Volver a los resultados

Prensa y canon

"Del idilio y de la égloga"

Autor del texto editado
Quintana, Manuel José (1772-1857)
Título de la obra
Variedades de Ciencias, literatura y artes t. 2, n.º 14, 1805
Autor de la obra
Quintana, Manuel José (1772-1857) (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de Don Benito García y Compañía, 1805
Paginación
pp. 99-112
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de HathiTrust Digital Library. (texto completo)
Información técnica
Editor: Fátima Rueda Giráldez
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
Este documento sigue los criterios y lenguaje cifrado de TEI http://www.tei-c.org/About/website.xml
Sevilla, 11 marzo 2025

Del idilio y de la égloga


El autor de los dos estimables idilios insertos en el número X de este periódico nos convidaba en su carta de remisión a que tratásemos de esta clase de poesía poco bien desempeñada por nuestros poetas y confundida frecuentemente en ellos con la égloga y la oda, géneros harto diferentes 1 . Pero el idilio, que en nuestro dictamen pertenece a la poesía pastoral, no necesita de un tratado en forma para que se conozcan su carácter, sus formas y su objeto. Fontenelle, Lamothe, Blair, Marmontel y otros han apurado cuanto puede decirse en la materia, y nosotros apenas haríamos más que repetir lo que estos críticos ingeniosos ya han dicho. Por otra parte, estamos bien persuadidos de que la lectura de un idilio de Teócrito o de una égloga de Virgilio enseña más al que tiene verdadero talento que diez tratados didácticos, por buenos que sean.

En el mismo número anunciamos que no pensábamos como nuestro corresponsal acerca de la diferencia tan determinada que suponía entre la égloga y el idilio, y creemos de obligación nuestra manifestar, aunque brevemente, las razones de esta opinión, diversa también de la de algunos críticos respetables.

La égloga, se dice, quiere más movimiento, más acción; el idilio gusta más de imágenes y de afectos; en aquella se pinta a los pastores cantando la dulzura de su vida y comparándola con las agitaciones y cuidados de la vida civil, mientras que en este se supone que la comparación se hace por los ciudadanos mismos, y por consiguiente puede admitir más elevación y más fuerza.

Marmontel 2 supone que cada género de poesía tiene su hipótesis distinta y que en esto consiste la diversidad de unos y otros. Partiendo de este principio, asigna al idilio por hipótesis un estado de felicidad el más ideal posible; a la égloga, una condición algo más cercana a la realidad, dejando el estado en que realmente se hallan los hombres del campo por objeto de la poesía que él llama villageoisse, y que quizá corresponde a villanesca.

Pero, ¿estas distinciones no tienen más de ingeniosas y sutiles que de verdaderas? Si preguntamos a los grecistas por la significación primitiva de las dos voces, nos responden que idilio equivale a «pequeño poema descriptivo» y égloga a «elección, cosa escogida, selecta». Los nombres, pues, no se oponen entre sí, y según su origen una composición misma puede a un tiempo ser égloga y ser idilio.

Pasemos de los nombres a las cosas. Teócrito llamó idilios a sus composiciones pastorales, y Virgilio dio el título de églogas a las suyas. ¿Hay alguna diferencia real y esencial entre unas y otras? Ninguna. Virgilio, que casi siempre toma de Teócrito los asuntos, la disposición y los colores, no pudo sospechar jamás que la diversidad de nombre adoptado por él hubiese de establecer división en un género que de suyo no la admitía. Pero, de ordinario, los discursos, reflexiones y definiciones de los críticos suelen ir más lejos y refinar más las cosas que el talento y las ideas de los escritores, y hasta ahora es muy dudoso que las artes hayan ganado en ello.

Si unos mismos asuntos, dispuestos del mismo modo y tratados casi con el mismo estilo, son idilios en Teócrito y églogas en Virgilio, ¿en qué viene a parar aquella clasificación metafísica de acción, movimientos, descripciones, afectos asignados respectivamente, como dotes características de uno y otro género? En la égloga, se añade, hacen papel solamente los pastores; en el idilio son los ciudadanos los que, a la vista de los objetos campestres, consideran las inquietudes de su condición. Pero esto, a lo más, significa que los idilios de madama Deshoulières no se parecen a las églogas de Virgilio, como no se parecen tampoco a los de Teócrito, ni a los que últimamente han escrito los alemanes. Así, la distinción puesta por ciertos literatos en las cosas solo consiste en las palabras: Boileau, que sabía por lo menos tanto como ellos, al dar en su Arte poética las reglas del idilio, las supone aplicables naturalmente a la égloga, y no distingue una cosa de otra.

