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Prensa y canon · Textos historiográficos · Polémicas

“Los recuerdos”

Autor del texto editado
Amador de los Ríos, José (1818-1878)
Título de la obra
La Floresta andaluza. Revista mensual de literatura, ciencias y artes, segunda serie, n.º 1, 31/01/1844
Autor de la obra
Amador de los Ríos, José (1818-1878)
Edición
Sevilla: Imprenta de Álvarez y Compañía, 1844
Paginación
pp. 3-14
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 14 marzo 2025

Los recuerdos


Nunca se ha hecho tan ostentosa gala del nombre español como en la miserable época que alcanzamos, y nunca se han consultado menos los recuerdos que encierra en sí aquel nombre, glorioso en otro tiempo, escarnecido y menospreciado ahora por las naciones que pueblan el continente europeo. El nombre de España, que volaba de una parte a otra del mundo entre las aclamaciones de propios y extraños y en alas de sus elevados ingenios, sirve en nuestros días, con grave dolor de sus verdaderos hijos, para denotar en naciones vecinas cuanto tiene relación con las hordas salvajes del África, no faltando quien se haya atrevido a asegurar que da principio aquella parte del mundo del lado acá de los Pirineos.

Acusación es esta que debiera avergonzar a cuantos tienen en tan poco la gloria y buen nombre de la península ibérica, mientras a boca llena se llaman españoles, como si esta denominación fuese sinónimo de bárbaros, y cosas tan grandes y respetables debieran exponerse tan fácilmente al universal ludibrio. ¿Pero por qué invocan así el nombre que ilustraron nuestros mayores los que ningún punto de contacto tienen con ellos? ¿Por qué pretenden ahora resucitar antiguos nombres que no respetan y que en el fondo tienen en tan poco? A esto, pues, se dirige el presente artículo, que nos ha inspirado solamente el deseo de que, ya que con tanta frecuencia oímos decir «yo me precio de español, yo soy español», no se confundan las ideas y se aprecien justamente estas expresiones.

Los recuerdos nacionales son el alma de las sociedades, así como los parciales constituyen la vida del individuo: un pueblo sin recuerdos carece de porvenir y no tiene pasado a donde volver la vista para consolarse en medio del infortunio. ¿Y cuál sería el presente de semejante pueblo? Poco deberá meditarse para conocerlo. Las dudas más crueles despedazarían cual rabioso cáncer las entrañas de todos sus individuos, y, entregado a las más amargas angustias y a las más crueles oscilaciones, acabaría por quebrantar los vínculos sociales, disolviéndose al fin o refundiéndose en otro pueblo más poderoso y que pudiera contar con las lecciones de la experiencia y las glorias de los pasados tiempos. Estos son los ejemplos que nos ofrece la historia del género humano desde los más remotos siglos. En la infancia de las sociedades, cuando los pueblos carecían de pasado adonde volver la vista, solo tuvieron un medio para llenar el gran vacío que en su vida encontraban. Apelaron por sí a los sentimientos religiosos, a los sentimientos elevados y fundaron sobre ellos la era de los grandes hechos, que sirvieron después a otros pueblos de apoyo en su marcha civilizadora.

Así se vieron nacer y declinar los pueblos orientales, y así también se formaron las naciones griegas, cuya memoria será eterna entre los hombres. Pero los tiempos han mudado el aspecto del mundo. A los antiguos medios de vida han substituido otros nuevos, a las antiguas formas otras más complicadas, y todo ha cambiado, en fin, entre las modernas sociedades de Europa. No trataremos nosotros de investigar si las actuales constituciones participan o no de más vigor y si prometen una existencia más larga y duradera que la de los pueblos de la civilización griega o de la romana. No es este el asunto que nos hemos propuesto, ni, a serlo, nos contentaríamos con un solo artículo. Baste, pues, a nuestro propósito saber que la historia de los pueblos modernos arranca de los grandes acontecimientos de aquellos malhadados y famosos imperios, que sucumbieron bajo el peso de la muchedumbre, más bien que al embate de los pueblos del septentrión. Cayó la antigua sociedad bajo los escombros de sus magníficos monumentos; pero esta caída fue inevitable y providencial: esta caída estaba decretada por el Hacedor supremo, para que brillasen en toda su pureza las saludables máximas que habla sembrado Jesucristo en los corazones de los hombres.

