Prensa y canon · Textos historiográficos
"Variedades. La historia de España puede presentar al Romanticismo escenas de horror y ternura y aquel maravilloso que lo caracteriza"
- Autor del texto editado
- J. R. y O.
- Título de la obra
- El guardia nacional. Eco de la razón, n.º 394, 4/01/1837
- Autor de la obra
- Ferrer, Luis (dir.)
- Edición
- Barcelona:
Imprenta del Guardia Nacional,
1837
- Paginación
- pp. 1-2
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Victoria Aranda Arribas
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 12 marzo 2025
[LA HISTORIA DE ESPAÑA PUEDE PRESENTAR AL ROMANTICISMO ESCENAS DE HORROR Y TERNURA Y AQUEL MARAVILLOSO QUE LO CARACTERIZA.]
Continúa el artículo de ayer.
Sin detenernos, pues, en esta época, y pasando a considerar la España por su parte física, pocos países se presentan más dignos de ser celebrados. Lanzada entre dos mares que luchan sin cesar contra sus costas, parece haber salido del seno de los abismos para poner un dique a sus […] y obligarlas a cumplir el mandato que las dispuso el Eterno; no pasaréis de aquí. El bardo del Norte sentiría en la cima de sus montes cubiertos de nieve, las dulces inspiraciones que su vida a su lira en las selvas y rocas de su [patria]; y el cantor de la Estela hubiera interrumpido el silencio de sus amenos valles, para celebrar en ellos al ruido de las cascadas o al armonioso suspirar del arroyuelo, las dulzuras de la […] pastoril y los amores de los zagales. El halagüeño sonrís de su cielo recuerda las delicias de la Arcadia en sus días de felicidad, y sus fértiles llanuras, rivalizando con las de la Italia, presentan a la majestuosa epopeya, aquellas agradables descripciones, aquellos vivos colores y deliciosas pinturas que constituyen su principal adorno.
¿Por qué ha de ir el español a buscar en países extraños los Duguesehlins, los Bayardos y los Varvies? ¿A qué fin recurrir a las proezas inverosímiles de los Amadís, Lancelotes y Grandiferos? Jamás serán bastante celebradas las hazañas del valiente cántabro, del hijo de Córdoba y de su amigo, el intrépido Pulgar 1 . Si las demás naciones se glorían de tener un caballero sin mancilla, y un héroe invencible, la España cuenta entre los suyos un paladín sin miedo y un gran capitán. ¿Qué pueblo vio nacer en su seno un hombre que concibiera la noble idea de guardar en una urna el polvo que se pegase a su ropa en los combates, para ser enterrado en él? 2 Si el primer cónsul de Roma ve caer la cuchilla del lictor sobre el cuello de sus hijos, el defensor de Tarifa arroja la daga a sus enemigos que cometieron la bajeza de creerle capaz de vender, por la vida de su hijo, la ciudad que le estaba confiada. En una palabra: el genio de Osián se cansaría de evocar héroes españoles, antes que estos hubiesen descendido todos de sus palacios aéreos.
Recorramos brevemente nuestra historia en sus diferentes épocas y bajo los distintos pueblos que han dominado sucesivamente nuestro suelo: siempre la hallaremos fecunda en acontecimientos. Los cartagineses traspasan el estrecho, y la España no tarda en convertirse en un teatro de horrores. Aníbal y Escipión la llenan de memorables hechos y dejan inmortalizados en ella sus nombres. La Iberia semejante a la manzana de la fábula, parece arrojada por el destino para promover la discordia entre las dos naciones más poderosas de la tierra; y sus inmensas llanuras son el palenque donde el hijo de Rómulo y el descendiente de Dido se disputan el cetro del universo. Su conservación cuesta a Roma la sangre de sus mejores guerreros; mas también ella da grandes ingenios al Capitolio. Viriato renueva en la Cantabria los combates de los helenos con los persas, y llega a ser el terror del senado. Sagunto se hace inmortal con su firmeza y excede en sufrimientos a la misma Troya. Numancia paga las lágrimas que ha costado a la señora del mundo con un montón de cenizas. Sus llamas anuncian a los sitiadores que ha llegado la hora de apoderarse de ella; a su resplandor se miran unos a otros los vencedores de los pueblos, y se pinta la admiración y el horror en sus fieros semblantes. ¡Ah! Desaparecieron aquellos hombres y sus hazañas, como las olas furiosas que sumergen los navíos: nada dejaron sino la memoria de su existencia; el viento borró sus pisadas, y el polvo empapó la sangre que derramaron. Sin embargo, la industria se encargó de eternizarlos, y de recordar a las generaciones lo que fueron. ¿Cuántas veces un antiguo acueducto, un derruido puente, un arco de triunfo medio arruinado habrán detenido al viajero para infundirle fúnebres recuerdos? ¿Cuántas veces una inscripción casi borrada habrá llamado la atención del paladín que iba a sostener en el torneo que su dama era la más hermosa, haciéndole humedecer las barras de su visera con una lágrima de tristeza? «¡Ay de mí!» se dijera: perecieron los hijos de la victoria de aquellos tiempos; nada ha quedado de ellos, sino su nombre grabado en el mármol; y la guadaña del viejo de los siglos también destruye el mármol. Yo mismo bajaré al sepulcro; mi armadura quedará entre los hombres, ¿y quién se acordará de su dueño y de mi adorada Leonor, si las hazañas no eternizan mi nombre; si la virtud no ilustra mis días?...
