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Prensa y canon · Biografías

«Literatura. Biografía. Segundo artículo. Maestro Tirso de Molina»

Autor del texto editado
Sin firma
Título de la obra
Miscelánea de comercio, artes y literatura, n.º 26, 29-12-1819
Autor de la obra
Burgos, Javier de (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de Repullés, 1819
Paginación
p. 6
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Juan Montero
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 24 marzo 2025

LITERATURA. BIOGRAFÍA.

Segundo artículo

Maestro Tirso de Molina


Este es el seudónimo con que se disfrazó el célebre poeta dramático fray Gabriel Téllez de la orden de la Merced. Es cierto que desde que entró en religión pudo creer impropio de su estado el componer comedias, y aun publicar las que había compuesto antes de tomar el hábito, pero también parece que, sin haberlo tomado, dio a luz con el mismo falso nombre dos tomos de dicha especie de composiciones, que se imprimieron en Madrid en 1616, siendo así que, según se dice, él no entró en el claustro hasta el año de 1620. Mas, como no haya pruebas seguras de este hecho, y no parezca verosímil que un seglar usase de un nombre supuesto, agregando a él la calificación de maestro, nosotros no tendríamos reparo en creer que en el año de 1616 ya era religioso nuestro Gabriel Téllez, Tirso de Molina. Sea de esto lo que fuere, parece que Téllez nació en el último cuarto del siglo XVI, y que fue natural de Madrid, porque don José Antonio Álvarez Baena le coloca entre los hijos de esta villa, y, según se dice en el prólogo de la última edición de una obra del referido maestro, intitulada Deleitar aprovechando, prólogo cuyo autor debió, según toda apariencia, ser algún religioso mercedario, estudió en Alcalá, donde es verosímil que compusiese mucha parte de sus comedias y novelas. Ya de bastante edad, aunque en nuestra opinión no de 50 años, como sospecha el erudito Álvarez Baena, tomó el hábito de la Merced, en cuya orden fue presentado, maestro, predicador, definidor, comendador, y, en fin, cronista de la provincia de Castilla, hasta que murió de mucha edad en 1648.

Las obras que granjearon más reputación a Tirso de Molina fueron sus comedias, impresas primero separadamente por él mismo, contrabandeadas después por libreros codiciosos, recogidas más tarde en colecciones incompletas de uno, dos y tres tomos, y reunidas por último en cinco gruesos volúmenes por un sobrino del autor, llamado don Francisco Lucas de Ávila, que las hizo imprimir en Valencia, Tortosa y Madrid desde el año de 1631 hasta el de 1636. El primer tomo de esta colección está dedicado al célebre doctor Montalbán. El segundo resulta impreso en 1635, y el tercero en 1634; singularidad que debe chocar mucho a los que no sepan cuánto se especulaba entonces en impresiones clandestinas y furtivas, y cuán pocas precauciones tomaban los libreros para encubrir estos robos infames, que al parecer cometían sin el menor escrúpulo. Cada uno de los cuatro primeros tomos contiene 12 comedias, y 11 el quinto. Del prólogo del tercero parece inferirse que don Francisco Lucas de Ávila reformó o corrigió algunas piezas de su tío.

Estas y las de Calderón son quizá las que, entre todas las del teatro antiguo, tienen aquel carácter marcado y uniforme, aquella fisonomía de familia, si es permitido expresarse así, que las hace distinguir a leguas: y, del mismo modo que ningún inteligente puede dudar que tal comedia es de Calderón cuando vea mucha complicación en el enredo, mucha metafísica en el amor, un colorido invariable, en que siempre sobresalga el rosicler, una versificación pomposa y las demás circunstancias de que hablaremos en su artículo, de la misma manera, al ver diálogos ingeniosos sin dejar de ser verosímiles, versos fáciles sin ser triviales, alusiones ya libres, ya malignas, situaciones de aquellas que encadenan o arrastran al espectador, y, por último, mucha novedad en los argumentos y mucha originalidad en el modo de conducirlos, se puede, sin miedo de equivocarse fuera de uno u otro caso, atribuir la pieza al maestro Tirso. Hemos dicho fuera de uno u otro caso, y esta restricción es particularmente aplicable al padre Téllez, pues es menester decirlo: él es mucho más desigual que Calderón, cuyos personajes, siempre silogizando en versos soberbios, indican constantemente quién es el autor. Téllez no posee un carácter tan decidido, y al lado de cuadros magníficos, tan notables por sus pinceladas clásicas como por el efecto brillante del conjunto, no tiene el menor reparo en presentar otros irregulares, y aun extravagantes, que cuesta trabajo atribuir al mismo pincel. Cuando ocurren anomalías de esta clase, el más inteligente puede engañarse en el juicio que forme; pero, juzgando una pieza entera, y no haciendo caso de una escena suelta o mal traída o mal versificada, se podrá venir en conocimiento de que es del maestro Tirso cuando se encuentran en ella las circunstancias que arriba hemos enumerado.

Algún entusiasta de las cosas antiguas levantará quizás el grito contra la calificación de irregulares y extravagantes que acabamos de dar a ciertas piezas o pasajes del maestro Tirso, así como tampoco faltará uno u otro enemigo de la antigüedad, que lleve a mal los elogios que tributamos a nuestro ilustre religioso, pues en el fervor con que se defienden ciertas opiniones, hay quien prefiere una comedia de Cubillo o de Diamante a una de Moratín, y quien antepone una de Comella a otra de Moreto y de Tirso. Para acallar, si es posible, a unos y a otros, citaremos dos pasajes de este último, de los cuales el uno es un modelo de delicadeza, y el otro de frenesí. El primero es sacado de Los amantes de Teruel, comedia de Tirso, distinta de la que con el mismo título se representa comúnmente, compuesta por Montalbán. Drusila anuncia a su ama, doña Isabel de Segura, la muerte de su amante en estas preciosísimas endechas.



Se continuará

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