De entre aquellos escombros nacieron, pues, los pueblos que hoy moran en Europa. Su vida estaba ligada a los recuerdos del mundo antiguo, e, iluminados ya por la religión revelada, emprendieron una carrera gloriosa, si bien encontraron en su marcha escollos eminentes que salvar y hubieron menester de muchos años para lograrlo. Algunas naciones fueron nuevamente presa de otros conquistadores, y a España cupo la buena suerte de ser dominada por los musulmanes, que, como hemos tratado de demostrar en otros artículos, fueron los dominadores más tolerantes en el primer periodo de su imperio que han conocido los siglos.

Decimos que cupo a España la buena suerte de ser dominada por los árabes, y nos fundamos para ello en dos razones. Primera: la de haber contribuido a la ilustración española poderosamente. Segunda: la de haber despertado al pueblo, que en brazos de la molicie y de la corrupción dormía, olvidado de sus antiguas proezas, infundiéndole un nuevo carácter y haciéndole recobrar su dignidad y su valor perdidos.

A esta época deben, por tanto, referirse nuestras observaciones: con ella comienza el periodo más glorioso en armas de nuestra historia, periodo en que florecieron los personajes que hoy se ofrecen por modelos, sin conocer de ellos otra cosa más que sus nombres, con menoscabo de sus grandes acciones, que eran hijas de otros más elevados sentimientos que los que ahora mueven los pechos de nuestros compatriotas.

Cayó España bajo el peso de la muchedumbre africana y hundiose el corrompido trono de los Witizas y Rodrigos en las márgenes del Guadalete; pero, al mismo tiempo que desaparecía para siempre la corona de tan desapoderados monarcas, al mismo tiempo que los degenerados godos doblaban su frente ante los vencedores, alzábase en las encrespadas montañas de Asturias un nuevo pueblo, que, sacudiendo la vergonzosa pereza de sus padres, se ostentaba lleno de vida y de lozanía, disponiéndose a luchar cuerpo a cuerpo con los dominadores de medio mundo. Allí el trono, que había fracasado en los campos de Jerez, esa institución benéfica que ha sido siempre el faro de salvación de todos los pueblos, apareció como por encanto, y, alimentada por los recuerdos y acatada por la necesidad, sirvió de guía y de escudo a los buenos patricios, que habían jurado morir antes que sujetarse al pesado yugo de los extraños. Peleaban los españoles en nombre de su patria oprimida; y este mágico nombre inflamaba sus valerosos pechos, porque resumía en sí todos los recuerdos del pueblo vencido, despertando las ideas de su independencia y su poder antiguo y poniéndole ante la vista los desastres, que de tan grande pérdida habrían de sobrevenirle. Tenían los asturianos honor patrio, tenían fe en sus creencias religiosas y no titubearon un momento en lanzarse a una lucha tanto más incierta, cuanto eran más escasos sus recursos y más corto el número de sus soldados. Pero aquellos héroes no entraban solamente en las batallas con sus armados cuerpos: combatían por la tierra y por el cielo al par, y era imposible que de esta manera fuesen vencidos.

Así fue que, de victoria en victoria y de conquista en conquista, echaron muy en breve los fundamentos a la nueva monarquía española, y viéronse respetadas las enseñas de los cristianos, ofreciendo al mundo un espectáculo grandioso y extraordinario, cual es el de un pueblo que funda su nueva existencia sobre los desmoronados restos de su antigua gloria. Difícil era, sin embargo, la empresa que había osado acometer don Pelayo en Covadonga, y grandes los conflictos en que sus descendientes se encontraron, a vista de un enemigo valiente, experto y numeroso, que era el depositario, por otra parte, del saber de los antiguos pueblos. Pero nada pudo detener su majestuosa carrera: servíales el ejemplo de sus padres de poderoso estímulo, y anidaban en sus corazones los recuerdos de sus proezas, exaltados por la religión, cuyo pensamiento era el móvil de sus inauditas empresas.

