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Prensa y canon · Textos historiográficos

“Ensayo histórico-filosófico sobre el teatro antiguo español”

Autor del texto editado
Morón, Fermín Gonzalo
Título de la obra
Revista de España y del estranjero, t. IV, artículo 19, 15 de octubre de 1842
Autor de la obra
Morón, Fermín Gonzalo (dir.)
Edición
Imprenta del Archivo Militar, 1842
Paginación
pp. 132-144
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Biblioteca Digital de Prensa Histórica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 12 noviembre 2025

ENSAYO HISTORICO-FILOSOFICO SOBRE EL ANTIGUO TEATRO ESPAÑOL


1

Considerando el director de esta revista como uno de sus más principales objetos dar a conocer la España bajo todos sus aspectos y despertar con ello los sentimientos de gloria y de nacionalidad, ya que la reseña de su historia tiene por objeto manifestar la fisonomía y marcha política de la misma, creería muy incompletos sus trabajos si olvidase examinar la literatura española, que es a la vez el testimonio más honroso del fecundo ingenio de nuestro país y el reflejo más fiel de sus variadas y poéticas costumbres.

Mas entre los diversos géneros de poesía descuella en España la dramática. El teatro ha reunido todos los géneros, ha hecho el más lujoso alarde de las bellezas poéticas y es la más cumplida personificación de nuestra vida y nacionalidad. Poetas ilustres, es cierto, le dieron claro e inmortal renombre, pero sus imágenes tan fecundas y variadas, sus sentimientos elevados y pensamientos sublimes, espresados en un lenguaje lleno de galas y de la más dulce cadencia, pertenecían a las glorias, a las creencias y a las costumbres de su nación. Puede muy bien decirse de nuestra literatura y de nuestro teatro, y todavía con mayor verdad, lo que del teatro y de la literatura griega. La Ilíada y las magníficas tragedias que oyó con tanto entusiasmo y premió arrebatado de gozo el pueblo ateniense pertenecen a Homero, a Sófocles y Eurípides, pero los sucesos históricos y maravillosos, las catástrofes, las pasiones y las creencias eran de toda la Grecia. Por lo mismo, el examen de la literatura española no es solo un objeto de placer y de recreo al sentir enajenada nuestra alma y encantados nuestros sentidos por la fecundidad de bellas imágenes, la delicadeza de los sentimientos, lo sublime de las ideas y la rica pompa y armoniosa música de la versificación; es antes que esto un alto objeto de gloria y de nacionalidad. Teniendo por lo mismo nosotros este juicio de la literatura española, no se espere que examinemos el teatro por el tipo de las mezquinas proporciones de los escritores clásicos. No negamos por ello ni los preceptos del arte ni las reglas del buen gusto; juzgamos solo que no es ya tiempo de calificar las elevadas producciones del ingenio bajo este solo aspecto: las obras literarias de todos los siglos, y mucho más las que pertenecen a naciones de nobles y arraigadas creencias, muestran más o menos la fisonomía, la vida y las costumbres de su respectivo país; y la consideración de la literatura bajo este aspecto es la más importante, porque abraza la parte filosófica y la parte poética: la primera, dando a conocer la vida íntima y moral de los pueblos, y la segunda demostrando el placer y entusiasmo que causaron por hallarse en armonía con las costumbres, tradiciones y creencias nacionales. Nos hallamos por lo mismo íntimamente persuadidos [de] que juzgar las literaturas por las reglas estrictas del arte es el sistema más estéril. Aun prescindiendo de que el fondo de que se compone la poesía es vago e indefinido, de que solo pueden caber las reglas en la parte meramente artística, es decir, en la de la combinación y ejecución, y que son muy pocos, triviales y vulgarísimos los preceptos del buen gusto, no puede ofrecer comparación en sus resultados el examen crítico de las obras literarias con el filosófico, que demuestra no solo la vida y las creencias de los pueblos y el entusiasmo que produjeron, sino que sirve también de muy útil precedente para quilatar el mérito de aquellas. Creemos por lo mismo que hoy no puede ni debe juzgarse la literatura, como lo hicieron con notable provecho y aplauso en su tiempo Tiraboschi, Andrés y La Harpe; hoy los estudios filosóficos deben penetrar y hacer una revolución en la manera de considerar las producciones literarias; no para desconocer su esencia, ni darlas una dirección e inteligencia forzadas, sino para devolverlas su verdadero precio y colocarlas en su noble posición. Este pensamiento, el de hacer debida justicia a los claros ingenios españoles, cuyo alto mérito olvidaron o trataron con ridículo desdén los medianísimos poetas del siglo pasado, el de presentar un reflejo pálido de las costumbres y creencias caballerescas y religiosas de nuestros mayores, y el deseo de despertar en nuestros jóvenes afición y entusiasmo a la literatura española, que ni en fecundidad de ingenio ni en galas de espresión teme competir con la de cualquier país, nos han impulsado a escribir el presente ensayo sobre nuestro teatro antiguo. Así también podrán los poetas y lectores compararlo con el moderno, puesto que continuaremos en los siguientes artículos el examen de los dramáticos contemporáneos, que comenzamos con el estudio de los dramas de los señores Zárate y Hartzembusch.

