Prensa y canon · Textos historiográficos
“Ensayo histórico-filosófico sobre el teatro antiguo español (continuación)”
- Autor del texto editado
- Morón, Fermín Gonzalo
- Título de la obra
- Revista de España y del estranjero, t. VI, artículo 21, 15 de noviembre de 1842
- Autor de la obra
- Morón, Fermín Gonzalo (dir.)
- Edición
- Imprenta del Archivo Militar,
1842
- Paginación
- pp. 183-192
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Biblioteca Digital de Prensa Histórica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
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Córdoba, 12 noviembre 2025
ENSAYO HISTORICO-FILOSOFICO SOBRE EL ANTIGUO TEATRO ESPAÑOL
(continuación)
«Avino así que vinieron al rey don Alfonso todos los homes de la tierra, e dijeronle: “Señor, en fuerte hora vimos nos la prisión del conde don Sancho, ca toda vuestra tierra se pierde por ende; tanto es el mal que Bernaldo y face de cada día; e si la vuestra merced fuese, teníamos por bien que sacásedes de la prisión al conde don Sandias e que le diésedes a su fijo Bernaldo”. E el rey, cuando aquello oyó, como quien hobiese ende pesar, díjoles que lo faría: “E, pues así es, e todos lo tenedes por bien, vayan a Bernaldo el conde don Arias Godos e el conde don Tibalste, e díganle de mi parte que me dé el castiello del Carpio”. E los condes fueron luego a Bernaldo, e dijéronle: “El rey vos envía a decir por nos que, si le quisiéredes dar el castiello del Carpio, que vos dará a vuestro padre”. E Bernaldo, cuando aquesto oyó, plogol de corazón, e fuese luego para el rey. E el rey don Alfonso, cuandol vio, díjol: “Bernaldo, quiero que hayamos de aquí adelante paz entre nos y vos”. E Bernaldo le dijo: “Señor, más gana en las guerras todo caballero pobre que en las paces”. E el rey le dijo: “Bernaldo, si vos quisiéredes que hayamos entre mí e vos paz, e queredes que vos dé a vuestro padre, entregadme aquel castiello del Carpio”. E Bernaldo le dijo que le pracíe, e envió luego dos caballeros de los suyos que entregasen el castiello a quien el rey mandase» (45). Cuenta después la crónica del modo más patético y dramático el haberse traído muerto al conde de Saldaña por los caballeros, la profunda tristeza de su hijo, el mandato del rey de salir de sus estados y marchar a Francia, y las proezas de Bernardo del Carpio en este país, refiriéndose a los cantares de los juglares. Se ve por los anteriores pasajes que Bernardo del Carpio es ya en la crónica de Alfonso el Sabio uno de esos brillantes y esclarecidos paladines de los libros de caballería, que, cautivando por sus hazañas la admiración de todos, disponían a su voluntad de reinos, bellezas y coronas. Notable es, para conocer el espíritu caballeresco de la época, la singular afición que la crónica muestra hacia Bernardo del Carpio, presentándole honrado, leal, amado de todos los caballeros de su tiempo y superior por su valor personal al mismo rey de Castilla. Sus hazañas cantábanse por los juglares, y ellas se representaron después con aplauso en el teatro español.