Mas el pueblo cristiano no solamente conquistaba las ciudades y los castillos: conquistaban también los españoles la ilustración y la cultura, que habían perdido, dominados por la corrupción, y recobraban la dignidad de hombres, vejada y escarnecida por los últimos reyes de la nación goda. Verdad es que la constitución de un pueblo guerrero y conquistador no puede menos de infundirle un carácter militar, y que la disciplina del ejército pasó en España a ser la ley de las villas y aun de las ciudades por algún tiempo. Pero también lo es (y en este punto llamamos la atención de nuestros lectores) que en la península no se creó el feudalismo de la misma manera que en otros países, y que hubo desde luego menester el señor de la ayuda del vasallo para mantener la posesión de sus riquezas, haciéndole en cambio importantes concesiones. Por esto no puede decirse, estrictamente hablando, que existió en España feudalismo, ni que el dominio de los señores fue humillante para los pueblos, que iban poco a poco saliendo de la servidumbre mahometana.

Halláronse los reyes en un estado semejante al de los señores respecto a estos, y fueles precisa su ayuda para llevar a cabo la grande empresa que iban heredando de padres a hijos. Pero, no contentos los magnates con las concesiones del trono y lisonjeados por la gloria del mando y del poder, trabaron con la potestad real una lucha encarnizada, en la cual fueron unas veces vencidos y aparecieron otras vencedores. Desde este punto es, pues, desde donde ofrece la historia de España más interés a los que se entregan a un estudio profundo y filosófico de ella; y aquí nos detendríamos nosotros de buen grado, si fuera este el objeto principal del presente artículo. Parecían, sin embargo, ser los reyes los representantes de la unidad, y por una rara contradicción se ofrecían a vista de los pueblos como defensores de la libertad los mal reprimidos magnates. Pero eran estos en realidad los verdaderos enemigos del pueblo, entendiendo esta palabra en su acepción propia; querían destruir el poder regulador, que los tenia a raya para saciar después sus ambiciones particulares; y cuando lograron por algún tiempo ofuscar el esplendor de la corona, se entregaron a la más desastrosa anarquía, siendo necesarios para reprimir sus desmanes, brazos tan fuertes como los de Alfonso el XI y Pedro I, a quien pensamos consagrar algún artículo más adelante. Habían concebido otros reyes antes de la época de estos dos famosos monarcas el grande pensamiento de dar al pueblo en la nación la importancia que hasta entonces tenía solo en la localidad, para que sirviese el elemento democrático de valla a la altanería de los nobles; y la nación que ahora escandaliza al mundo con sus desaciertos tuvo la gloria de ofrecerle el ejemplo de un gobierno representativo por los años de 1215, cuando casi toda Europa dormía en la más profunda ignorancia. Caminaron desde entonces unidos cl pueblo y el trono y amenguó la preponderancia de los próceres algún tanto, si bien no desistieron de su empresa, inmolando para alcanzar su objeto a los más benéficos soberanos y esclarecidos varones, como sucedió a don Alonso el Sabio, don Pedro I y don Álvaro de Luna en más adelantados tiempos. Mas el ejemplo dado por Alfonso VIII y seguido por su nieto san Fernando, rey el más liberal y justo que ha tenido España, encontró imitadores en todas épocas; porque en todas épocas cometieron los grandes desafueros y en todas épocas conoció el pueblo que sus intereses eran los del trono y que de la salvación o ruina de este dependía también su muerte o su vida.

No sea esto decir que todos los nobles eran ambiciosos, ni que estaban siempre en guerra abierta con los reyes. A pesar de su constitución, prestaron infinitas veces los más grandes servicios a la patria común y libráronla de la esclavitud extranjera, que la amenazó en diversas ocasiones. El mismo espíritu de independencia que los traía inquietos y desasosegados fue el móvil de grandes y gloriosas empresas, llevadas a cabo felizmente en beneficio del Estado. Expuesto el territorio cristiano a las violentas incursiones de los sarracenos, habían menester los pueblos de capitanes, y en ninguna parte hubieran podido encontrarlos más bien que en una nobleza entregada exclusivamente al arte de la guerra y animada del más ardiente entusiasmo por la gloria de las armas.