El principio de la diversidad de hipótesis sentado por Marmontel es verdadero y luminoso, pero la aplicación no nos parece igualmente acertada. Distínganse en buen hora el género villanesco y el bucólico; pero, a fin de hacer a este último agradable y poético, siempre se han considerado los pastores en un estado de felicidad inmensamente lejano del que en la realidad disfrutan, sin que en esta parte varíen sensiblemente las églogas de los idilios. Que nos diga Marmontel en cuál de los clásicos bucólicos está observada esta gradación de estado y de costumbres, constitutiva de la diferencia que establece entre aquellas composiciones. Él la indica en el Teócrito alemán; pero no debió reconocerla aquel gran poeta, puesto que a todas sus composiciones de esta clase dio un mismo título indistintamente.

Si, recorriendo las composiciones que los buenos poetas nos han dejado, ya con un nombre, ya con otro, quisiésemos determinar alguna diferencia entre ellas, diríamos tal vez que la égloga no puede dejar de ser bucólica, mientras que el idilio puede separarse algún tanto de este carácter. Los de Bión y Mosco no son propiamente poesías pastorales 3 , y los de Madama Deshoulières, sin embargo de su gracia y de su belleza, más bien pertenecen al género elegíaco que al bucólico. La licencia en esta parte ha llegado a punto tal que, entre nosotros, don Ignacio de Luzán intituló idilio a su agradable cuento de los amores de Leandro y Hero, que nada tiene de pastoril, y Rebolledo, su relación de la vida y muerte de Jesucristo, que tiene todavía menos. Pero es probable que ni uno ni otro poeta sean imitados en ello, y nosotros concluimos adoptando el dictamen del que dice que el idilio y la égloga se distinguen muy poco entre sí y que los poetas los confunden con frecuencia. Esto siquiera es más conforme a los hechos.

Es fuerza confesar que, a pesar de las eminentes dotes que distinguen a Teócrito, todavía hay en sus poesías muchas muestras del descuido y grosería consiguiente a un género que entonces empezaba ; pero a lo menos se salvó de un defecto introducido después, que es la mezcla de los intereses y miserias sociales con el candor, la paz y la inocencia de los campos. Es lástima que este vicio tenga su principio en el poeta más perfecto de la antigüedad, en Virgilio. ¡ En quo discordia, cives ! hace decir a Melibeo en su primera égloga: y esta lección, que debe seguramente darse sin cesar a los hombres porque a cada paso se olvidan de ella, es impropia de un pastor, a quien por su estado se le supone ignorante de las consecuencias que llevan consigo las discordias civiles. La misma y aun mayor censura merecen las alabanzas sacrílegas que allí mismo da al usurpador, ennoblecido después por la adulación con el sobrenombre de Augusto. Si Virgilio quería mostrarle su agradecimiento porque mandó que se le restituyese su hacienda, lo cual era un acto de justicia y lo de generosidad, hubiéralo hecho en otra clase de composición, y no se valiera para ello del buen Títiro, quien a veces se olvida de que es pastor para mostrarse poeta agradecido o temeroso con el incensario en la mano. El autor de este artículo respeta a Virgilio como el primero de los poetas, pero respeta todavía más a la verdad y a la decencia extrañamente violadas al apellidar Dios al asesino de Cicerón, a tiempo que su sangre y la de los demás proscriptos estaba fresca todavía.

De aquí han procedido tantas églogas que son frías alegorías de sucesos de ciudad, más bien que pintura de las costumbres campestres; en que los poetas, en vez de revestirse del carácter y condición pastoral, han dado a los pastores el suyo propio, y han cantado así sus pesares, sus desgracias, sus persecuciones, su ambición y sus intrigas. De aquí tantas dedicatorias impertinentes , en las cuales para cantar las selvas y los amores pastoriles se implora el favor de algún poderoso, cuyas hazañas, linaje y virtudes se celebran allí o se prometen celebrar en adelante. ¡ extraña introducción, por cierto, para lo que ha de venir después! El poeta aspira a halagar mi imaginación trasladándola a un mundo ideal habitado solamente por el candor, la paz y la amable independencia, y empieza mostrándome su hambre o su vileza en su triste dedicatoria: como si no bastara haber profanado la poesía épica, lírica y didáctica con tantas adulaciones insufribles, sin que también se contaminase con ellas este otro género donde son todavía más repugnantes.

