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Prensa y canon · Biografías

“Literatura. Biografía. Continuación del artículo sobre Lope de Vega”

Autor del texto editado
Sin firma
Título de la obra
Miscelánea de comercio, artes y literatura, n.º 16, 06/12/1819
Autor de la obra
Burgos, Javier de (1778-1849) (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de Repullés, 1819
Paginación
pp. 3-4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Juan Montero Delgado
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 13 marzo 2025

LITERATURA

Biografía

Continuación del artículo sobre Lope de Vega

(véase el número 14)


“No hubo”, dice el doctor Juan Pérez de Montalbán, “legado de su santidad, príncipe de Italia, cardenal de Roma, grande de España, nuncio, embajador, título, gobernador, obispo, ministro, ni hombre de letras que no le buscase y diese su lado y mesa, en reconocimiento presto de tan altas prendas. Las reales majestades católicas, siempre que le encontraban, como a hombre superior a los otros, le miraban con más atención: y nuestro santísimo padre Urbano VIII, ya que no pudo verle por la distancia, quiso comunicarle por la pluma, escribiéndole de su mano una carta muy amorosa y dándole el hábito de San Juan, con el título de doctor en teología. No hay villa, ciudad, provincia, señorío o reino que no haya solicitado su correspondencia; no hay casa de hombre curioso que no tenga su retrato. Enseñábanle en Madrid a los forasteros, como en otras partes un templo o un palacio; íbanse los hombres tras él cuando le topaban en la calle, y le echaban bendiciones las mujeres cuando le veían desde la ventana”. En fin, Lope era el término de comparación de todo lo bueno, y para encarecer una cosa, aunque fuese un manjar, un vestido o un diamante, se decía proverbialmente: “es de Lope.” Estas demostraciones, jamás hechas con poeta alguno, las mereció sobre todo por su asombrosa y singular fecundidad.

Su facilidad era tal, que en dos días hacía una comedia, y aun en uno, según él lo afirma con estas palabras:

y más de ciento en horas veinte y cuatro
pasaron de las musas al teatro.


Montalbán cuenta que, hallándose cerrado el coliseo de la Cruz en Carnestolendas, porque el autor de la compañía, Roque de Figueroa, no tenía comedia que hacer, compusieron entre él y Lope una intitulada La tercera orden de San Francisco, cuya primera jornada hizo nuestro poeta en dos días, y la segunda Montalbán en otros dos. La tercera la repartieron entre ambos, a ocho hojas cada uno; y, habiéndose Montalbán levantado a las dos de la mañana y acabado su parte a las once, salió a buscar a su colaborador, a quien encontró entretenido con un naranjo de su jardín. Preguntado cómo iba de versos, respondió: “a las cinco empecé a escribir; pero ya habrá una hora que acabé la jornada, almorcé un torrezno, escribí una carta de cincuenta tercetos y regué todo este jardín, que no me ha cansado poco”.

Lope de Vega ganó sumas inmensas de dinero con sus obras y con los regalos y pensiones de sus generosos protectores. Montalbán asegura que solo sus comedias, contadas a 500 maravedís cada una, le valieron 220 ducados, lo que supondría que hizo representar 440 piezas profanas; 60 ducados le producían sus autos sacramentales; 1.600 (o acaso 10.000, pues parece difícil que tantas y tan preciadas obras produjesen solo 1600 ducados) fue el producto de sus impresiones; y 7.000 sus dotes de sus dos mujeres, sin contar una pensión de 250 ducados anuales que le dio el rey, una capellanía de Ávila de 150, 40 de una casa que poseía en Madrid, 300 de una prestamera que le dio su amigo el duque de Sessa, 400 que le dio de pensión el mismo duque por muchos años, y otras liberalidades que debió a este mismo magnífico mecenas, que, según confesión de Lope, ascendían en el transcurso de su vida a 24.000 ducados en dinero, suma que, aunque enorme para aquellos tiempos, gastó el ilustre poeta, junto con todo lo demás que ganó, en limosnas, en obras pías y en regalar a sus amigos, en términos que apenas dejó 6.000 ducados.