Los cartagineses y los romanos fueron para la España lo mismo que dos ríos que, encontrándose por primera vez, se disputan la posesión de un país: síguense las inundaciones a esta lucha obstinada, pero cuando el uno ha cedido reina la fertilidad donde se entronizaran antes los horrores. Los africanos despertaron a la Iberia de su adormecimiento, la hicieron dar el primer paso hacia la civilización y, levantando ciudades y monumentos en todas partes, dejaron un testimonio de su permanencia en ella. El imperio de los hijos del Tíber fue más largo; los sucesos presentan mayor interés, pues la España era ya guerrera, y los rivales de Cartago tuvieron que conquistar palmo a palmo el Elíseo de los griegos. Con los procónsules y gobernadores pasaron a nuestra patria los dioses, los ritos y las costumbres romanas. No obstante, cayeron en breve los ídolos de los altares, cesaron de mugir los bueyes y de balar los corderos ante el hacha de del sacrificador; no ardieron los fuegos sagrados, las danzas, las orgías y los fuegos fúnebres quedaron olvidados: la España dejó de ser profana para ser cristiana. ¿Quién obró esta mudanza? Los enviados del Mesías. Encendiéronse entonces las hogueras, aguzáronse los garfios, forjáronse cadenas para los discípulos de Jesucristo: corrió su sangre, es verdad; pero triunfaron. Si algún poeta español se siente inspirado, como el cantor de los mártires, por el genio del cristianismo, celebre los atletas de la fe, que enarbolaron a costa de sus vidas el estandarte de la redención.
Entretanto los hijos del Norte no cabían en las selvas de su patria, y empuñando sus armas salvajes se precipitan hacia los bellos climas del mediodía como un torrente impetuoso. La desolación sigue sus pasos, y nacen de sus huellas el llanto y el luto. Nada presenta la época de los Atilas, sino estragos y horrores; pero felizmente no duró mucho tiempo. Suavizáronse sus costumbres, bárbaras como el suelo que les vio nacer, salieron de su seno reyes más humanos, aunque guerreros, y podemos decir que prepararon la edad de nuestra historia poética por excelencia. Tal fue la ruina de la monarquía goda, la dominación de los árabes y las guerras de los descendientes de Pelayo.
La imaginación del romántico se extravía en las brillantes o terribles escenas que a cada paso se le ofrecen, «al llegar al tiempo en que –como dice La Harpe– el poder español daba el tono a la Europa, haciéndola adoptar sus trajes, sus fiestas y sus torneo». Todo lo que posee de más admirable y heroico la caballería, de más ideal la poesía del Oriente y de más ridículo la mitología del Norte, aparece en aquellos siglos en que el Evangelio y el Alcorán se partían el dominio de la España. El paladín que emprende las más altas hazañas para hacerse digno de la que adquiera; aquellos castillos desiertos y jardines encantados que crearán la imaginación de los árabes, aquellas hadas, magos y visiones que amedrantarán en la Edad Media los pueblos de Escocia, Irlanda y las provincias más septentrionales de las Galias, todo, sin ningún esfuerzo, puede ser español. ¿Qué más falta, pues, a todos los admiradores de Shakespeare y Byron? El grito de Santiago cierra España entusiasmaba los ejércitos cristianos, como el de Montjoye y Saint-Denis a los bravos de la Francia, o como una mirada de sus damas a los que enristraban lanza en las justas. El soldado que de día había despreciado cien veces la muerte en el campo de batalla temblaba por la noche cerca el hogar de un gótico edificio, a las relaciones de alguna aparición o de cualquier ruido oculto, como los rebeldes de Arlincourt al oír pronunciar el nombre del Monje blanco.
(Se continuará)