Otro de los esclarecidos héroes de España y presentado bajo el colorido más brillante y romancesco es el célebre conde Fernán González, que ganó, según la crónica, la independencia del condado de Castilla. Después de contar sus grandes cualidades y sus guerras con el rey de Navarra y el conde de Tolosa, a quienes mató en acción, refiere el siguiente acto caballeresco de Fernán González: «E, después que el conde Ferrán González hobo arrancado el campo, descendió de su caballo e desarmó al conde de Tolosa con su mano, e de sí fízol llevar a vestir de un xamete muy rico que ganara cuando venció al moro Almanzor, e mandó facer un ataúd, e cubriol de un paño de oro; e metió dentro el cuerpo del conde, e fizo pregar el ataúd con cravos de prata, e soltó todos los caballeros que teníe presos del conde de Tolosa, e dioles haber para la despensa, e fízoles jurar que non se partiesen de aquel señor fasta que lo hobiesen llevado a su tierra» (55 v.). El conde Fernán González había vencido y muerto en batalla al esforzado conde de Tolosa, pero se trataba de ser generoso y caballero después de la victoria; y entonces no se contenta con desarmarle por sí, con vestirle ricamente y prepararle un magnifico ataúd; sí que suelta a sus caballeros y les hace jurar que no abandonarán a su señor hasta dejarlo en su país. El romanticismo en los sentimientos no puede ir más lejos. La crónica refiere después que la reina doña Teresa, madre del rey don Sancho, enemistado con el conde Fernán González, prometió a este en casamiento la hija del rey de Navarra, a fin de que fiase en el último y pudiese ser preso, como en realidad sucedió. Mas, habiendo pasado por Castilla un conde lombardo, oyó las señaladas proezas de Fernán González, se entusiasmó por él y empeñó en libertarle. Partió al efecto al castillo donde se encontraba, habló con él, y se dirigió lleno de confianza a la infanta de Navarra, diciéndola que era deshonor suyo que tan buen caballero como el conde padeciese por su causa. La imaginación de la infanta se arrebató y enterneció al oír al lombardo, y envió al castillo una doncella; enterada de los padecimientos del conde de Castilla, pasó a la prisión, de la cual, después de jurarse los dos eterno amor, le sacó la infanta, disponiéndolo todo para la fuga, en la cual ocurrió la siguiente notable y romántica aventura. «Salieron del castiello luego, e dejaron el camino francés, e metiéronse por un gran monte de la montaña que iba a la parte siniestra. E por quel conde Fernán González non podíe andar por los fierros que llevaba mui grandes, hóbolo la infanta a llevar una gran pieza a cuestas. E andovieron así toda la noche fasta otro día bien claro, que se metieron en un monte muy espeso que y estaba cerca, porque los non viesen nin los conociese ninguno. E ellos, estando así ascondidos en aquel monte, hobieron de verse una hora en muy grande cuita, ca un arcipreste del castiello, home malo e avol, fue a cazar, e andando por aquel monte cayeron en rastro los podencos a do estaba el conde y la infanta, do estaban ascondidos. E cuando los vido, plogol mucho con ellos, e díjoles: “Donos traidores, non vos poderes ir nin escapar de mano del rey don García, que el vos dará malas muertes a dos, e, si cuidades foír, non lo creades”. E el conde Ferrán González le dijo: “Ruego vos, amigo, que nos tengades poridad, e prometo vos, si los facedes, que yo vos dé en Castiella una ciudad de las mejores que yo hobiere, que siempre la hayades por heredad”. E el arcipreste, como era home malo e sin mesura, dijol: “Conde, si vos queredes que esto sea en poridad, dejadme comprir mi voluntad con la infanta”. E cuando el conde le oyó decir tan desaguisada cosa e tan mala, pesol mucho de corazón, bien así como si le diese una gran lanzada en el corazón, e díjol quel demandaba cosa muy sin razón, que quería gran soldada por tan poco trabajo. E la infanta, como era mujer entendida e de gran seso, dijo al arcipreste como en arte: “Amigo, todo