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Prensa y canon · Canon poético

«Poesía. A la luna. D.A.D. Fragmentos.»

Autor del texto editado
Justiniano, Juan N.
Título de la obra
La Floresta Andaluza. Periódico semanal de literatura y artes, n.º 40, 07/08/1843
Autor de la obra
Amador de los Ríos, José (dir.)
Edición
Sevilla: Imprenta de Francisco Álvarez y Compañía, 1843
Paginación
pp. 152-154
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 27 marzo 2025

POESÍA

A la luna

D.A.D

(fragmentos)


1

Fúlgida antorcha que al rayar la aurora
escondes melancólica tu frente,
detén el paso que apresuras hora
y de mi voz escucha el son ferviente.
Mi consuelo es tu lumbre encantadora [5]
cuando reina apareces del oriente,
anublando las pálidas estrellas
que el cielo esmaltan con sus luces bellas.

Mírame aquí, del Betis caudaloso
en la orilla que alfombran gayas flores, [10]
y al mover sus cristales bullicioso
escalan sus dulcísimos olores.
Solo, pensando, ¡oh astro misterioso!,
de la sangrienta guerra en los horrores,
tu disco miro de bruñida plata [15]
que el claro río en su raudal retrata.

¡Cuántos siglos, oh astro refulgente,
de esa inmensa cortina azul colgado,
con raudo curso por tu escelsa frente
sin apagar tus rayos han pasado! [20]
Ellos te vieron, su veloz corriente
tu esplendidez divina ha respetado;
y tú los viste, antorcha nacarada,
hundirse en los abismos de la nada.

Miraste a los asirios orgullosos [25]
cual dueños de la tierra levantarse
y sus timbres después esplendorosos
al brillo de los persas eclipsarse.
De Persia los laureles victoriosos
al valor de los griegos marchitarse, [30]
y al poder del romano furibundo
ceder los griegos y rendirse el mundo.

¡Roma cayó también! y sus legiones,
que inundaron de sangre la ancha tierra;
el Azote de Dios con sus varones [35]
en bárbaro clamor rompe y aterra.
Temblaron los romanos corazones
al ver la saña de tan cruda guerra,
y las triunfantes águilas soltaron
que de Atila los bélicos hollaron [40]


[...]

¿Mas dónde vuela mi ardorosa mente,
siglos salvando de terror y gloria
y anhelando fijar mi vista ardiente
del mundo antiguo en la sangrienta historia?
Los hechos de mi patria armipotente [45]
que asunto dan a la eternal memoria
mi voz entone con placer, y, en tanto,
escucha, ¡oh luna!, mi entusiasta canto.

Lanzáronse cual tigres en España
godos y suevos, vándalos y alanos; [50]
los verdes valles en su horrenda saña
con sangre enrojecieron inhumanos.
En mi patria la muerte atroz se ensaña,
sembrando de cadáveres sus llanos;
empero, alzose el fuerte godo [55]
que hundió sus frentes en inmundo lodo.

Sus reyes, entregados a la holgura,
que rienda suelta a sus pasiones daban,
al blando halago de beldad impura
del vacilante solio se olvidaban. [60]
Del perfumado ambiente la dulzura
ebrios por el deleite respiraban
en muelles lechos de azucena y rosas
y en níveos brazos de lascivas diosas.


[...]

Tú miraste al heroico castellano [65]
vencer audaz al guerreador turbante
y do el pendón volara mahometano
brillante de Cristo el pabellón triunfante.
Lloroso el moro en su delirio insano,
en balde aspira a verse dominante, [70]
mientras que el pueblo ibero en su profundo
himnos levanta al Hacedor del mundo.

Miraste a Hernán Cortés de la mar fiera
heroico en medio sin temor lanzarse,
al viento dando la imperial bandera [75]
que a los lejanos indios vio humillarse.
Abatida su cólera altanera,
viste a sus pies un rey arrodillarse;
que cual humo voló su orgullo vano
ante el noble guerrero castellano. [80]

De cien triunfos el lauro luminoso
de un soldado ciñó la altiva frente
y repitió el renombre victorioso
del gran Napoleón su airada gente.
Mas el carro sangriento que orgulloso [85]
llevó entre horrores al remoto oriente
romperse vio con su proterva saña
ante el bravo león de nuestra España.

¿Mas para qué cantar con ronco acento
de la guerra los bárbaros horrores? [90]
Himnos más gratos lleve el blando viento,
himnos sonoros de placer y amores.
De las aguas al dulce movimiento
del pacífico Betis entre flores
cantaré las bellezas que admiraste [95]
y los dulces amores que gozaste.


[...]

Aquí el vate andaluz en son divino
la belleza cantó de su Eliodora,
y el albor de su cuello alabastrino
que envidia daba a la risueña aurora. [100]
En su cantar sublime y peregrino
resalta el fuego que su ser devora.
El Betis por oírlo alzó su frente,
gritando «HERRERA» en su raudal bullente.


[...]

Anfriso aquí también con dulce acento [105]
cantara amores a su bella Elisa,
ablandando a los valles el lamento
que en sus alas llevó la blanda brisa.
Mas solo en pago del feroz tormento
de su amada logró flébil sonrisa, [110]
que, calmando su angustia destructora,
aumentó la beldad de su pastora.


[...]

¡Oh, reina de la noche, yo te adoro!
Es más bella tu luz que el sol del día.
Detén tu carro y en raudal sonoro [115]
tus ilusiones mágicas me envía.
La sed de amor que sin cesar devoro
infunde, ¡oh luna!, a la belleza mía
y en encantadas horas de ventura
por siempre goce su sonrisa pura. [120]




Juan N. Justiniano

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