Cooperó de este modo a fortalecer, sin advertirlo, los dos elementos que le servían de barrera, y hallose al cabo fuerte y poderosa la potestad real para domeñar la altivez de los magnates castellanos, no sin apoyarse en los pueblos, cuyos progresos eran tanto más rápidos cuanto aparecían mayores los triunfos alcanzados por el trono. Llegó, por fin, el tiempo en que pudo este [el trono] arrebatar a los vencidos próceres los maestrazgos de las órdenes militares, cuyo poder había llenado de espanto a más de un rey y de consternación a más de una ciudad, y, robustecido por los siglos el pensamiento de los Alfonsos y Fernandos, cupo al V de este nombre y a Isabel I la alta gloria de fundar en España un solo reino con los muchos en que antes se había visto dividida.

Reuniéronse acaso las dos más poderosas coronas de España con el feliz enlace de aquellos valerosísimos príncipes, cuyos esfuerzos se dirigieron durante toda su vida a refundir en uno solo, grande y poderoso, los diferentes pueblos que moraban a la sazón en la península; y, si bien después de la muerte de Isabel la Católica pareció no convenir a la política de Fernando semejante proyecto, no por eso pudo evitar el que se diera cima a la obra que había antes recibido de su mano tan grande impulso. Fue su imperio, en efecto, pesado en demasía para los magnates de Aragón y de Castilla y mermó con los escarmientos el heredado orgullo de estos, que a su muerte no dejaron, sin embargo, de probar fortuna, creyendo tan fácil revolver entonces el reino como había sido hacedero justiciar en Ávila la estatua de Enrique IV, con menoscabo del trono y escándalo de España.

Pero el resultado de su poco meditada empresa advirtioles de que había pasado ya el tiempo de la impunidad y púsoles en claro la impotencia a que, ora por medio de las armas, ora por medio de la astucia, quedaron reducidos. Gobernaba entonces la España, en nombre de doña Juana y de su hijo don Carlos, un hombre de un carácter inflexible y de una probidad acrisolada, a cuyas relevantes prendas unía un talento superior y una instrucción vasta y profunda. Nacido del pueblo y entregado desde sus más tiernos años a la meditación y al estudio, había concebido el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros una aversión extraordinaria a los desafueros y escándalos cometidos por la descontentadiza nobleza; y, amaestrado en el arte del gobierno por la experiencia que le ofrecía la historia, juzgó que el mayor beneficio que podía hacer a su país era el de ostentarse fuerte contra las pretensiones de los próceres, teniéndolos a raya y poniendo freno a sus demasías. Logró Cisneros llevar a cabo este pensamiento, que pareció heredar de los Reyes Católicos para desarrollarlo completamente, y tuvo la gloria de entregar al nieto de Isabel I un reino poderoso y tranquilo, cuando al morir Fernando V lo había recibido quebrantado, revuelto y amenazando disolverse a cada punto. ¡ Tanto pudo su profunda política y tanto debe España a este hombre, que ha sido en nuestros días el blanco de las acusaciones de algunos mal informados estranjeros que han escrito de nuestras cosas!