Hemos indicado ya que las obras literarias muestran las costumbres de su país. Mas, si hubo alguno en que la literatura, y sobre todo la dramática, refleje con brillante y fuerte colorido todo lo que hubo grande, religioso, caballeresco y sublime en las costumbres, este país ha sido España. Nosotros no tenemos el menor inconveniente en afirmar que Grecia y España son los dos pueblos dotados por escelencia de un teatro nacional. Decaída, empero, nuestra antigua pujanza y enervada la grandeza de nuestro carácter bajo los últimos reyes de la dinastía Áustrica, atacada nuestra nacionalidad desde el advenimiento al trono de España de la dinastía francesa, habiendo muerto los grandes ingenios, que inmortalizarán el indolente y voluptuoso reinado de Felipe IV, y entregado nuestro teatro a rapsodas y poetas sin genio, sufrió el yugo del clasicismo francés, que, lleno de orgullo y de redículo pedantismo, condenó al olvido y al desdén las producciones de nuestros más sobresalientes escritores, viéndose entonces que los Luyandos, Montianos [sic], Arandas y Moratines, arrastrados de un vestigo de extranjerismo, solo aspiraban a divinizar las obras de nuestros vecinos para deprimir y entregar al desprecio las que recordaban días gloriosos y una literatura original y sublime. Los Nasarres y Velázquez, preocupados de las estrictas reglas de los preceptistas, juzgaron con injusticia nuestro teatro antiguo; don Leandro Moratín escusó en sus Orígenes examinarle; el señor Martínez de la Rosa estuvo severo con Lope de Vega y nuestros poetas dramáticos en sus apéndices a la comedia y a la tragedia; y, si el distinguido literato don Alberto Lista vindicó las glorias de nuestro antiguo teatro en sus escelentes lecciones de literatura española pronunciadas en el Ateneo de Madrid, limitose, sin embargo, a la apreciación de aquel bajo un punto de vista meramente artístico. Mas, como el examen de todas las obras literarias, y principalmente de las españolas, bajo este único aspecto es manco y defectuoso; y los trabajos ligeros de los Lampillas, Brutervecks [sic] y otros adolezcan de este vicio, es nuestro ánimo en el presente ensayo señalar un nuevo rumbo en la apreciación de las producciones del genio, convencidos, como íntimamente lo estamos, de que jamás podrá ser bien y cumplidamente juzgada la literatura española sin el estudio y esposición previa de las costumbres y sentimientos que tinte tan caballeresco y sublime dieron a nuestro carácter. No se espere, pues, por ello, que hagamos un análisis razonado y artístico de las mejores comedias de nuestros distinguidos ingenios. Tarea es esta desempeñada por otros, y en especial por el señor Lista, y a la cual ni damos la importancia que algunos, ni profesamos ardiente afición. Reseñar rápidamente las costumbres y sentimientos religiosos y caballerescos de nuestros mayores, y mostrar que los Vegas, Calderones, Rojas, Moretos y Alarcones supieron agradar y conmover a sus contemporáneos, reproduciendo en magníficos versos y en una poesía llena de galas y de pompa oriental todo lo que había heroico y sublime en nuestra historia, tal será el objeto del presente ensayo.