lo que vos quisiéredes, todo lo quiero yo facer, ca por esto non nos querremos morir nin perder el condado, ca mucho más vale que partamos el pecado entre nos todos tres; mas agora ha menester que nos apartemos amos a un logar donde el conde non nos pueda ver, ca haberíe por ende gran pesar; e vos desnudarvos hedes de los paños, e dadlos al conde, e guardarlos ha tan de mientra”. E cuando aquesto oyó el arcipreste tóvose por bien pagado, porque cuidó que todo su preito era bien parado: mas el pracer tornose en al, e, cuidando confondir a otri, quedó confondido como home malo e deshonrado. E de sí apartáronse amos cuanto un poco, e el arcipreste, cuidando luego comprir su voluntad, trabó de ella e quísola abrazar, mas la infanta doña Sancha, como era buena dueña, trabó de él muy atrevidamente e diol una tirada contra sí diciendo: “Don traidor, bien cuido yo agora vengarme de vos”. E ella teniéndol asi, llegó el conde con un cochillo en la mano, e matol allí, e tomáronle la mula e el azor, é los podencos, é toviéronlos alli fasta la noche, é de si cabalgaron en la mula, é llevaron el azor e los podencos, e fuéronse su via» (63). Mientras tan singulares y poéticas aventuras sucedían al conde de Castilla y a la esforzada infanta de Navarra, los honrados castellanos, llenos de amargura por la prisión del primero, discutían los medios de libertarle. Nuño Sandias y Nuño Laínez dirigieron el siguiente discurso a los 300 caballeros reunidos al efecto: «Amigos, yo vos lo diré pues que es así: nos fagamos una imagen de piedra a semejanza del conde, e, así fecha, fagamos todos jurar sobre aquella imagen la guardar todos; e besémosle la mano así como si fuese ella el conde Ferrán González, e pongámosla en somo de un carro, e llevémosla entre nos; e fagámosle pleito homenaje por amor del conde, que el que a Castiella tornare sin ella, seya traidor, e non foír fasta que ella misma fuya, e vayamos con esta imagen a buscar al conde, e el que tornase sin él que finque por traidor; e pongámosle a la imagen la seña de Castiella en la mano, ca yo vos digo que, si el conde era fuerte señor, mucho más lo será este que nos así llevaremos» (64). Los castellanos aprobaron el pensamiento, hicieron la estatua y se encaminaron a buscar con ella al conde Fernán González. Continuando la crónica las romancescas aventuras de este, cuenta que el rey don Sancho convocó a cortes al conde de Castilla y le prendió por haberse alzado con el condado. Al saber su prisión, 500 caballeros salieron de Castilla con la infanta para libertar al conde. Los primeros se emboscaron en un monte, y la segunda en hábito de peregrina para Santiago se presentó al rey su primo y le pidió permiso de ver a su marido. El rey se lo concedió, mandó quitar las cadenas y preparar un lecho en que durmiesen ambos: al día siguiente la infanta engañó al portero de la prisión, y el conde disfrazado con los vestidos de romera, que su mujer le había puesto, escapó en un caballo dispuesto al efecto. Don Sancho, al saber su fuga, reprendió el hecho a la infanta, quien contestó que era su deber hacerlo así, y que no se deshonrase imponiéndola ningún castigo. «E, después que hobo la condesa acabada su razón, respondió el rey don Sancho, e díjol: “Señora condesa, voz feciste muy bien e a guisa de muy buena dueña, e será contada vuestra bondad para siempre; e mando a todos mis vasallos que vos lleven fasta do está el conde, e que non trasnochedes aquí, sinon esta noche”. E los leoneses fiziéronlo así como el rey les mandó, e lleváronla muy honradamente como dueña de alta guisa» (páginas 65 y siguientes). Eran tiempos de las más arrojadas empresas, de los sacrificios más heroicos y en que solo se obraba con la imaginación y el corazón. Tales tiempos no podían menos de ser altamente poéticos, y no es de estrañar que con tan dramáticas costumbres tinte tan sublime y romancesco tomase el teatro español en la fecunda, caballeresca y oriental musa de Calderón y de Lope de Vega.
