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Prensa y canon

“Discurso leído ante la Real Academia Española en la recepción pública de don Manuel Cañete”

Autor del texto editado
Cañete, Manuel (1822-1891)
Título de la obra
Revista de ciencias, literatura y artes, tomo 5, 1859
Autor de la obra
Cañete, Manuel (dir.) Fernández-Espino, José (dir.)
Edición
Sevilla: Francisco Álvarez y C.ª, 1859
Paginación
pp. 65-87
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de Google Books. (texto completo)
Información técnica
Editor: Fátima Rueda Giráldez
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 21 marzo 2025

Discurso leído ante la Real Academia Española en la recepción pública de don Manuel Cañete


Señores:

Costumbre gallarda ha sido siempre, aun en los más claros varones a quien la Real Academia Española ha recibido en su seno, declarar en ocasión como esta no haber merecimiento que supere en importancia a la honra de sentarse entre vosotros. Yo, menos que ninguno de vuestros elegidos, podría interrumpir esta loable costumbre, porque tal vez más que todos ellos soy deudor a vuestra indulgencia de inmerecidos favores. Momentos hay en los que apenas acierto a darme cuenta de cómo yo, falto de la ciencia que poseéis, logro este codiciado honor y llego a hermanar con hombres venerables por los años y la virtud, por los servicios a la patria, por el saber y la gloria.

Una sola consideración pudo, señores, influir en vosotros para no desairar mi noble deseo. Habéis visto la constancia con que, por espacio de algunos años, he defendido ardientemente los fueros legítimos del arte, sin que en la lucha diaria para mantener la integridad del idioma patrio y acudir en defensa de los principios del buen gusto, se torciese nunca mi pluma del lado de la injusticia voluntaria, ni rindiese tributo a la venalidad que prostituye las letras. Por ello, animados de un impulso generoso, habéis perdonado en mí el poco caudal de inteligencia y doctrina, para recordar y recompensar el encendido entusiasmo, los bien intencionados propósitos, la sinceridad y rectitud, que avaloran, si no autorizan, la crítica, conquistándole a justo título la benevolencia de los doctos.

Completa sería hoy mi dicha, si no la enturbiase el ver compendiada en este sitio la ley por quien se rige la humanidad, que vive y se desarrolla sin que lo estorbe el limitado existir de las generaciones y razas en el curso de los siglos. Indigno fuera yo de ascender al capitolio de las letras, si, desvanecido por el triunfo, no consagrase un recuerdo a mi predecesor el barón de Lajoyosa, a quien tres insignes Academias contaron en el número de sus más celosos individuos.

Y ahora, permitidme volver los ojos al objeto predilecto de mis amores literarios, a la casta y benéfica poesía, rayo (según las elocuentes palabras de nuestro Cervantes) que suele salir de donde está encerrado, no abrasando, sino alumbrando; instrumento acordado, que dulcemente alegra los sentidos, y, al paso del deleite, lleva consigo la honestidad y el provecho.

Más de una vez se ha repetido que la variedad de combinaciones con que brinda la naturaleza al que goza en admirarla, es fuente siempre nueva de inspiración y de poesía. Y como nada se expresa mejor que lo que se siente bien; como, teniendo alma, no es posible permanecer indiferente a la belleza de los campos, de los mares o de los cielos; como el inmenso poderío del Creador se muestra así en la desordenada furia cuanto en la paz de los elementos, así en el aterido invierno, que despoja a la tierra de sus galas y parece que la aproxima a la muerte, como en la risueña primavera, llena de vida, de flores y fragancia, la poesía nutrida en el amor de la soledad y acostumbrada a respirar el aire embalsamado de las montañas, ha de ser necesariamente bella, interesante, verdadera, si no se halla viciado el ingenio por el mal gusto, o maleado el corazón y extraviada la inteligencia por el pernicioso influjo de una bastarda filosofía.

Tiene crédito aún la opinión de que la poesía sirve solo para deleitar embelleciendo ficciones; y de aquí deducen algunos que no existe donde no hay ficción, o cuando menos, que esta es su principal elemento constitutivo. Pero yo, señores académicos, he tenido siempre por más exacto que la poesía es ante todo verdad, y que vive de la sinceridad de sentimiento y de expresión. Jamás será poeta el hombre que no sienta animarse la naturaleza a los latidos de su pecho, que no halle conceptos de una elocuencia infinita en el susurro de las hojas, en el murmullo de las fuentes, en el cantar de las aves.

«Para abarcar el conjunto de la naturaleza, ha dicho un gran escritor filósofo, 1 es preciso no fijarse únicamente en los fenómenos externos, sino hacer siquiera por entrever algunas de las misteriosas analogías y armonías morales que ligan al hombre con el mundo exterior».

Reflejándose en la imaginación aquel sublime espectáculo, ha conmovido siempre el alma y empeñado a los depositarios del rayo divino de la inspiración en revelar por medio de la fuerza pintoresca de la palabra, quién con más originalidad, quién con menos, el sentimiento que inspira la contemplación de la naturaleza. Y de aquí mi propósito de examinar cómo han expresado este sentimiento tres esclarecidos ingenios españoles de otras edades, en quienes se reúnen circunstancias cuyo estudio puede servir para mejor comprender la historia de la poesía lírica posterior al renacimiento literario, y cuyo numen se desarrolló en épocas diferentes y en muy distintas esferas: tales son Garcilaso, Luis de León y Rioja; el guerrero, el fraile y el cortesano.