Contribuyó en gran manera al logro de este pensamiento la conquista del reino de Granada, y no tuvieron menor parte en su buen éxito las guerras de Italia, que llamaron la atención de la nobleza, altamente belicosa, convidándole con mil hazañas y apartándola de la lucha sostenida contra el poder real. Fue, pues, de este modo más fácil su vencimiento y su ilustración al par, pudiendo llevarse a efecto cumplidamente las reformas que los grandes adelantos de aquella época exigían. Trocose muy en breve su carácter inquieto y guerrero; y, atraídos por la blandura y los encantos de las ciencias, cuyo renacimiento se obraba a la sazón en Italia, quisieron ilustrar sus antiguos timbres y blasones con la gloria de las letras los nietos de aquellos mismos magnates que en más lejanos tiempos se desdeñaban hasta de saber firmar y veían con aversión a cuantos se daban al estudio. Verdad es que ya en otras épocas había abrigado España eminentes escritores, poetas y aun profundos filósofos, como aconteció en el siglo XIII con el célebre Raimundo Lulio. Pero no por eso pensaron los nobles en adquirir celebridad y renombre por medio de las letras; y, cuando por una rara casualidad se señaló alguno de ellos, fue visto con desdén y menosprecio por sus deudos y amigos, hasta la época de don Juan el segundo, en que principiaban ya a ser conocidas en Castilla las obras del Dante, como se colige por las de Juan de Mena y el marqués de Santillana, honra de la nobleza de su tiempo.

Perdieron en poder los próceres de Castilla cuanto en ilustración ganaron, y halláronse los vasallos casi a la misma altura que los señores, si bien nunca abandonaron estos sus pretensiones, ni renunciaron a sus no bien defendidos derechos. Hay en la nobleza hereditaria un espíritu de corporación o de familia, cuyo poder se cifra esencialmente en los recuerdos que encierra el nombre heredado; y son aquellos un estímulo grande para conducirla hacia el bien o el mal, según sea el sentimiento que en el corazón despierten. No podían los nobles de Castilla, desgraciadamente, traer a su memoria las proezas de sus abuelos sin que dejasen de recordar su poderío у rugiesen de pena al verse desposeídos у reducidos a la impotencia. Mal contentos con su estado, quisieron también que las ciudades participaran de iguales contratiempos, y, después de haberse introducido mañosamente en los ayuntamientos y concejos, lograron mover el ánimo de algunas de estas corporaciones para segundar sus miras, descabelladas e inoportunas de todo punto. Afligía a España el sentimiento de verse gobernada por extranjeros poco diestros y mal enterados en sus usos y costumbres, y érale enojoso que dispusieran a su antojo de los tesoros públicos, poniendo al mismo tiempo en almoneda y sacando a feria los destinos y dignidades del Estado. Indignaba a la nobleza el verse menospreciada y abatida en tal manera, y revolvía en su mente los planes de que habría de valerse para sacudir tan pesado yugo. Apeló, pues, al sentimiento de independencia, que sostuvo una guerra de siete siglos, y emprendió una lucha, cuyos efectos habían de serle en extremo perjudiciales. Hablamos de la guerra conocida vulgarmente con el nombre de las comunidades de Castilla. Algunos escritores de nota han ventilado ya la cuestión de si estas guerras tuvieron o no el carácter de nacionales; y casi todos han opinado por la negativa, con mucha cordura en nuestro juicio. Don Alberto Lista y Aragón, con la sensatez y profundidad que caracterizan sus escritos, toca también este punto en un artículo publicado hace algún tiempo en la Revista de Madrid, sobre »el régimen municipal de España».

«En nuestros días, dice, se ha querido hacer la apoteosis de los comuneros. No es este el lugar de decir lo que hubo de bueno y de malo en aquel partido, porque nos basta observar que era imposible elegir una época menos oportuna para la atrevida empresa que acometieron. El rey de España era al mismo tiempo emperador de Alemania, dueño del mediodía de Italia, disputaba con Francia el septentrión de aquella península, cerraba a los turcos la entrada del Tirreno, arrojaba a los moros de las fértiles costas de Berbería y dominaba en el nuevo mundo un territorio vastísimo, que cada año se hacía mayor por los descubrimientos y conquistas. El espíritu español de todas las clases estaba llamado a la guerra: los grandes volaban con ardor a Italia, Flandes y Alemania; los menores, a América, donde hallaban riquezas; la plebe se dedicaba al comercio, a las artes, a las ciencias y a la literatura. Tantos y tan vastos intereses, que comprendían en su círculo todas las tierras y todos los mares, no podían ser defendidos sino por una mano sola y poderosa, que obrase sin oposición. Así es que no encontró eco, apoyo ni simpatía en la nación, y los comuneros sucumbieron. Enseña la historia que las grandes monarquías no pueden sostenerse sino con un poder muy fuerte y libre en su acción. España era entonces la mayor de cuantas han existido, por lo menos en la extensión del territorio; y los españoles conocían por instinto, cuando no por instrucción, que no era posible al rey gobernar con las trabas que se le querían imponer».