Mas el héroe por escelencia de Castilla, admirado de moros y cristianos por su valor y generosidad, celebrado por los juglares, romanceros y dramáticos, y cuyas hazañas y virtudes, después de inspirar a los poetas, ejercieron en el carácter español la más señalada influencia, es el esforzado Rodrigo Díaz del Vivar. La crónica particular del mismo, una de las primeras crónicas castellanas, el poema del Cid, el romancero del mismo y, sobre todo, la crónica general de Alfonso el sabio le presentan como uno de esos caballeros del siglo XIV sans peur et sans reproche, como dicen brillantemente los franceses. Notable es la influencia de la lucha entre moros y cristianos para desarrollarse los más nobles caracteres y dar a un héroe como Rodrigo del Vivar mayor prestigio y autoridad que tenía el rey de Castilla. Conquistose por el Cid con sus caballeros Valencia, recibíanse por este embajadores de las más remotas tierras, do se habían publicado sus hazañas, y, ocurrida la muerte alevosa del rey don Sancho, el rey don Alfonso VI se vio forzado a jurar en sus manos antes de tomar posesión de la corona. «“Rey don Alfonso (le dijo el Cid), venides me vos jurar que non fuestes vos en consejo de la muerte del rey don Sancho, mío señor, e, si vos mentira jurades, prega a Dios que vos mate un traidor que sea vuestro vasallo, así como era Bellido Dolfos de mío señor el rey don Sancho”. E el rey dijo entonce “amen”, e mudósele toda la color. E el Cid dijo otra vez: “Rey don Alfonso, venides vos me jurar por la muerte del rey don Sancho, mío señor, que non lo aconsejaste nin lo mandaste vos matar, e, si vos mentira jurades, mate vos un vuestro vasallo a engaño e aleve, asi como mató Bellido Dolfo al rey don Sancho, mío señor”. E el rey dijo “amen”, e mudósele la color otra vez. E así como decíe el Cid así lo otorgaba el rey don Alfonso, e doce de sus vasallos con él. Después que la jura fue acabada, quiso Ruy Díaz, mío Cid, besar la mano al rey don Alfonso, mas non quiso dárgela él; antes le desamó de allí adelante, aunque él era muy atrevido e muy esforzado caballero» (221). La generosidad, el honor y todas las costumbres caballerescas se hallan personificadas en la conducta del Cid. Desterrado de su país por Alfonso el VI, vencía a los moros y enviaba siempre regalos de los despojos al rey. Muerto en su tiempo el rey moro de Zaragoza, y ocurrida enemistad y guerra entre sus dos hijos por causa de la sucesión, don Pedro, rey de Aragón, y don Ramón Berenguer, conde de Barcelona, protegieron a Abenalfaje, y el Cid, a Zulema: consecuencia de ello fue una batalla, en que Rodrigo del Vivar venció y prendió al conde, y acerca de la cual refiere la crónica lo siguiente: «Después de esto mandó el Cid facer muy gran cocina e adobar manjares de mucha guisa por facer pracer al conde don Remón; mas el conde non le preció nada nin quiso comer ninguna cosa, maguer que él ge lo traíe delante, é antes enseñaba a los que ge lo aducien, e cuando le aquejaron mucho que comiese, dijo que por cuanto habíe en España que non comeríe ende un bocado, e que antes perderíe el alma e el cuerpo que ge lo comer. E el Cid, cuando lo supo, fue a él; e, como era home mesurado, díjol asi: “Conde, comed e bebed, ca esto en que vos vedes por varones pasa, e non vos dejedes morir por ello, ca aún podredes cobrar vuestra facienda e enderezar esto; e, si ficiéredes como digo, faré que salgades de la prisión; e si lo non ficiéredes, en todos vuestros días non saldredes dende, ni tornaredes a vuestra tierra”. Respondiol el conde, e díjol: “Don Rodrigo, comed vos, que sodes home de buena ventura, e lo merescedes, e folgad en paz e en salud, ca yo non comeré nin faré al, sinon dejarme morir”. E tres días contendieron con él, también el Cid como los