¿Cuál era, pues, el estado de la civilización, cuál el de la poesía española cuando aparece en nuestro Parnaso

El Títiro español, nuevo Sincero,
cuya divina musa toledana
dio poder a la lengua castellana?


Mejor que yo lo saben cuantos me escuchan. Al nacer con el siglo XVI el césar Carlos V hallábase la civilización europea en uno de esos períodos fecundos en que se realizan acontecimientos portentosos, de los cuales uno solo hubiera bastado para llenar y caracterizar todo un siglo. En Constantinopla sucumbe el imperio bizantino; desde el Bósforo amenaza el turco a la cristiandad; y, en tanto que los españoles rompen el yugo mahometano a orillas del Genil, la fe religiosa y científica de Colón arranca a los mares el secreto de un mundo desconocido, y lleva a las regiones antípodas, con el habla castellana, la enseña de la redención del hombre.

Ni eran estos prodigios los únicos realizados al alborear el siglo XVI. Los caracteres del tipógrafo de Maguncia detienen

la palabra veloz que antes huía;


fijan y perpetúan los tesoros de la religión cristiana los del saber antiguo, expuestos a perecer olvidados, y extienden por todas partes las obras de la inspiración y de la ciencia. Afánanse los sabios por limpiar, acicalar y pulir el texto de los mejores escritores de la antigüedad, copiando los fragmentos de los templos griegos y romanos, las pinturas de las termas y de los sepulcros; Rafael eclipsa la gloria de Apeles; Miguel Ángel levanta el Vaticano, y Vargas, Juanes, Berruguete, Siloé, Machuca y cien otros más rinden en España fervoroso culto a las nobles artes.

La caída de Constantinopla llevó a Italia las reliquias del vasto imperio que sujetaba a su poder los territorios más florecientes de Europa y Asia. Los griegos fugitivos acaban de inflamar a los italianos; Roma revive de sus ruinas; en ellas recuerda su primitiva grandeza; en los restos que traían Lascaris y sus compañeros de emigración reconoce la ciencia y el gusto de sus maestros; abrazada a la cruz, se consagra a emular el esplendor de los Césares; levanta la pisoteada clámide imperatoria, y con mayores atractivos que gentil resplandece cristiana.

Las guerras civiles de Bolonia y Pisa; los campos de Lombardía talados por las huestes imperiales y francesas; Gonzalo de Córdoba conquistando un reino; Carlos V guerreando desde el estrecho de Hércules hasta las aguas del Danubio y en las arenas de la Libia, no asordan a las deidades del Pindo. Los guerreros no cantan las palmas de tan heroico siglo, sino la quietud pastoril de la Arcadia, el silencio amoroso de los bosques; y, en tanto que los libros de caballería inflaman y enloquecen a los soldados, trayéndolos a sobrenaturales empresas, la lira no se complace sino imitando a Teócrito y Virgilio.

Pasma contemplar el cúmulo de sucesos providenciales por que había llegado nuestra nación a hacer el primer papel en el siglo de León X y Carlos V. Contra los más fundados cálculos de la prudencia humana, adquiere a deshora vastos imperios; suena reino y es provincia. Sus más ilustres hijos corren a Italia a recoger la herencia del duque de Milán; y el comercio intelectual que a consecuencia de sus relaciones y conquistas se establece entre españoles e italianos empeña más a los ingenios de nuestra patria en torcer el curso de su inspiración nativa, para seguir a los poetas del siglo de Augusto y a los toscanos educados en su escuela. Cierto es que no se desdeñó Juan de Mena de imitar en sus Trezientas las fantásticas visiones del Dante, ni de consagrarse a estudiar los clásicos latinos, presumiendo de enriquecer nuestra lengua con atavíos de la de Horacio. Pero la imitación de los antiguos no había sido aún reducida a precepto para los escritores del siglo de Juan II y de los Reyes Católicos. Si bien menos tersa, pulida y clara que la destinada a sucederle, fue sin duda alguna más espontánea y original la poesía castellana inmediata predecesora del Renacimiento, porque se alimentaba de la religión y aspiraba a retratar al hombre, acomodándose a las nuevas costumbres, hábitos de gobierno, tradiciones e intereses locales. Con motivo de la reforma que Garcilaso llevó a término, se le hace a Boscán el grave cargo de que introdujo en un pueblo valiente y sobrio el gusto afeminado y muelle de los vencidos. Razón tienen los acusadores. A la viril energía que hacía exclamar a Jorge Manrique:

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir,


comunicando a los metros cortos una robustez más real que aparente, y a la expresión de los pensamientos, la concisión y austeridad, anuncios de un gran carácter, sucedieron, por punto general, en el siglo XVI frías amplificaciones de sentencias recogidas en otros poetas o imágenes reflejadas de otros entendimientos. Y como al hacerlas propias no se las fundía de nuevo para darles forma distinta de la primitiva suya, antes bien se procuraba copiar la de los originales en que se había buscado inspiración, las canciones, églogas y sonetos de los innovadores, como todo lo que tiene algo de forzado y demasiado artificioso, suelen interesar menos que la ingenua expresión de pensamientos y afectos espontáneamente nacidos en el alma del poeta.

No se crea que, al adelantar este juicio, me propongo menoscabar en lo más mínimo la importancia ni el mérito de Garcilaso. Lo que acabo de exponer, como en tesis general, respecto de la poesía con razón denominada erudita, más es disculpa que censura de aquel peregrino ingenio: a él solo pertenecen los aciertos que avaloran sus obras; los errores que las deslustran se han de atribuir únicamente al siglo en que vivió.