Se suele preguntar hasta qué punto puede llevarse el calor del afecto en el poema pastoral, y los maestros se dividen en sus decisiones. Los unos quieren que este calor sea moderado, y solo el que baste para producir aquella dulce conmoción análoga al resto de las condiciones de este género, mientras que otros permiten al poeta pintar al amor con toda su vivacidad, con todo el ardor de sus deseos y hasta con su misma desesperación. Nosotros antes de adoptar partido ninguno veremos lo que han hecho los grandes escritores en obras reconocidas por clásicas, y su proceder nos enseñará el dictamen que debemos seguir.

Teócrito, por ejemplo, nos presenta en su primer idilio una situación que está muy distante de la moderación de afectos que mandan observar algunos. Dafnis, ganadero en Sicilia, inventor de la poesía bucólica y enriquecido con todos los dones de la naturaleza y la fortuna 4 fue inconstante en sus primeros amores. La ninfa abandonada pidió venganza al cielo: el cielo, apiadado, se la dio, y el desdichado Dafnis, desdeñado, abandonado, probó a su vez los males que había hecho sufrir y, no bastando su constancia a resistirlos, rindió la vida al rigor de la tristeza. Los poetas bucólicos antiguos celebraron a porfía sus gracias, su gloria y sus talentos. Teócrito pinta en su primer idilio sus últimos instantes, y es preciso confesar que el cuadro que presenta es verdaderamente magnífico . Rugen de dolor las fieras en las selvas, y a los pies del moribundo, tomando parte en su angustia, se postran las vacas y los toros de su numeroso rebaño. Las ninfas, los dioses silvestres bajan a consolarle: Venus viene también y le dice: «¿No eras tú el que te gloriabas de ser más fuerte que el amor? Pues amor, más poderoso que tú, te ha rendido». El infeliz, insensible al consuelo, insensible a la reconvención, se despide lamentablemente de aquellos bosques, de aquellas fuentes, testigos de su gloria y sus amores, y, legando su célebre flauta al dios Pan, se entrega a su destino y expira. Venus, compasiva, quiere que vuelva a vivir; mas las Parcas no lo consienten, y las ondas del Aqueronte se llevan a aquel mortal querido de las Musas e idolatrado de las Ninfas.

En otro idilio pinta todavía más patéticamente la desesperación de un pastor que, desdeñado y triste, se da la muerte a sí mismo, y la terrible venganza que el amor hace de aquel desastre para escarmiento de los ingratos.

Virgilio, que, como todos saben, imita siempre o traduce a Teócrito, se ha servido de los rasgos más fuertes y vehementes del poeta griego, y ha dado vida con ellos a varias de sus églogas, principalmente la segunda y la última. En esta, aunque no tan superiormente, reproduce el cuadro de la agonía de Dafnis, aplicándolo a los amores de Galo, su amigo:

Tristis at ille: tamen cantabitis, Arcades, inquit
Montibus haec vestris, soli cantare parati
Arcades. O mihi tum quam molliter ossa quiescant,
Vestra meos olim si fistula dicat amores!
...
Iam mihi per rupes videor lucosque sonantes [5
Ire libet Partho torquere cydonia cornu
Spicula, tanquam haec sint nostri medicina furoris,
Aut Deus ille malis hominum mitescere discat.


Parece, al leer estos cuatro versos, que se ve el delirio de Fedra en Eurípides, cuando, fuera de sí, desea emboscarse en las selvas, vibrar el dardo y perseguir los ciervos, como si así pudiese escapar de la pasión funesta que la consume.

Garcilaso, que, siguiendo las huellas de Virgilio, hizo el primero hablar a las Musas castellanas el lenguaje bucólico con gracia y con dulzura, tampoco se olvidó de presentar esta situación desesperada y lamentable.

Vinieron los pastores de ganados:
vinieron de los sotos los vaqueros
para ser de mi mal de mí informados.

Y todos con los gestos lastimeros
me preguntaban cuáles habían sido [5]
los accidentes de mi mal primeros.

A los cuales en tierra yo tendido
ninguna otra respuesta dar sabía,
sino de rato en rato les decía:

«Vosotros, los de Tajo, en su ribera, [10]
cantaréis la mi muerte cada día.

