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Prensa y canon · Textos historiográficos

"Variedades. La historia de España puede presentar al Romanticismo escenas de horror y ternura y aquel maravilloso que lo caracteriza"

Autor del texto editado
J. R. y O.
Título de la obra
El guardia nacional. Eco de la razón, n.º 393, 3/10/1837
Autor de la obra
Ferrer, Luis (dir.)
Edición
Barcelona: Imprenta del Guardia Nacional, 1837
Paginación
p. 1
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Victoria Aranda Arribas
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 12 marzo 2025

LA HISTORIA DE ESPAÑA PUEDE PRESENTAR AL ROMANTICISMO ESCENAS DE HORROR Y TERNURA Y AQUEL MARAVILLOSO QUE LO CARACTERIZA

Remitido.


Cuando las agitaciones políticas dejan lugar apenas a la polémica literaria, y la caja de guerra llama cada día nuevos hijos de la patria a la victoria o a la muerte; cuando podríamos aplicar a la España lo que el inmortal Shakespeare decía en su Macbeth de la Escocia –«nadie sonríe en ella sino el niño que ignora sus desgracias»–; cuando suena la campana de la muerte, apenas hay quién pregunte por quién. Parecerá tal vez extraño, cuando no ridículo, el ocuparnos en examinar si nuestra patria reúne en su seno y en su historia todo lo que puede exaltar la imaginación del poeta, y dar al género romántico aquellas escenas ya tiernas, ya terribles que arrebatan la admiración, dejando al lector en un delicioso éxtasis, para arrancarle después una lágrima de compasión o de dolor, según la diversidad de los cuadros con que adorna sus bellos edificios. Sin embargo, ha de llegar el día en que se canse nuestro suelo de tragar los cadáveres de sus hijos, y en que se disipe el humo de los combates para renacer en su horizonte el iris de paz. La nueva escuela hace en España, a pesar de los disturbios civiles, iguales progresos a los que ha hecho en otras partes, y osamos predecir que, cediendo la guerra el campo a la literatura, llegará nuestra patria a ser por excelencia romántica. Permítasenos, pues, el que nos anticipemos, y que, desprendiéndonos por algunos momentos de un suelo cubierto de huesos y regado de sangre, nos traslademos a los días felices que amanecerán para tratar el objeto que nos ocupa.

«La España –dice M. de Laborde– es uno de los países que más variedad encierra en sus monumentos, y mayor interés en su historia. Rica en dones de la naturaleza, la industria de muchas ciudades y el genio de varios pueblos han contribuido a embellecerla. La majestad de los templos romanos, forma en algunas de sus ciudades un contraste singular con la delicadeza de los monumentos árabes y la arquitectura gótica con la hermosa sencillez de los edificios modernos». Podemos añadir que es la Península la heredera de los adornos de las naciones más civilizadas y de sus edades más cultas.

En general, la España nos ofrece por sí sola todo lo que los demás pueblos tienen de más poético y grande. Si el fiero árabe del desierto ha fijado su solitaria cabaña en las orillas del Nilo, sin hacer el menor caso de esta divinidad de los antiguos egipcios, también el zagal de la Iberia ha levantado su pajiza choza en las riberas del Tajo, donde pereció para siempre la monarquía goda, sin acordarse siquiera de este deplorable suceso. Si el tártaro cazador habita la ciudadela de Atenas, llena de los primeros del cincel de Fidias, el hijo de Agar descansó más de una vez entre las negruzcas columnas de la que fue Numancia. Si los despeñaderos de las Termópilas dieron sepultura a los soldados de Jerjes y a los héroes de Lacedemonia, también lució en los montes de Navarra el acero de la independencia y se llenaron sus precipicios de los defensores del islamismo y de los valientes de Pelayo. Aun más: si al pie de los muros de Jerusalén pelean los caballeros del sepulcro contra los secuaces del Alcorán, los de Calatrava hondean el pendón de la cruz delante de las medias lunas de Mahoma.

No hablaremos de aquellos primeros tiempos en que la Bética era el olimpo de los inmortales, el teatro de las hazañas de los héroes y semidioses, y el Elíseo de los griegos. Homero la celebró ya, y Fenelón la ha hermoseado. Envueltas por otra parte las noticias que de ella tenemos en los errores de la mitología y confundidas con las ruinas de los siglos, no presentaría la ilusiones poéticas que exigen los admiradores de Byron y Walter Scott, y les obligara a ser idólatras en medio del cristianismo, como los vencedores de los persas y los hombres del Capitolio.



(Se continuará)

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