Ya lo hemos visto. Durante el XVI el mundo se ocupa en desenterrar lo que habían abatido y despedazado el tiempo y la mano asoladora del hombre; la admiración aherroja la inventiva del ingenio; la novedad por aquellos días consiste en gustar de lo viejo y en saber apreciarlo, de donde surge en cierto modo el imperio del buen gusto; en una palabra, el poeta, que solo busca la originalidad en la imitación, prefiere, y rara vez lo alcanza, crear imitando. ¿Qué extraño, pues, que Garcilaso, despreciando la gótica rudeza de los vates castellanos que le precedieron, quisiese adornar su propia lengua con nuevas y lucientes galas de la latina, y con pensamientos y giros de Petrarca, Sannazaro, Fracastor y Bembo? No es esta ocasión de enumerar cuánto debieron a Garcilaso las buenas letras, que entraron en España con el imperio; bástame seguir los pasos al que, con espíritu divino,

Al gran Tajo en sus arenas de oro
mezcló el licor toscano y el latino,


para sorprender el secreto de su alma cuando se apacienta en la contemplación de las bellezas campestres.

Séame dado lamentar, no obstante, que un poeta muerto en el vigor de la juventud, que pasó la mayor parte de la vida guerreando a fuer de bueno contra los enemigos de su patria, y que a pesar de ello tuvo tiempo y genio suficiente para consumar una transformación radical en la versificación y el estilo, para fijar la lengua, comunicando a la dicción poética tan abundante savia y frescura, que hoy es, y aún se conserva como entonces, en toda su lozanía, no se hubiese abandonado a sus naturales impulsos al sentir conmovida y arrebatada el alma ante las maravillas del universo [sic]. ¿Qué no habría hecho, al tocar en este raudal fecundo de inspiración, un hombre como Garcilaso, abrigando la exacta idea de que para encontrar flores de verdad no hay que buscarlas en los jardines, sino en los campos? ¿Qué, si no hubiese por sistema rechazado el arte de apasionarse de la naturaleza? ¿Qué a entregarse abiertamente al sencillo placer, por el cual el mundo físico se insinúa en la imaginación del poeta sin que él mismo lo perciba?...

Después de la pesada fatiga de la batalla, cubierto de sangre y polvo, y ceñidos los victoriosos laureles de Túnez, cuando aún retumban en sus oídos estrépito de armas, tumulto y gritería, y agitan su espíritu escenas de muerte y desolación, creo mirarle buscando reposo en callado y solitario bosque, junto a un fresco arroyo, a la sombra de un árbol, y allí, con la lectura de sus poetas favoritos, borrar sin esfuerzo del pensamiento lo pasado y convertirlo en imágenes dulces y risueñas. Entonces se despiertan suavemente en su alma los recuerdos del amor y de la amistad, vuelve los ojos a la hermosura que le rodea y exclama: .

Corrientes aguas, puras, cristalinas;
árboles, que os estáis mirando en ellas;
verde prado, de fresca sombra lleno;
aves, que aquí sembráis vuestras querellas;
hiedra, que por los árboles caminas, [5]
torciendo el paso por su verde seno;


y entonces pondera así los hechizos de su amada:

Flérida, para mí dulce y sabrosa
más que la fruta del cercado ajeno,
más blanca que la leche y más hermosa
que el prado por abril de flores lleno!


O se transforma en sus camaradas y amigos, recuerda sus infortunios y teme perder a la que adora, porque el amigo perdió su amada:

¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,
cuando en aqueste valle al fresco viento
andábamos cogiendo tiernas flores,
que había de ver con largo apartamiento
venir el triste y solitario día [5]
que diese amargo fin a mis amores?


Nacido para el amor y la amistad, dechado de nobles afectos, claro y castizo en el estilo, sencillo y pintoresco en la frase, habría podido Garcilaso expresar cual muy pocos el sentimiento de la naturaleza, si se hubiese detenido más a observarla, buscando en sí mismo lo que pedía a latinos y toscanos. Él, con los metros recién traídos de Italia, juega y en todos domina, como si usarlos hubiera sido antigua y natural costumbre en la musa ibera. ¿Quién ha excedido hasta ahora la belleza de elocución y versificación de sus liras, que nacen en La flor de Gnido armadas de toda perfección y hermosura? Ved cómo el poeta avasallaba la forma al describir el campo, igualando y en ocasiones superando a sus modelos:

Convida a un dulce sueño
aquel manso ruido
del agua, que la clara fuente envía;
y las aves sin dueño,
con canto no aprendido, [5]
hinchen el aire de dulce armonía;
háceles compañía,
a la sombra volando,
y entre varios olores,
gustando tiernas flores, [10]
la solícita abeja susurrando.


¿Por qué quien expresa de este modo los encantos de la naturaleza, se empeña en fingir pastores, cuyas magníficas palabras censura él mismo cuando dice:

¿Quién te hizo filósofo elocuente,
siendo pastor de ovejas y de cabras?


Ni se concibe que en la Elegía al duque de Alba, escrita en tercetos admirables, para deplorar la muerte de don Bernardino de Toledo imagine el viejo Tormes despedazándose los cabellos y malparadas barbas, y en torno suyo desmayadas y sin ornamento las ninfas, y que no encuentre para curar el dolor del duque mejores médicos que sátiros y faunos.

