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Prensa y canon · Canon poético

“A las ruinas de un convento. Elegía gerundiana (Imitación de Rioja a las ruinas de Itálica)”

Autor del texto editado
Lafuente, Modesto (1806-1866)
Título de la obra
Fray Gerundio, capillada 62, 03/08/1838
Autor de la obra
Lafuente, Modesto (dir.)
Edición
Madrid: Imp. de D. F. de Mellado, 1838
Paginación
pp. 134-139
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Biblioteca Digital de la Comunidad de Madrid. (texto completo)
Información técnica
Editor: Juan Montero
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 14 marzo 2025

A LAS RUINAS DE UN CONVENTO

Elegía gerundiana

( Imitación de Rioja a las ruinas de Itálica)

Queste que vide, o Fabio, ¡aime infelice!
Campagne solitaire, colle adusto,
Furo una volta Italica superva.
Rioja.- Ruinas





Estos que ves ¡ay, Tirabeque!, ahora
claros de soledad, mustias plazuelas,
fueron un tiempo los albergues nuestros.
Aquí la vividora
colonia fue de abades y maestros [5]
vestidos de sayal y burdas telas.
Aquí, do las mozuelas
retozan por la noche alegremente,
este que es hoy el sitio de las citas
era el lugar ¡ay, mí! do el penitente [10]
confesaba sus culpas infinitas;
taller hoy de pecados
el sitio donde eran perdonados.
Aquí ¿lo ves? donde en alegres juegos
triscan hoy los muchachos retozones [15]
caían ¡ay! las celdas de los legos,
vivían ¡ay de mí! los motilones.
Solo quedan memorias funerales
donde erraron capillas de alto ejemplo;
aquí fue el refectorio, allí fue el templo: [20]
de todo no han quedado ni aun señales.
Las torres que desprecio al aire fueron
a la voz de un ministro se rindieron.

Mas no son estos solo los despojos
que a las luces del siglo son debidos,
y honor hacen al genio de las artes.
Echa por ahí los ojos,
y encontrarás conventos derruidos,
y escombros hallarás por todas partes;
Yacen ¡ay! los baluartes [25]
de las monjas de Pinto y Magdalena;
allí fue la Merced; mas allá estaba
Santo Domingo, que al mirarlo apena,
y San Felipe allí se levantaba.
Aquí fue la Victoria; [30]
estos guijarros quedan por memoria.
Estos son los honrosos monumentos,
aquestos los colegios e institutos
que ofrecieron hacer de los conventos…
No sé si diga Césares o Brutos. [35]
Esto que hoy academia ser podría,
esto do estar pudiera el gran Liceo,
es un cuadro deforme, un claro feo,
donde achicharra el sol por todo el día.
Las que fueron ayer medias naranjas, [40]
míralas, Tirabeque, ahora son zanjas.

Este montón de piedras y de escombro,
afrenta de arquitectos y albañiles,
bochorno de hombres que mandaron,
con dolor te lo nombro… [45]
¡Fue la despensa! ¿Dónde los perniles
están que sus paredes adornaron?
¡ay! ¿a dónde emigraron
aquellos insondables tinajones
que el rico Valdepeñas contuvieron? [50]
¿Dó se fueron de huevos los serones?
¿Dónde, si puercos hay, sus pies se fueron?
¡Todo es ruina y estragos
donde antes se soplaban sendos tragos!
Un poco más allá fue la cocina; [55]
allí estuvo el vasar y la espetera,
do se hallaba el jamón y la gallina,
do se colgaba el congrio y la ternera.
Allí de Talavera y porcelana
rodaron los jesuses y los platos; [60]
allí lamían los golosos gatos
el ancho jicarón de la mañana.
¡Qué jarros!, ¡qué cazuelas!, ¡qué peroles!
¡Ya tiene un sostenido y tres bemoles!

Allí fue el receptáculo sombrío, [65]
el convento fue allí de capuchinos,
que era de la Paciencia nominado.
Aquello es hoy plantío
de negrillos y acacias y aun pepinos
sospéchase si acaso allí han plantado. [70]
Mas, ¡oh, rigor del hado!,
la plebe de Madrid supersticiosa
por tradición vulgar bien conservada
cuenta que aquella casa religiosa
por causa de un judío fue fundada; [75]
y con piadosa mano
la ha demolido ha poco un buen cristiano.
Y el fanático vulgo dice ahora
que en la callada noche allí resuena
una terrible voz hueca y sonora, [80]
que ¡Mendizábal! ¡Mendizábal! suena;
y que divisa en la nocturna sombra
unas caras con barbas y capuchas
de cuyas bocas salen voces muchas,
y que cada una a Mendizábal nombra, [85]
y que un eco a lo lejos se percibe,
que exclama bronco ¡Mendizábal vive!

¿Te ríes, Tirabeque? Y si se abrieran
las tumbas de repente, y los hermanos
que en ellas yacen súbito se alzaran [90]
y con voz ahuecada repitieran,
¡Ay de los Tirabeques mal-cristianos!
¡Ay de los legos cojos que dejaran
el hábito y tomaran
plazas de periodistas con sus amos! [95]
Vengan a este sarcófago profundo,
vengan a estos sepulcros que habitamos
esos legos escándalo del mundo.
Mas, ¡hola! tú te agitas,
tú tiemblas, Tirabeque, tú tiritas. [100]
No tiembles, bobatel, que todo es chanza;
¡ay! quizá no lo sea para aquellos
que allí ejercieron bárbara matanza.
Cien víctimas su voz alzan contra ellos. 1
Dejemos, Tirabeque, estos lugares [105]
de funestos recuerdos… Y partimos,
y una alegre hermanita al punto vimos
que llevaba por ojos luminares:
la miró Tirabeque, y muy contento,
“Ya no me acuerdo, dijo, del convento”. [110]

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