Cuando la invención [por invasión ] árabe conducida y dirigida por el conde don Julián, después de haber vencido y derrotado con su rey la gastada y envilecida población romano-goda, entregó a saqueo y general incendio las ciudades de España, estableciéndose al cabo de dos años de devastación en las bellas regiones de Andalucía y dejando desierta y desolada la parte interior de la península, dos cosas solo quedaron en ella, que debían dar origen a las grandiosas empresas rematadas después por el esfuerzo de nuestros ascendientes: el sentimiento religioso y la independencia y valor de los habitantes del septentrión de España, donde se concibió y realizó el sagrado y gigantesco proyecto de reconquistar el país.

«Y los moros (dice la crónica general de Alfonso el sabio hablando de la pérdida de España) por aqueste engaño tomaron todas las tierras e, después que las hobieron en su poder, quebrantaron toda la postura e robaron las igresias e los homes, e llevaron todos los tesoros dellos e todo el haber de la tierra, que non finco y nada sinon los obispos que fuyeron con las reliquias e se acogieron a las Asturias». Nada quedó, dice con razón el cronista, sino las reliquias, los obispos, y las montañas. Pero bastaban tan preciosos restos para encender los ánimos, recobrar la independencia, arrojarse a nobles y temerarias empresas, y formar una nación que, trabajada duramente por una lucha de ocho siglos, debería salir de ella audaz, guerrera y heroica para lanzarse sobre la África y la Europa, y para marchar llena de valor y de confianza a la conquista de nuevas y desconocidas regiones. Cuando un principio o sentimiento moral se halla fuerte y profundamente arraigado en las costumbres de un país, pueden perderse batallas y desaparecer poblaciones; mas, si hay un rincón donde un corto número de hombres pueda refugiarse para librar momentáneamente su existencia de una fuerza colosal, la nacionalidad se salvará en él. Así sucedió a España. El sentimiento religioso ahondado en el corazón de sus habitantes por el régimen ascético y teocrático de la monarquía goda y el amor de la patria y de la independencia, que jamás desaparece en los pueblos montañeses, se unieron admirablemente en ella para emprender una lucha desigual y terrible entre dos naciones opuestas en religión, en intereses y costumbres, que debía dar un temple heroico y sobrehumano a los contendientes y ser origen de aventuras singulares, de prodigios sin cuento y de costumbres originalísimas. Destruida y casi esterminada en España la envilecida población romano-goda por efecto de la conquista, quedaron señoras de su territorio dos sociedades nuevas llenas de vigor y de genio. La sociedad árabe, de costumbres generosas y magníficas y entusiasmada entonces con las señaladas victorias ganadas en nombre de la religión, y la sociedad septentrional de España, pobre de medios y recursos, pero altiva, guerrera, emprendedora y arrastrada a la sazón a la pelea por el sentimiento religioso, el amor nacional y la urgente necesidad de su conservación. Los árabes, dueños de las bellas regiones de Andalucía, respirando el embalsamado aire de nuestras costas meridionales, bajo un cielo sereno, hermoso y apacible, y dirigidos por la noble y desgraciada familia de los Ommiades, dieron un desarrollo magnífico a su carácter generoso y guerrero, a su imaginación oriental, a su genio amante de las ciencias, del lujo y de la pompa en los edificios y en los vestidos, en los saraos y torneos. Pero mientras crecía asombrosamente en gloria y en pujanza durante los tres primeros siglos (710 a 1001) la población árabe, luchaba penosamente la cristiana con el poder colosal de sus enemigos, con la esterilidad de las regiones que habitaba, con la inseguridad general y con la escasez de medios y recursos para satisfacer las primeras necesidades de la vida física. Mas, a pesar de tan duras circunstancias y de la orfandad del país, tomó un temple belicoso y heroico el carácter nacional; y las tradiciones y los cantos populares, las crónicas y los romances contaron en rudo, sencillo, pero