Pero Garcilaso, como todos o casi todos los líricos del Renacimiento, con menos exageración tal vez que otros muchos, no parece español ni cristiano en la mayor parte de sus composiciones. ¿Queréis de ello otra prueba? Cuando está padeciendo el enojo de su emperador y rey, lejos de la patria, desterrado en una frondosa isla del Danubio, apenas fija la atención en la hermosa naturaleza que tiene delante de los ojos, y ni siquiera busca en la religión el menor consuelo; y para expresar el sentimiento de que se halla poseído, para describir el lugar donde se encuentra, pide imágenes a la erudición, apela a sus recuerdos y estudios, y concluye por apostrofar a su canción misma, sin duda porque así lo hizo Petrarca. Y eso que en estos versos hay rasgos que indudablemente revelan profunda sensibilidad y la conciencia limpia y el alma heroica del poeta:

Tengo una sola pena,
si muero desterrado
y en tanta desventura,
que piensen por ventura
que juntos tantos males me han llevado.


La amenidad del sitio, la soledad y la prisión habrían arrancado, sin duda, acentos más graves y melancólicos, más sencillos y naturales al corazón, tan tierno cuanto varonil, del príncipe de nuestros líricos, si este no hubiese forzado de antemano su propio espíritu a sofocar la dulce melancolía que infunde en un pecho sensible el espectáculo de la naturaleza, por rendir tributo a símbolos paganos, cuyo habitual empleo no podía menos de ser una extravagancia. En buena hora que los poetas de la antigüedad, que convertían en dioses las inclinaciones humanas y poblaban los cielos de deidades, tan capaces de ciegas pasiones como los mortales, echasen mano, para dar mayor importancia a la descripción de la naturaleza, de un recurso que tenía además la ventaja de proceder legítimamente de sus creencias religiosas. Enhorabuena que la ignorancia, por una parte, y, por otra, el temor que en ciertos casos infunde la superstición procurasen explicar los fenómenos físicos atribuyéndolos a la intervención de seres sobrenaturales, y creyesen ver en cada uno de ellos una mitológica aparición. Pero, cuando, ya más ilustrado, el hombre ha conocido las causas y móviles de aquellos fenómenos, y no le sorprenden ni aterran, antes bien los calcula y los ve anticipadamente aproximarse, buscar por tales modos la regeneración de la poesía es más que un anacronismo. Desde el triunfo definitivo de la religión cristiana, las fuentes no ocultan ya entre sus linfas seres racionales que viven y se quejan, y nos oyen y nos atienden; Eco no es una ninfa que responde a nuestros acentos; los árboles no son semidioses que nos miran, nos observan y nos protegen; las horas no ensillan y encienden los caballos del sol, ni este apaga su hoguera en el Atlántico levantando el humo que envuelve en oscuridad la noche y se deshace en lágrimas a la aurora. ¿A qué, pues, encadenar la inspiración a tales ficciones los poetas del siglo XVI? ¿A qué valerse de este aparato, ya caduco, de imágenes engañosas? ¿A qué desoír la muda y al par sublime elocuencia de la creación, por prestar oídos, resucitar y acariciar esta charlatanería pagana? ¿La virtud propia del laurel, en que se había transfigurado, pudo, por ventura, impedir que el rayo abrasase a Dafne?

¿Y por qué estos anacronismos hacen desmerecer los poemas del siglo XVI? ¿Cómo el gran poeta, el príncipe de los poetas, que tan bellamente se inspira en el seno de los campos, bastardea el sentimiento de que nace su inspiración? Porque el libro que tiene en la mano se ha interpuesto entre su alma y la naturaleza.

Para encontrar en los ingenios españoles e italianos de entonces rasgos dictados por el sentimiento religioso o por hazañas y sucesos contemporáneos, hay que detenerse en buscarlos, mientras que por todas partes se escuchan los anticuados sonidos del caramillo y la zampoña, o se ven pobladas las selvas de fabulosas deidades. Pero no está lejano el día en que empiece a ser otro el arte de imitar. Rebélase al fin la inspiración propia e individual contra el despotismo del modelo, y añade el estudio de la lengua hebrea y de los tesoros bíblicos nuevos elementos de vida a la lira castellana. Las ninfas del Alfeo y del Tíber, que tendían al aire la cabellera de esmeralda, convidando al placer sensual en alcázares de ópalo, huyen medio avergonzadas ante las ondas del Jordán, cuya celestial virtud purifica y regenera.

Gracias a la potencia creadora de la fe cristiana, hállase las más veces originalidad en esta segunda serie de imitadores, donde en primer término brilla, aunque no sin rival tan admirable como san Juan de la Cruz, el agustino de Belmonte, el horaciano Luis de León.

Veinticinco años tendría, poco más o menos, Garcilaso cuando vino al mundo el que la Providencia divina había destinado a ser gloria de la religión y de las letras. Pero antes de que este llegase a la edad en que el desarrollo de las facultades mentales permite al hombre penetrar en el santuario del saber, la dulce avena del amigo y discípulo de Boscán había enmudecido para siempre; y la nueva poesía, trasplantada a nuestro suelo, joven ya y hermosa, adquiría con extraordinaria rapidez vigor y fuerza suprema. Las obras poéticas del religioso Luis de León, a las que se aplicó más por inclinación de su estrella que por juicio y voluntad, se le cayeron como de entre las manos, según él mismo asegura, en la mocedad y casi en la niñez. Pertenecen, pues, a los últimos años del reinado de Carlos V, reinado que vio nacer en Alemania los errores de Lutero (tan influyentes después en el rumbo de la civilización, costumbres y relaciones sociales) y que asordó a Europa y el mundo con el estrépito de las batallas contra turcos, franceses y berberiscos, con el encarnizamiento de las guerras de religión y con las disputas teológicas.