La necesidad más urgente de la monarquía española era, pues, la de mantener la unidad y centralización del gobierno, porque de ellas dependía su existencia. Fija su atención en los países sujetos en Europa a su dominio, atenta a la felicidad que le brindaba América, conoció que las pretensiones de los comuneros eran de todo punto perjudiciales a su tranquilidad y desechó las sugestiones de los magnates, que en un principio se mostraron muy empeñados en el triunfo de aquellos: que no en vano había sustentado España una larga y penosa lucha, para sacudir el yugo de los señores.

Joven en la carrera de las letras, [Carlos] consagróse a su estudio con el mayor entusiasmo, y el mismo siglo que había nivelado todos los poderes, que los había reducido y centralizado, afianzando el derecho común, como prenda de justicia y de igualdad, fue para España la era más brillante en ciencias y literatura, habiendo merecido, no sin fundamento, apellidarse el siglo de oro. Los nombres de Boscán, Garcilaso, Miranda, Montemayor, Mendoza, León, Herrera, Jáuregui, Arguijo y Montano; los de Lope de Rueda, Torres Naharro, Juan de Malara, Juan de la Cueva, Cervantes, Lope de Vega y tantos otros como en aquella época venturosa existieron, manifiestan el grado de esplendor a que llegó en España la literatura, halagada por la paz y la abundancia. Pero la literatura, así como la filosofía de aquel tiempo, participaba de un carácter altamente ascético, que estaba muy conforme con los recuerdos y las creencias, que eran el alma de la sociedad española. La poesía cambió de formas, así como la política; mas conservó en su esencia la misma índole de que había sido dotada en medio de los combates contra los sarracenos. La guerra sostenida contra este pueblo, guerra que había llevado un carácter religioso, arraigó profundamente aquel sentimiento en el pecho de los españoles, y cuando lograron avasallar a los musulmanes en nombre de la religión llegó al más alto punto su exaltación y entusiasmo. La religión era su pasado y su presente, y en la religión habían de hallar precisamente su porvenir.

Establecidos desde el próspero reinado de los Reyes Católicos, tribunales permanentes en toda España ejercieron su acción benéfica y uniforme sobre todas las clases de la sociedad; y viéronse los pequeños a salvo de las injurias de los grandes, y respetose la dignidad del hombre, siempre que fue honrado y virtuoso. Libre, poderosa, rica e independiente en el interior, pudo la península ibérica ostentarse grande y temida a la faz del mundo, y fue su nombre respetado donde quiera y vistos sus hijos con veneración en todas partes. Los Gonzalos de Córdoba, los Leivas y los Navarros serán eternamente acatados en Italia y en Francia, porque eternamente vivirá la memoria del Garellano, Cirinola y Pavía: Hernán Cortés, Francisco de Pizarro, Vasco de Gama y otros muchos hallarán siempre en el nuevo mundo los elogios a que los hicieron acreedores sus hazañas, habiendo dado a la metrópoli un vasto imperio de inagotables riquezas; don Juan de Austria, don Álvaro de Bazán, primer marino de su siglo, y otros muchos capitanes de igual fama serán nombrados en todas partes con respeto, y sus nombres dirán al mundo que en otra época tuvo España naves y armadas y que en Lepanto y otros encuentros salvó a Europa de la opresión, que le amenazaba de nuevo.

