«Obras festivas de Quevedo»
- Autor del texto editado
- Sin firma
- Título de la obra
- El Correo Nacional, n.º 891, 27-06-1840.
- Autor de la obra
- Borrego, Andrés (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de El Correo Nacional,
1840
- Paginación
- p. 4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Fátima Rueda Giráldez
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 25 marzo 2025
BIBLIOGRAFÍA
Obras festivas de Quevedo
Circula estos días un elegante prospecto que ayer insertamos, adornado con una preciosa y alegórica portada y lindísimas viñetas, en el cual se anuncia la publicación por entregas de las obras jocosas y satíricas de Quevedo, uno de los ingenios que más lustre han dado y más carácter a la literatura nacional. Tenemos a Quevedo en mucho, y tal vez sea efecto de nuestra marcada predilección hacia ese distinguido escritor; pero no nos contentamos con decir que es notable entre los talentos españoles: creemos que entre los novelistas de Europa, antiguos y modernos, ocupa un puesto de los más eminentes, sobresaliendo en un género de literatura que pocos como él han llegado a dominar, en un género en que él era el rey, y ha permanecido siéndolo a pesar del transcurso de las generaciones.
Estamos en la persuasión de que todavía no se ha hecho la debida apreciación del mérito de Quevedo, y en esta parte creemos que el pueblo, que para nosotros es un gran crítico, o por mejor decir el verdadero crítico, por sus instintos de buen gusto, exentos de preocupaciones literarias que falsean el juicio, ha sido más justo, y ha comprendido mejor a Quevedo que nuestros hombres de letras.
Es considerado Quevedo por muchos como el bufón de nuestra literatura, escritor de chispa, pero sin importancia ni trascendencia. ¡Qué error! Quizás no haya un moralista más profundo, un filósofo más conocedor del hombre, y un escritor más amargado que él, por lo mismo que era dado a descubrir las fealdades y ridiculeces de la especie humana. Este es el fondo de sus obras, y luego después vienen los chistes y la risa, muchas veces forzada, porque no podía menos de ser así, y el colorido peculiar que acertaba a dar a sus composiciones.
Además de esa fama popular que intacta ha llegado hasta nuestros días, hay otra prueba de que Quevedo es un grande hombre, un talento de primer orden: a saber, el sello de novedad de todas sus obras, que es imposible confundir con las de ningún otro poeta o novelista. Quevedo no se parece a griegos ni romanos, ni a sus contemporáneos, siempre que se abandona a su propia inspiración, que es las más veces, y deja a un lado las convenciones literarias para ser él. Su nombre es sinónimo de un género, de una manera, de una escuela si se quiere, que nadie como él ni antes que él formuló.
Sucede con frecuencia que se lee una obra de imaginación, en prosa o en verso, y que su lectura empeña, que su estilo es bueno, vivo el interés que inspira, regulares sus proporciones y de toda ella resulta un conjunto bello y aun admirable. Muchos son los libros escritos de ese modo; y, sin embargo, sus autores no gozan de crédito literario o, cuando más, alcanzan una celebridad momentánea para sepultarse después libro y autor en un olvido eterno. ¿Cuál es la causa de tan raro fenómeno? La falta de talento propio. En tantas de esas producciones que carecen de fisonomía vemos cosas admirables, pero cosas admirables que ya hemos conocido no sabemos dónde, y en tal caso el mérito del escritor está reducido a elegir con acierto entre sus reminiscencias de otros libros, a «rebuscar» con tino, y como no hay «inspiración» falta ese «no sé qué», alma de las creaciones literarias, y que a nuestro ver es el genio que se trasluce en ellas, el cual se siente, pero no se explica. Esto último nos acontece con las obras del insigne escritor de quien hablamos.
Alguna nación extranjera se envanece con el hallazgo de la literatura de costumbres, que con ligereza aparente describe en estilo picante esas escenas del hogar doméstico que, al través de usos y hábitos pasajeros, nos revelan al hombre tal como la humanidad lo presenta en cualquiera de sus períodos, porque el hombre en el rincón de su casa, olvidado de las fórmulas y convenciones sociales, varias según los tiempos y lugares, se revela al filósofo tal como es en sí. Pues bien, ese género, en que es muy difícil sobresalir y que requiere un talento peculiar, pertenece de derecho a nuestra literatura, y en el siglo XVII lo empezó a cultivar Quevedo en algunas de sus novelas con la superioridad y el éxito que todos saben. Nuestra literatura es un inmenso arsenal muy bien surtido, que no nos tomamos el trabajo de visitar.
Lo que llevamos dicho no son más que generalidades suscitadas con motivo de la próxima publicación que se anuncia. Por hoy no nos cumple la tarea de analizar menudamente las obras que más hacen resaltar el talento del escritor español. Acaso, a medida que vayan dándose a luz, nos entregaremos al placer de criticar las más notables, solo por la satisfacción que nos resulta de hacer un estudio particular de tan superior capacidad.
Las personas cuyos nombres verían ayer nuestros lectores, y que, puestas al frente de esa empresa, se disponen a hacer una edición con todo el lujo de tipografía y grabados que permite nuestro lastimoso estado, van a prestar un recomendable servicio a las letras españolas. Con harta razón y justicia se ha impreso y reimpreso en todas formas y tamaños la nunca bien alabada obra de Cervantes; pero, ¿por qué no publicar también otras producciones antiguas de gran valía? ¿O acaso hemos de sancionar con nuestra conducta la necedad de los extranjeros que afirman que España no tiene más que un libro, el Quijote?
Deseamos prosperidad a esta empresa, y que el público la favorezca. Doloroso es, por cierto, que nada produzca en España la literatura, y que se publiquen obras muy apreciables y apenas se despachen. Una guinea producía a Lord Byron cada verso que brotaba su pluma, y aunque no es comparable nuestra riqueza con la de Inglaterra, pero siquiera haya proporción. Por muy contentos se darían nuestros literatos si la mitad de las personas acomodadas que hay en España comprase sus producciones; pero ni la centésima parte las compra, y casi todos leen «libros prestados».