Cuando, animado de fervoroso patriotismo, prorrumpía nuestro agustino en los enérgicos acentos de La profecía del Tajo, el esplendor y bizarría de la época galante y guerrera de Carlos V se preparaba a ceder el puesto a la política sagaz y prudente de Felipe II; y a tenor de esta imperceptible modificación paulatina iba también modificándose el carácter de la inspiración, si ya menos risueña, fresca y graciosa que en Garcilaso, de más viriles alientos, más vehemente y filosófica.

No era fray Luis de León hombre capaz de dejarse avasallar por la tiranía de la moda, ni en materias literarias ni en otra alguna. Aficionado por carácter a vivir encubierto, y mal codicioso de aplausos, que su cristiano espíritu reputaba solo vanidad y ruido, el virtuoso agustino era de aquellos a quienes ni desvanece la prosperidad ni desespera la desgracia. Consagrado al estudio desde la primera juventud, no halla raudal que apague su sed de ciencia; y, si anhela saber, es para explicar más atinadamente la verdadera doctrina. Natural, expansivo y concentrado al mismo tiempo, lo cual parece a primera vista una paradoja, huye el bullicio de las gentes para dar rienda suelta en la soledad a los tesoros de amor y ternura que su corazón encierra. Así se explica el ansia con que, todavía muy joven, se apresuró a entrar en el claustro; así la suma y variedad de conocimientos que poseía; así también la escasa influencia que por la índole especial de su carácter, hábitos e inclinaciones, habían de ejercer en sus obras las convenciones de escuela. ¿Quiere esto decir que las poesías del maestro León están limpias de reminiscencias de otros autores? Ni siquiera imaginarlo. Fray Luis imita, Fray Luis utiliza discretamente el fruto de sus lecturas. ¿De qué suerte? Haciendo propio lo ajeno; comunicando nuevo ser a lo que de otros recibe; hallando, en una palabra, el secreto de ser original en la imitación. Por lo demás, harto es sabido que en las obras del ingenio suele haber coincidencias inevitables. El corazón es siempre el mismo, y los sentimientos del alma, esencialmente iguales en todos los hombres. ¿Cómo, pues, evitar en casos dados que la simultánea inspiración de dos o más poetas, que reconoce por fuente un solo origen, se produzca en términos semejantes entre sí, o exprese las mismas ideas sin ser deliberadamente imitadora? El lamentar lo breve de la hermosura del rostro, el considerar cuán fácilmente se marchita la belleza, ¿no es propio de todo el que quiera perpetuarla en el ser y estado en que la admira? Pues donde esta admiración exista, o se trate de lamentar aquella pérdida, allí los que expresen tal idea han de encontrarse, quieran o no, en el fondo o en la forma.

No creo yo que la inspiración lírica esté en decadencia hace millares de años, aunque lo diga un maestro como Villemain. Podrá ser que en los siglos modernos le falte el estímulo, hijo de las circunstancias y de las costumbres, que comunicaba mayor brío a los cánticos de la profetisa Débora e inflamaba el espíritu de Moisés al prorrumpir en alabanzas al Creador, después de haber pasado el mar Rojo; podrá ser que le falte el aparato y concurso que servía como de marco al cuadro de las famosas odas de Píndaro. Pero, si la lírica ha perdido algo en popularidad y en efecto, no ha decaído ni decaerá en esencia donde existan almas templadas para el entusiasmo. La inspiración lírica puede ser, es de hecho, en ciertos grandes poetas de las edades modernas, tan arrebatada, tan vigorosa, tan intensa, mucho más intensa que la de los griegos, aunque más individual y circunscrita. Y no solo compite en arrebato, en sinceridad, en jugo con la de los poetas de Grecia y Roma, sino que la excede a veces en intención y ternura, sobre todo cuando recibe impulso, como en fray Luis de León, del sentimiento cristiano. No conseguirá en un momento dado triunfos tan estrepitosos, porque le falta el teatro donde solía brillar en los pueblos de la antigüedad remota; mas no por eso dejará de herir profundamente en la soledad las cuerdas del corazón a que particularmente se dirija, ni de ser oída del mundo entero, en alas del periódico y del libro.

Las poesías de Garcilaso no nos conmueven tan hondamente como las de fray Luis de León (que es menos conocedor e imitador que aquel de los poetas antiguos e italianos), porque el vate de Toledo no se había sobrepuesto a la índole avasalladora de los estudios clásicos, esencialmente paganos. De aquí nace, sin duda, que el maestro León venza en originalidad a Garcilaso. La originalidad no está en el sujeto, sino en el poeta; Ariosto se apodera de un asunto tratado antes por Bojardo, cuyos pasos sigue muchas veces, y es, sin embargo, uno de los ingenios más originales que han existido, abriendo camino a la creación del Don Juan de Byron.

Fray Luis ve, con la superioridad de un alma que desdeña las vanidades mundanas, los triunfos de la ambición y de la soberbia, y la agitación de una época de grandes acontecimientos y luchas terribles; y desahoga la vena de su corazón, eminentemente poético, volviéndose a la naturaleza y a la soledad, como a un puerto que le brinda reposo, lejos del piélago donde luchan y se agitan los más activos intereses políticos y sociales. Por eso, cuando se ocupa en traducir los Salmos del Rey Profeta, en las horas que le dejan libres las penosas atenciones de su magisterio, no se propone solo hacer bellos versos, sino rendir tributo a la ardiente fe que abriga su alma, y que necesita exhalarse por tal camino en cánticos celestiales. Por eso hermana bizarramente en sus rimas lo bello con lo sencillo, y lo original con lo natural y verdadero. Un espíritu de este delicado temple debía comprender y sentir como el que más la poesía de la naturaleza.

