afectos que le son propios.
El señor Cañete al dar esta obra al teatro español, ha conservado en la dicción todo el espíritu del poeta inglés en muchas escenas, realmente dignas de elogio, como fruto de la verdadera inspiración de una imaginación vasta y profunda. Pero el asunto podía haberse desenvuelto con alguna más meditación. Debía ser otra la expresión de gran parte de los efectos del carácter de Marina especialmente, para que libre de algunas frases de efecto desagradable, y con cuya supresión ganaría mucho la obra, hubieran realzado más las bellezas que sin duda la adornan. Preciso es confesar en medio de todo que hubiera ayudado mucho a la obra otra actriz de mayores facultades que la Pamias.
El carácter de Foscari, hijo, era susceptible también de algún esfuerzo más de ingenio para predisponer desde luego al público a participar con mayor viveza de los sentimientos que debieran comunicarle su situación, los patéticos trozos de versificación de sus principales escenas, y lo lastimoso de su catástrofe. Y cuidado que no ha podido tener mejor intérprete que el señor Barroso, cuyas dotes para caracteres de esta especie son del mejor augurio en medio de la falta de buenos actores que se va haciendo sentir en nuestros teatros.
La versificación, aunque en lo general muy hermosa, es algo desigual, y a veces a lo que nos pareció en la representación, desaliñada.
En la ejecución, el señor Lombía, con su conocimiento del teatro, ha encubierto muchas veces, y esto es digno de elogio, los esfuerzos que le eran necesarios para el papel de Dux, no muy de su cuerda. En cambio, en su difícil papel de Lo que son mujeres fue después justamente aplaudido. El señor Barroso, como hemos indicado, se ha puesto en el camino de un actor que puede hacerse notable. Lumbreras abandona en este drama la hinchazón que a veces le desluce.
La escena ha estado bien servida, y la decoración nueva del último acto es del mejor gusto, y una de las más hermosas entre las que van adornando en los últimos años nuestros teatros.
José de Grijalva