suyos, que comiese, mas non pudieron con él. Mas el Cid, cuando esto vio, con el gran duelo que hobo del conde, dijo: “Bien os digo, en verdad, que, si non comierdes siquier un poco, que nunca tornedes a vuestra tierra, e si comierdes por que podades vivir, facer vos he yo que dos caballeros de los vuestros, de estos que yo aquí tengo presos, que vos guarden, e quitar vos he a vos e a ellos los cuerpos; e dar vos he de mano que vos vayades a vuestra tierra, e, si non, non”. Cuando esto vio el conde, fuese alegrado, e dijo a Ruy Díaz: “Esto que vos habedes dicho, si lo vos compliéredes, en cuanto yo viva me maravillaré de ello”. E díjol el Cid: “Pues comed agora, que lo vea yo, e luego vos enviaré: pero tanta vos digo que cuanto vos habedes aquí perdido, que vos non daré ende nada, ca non es fuero nin costumbre, nin tengo que es dercho, sinon el que lo quiere facer por su mesura; demás, helo yo menester, e lo han lacerado comigo. E tomando de los unos e de los otros, iremos guaresciendo, ca esta vida habremos de facer fasta que Dios quiera, así como homes que han ira de señor e andan echados de su tierra”. E el conde hobo muy gran pracer de aquello que el Cid decíe, que non le daríe nada de lo que le tomara, e demandó agua para las manos, e comió él e aquellos dos caballeros que el Cid le dio. E pues que hobieron yantado, dijo el conde a Ruy Díaz, mío Cid: “Mandadnos dar las bestias, si vos proguiere, e irnos hemos”. E el Cid dioles entonces muy bien de vestir, e envioles e fue con ellos hasta el primer albergue, e en su espedimiento tornose el Cid contra el conde en esta guisa: “Ides, conde, a guisa de muy franco; e grandezco vos yo mucho cuanto me dejades; pero, si vos después a voluntad queredes de mí vengar, vos fazédmelo saber antes, e, si vinierdes, o me dejaredes a mí algo de lo vuestro o levaredes vos de lo mio”. E díjol el conde: “Oíd, a vuestro salvo estades, e yo pagado vos he por todo este año, e non tengo el corazón de vos venir buscar tan aína”» (231). Tales eran ya nuestros caballeros del siglo XI. Tres siglos más tarde el esforzado príncipe de Gales, hijo de Eduardo III de Inglaterra, consoló y sirvió a la mesa al leal y pundonoroso Juan II de Francia, preso después de las más señaladas proezas en la memorable batalla de Poitiers; y las crónicas, baladas y tradiciones de la edad media presentaron con razón al Príncipe Negro como el mejor de los caballeros de su tiempo. Mas, para gloria y orgullo de nuestra altiva España, el magnífico y brillante personaje del Cid realizara ya en el siglo XI las más notables hazañas, y no hay género de prendas y virtudes caballerescas de que no dejara poéticos y sublimes ejemplos. Cuando la lealtad, el pundonor y la bizarría españolas se vieron tan digna y esplendorosamente representados por el noble Rodrigo Díaz del Vivar se observa en la historia su especial influjo. La oscura y pobre sociedad de Pelayo y de Alfonso el Casto no rivaliza ya con la generosa y esforzada de Abderramán y de Almanzor; la desafía, la escede y la reputa por de menos valer. La fidelidad, distinguida honradez y conquistas del Cid admiráronse siempre por los castellanos, y contribuyeron a dar la población cristiana un tinte festivo, oriental y romancesco. «¿E quién vos podría contar (dice la Crónica general hablando del casamiento de las hijas del Cid, página 292 v.) las muy grandes costas e muy nobres que el Cid mandó facer en aquellas bodas de sus fijas, así como en dar muchos manjares, e en matar muchos toros, e lanzar a tabrados e bofordar, e los muchos juglares e todas las otras alegrías que a tales bodas pertenescíen? E segund dice esta estoria, siete días duraron estas bodas, e cada día fueron fechas estas nobrezas que dichas son».
(Se continuará)
Fermín Gonzalo Morón