Dejad, señores académicos, que recuerde en este lugar el nombre de los grandes escritores místicos, casi todos ellos grandes poetas, que florecían al par de nuestro agustino, y que, amamantados en la Sagrada Escritura, procuraban acercarse a Dios en la soledad; a Dios, que ha dicho por boca del Salmista, lo cual encarece aún más la importancia de las bellezas naturales: «La hermosura del campo está en mí». Dejad que admire los prodigios de la fe cristiana y los de la ciencia católica en una Teresa de Jesús, en un Granada, en un san Juan de la Cruz, en un Estella, en un Reyes, en un Chaide y en tantos otros que, en aquella gloriosa época, inundaron de pura luz los espacios del saber, encontrando en el seno de la religión un entusiasmo, un fuego, una inspiración a la que no llegan los poetas profanos de más nombradía, aunque a veces los superen en el artificio de la forma. Dejad que busque en el alejamiento de los placeres mundanos, en la oscuridad de la vida monástica, el crisol redentor donde el alma se depura; donde el hombre, desprendido de las pasiones, miserias y vicios que infestan el mundo, sojuzga los sórdidos impulsos de su propia naturaleza. Enseña por qué senderos se evita el choque desastroso de los intereses terrenales y cómo se aprende a moderar los deseos y a encontrar felicidad en los sencillos placeres que brinda la hermosura de los campos al que no se deja arrebatar por el torbellino de la ambición.

Ved, ved cómo el insigne maestro de la escuela salmantina procura aliviar el trabajo de la cátedra en la amenidad de un soto, isleta en medio del río Tormes, apegada a la presa de una aceña. Oídle exclamar:

Del monte en la ladera
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera,
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto,


Más ufano de disfrutar pacíficamente las delicias de este retiro que de sus riquezas el magnate para cuya codicia fueran pocos los tesoros de Creso, o a cuya vanidad pareciera mezquina la pompa de un soberano.

Mirad cómo se place en describir los bellos objetos que la naturaleza ofrece a sus ojos para regocijo de su espíritu, fatigado por el estudio:

Y cómo codiciosa,
por ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa,
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura, [5]
y luego sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo,
y con diversas flores va esparciendo. [10]

El aire el huerto orea,
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruido,
que del oro y del cetro pone olvido. [15]


En las claras noches de estío, antes de entregarse a la oración, contempladlo asomado a la ventana de su celda, respirando un momento el fresco vientecillo que agita los jazmines y moradas campanillas que la festonan. Poseído por el sentimiento que despierta en su corazón el espectáculo que admira, dando rienda suelta a sus profundas meditaciones, oídle prorrumpir en estos sublimes acentos:

Cuando contemplo el cielo
de innumerables luces adornado,
y miro hacia el suelo,
de noche rodeado,
en sueño y en olvido sepultado, [5]

el amor y la pena
despiertan en mi pecho un ansia ardiente,
despiden larga vena
los ojos hechos fuente,
¡oh, grandeza del alma!, y digo al fin con voz doliente: [10]

«Morada de grandeza,
templo de claridad y hermosura,
al alma que a tu alteza
nació, ¿qué desventura
la tiene en esta cárcel baja y oscura?» [15]


Entonces lamenta el error que aparta al hombre de la verdad, lo aleja del bien divino, y observa cómo el ciego mortal se abandona al sueño, sin reparar en que las vueltas que da el cielo le van hurtando las horas del vivir. Entonces exclama con efusión imponderable:

¡Cuándo será que pueda,
libre de esta mansión [sic], volar al cielo!


Y rompe en este vigoroso apóstrofe:

¡Oh! Despertad, mortales;
mirad con atención vuestro daño.
las almas inmortales,
hechas a buen tamaño,
¿podrán vivir de sombras y de engaño?


He aquí la verdadera originalidad. He aquí el puro, el íntimo sentimiento que inspiran inmediatamente las maravillas de la creación, negado a quien le busque no en ellas, sino en las copias y en afectos ajenos. He aquí, en fin, tal y como la pudiera apetecer el corazón más apasionado, el crítico más exigente, la poesía de la naturaleza.

Fray Luis de León, como los poetas árabes, de cuya índole a la vez fogosa y melancólica participa, saca sus más hermosos símiles de los objetos naturales; y sus poesías, inspiradas como las de aquellos por la constante contemplación del cielo y de los campos, están llenas de bellezas de suma ingenuidad y frescura.

No es ocasión de recordar las persecuciones de que fue víctima nuestro agustino, aunque algunas de sus composiciones parezcan desahogos de su pecho contra la iniquidad que le tuvo encerrado cinco años en las cárceles del Santo Oficio. Aunque el maestro León pudiese decir entonces con san Juan de la Cruz: «Las olas de la calumnia baten hoy mi rostro, pero no le manchan ni conturban», no hay duda de que los rigores de la injusticia encendieron su natural inclinación a la soledad y al vivere parvo de que habla Horacio. En la soledad es realmente donde estamos menos solos; allí la verdad se infunde en nuestro ser y lo purifica del egoísmo. Fray Luis de León buscaba desde la niñez inspiración, fortaleza y consuelo en el seno de los campos, como quien sabe que este mundo visible es efecto y obra de las manos de Dios, y que, según las elocuentes palabras del maestro Granada, Él nos da conocimiento de su Hacedor; es decir, de la grandeza de quien hizo las cosas tan grandes, y de la hermosura de quien formó cosas tan hermosas, y de la omnipotencia de quien las creó de nada. Tal es, a despecho de sus estudios clásicos animados de pagano espíritu, el secreto de la originalidad del maestro León. Tal la causa primaria del tierno y puro amor de la naturaleza que resplandece en sus obras.