encantador lenguaje las señaladas aventuras, virtudes religiosas y esclarecidas hazañas de Bernardo del Carpio, del Cid y de Fernán Gonzalez. La religión y la guerra vinieron a aumentar la grandeza personal de estos héroes que distinguiéronse en su vida, según los poetas y cronistas, por los más insignes actos de bizarría, de piedad religiosa, de honor y generosidad caballeresca. En medio de la lucha jamás interrumpida de las dos sociedades, árabe y cristiana, en el ardor religioso de la época, en la libertad absoluta que las circunstancias daban para desarrollarse los más nobles y esclarecidos caracteres, nacieron y se arraigaron hondamente en España las costumbres y sentimientos caballerescos, que ofrecían señalado contraste con la grosería y refinada barbarie estendidas comúnmente en la sociedad. Mas los ejemplos de valor, de lealtad, y piedad religiosa de los caballeros se conservaban profundamente en la memoria de los hombres, se celebraban por cantores y juglares en las reuniones populares, se trasmitían a la posteridad en crónicas y poemas, y servian para escitar los ánimos a las más arrojadas empresas, para mantener el espíritu religioso y guerrero, templar fieramente el carácter español y dar a la vida ese tinte tan dramático y caballeresco que distingue sobre todo en España la edad media. La caballería nació entonces espontáneamente de las circunstancias de la época; y al modo [en] que las cruzadas o la lucha cristiana y mahometana la dieron origen en Europa, así también los mismos sentimientos y situación la promovieron y fortificaron en nuestro país, donde por la continuación de la guerra, el orientalismo de los árabes y la fuerza del principio religioso tomó una energía desconocida en otras partes. La caballería es en nuestra opinión propia de la sociedad cristiana y septentrional y adoptada después por los árabes; mas la generosidad y nobleza de proceder, rasgo distintivo de estos, ejerció no pequeño influjo sobre el carácter español. Las dos sociedades mezclaron sus usos y costumbres, y desde Almanzor (siglo 10) hasta el esforzado Muza (siglo 15) frecuentes fueron entre árabes y cristianos los duelos y los torneos, y el más delicado respeto hacia el valor y las altas cualidades en medio de la oposición de raza y de religión. Lucas de Tuy ensalza en su cronicón el distinguido honor con que eran tratados los cristianos por Almanzor, y la crónica general de Alfonso el sabio, fiel y poético reflejo de les costumbres caballerescas de España, refiere que el generoso y esforzado hagib del rey de Córdoba armó caballero a Mudarra González, hijo bastardo de Gonzalo Gustios de Lara, y no titubea en escribir el siguiente elogio del mismo: «E este Almanzor era home muy sabio e esforzado, e alegre, e franco e mucho ardid e muy sotil; así que sabíe falagar los moros e cristianos e averlos a todos de su parte, e bien semejaba a ellos, que más los amaba que a los moros, e facíeles tanta honra, que ellos trabajaban en facerle servicio e lo que veían que le plazeríe» 2 . En los siglos 11 y 12 nacieron y se generalizaron las costumbres caballerescas en España por el mayor contacto de las sociedades; y así la historia de Ávila de fray Luis de Ariz hace mención de las fiestas celebradas en 1107 por el discurso de algunos días con motivo de las bodas de Blasco Muñoz con Sancha Díaz, en los cuales hubo corridas de toros, torneos de a caballo y juegos de bofordear o arrojar lanzas, y en las que «doña Urraca danzó con el gallardo moro Fermin Hiaya a la usanza de la morería, e los demás otro tal, cada cual con sus moras» 3 . Otra prueba de la galantería de los árabes y de las costumbres caballerescas de España es la singular aventura ocurrida en 1139 junto a las murallas de Toledo y referida por el cronicón latino de Alfonso VII: «Un numerosísimo ejército de moabitas y agarenos (dice) vino a Toledo, y combatió la torre de San Servando, mas las torres altas no sufrieron daño; destruyeron, sin embargo, los enemigos una torre frente a San Servando, y perecieron en ella cuatro cristianos; muchos de los primeros se