Este descanso llevaré aunque muera,
que cada día cantaréis mi muerte,
vosotros, los de Tajo, en su ribera».


Estos ejemplos bastan, en nuestro sentir, para persuadir de que el calor puede llevarse en la égloga hasta el extremo. Los pasajes citados son los que se leen con más gusto en estos poetas; y, por consiguiente, el que los imite no pecará contra las reglas de la poesía pastoral, con tal de que se valga, para producir estas situaciones y este efecto patético, de medios y resortes análogos a la sencillez y a las costumbres propias del género que trata.

Y, puesto que hemos citado a Garcilaso, no será inútil advertir aquí que, si este poeta hubiese afectado menos la imitación de los antiguos en la expresión y los hubiera seguido más en la unidad y disposición de los asuntos, sus églogas quizá serian modelos en todas sus partes como lo son en algunas. ¡Qué delicadeza, qué calor no tiene a veces, y qué gracia y dulzura en otras! Después de él, si algún autor nuestro ha acertado en aquellos tiempos con el tono verdaderamente bucólico, es Francisco de la Torre, y más bien en los dos primeros libros de sus poesías que en las églogas a que dio el título de Bucólica del Tajo. En él, en Garcilaso y en algunas composiciones de nuestros romancero, es donde se pueden buscar con fruto formas, giros y expresiones para tratar la poesía pastoral en castellano. Desde ellos es preciso dar un gran salto hasta Meléndez, que en una gran parte de sus poesías ha dado ejemplares exquisitos en este ramo, y cuyo Batilo es tal vez la égloga mejor que puede la Europa moderna oponer a la antigüedad.

Habían tachado muchos al poema bucólico de insipidez y monotonía, y decían que, habiendo tanta uniformidad en las costumbres que describe, siendo tan pocas las escenas que puede retratar, y no pudiendo los poetas hacer otra cosa que imitar las situaciones y rasgos inventados por Teócrito y Virgilio, al fin acabaría por desacreditarse. Estas razones eran, al parecer, plausibles; pero la mayoría de los críticos son una especie de gentes que inventan poco, deciden frecuentemente por lo que hallan hecho y no cuentan casi nunca con el poder y recursos del ingenio. Blair solo fue el que se atrevió a sospechar que la monotonía imputada a la poesía pastoral podía ser defecto más bien de los escritores que del género mismo 5 . Y así fue: un poeta suizo vino a confirmar las sospechas del crítico inglés y a confundir la decisión de los demás, y tres volúmenes de poesías pastorales, leídos deliciosamente en toda Europa, manifestaron que nada se niega a los esfuerzos del genio y que la égloga podía rejuvenecerse y tomar nueva vida.

¿Cuál fue su secreto? Es preciso, para entenderle, ir a buscarle en sus obras mismas y contemplar en ellas la rara fecundidad que ha sabido idear una muchedumbre tan varia de escenas campestres, el gusto delicado y conocimiento profundo con que, separando de la pintura del corazón humano todos los sentimientos venenosos y dando lugar solamente a los dulces y pacíficos, ha puesto en movimiento y en acción todos los afectos de familia: los de padres a hijos, de hijos a padres, de hermano a hermano, de amigo a amigo. ¡Cuánta gracia y realce ha puesto en el respeto debido a la ancianidad, en la veneración a los sepulcros donde reposan los mayores! Por último, en el amor mismo, eterno objeto de los poetas campestres, manejado por él y presentado con todos los atractivos del pudor y con todas las gracias de la inocencia.

Bien sabemos que esta clase de poesía, aun en la perfección que va expuesta, no agrada igualmente en todas las edades de la vida. Hay una época en ella en que el corazón, ajeno de toda malicia y sensible a lo bello y virtuoso, abraza con ansia estas ilusiones lisonjeras y se traslada fácilmente en idea a un país de candor y de delicias. Entonces es cuando la poesía pastoral halla una gran cabida en el espíritu aún inocente de sus lectores. Pero cuando los años y la experiencia corren el velo al engaño, y se ve a la doblez, la calumnia, las sospechas y los cuidados llenar de abrojos la senda de la vida, y ser los hombres alternativamente verdugos unos de otros, ya en tal caso el mundo bucólico, tan distante, tan imposible de conciliarse con el mundo real, excita indignación o mueve a risa, siendo preciso abandonar a Teócrito y Virgilio por Séneca, Tácito y Juvenal.



M. J. Q.

Volver a los resultados