Nadie ignora las circunstancias que mediaron para que España cayera desde esta plenitud de grandeza en el abatimiento en que la vemos bajo el cetro de Felipe IV; es conocida por todos la especie de transformación a que la lírica española se sintió arrastrada en el siglo XVII, merced al deletéreo influjo de la general decadencia de la nación.

Cuando Francisco de Rioja comenzó a brillar como escritor y poeta ya habían pasado para España los días de triunfos y conquistas de la época gloriosa de Carlos I, en que floreció Garcilaso, y los de orden y paz interior debidos a la prudente energía de Felipe II, durante cuyo reinado ejerció imperio el maestro León en las regiones de la inspiración poética. Un rey entregado miserablemente a un valido, más dado a placeres y liviandades que a velar por el bien y conservación del reino; un ministro ambicioso corrompiendo al monarca para dominarle, y halagando sus caprichos para usurparle moralmente el cetro, quebrantándolo cada vez más en sus inhábiles manos; una corte corrompida, donde apenas había otro dios que el oro, ni mejores títulos que la adulación, ni mayor virtud que la bajeza; la venalidad haciendo veces de justicia; el valor no moviéndose ya por arranque generoso de patriotismo, sino por hidropesía de medro; el entrometimiento, el descaro, la desvergüenza usurpando sus fueros a la modestia, al mérito, a la honradez, y sirviendo de escalón para llegar a todo, para conseguirlo todo; he aquí el espectáculo que ofrecía en el reinado de Felipe IV nuestra desdichada patria.

Fácilmente se comprenderá que no eran tales tiempos propicios para que el sabio modesto fuera buscado en su retiro con el fin de utilizar su saber y experiencia en beneficio del Estado, y que entonces el merecimiento se marchitaba y perecía sin favor. Es opinión acreditada que a don Juan de Fonseca y Figueroa, hermano del marqués de Orellana y grande amigo y pariente del conde-duque de Olivares, debió Rioja entrar en la confianza del valido y que este le nombrase su secretario. No hay para qué decir si la elección fue acertada. Cuando no por lo que se debe a la justicia, a la bondad y a la ciencia, ni por lo que pueden esperar de una y otra aquellos a quienes está encomendada la suerte de las naciones, por egoísmo deberían príncipes y repúblicos rodearse de sabios y virtuosos. Desatender el mérito del amigo leal porque se le tiene seguro, porque se confía en su virtud; y buscar, halagar y recompensar al díscolo intrigante cuya única pauta ha de ser siempre la conveniencia, y de quien se sabe que nunca ha de prestar firme apoyo al que lo levante mientras columbre esperanzas de subir a mayor altura, es torpeza insigne en los ministros, es debilidad, solo disculpable en quien no quiere a su alrededor sino pigmeos, con el intento de parecer así de más elevada estatura.

Tal fue, sin embargo, el proceder del conde-duque de Olivares con don Francisco de Rioja, con el hombre honrado y agradecido, que pagó con creces las atenciones de su tibio favorecedor, ya saliendo a su defensa en el Aristarco cuando los desastrosos movimientos de Cataluña, ya siguiéndole al destierro cuando repentinamente cayó de la cumbre de su grandeza, y escribiendo en su defensa el Nicandro o antídoto, a riesgo de grandes persecuciones. Cierto es que, mediante la recomendación de don Juan de Fonseca, el conde-duque puso los ojos en un hombre de la ciencia, bondad y rectitud de Rioja; pero solo atendió a beneficiar en interés propio las nobles prendas del sevillano, burlando las esperanzas que despertó en él y con que le había entretenido por largo tiempo. Concíbase, pues, que nuestro poeta escribiese con tan desengañado acento:

Fabio, las esperanzas cortesanas
prisiones son donde el ambicioso muere
y donde al más astuto nacen canas;
y el que no las limare o las rompiere,
ni el nombre de varón ha merecido
ni subir al honor que pretendiere. 2


Natural es que todo el que siembra injusticias, avaro del favor hacia quienes lo merecen, no coseche más que daños y menosprecios. El mundo estaría mejor si los que rigen los estados buscaran únicamente apoyo en aquellos que no vacilan en condenar el mal, hállese donde se hallare.

Ved aquí, pues, descifrada, la causa de la profunda amargura y el humor honradamente satírico de los versos de Rioja. Ved por qué, cuando intenta sacar la poesía del aire nocivo de la corte y llevarla al campo (como oportunamente lo ha dicho un ilustre académico), «no canta más que ruinas». Y con razón. En ruinas estaba ya la poderosa monarquía de los Reyes Católicos, del Emperador y de Felipe II. En ruinas se estaba convirtiendo la inspiración de Garcilaso, de León, de Herrera y los Argensolas. A ruinas, y nada más que a ruinas, habían quedado reducidos el lenguaje y el buen gusto en la universal falange de culteranos y conceptistas, churriguerescos imitadores de Góngora, Carrillo y Villamediana.