dirigieron a Azeca, mas no causaron ningún mal. Después principiaron a destruir las viñas y el arbolado, pero se hallaba en la ciudad la emperatriz doña Berenguela con gran multitud de caballeros, ballesteros e infantes, que estaban sentados sobre las torres, puertas y muros de la ciudad para guardarla. Viendo esto la emperatriz, envió mensajeros a los reyes de los sarracenos, que les dijeron: “¿No veis por ventura que peleáis contra mí, que soy mujer, y no os es honroso? Si queréis pelear, marchad a Aurelia, y pelead con el emperador, que os espera allí con las armas y el ejército preparado. Al oír esto, los reyes, príncipes, caudillos y todo el ejército levantaron sus ojos, y vieron a la emperatriz sentada en el solio real y en lugar conveniente sobre una alta torre, que en nuestra lengua se llama alcazar, y vestida como mujer del emperador, y en torno suyo se hallaba multitud de dueñas, cantando al son de las campanillas, cítaras, atabales y laúdes. Pero los reyes, príncipes, caudillos y todo el ejército, después que la vieron, se maravillaron y avergonzaron mucho, bajaron sus cabezas ante el rostro de la emperatriz y retrocedieron, y después no hicieron ningún daño y volvieron a su país, habiendo recogido sus emboscadas sin honor y sin victoria» 4 . Este es uno de los pasajes más interesantes para demostrar la galantería y generosidad de los árabes, el respeto ideal que en esta época se tenía ya a la mujer, y la fuerza del honor y de los sentimientos caballerescos en las dos sociedades cristiana y mahometana. Empero, los ejemplos más notables de lealtad feudal, de deferencia hacia el bello sexo, de valor, de amor a las aventuras y a las más arrojadas empresas, y de piedad religiosa se hallan en nuestras crónicas castellanas, y sobre todo en la general de Alfonso el sabio, rey generoso, que promovió en Castilla los sentimientos caballerescos y escribió la historia de España con el colorido más poético y romancesco. Esta crónica es la copia más fiel de nuestras antiguas costumbres, y, contando del modo más patético y dramático el abandono de Dido por Eneas, los amores de Carlomagno con Galiana, hija del rey moro Galafre, las señaladas hazañas de Bernardo del Carpio, del Cid y de Fernán González, los amores de Gonzalo Gustios de Lara con la hija de Almanzor, los de Zaida con Alfonso el VI, las deshonras de las hijas del Cid por los infantes de Carrión, las fiestas, duelos, hechos del más acabado arrojo y de la lealtad más consumada que habían tenido lugar en Castilla, sirvió a escitar poderosamente el valor, y el honor, el entusiasmo por las aventuras y las empresas temerarias, y el espíritu religioso, oriental y caballeresco tan propio de nuestras costumbres. Ella fue, además, la rica mina en que nuestros romanceros, novelistas y poetas dramáticos hallaron abundantes y fecundos materiales para la composición de los romances, libros de caballería y comedias heroicas, que se leyeron y oyeron con el mayor aplauso por el pueblo español. Imposible sería esplicar y comprender nuestra literatura, y en especial la dramática, sin tener una idea esacta de nuestra historia y costumbres antiguas, reflejadas viva y brillantemente en las crónicas castellanas; y nosotros renunciaríamos a juzgar a Calderón, a Rojas, Lope de Vega y demás escritores sin el ausilio que la lectura y estudio de aquellas puede prestar. En el inmenso número de hechos que las crónicas suministran, elegiremos los más notables para probar nuestra manera particular de considerar el teatro español, seguros como lo estamos de que solo así puede este ser bien y cumplidamente esplicado. Mas, como cualquiera que fuese el trabajo y esfuerzos artísticos para dar la idea más imperfecta del carácter y costumbres españolas en sus tiempos feudales y caballerescos, jamás acertaríamos adescribirlas con la verdad y sencillez de las crónicas, preferiremos insertar íntegros algunos de sus más notables pasajes porque solo de ese modo puede aparecer el colorido y fisonomía de nuestra antigua España, tal cual era en sí y como inspiró a sus más privilegiados ingenios.

