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Prensa y canon · Textos historiográficos

"Variedades. La historia de España puede presentar al Romanticismo escenas de horror y ternura y aquel maravilloso que lo caracteriza"

Autor del texto editado
J. R. y O.
Título de la obra
El guardia nacional. Eco de la razón, n.º 395, 4/01/1837
Autor de la obra
Ferrer, Luis (dir.)
Edición
Barcelona: Imprenta del Guardia Nacional, 1837
Paginación
pp. 1-2
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Victoria Aranda Arribas
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 12 marzo 2025

[LA HISTORIA DE ESPAÑA PUEDE PRESENTAR AL ROMANTICISMO ESCENAS DE HORROR Y TERNURA Y AQUEL MARAVILLOSO QUE LO CARACTERIZA.]

Concluye el artículo de ayer.


La religión cristiana, tan fecunda en toda especie de bellezas, contribuyó mucho a hacer más poética esta rica porción de la historia. ¿Quién describirá debidamente el arrojo con que volaban a la lid los españoles de aquellas huestes, al fijar la vista en un crucifijo o en una imagen de la Virgen? ¿Cuántas veces el guerrero, cubierto aún de sangre de los enemigos de la fe, corrió a dar gracias por su victoria al Dios de los ejércitos, postrado ante la cruz rústica levantada en la cima de un peñasco? Sin la […] del Hombre de dolores, hubiéranse visto a los héroes alargar al pobre una mano compasiva en medio de las glorias del triunfo: hubieran aparecido quizás Cides y Gonzalos, más estos habrían sido bárbaros e inhumanos, como el feroz Starno, el enemigo de Fingal, y se hubiesen presentado en el combate con el puñal en el cinturón, colgando de este el cráneo que les sirviera de copa para beber la sangre de sus víctimas.

Si las descripciones de los monumentos, como los cuadros de la naturaleza, constituyen como queda dicho el principal adorno de la poesía, la España no cederá en esta parte a las demás naciones. Granada y Córdoba presentan a cada paso monumentos árabes que se hallan reproducidos por toda la Andalucía. Burgos, Valladolid, León, Santiago de Compostela están llenos de edificios góticos, y, saliendo de las ciudades, por todas partes descubre el ojo codicioso del viajero torres y castillos. «Los palacios de Granada –dice Chateaubriand– nos han interesado y sorprendido, aun después de haber visto las mezquitas del Cairo y los templos de Atenas». Fijemos nuestra atención en la Alhambra, pues los límites que nos hemos propuesto o nos permiten extendernos en el inmenso campo que se ha presentado a nuestra consideración. «La Alhambra –continúa el citado escritor– parece ser la morada de los genios. Nadie puede formarse una justa idea de esta arquitectura de encajes, de estos baños, de estas fuentes, de estos jardines interiores, donde los naranjos y los granados salvajes se mezclan con las mismas ruinas. Nada iguala la finura y la variedad de los arabescos de este edificio. Sus muros cargados de estos adornos parecen aquellos tejidos del Oriente que bordaban las esclavas en el tedio del harem. Reina algo de voluptuoso, de religioso y de guerrero en este claustro del amor, donde se ven trazadas aún las aventuras de los abencerrajes: es la morada donde habitan juntos el placer y la crueldad: donde el rey moro hacía rodar con frecuencia por el pilón de mármol, la encantadora cabeza que acababa de besar».

No nos detendremos en indagar las bellezas poéticas de la España moderna. La fantasía gusta demasiado de recorrer las ruinas, de internarse en los palacios de los siglos y pintar las costumbres y los acontecimientos de las edades remotas, para detenerse en describir los hechos que ha presenciado él mismo: la imaginación del poeta prefiere, como el águila de los Alpes, elevarse a regiones desconocidas. La antigüedad, lo mismo que las catacumbas de los mártires, lleva consigo un no sé qué de respetuoso que impone hasta la ignorancia. El más rudo de la plebe correrá ansioso a ver el sepulcro descubierto en las ruinas de un edificio gótico, y hasta los hombres degradados del Egipto miran con cierta veneración los monumentos de los faraones.

No se presuma, sin embargo, que intentemos colocar exclusivamente lo antiguo en el templo de la poesía. Siempre hemos despreciado aquel loco fanatismo que nada encuentra agradable si no cuenta cuatro siglos al menos de existencia, y del mismo modo elogiaríamos al que cantase dignamente la restauración del trono de los godos por Pelayo, la conquista de Toledo por Alonso VI, la de Sevilla por Fernando el Santo, y la inmortal victoria de Juan de Austria, como al que celebrara, como se merece, la memorable batalla de Paria, el asalto de Barcelona por Felipe V, el desgraciado combate de Trafalgar, y la constancia y valor de Palafox y los hijos de Zaragoza. Solo, pues, pretendemos tributar a la antigüedad en general el respeto que se merece y concederle aquella virtud oculta, aquel genio invisible que la preside para atraernos a ella con preferencia a lo nuevo.

Hemos dado, aunque en bosquejo y de paso, el cuadro de la España poética. El autor de Los Natchez ha sabido aprovecharse de las infinitas bellezas en que abunda; el cantor de Numa celebró también las hazañas del incomparable cordobés, y el español ni siquiera se conmueve al oír el nombre de sus padres. Sin embargo, cesará, como lo esperamos, el vergonzoso silencio de la lira española, cuando el viento de la bonanza disipe el humo de los combates, y luzca un sol hermoso sobre nuestro suelo aún más feliz. Semejantes al poeta del Lacio y al cantor de Aquiles, los trovadores españoles inmortalizarán también los valientes y los grandes hombres de la patria, y veremos reproducirse en nuestros romances los fantasmas del trágico inglés, los combates de Osián, las escenas caballerescas de la Edad Media y las guerras civiles de Arlincourt. López Soler había empezado a cultivar con provecho este campo casi virgen, pero tropezó con el sepulcro en el perigeo de su carrera. Conocidas son, empero, sus producciones literarias, y la posteridad sabrá mejor que sus contemporáneos colocarlas en el lugar que se merecen. Entretanto, confiamos, no sin fundamento, que la civilización y el progreso de las luces nos den bien pronto nuevos ingenios que puedan entrar en la augusta asamblea de adalides literarios, cuyos nombres son la admiración de Europa.



J. R. y O.

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