Gloriosa excepción en su tiempo, Rioja, que vivió como hombre de bien en una corte pervertida y resolvió en España, como Horacio en Roma, el difícil problema de ser al mismo tiempo lírico y razonador, supo también librarse del contagio que en aquellos días transformaba la sencillez y majestuosidad de la musa ibérica en un aparato vanidoso de gigantescas locuciones vacías de sentido o en un cúmulo extraño, y a menudo ridículo, de imágenes desbordadas. Amaestrado en la desgracia, el poeta sevillano busca auxilio en la filosofía para soportar con resignación las adversidades, y toma por asunto primordial de sus composiciones glosar esta máxima de su predilecto Séneca: Calamitas virtutis occasio est.

No anima a Rioja el espíritu imitador, pero galante, puro y lleno de frescura, que enamora en Garcilaso y que participaba de la gallardía de aquella época de hazañas y victorias, de la marcialidad y apostura de la vida del campamento. Tampoco hallamos en sus poesías el místico arrebato, la profunda intensidad lírica del maestro León, que, refugiado en el espiritualismo católico, entregado a los inefables placeres de la vida contemplativa, siente por sí mismo, ve más a Dios en sus obras, las ama profundamente y goza infinitamente en contemplarlas, aunque sin tenerlas por parte del mismo Dios, como los modernos poetas panteístas, y muy especialmente los alemanes. Alma de suyo benévola, pero herida y desengañada, Rioja ve, siente y sufre los estragos de la ambición, la hipocresía y la envidia; y, bien penetrado de lo inestable y perecedero de las grandezas humanas, busca reposo en el seno maternal de la antigua Romúlea, espera que su clima ha de serle más humano y vuelve al amor y contemplación de la naturaleza, la actividad de su espíritu. Aunque por genial disposición y sana doctrina se separe, en cuanto a la forma, del gongorismo dominante en su época, no logra abstraerse por completo de las ideas, intereses y miserias de la corrupción cortesana, en cuyo centro ha vivido sin infectarse con ella; y así como Virgilio al ver un cañaveral se acordará de Siringa y del río Peneo, así el poeta sevillano, en el aura que pasa garrula y sonante por las cañas, oye a los charlatanes y aduladores que tanto le han hastiado en la corte, arrabal del infierno, según la gráfica expresión del secretario Antonio Pérez.

Mientras Garcilaso apenas se atreve a juzgar el siglo en que vive ni a censurar las guerras donde se derramaba tanta sangre, y se limita a decir:

¿Qué se saca de esto? ¿Alguna gloria?
¿Algunos premios o agradecimiento?
Sabrálo quien leyere nuestra historia;


Dando así muestra de moderación que acredita la fe que en sí mismo tenía España en aquella época; en tanto que fray Luis de León, aunque alejado del bullicio de la sociedad, dice ya que su musa,

En lugar de cantar como solía,
tristes querellas usa,
y a sátira la guía
del mundo la maldad y tiranía;


Patentizando su inclinación a la sátira (de la que, sin embargo, no hace uso), que vive en días de espíritu más positivo que los de Garcilaso, Rioja, guiado por la pensadora melancolía fruto de los desengaños, indignado ante el vergonzoso espectáculo de la corrupción general, exclama:

No quiera Dios que imite estos varones
que moran nuestras plazas macilentos,
de la virtud infames histriones;
esos inmundos trágicos, atentos
al aplauso común, cuyas entrañas
son infectos y oscuros monumentos;


O bien en este trozo pinta al desnudo el lamentable estado en que entonces se encontraba la justicia:

Peculio propio es ya de la privanza
cuanto de Astrea fue, cuanto regía
con su temida espada y su balanza,
el oro, la maldad, la tiranía;
del inicuo procede, y pasa al bueno:
¿qué espera la virtud o en qué confía?


Si en los risueños jardines de Sevilla se para a contemplar la hermosura de una rosa, observa que aún no ha tendido al viento las «alas abrasadas»,

y ya vuelan al suelo desmayadas.


Si fija los ojos en un clavel, es para preguntarle:

¿Diote naturaleza sentimiento?
¡Oh yo, dichoso al habérseme negado!
Hable más de tu olor y de tu fuego
aquel a quien envidias de favores
no alteran el sosiego.


Tan grande es y tan poderoso el influjo moral en todos los actos del ser humano, que hasta en los objetos naturales ha de buscar y encontrar siempre el espíritu del hombre secretas y misteriosas analogías con lo que llena su corazón u ocupa su entendimiento.

De todo lo dicho hasta aquí se desprende que solo con el comercio e inmediata observación de la naturaleza puede llegar el hombre a emularla en acentos poéticos; que el estudio de los clásicos debe servir únicamente de preparación y advertencia, y que el imitarlos ha de conducir a la originalidad, cuando la imitación sea medio, y no fin. He procurado indicar de qué modo se diferencian el gentil, que hace bajar el cielo a la tierra, y el cristiano, que tiende constantemente a lo infinito, procurando despojarse de la materia. Habéis visto que la naturaleza es siempre una; pero que aquel la adora obedeciendo a los sentidos, y este, conmovida el alma, la admira como obra de Dios.

El aspecto de la naturaleza se identifica con el estado de nuestro espíritu: para el ánimo afligido se muestra revestida de una dulce melancolía; risueña y alegre para el hombre feliz, es compañera en nuestro contento, alivio en nuestras amarguras, maestra elocuente en la soledad, madre cariñosa que en su seno recoge al fin nuestros mortales despojos. Ella canta con las mil lenguas de los árboles y flores, de los arroyos y montañas, del mar y de los astros la bondad y la omnipotencia de su divino Creador.

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