La opinión general de cuantos han escrito sobre Lope de Vega es que compuso 1.800 comedias y 400 autos sacramentales, lo que, si bien parecerá siempre muy extraordinario, se juzgará, sin embargo, posible al considerar que en 1599, es decir, cuando el poeta contaba apenas 37 años de edad, aseguraba Francisco Pacheco, al publicar La Jerusalén conquistada de este hombre insigne, que llevaba ya compuestas 500; y el mismo Lope, en el prólogo del tomo 22 de su colección de comedias, dado a luz en el año de 1624, afirmaba llegar ya entonces a 1.070. A todas estas composiciones dramáticas dio Lope de Vega una forma gallarda, interesante y nueva, pues, como dice don Nicolás Antonio, “la comedia española, en manos de Lope de Rueda, de Naharro y otros de su calaña, andaba por el suelo, y no hacía más que tartamudear, sin la menor esperanza de mejorarse un poco siquiera, cuando nuestro Lope, que aún no tenía barbas, le dio ser, facciones, fuerzas, la sometió, la condujo, la sostuvo y la elevó, en fin, a la altura a que llegó en su tiempo. En tanto número de piezas, añade el mismo escritor, además de muchos argumentos de pura invención, no dejó uno de la historia griega, romana, bárbara y mucho menos de la de España que no sacase al teatro. Así demostró que en él se puede tratar toda clase de asuntos, por lo que no debe censurársele de que infringiese los preceptos de los antiguos, mezclando la historia con la fábula, lo cómico con lo trágico, lo serio con lo festivo, pues así agradaba al público, único juez de estas composiciones”. Nosotros no aprobaremos absolutamente esta doctrina del ilustre biógrafo, pero sí diremos que, en una época en que un Juan Bautista Marino, en Italia, y un Fray Hortensio Félix Paravicino, en España, sustituían conceptos alambicados en verso y prosa a la sencillez clásica del Petrarca y a la elocuencia majestuosa de fray Luis de Granada, no había que extrañar la corrupción del gusto, ni era posible exigir que lo mejorase un hombre que tanto tenía que hacer para reformar, o por mejor decir, para crear el teatro español, antes desaliñado y grosero.

Este mismo hombre conocía tan bien como el primero lo incoherente de sus planes, lo inverosímil de sus situaciones y lo hinchado y monstruoso de su estilo, y antes de cumplir diez años sabía ya, por su misma confesión, los preceptos del arte; pero si, teniendo necesidad de vivir del producto de sus composiciones, se permitió licencias que el buen gusto reprobaba, en cambio enriqueció el teatro naciente con una prodigiosa multitud de obras en muchas de las cuales se notaba un plan ingenioso y arreglado, un arte singular, un estilo fluido y una versificación armoniosa, sin dejar de ser fluida; pues es menester saber que Lope de Vega, creando el teatro, dio en general al diálogo dramático una cierta soltura y, a veces, un desaliño que causa muy buen efecto en la comedia propiamente dicha. Esta especie de desaliño o negligencia fácil, que acaso no fue consecuencia de un sistema sino de la prisa con que escribía, forma el carácter del estilo de Lope y es el distintivo de su escuela, bien que sea muy probable que el maestro Tirso de Molina, Moreto y algún otro de los que lo siguieron hiciesen después, a fuerza de esmero y atención, lo que había hecho Lope por la costumbre de escribir en cinco horas medio acto de una comedia y una carta de cincuenta terceros. Para acabar este punto, añadiremos que las producciones dramáticas de Lope de Vega, que solas formarían el repertorio de muchos teatros de Europa, presentan una mina inagotable de riquezas cómicas, y esto es, y será siempre, un grandísimo mérito.



Se continuará

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