Grandes volúmenes habríamos menester para referir, aunque sumariamente, las glorias que alcanzó nuestra patria en aquel siglo feliz para la humanidad: bastando para nuestro objeto cuanto llevamos indicado, solo añadiremos que fue España entonces grande en todos conceptos y que sus artes como sus letras, sus ciencias como sus armas adquirieron tal esplendor, que no tan fácilmente podrán recobrar en adelante. A este siglo, pues, parece que se alude cuando se invoca el nombre de España para vanagloriarse con él en nuestra época. ¿Y qué puntos de contacto tenemos nosotros con aquellos españoles? Nosotros nos llamamos libres y tenemos todos los instintos de los esclavos; nosotros nos llamamos ilustrados y caminamos hacia la barbarie; decimos que tenemos virtudes y somos depravados; decimos que somos cristianos y somos impíos y nos alegramos del mal de nuestros semejantes. Nosotros afectamos amor a las artes y destruimos a toda prisa sus mejores monumentos; la obediencia, el respeto son ya en España un crimen; los desacatos, los sacrilegios se santifican, y se vitupera y escarnece la virtud. La probidad castellana ¿en dónde está?.... Todos nos cubrimos con la máscara de la lisonja para llenar de acíbar el corazón de nuestros hermanos, y ni aun la amistad se ha conservado pura entre nosotros.

¡Y aun osamos recordar los nombres de nuestros mayores y en nuestros febriles sueños creemos que somos más civilizados y más libres que ellos y denostamos su memoria, porque no se arrojaron en la senda de la disolución y de la perversidad, como nosotros lo hemos hecho! ¿Por qué cuando invocamos aquel nombre no apreciamos al par los recuerdos que encierra? ¿Por qué para estudiar la literatura apelamos a autores y libros extranjeros, menospreciando los escritores propios y los monumentos de nuestra verdadera gloria? ¿Por qué vamos a buscar la política en la casa ajena, introduciendo en nuestro país principios y costumbres, que repugnan a nuestro carácter? Pues qué, ¿no tenemos intereses propios en España, o vale acaso nuestra nacionalidad tan poco, que es necesario vestirla a la extranjera, para que produzca algo bueno? ¿Será España el único pueblo para quien nada sean las lecciones de la historia, para quien nada aprovechen los recuerdos nacionales, y entonces solo podemos decir que le queda muy corto tiempo de ser nación independiente entre las que pueblan a Europa, porque carece absolutamente de vida? Pero no; España abriga, como pueblo, el instinto de la conservación puro todavía y como nación ha dado inequívocas pruebas de su amor a la independencia que heredó de nuestros abuelos. España es altamente digna de ser libre, porque tiene gloriosos recuerdos de verdadera libertad; y cuando determine serlo tendrá por pauta y norma de sus leyes las leyes que la hicieron aparecer señora de Europa, admitiendo, sin embargo, las modificaciones que los adelantamientos contemporáneos reclaman. Sin disfraces extraños, sin imitar a nadie y guiada solo por sus sentimientos fue nuestra nación temida y poderosa entre los pueblos europeos; cuando se nos ha querido hacer miserables copiadores nada hemos podido producir digno de la posteridad y hemos hallado por premio a nuestros afanes el más amargo desengaño.

Compárese últimamente la España del siglo XIX con la España del siglo XVI. ¡Qué diferencia tan grande entre una y otra! Todas las naciones nos miran con menosprecio y desdén, ninguna cuenta para nada con nosotros, y, ebrios con las ideas descabelladas que han calentado nuestras cabezas, sin desenvolverlas, sin analizarlas, juzgamos que somos felices porque a fuerza de estruendo y algazara, hemos llegado a no entendernos. Vuelvan, pues, la vista hacia nuestro brillante pasado los hombres que parecen dirigir los destinos públicos de esta nación magnánima y mal regida; en él hallarán abundantes lecciones para el presente, porque en él existen los recuerdos nacionales que son el alma de nuestra sociedad, y un pueblo cuyos recuerdos se dan al olvido carece de porvenir, como al principio de este artículo indicamos. Sépase lo que significan esas frases tan repetidas ahora, como mal apropiadas; y conózcase al fin cuán equivocados andamos cuando sin examen alguno escarnecemos cosas tan santas y respetables.

José Amador de los Ríos

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