La crónica general de Alfonso el sabio, reflejo el más fiel de las tradiciones, cantos y costumbres populares, supone ya la existencia de las costumbres caballerescas en la época de Carlomagno, y, hablando de Bernardo del Carpio, el héroe de la famosa batalla de Roncesvalles, dice entre otras cosas: «Fizo el rey don Alfonso por la cincuesma (año 815) sus cortes en León, e fueron y cuantos altos homes habíe en el reino e muchos otros de los caballeros e de los otros homes buenos de las villas. E de mientra que duraron aquellas cortes, lidiaban de cada día toros e bofordaban de cada día tablado e facíen muy grandes alegrías. E los altos homes que vos ya dijimos de suso, a quien llamaban don Arias Godos e el conde don Tibalte, cuando vieron que Bernardo non sabíe de aquellas alegrías, hobieron gran pesar ende, ca tuvieron que eran mucho menoscabados e las cortes menguadas, pues que él en ellas non andaba, e hobieron su acuerdo de lo decir a la reina que cabalgase por su amor e que fuese a lanzar al tablado; e la reina plogo de ello; e dijol a Bernaldo diciendo “yo vos prometo que luego que el rey venga a yantar que yo le pida a vuestro padre é bien creo que me lo dará”. E Bernaldo cabalgó entonces e fueaá lanzar el tablado, e quebrantol; el rey después que hobo el tablado quebrantado fue a yantar». La reina pidió al rey la libertad del conde de Saldaña, padre de Bernardo, pero el rey la resistió, negándosela después a Bernardo del Carpio con la mayor aspereza; y este, habiendo referido las batallas en que le había servido, le dijo: «E agora, pues, que veo que non queredes darme a mi padre, quítome de vos e non quiero ser vuestro vasallo; e repto a todos aquellos que son de vuestra parte en cualquier logar que me fallare con ellos, si más pudiere que ellos. E el rey fue muy sañudo contra Bernaldo, cuando aquello le oyó decir, e dijol: “Don Bernaldo, pues que asi es, mando que vos salgades de la tierra de hoy en nueve días, e non vos falle yo aquí, ca bien vos digo que, si yo y vos fallo después de este plazo, que vos mandaré echar do vuestro padre yace”. E Bernaldo fuese entonces para Saldaña; e Velasco Meléndez e Suero Velásquez e don Miño de León eran parientes muy cercanos de Bernaldo; é, cuando vieron que así se partía Bernaldo del reí, despediéronse del rey é besáronle la mano e fuéronse para tierra de Saldaña. E Bernaldo comenzó entonces a correr tierra de León e la facer y mucho mal; e duraron aquellas guerras que hobo entre el rey e Bernaldo del Carpio muy gran tiempo» (pág. 37). Bernardo se reconcilió con el rey y le ayudo después en muchas batallas, y sobre ello dice la crónica: «E agora sabed los que esta estoria oídes que en todas estas batallas que habemos dichas fue Bernaldo del Carpio con el muy nobre rey don Alfonso el Magno, faciendo tan grandes mortandades en los moros, que mayores non las podíe facer home del mundo. E en cada una de las batallas pedíe siempre Bernaldo por merced al rey don Alfonso que le diese a su padre, que yacíe preso, e el rey siempre ge lo otorgaba, mas después non ge lo queríe dar. E Bernaldo hobo muy gran pesar desto, e fuese para Salamanca, así como ficiera en el tiempo del rey don Alfonso el Casto, e comenzó a correr la tierra del rey don Alfonso. E muchos caballeros del rey don Alfonso de la tierra de Benavente e de Toro e de Zamora quandol supieron, fuéronse para Bernaldo e prometiéronle de nunca se partir dél, fasta que el rey le diese a su padre, el conde don Sandias de Saldaña» (pág. 44). Refiere después la crónica con entusiasmo las batallas entre el rey y Bernardo del Carpio, en que este salió vencedor, su alianza con los moros y la construcción de la fortaleza del Carpio.



(Se continuará.)



FERMIN GONZALO MORON

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