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Prensa y canon

[Sin título]

Autor del texto editado
El Estudiante [Segovia, Antonio María (1808-1874)]
Título de la obra
Abenámar y El Estudiante, año 1, n.º 21, 10 de febrero de 1839
Autor de la obra
Segovia, Antonio María (1808-1874); López Pelegrín, Santos (1801-1846)
Edición
Madrid: Imprenta de la Compañía Tipográfica, 1839
Paginación
pp. 324-329
Fuentes
Transcripción realizada sobre el siguiente ejemplar: (texto completo)
Información técnica
Editor: Ioannis Mylonás Ojeda
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 2 diciembre 2025

[Sin título]

Para hablar Cristo a Moisés
se puso las antiparras.
¡Purísima Concepción!
que me llevo las cucharas.


Quevedo, que por la agudeza de su ingenio, superior a cuanto el mundo ha conocido, dejó fama eterna que no bastará a oscurecer ni borrar el transcurso de los siglos, tiene la desgracia, como en compensación de tamaña gloria, de que no haya equívoco, retruécano, aventura ridícula o escena burlesca, de las inventadas o sucedidas después de su muerte, que no se le atribuya, haciéndole autor, inventor o actor principal. De este número es una anécdota que el lector debe de haber oído referir, y hoy me ha acudido a la memoria. Cuentan que asistía el chistoso don Francisco convidado a comer en la mesa de cierto prócer, en donde sucesivamente rodó la conversación sobre algunos cuadros que en la estancia había; uno de ellos era un crucifijo: el otro, una Concepción; y el tercero, un Moisés delante de la zarza. Sobre esto ocurrió hablar de los perpetuos anteojos de nuestro poeta, y, a renglón seguido, vinieron a parar los concurrentes en admirar el primor y delicadeza con que estaban trabajadas unas cucharas de oro que se pusieron en la mesa para usarlas en ciertos platos de repostería. Entonces uno de los convidados observó cómo la plática se había ido deslizando en pocos minutos a tratar de cosas tan incoherentes y distintas, y el señor de la casa dijo que bien apostaría él aquellas mismas cucharas de oro, tan celebradas de cuantos las habían visto, a que don Francisco de Quevedo no decía de repente cuatro solos versos en que se hiciese mención de las cucharas mismas, de sus anteojos, de la Concepción, de Jesucristo y de Moisés. Quevedo entonces, dicen, aunque yo no lo oí, que inmediatamente se puso en pie y prorrumpió en esa disparatada cuarteta que en cabeza de este artículo dejo ya copiada.

Verdaderamente no se necesita todo el ingenio del señor de la Torre de Juan Abad para amalgamar y confundir de esa manera tan desconcertados disparates, y, si tal licencia nos hubiera de valer a nosotros los periodistas, fácilmente trataría yo ahora todos los puntos interesantes y del momento que al tomar la pluma ocurren a un periodista honrado. La conferencia de Londres y la coalición de las cámaras; el lego que quiere casarse autorizado por el señor Ortigosa bajo el patrocinio del señor Argüelles, y los negocios de Oriente; la toma de San Juan de Ulúa y la interpelación del señor Baeza sobre las mulas lechales; la expedición facciosa que diz que pasó ya el Ebro y las proposiciones de empresas de teatros; los bailes de Oriente y la crisis ministerial francesa.

Todas estas cosas podría uno tocar, apuntar, indicar, insinuar y traer a cuento; pero lo que especialísimamente había de ocupar un lugar interesante en la improvisada mezcolanza había de ser la acusación formalizada contra el conde de Toreno. Puede que haya por esas provincias de España, donde se conocen menos las cosas de la corte y de las Cortes, hombres de muy buena fe que hayan dicho allá para su capote: «¡Hola! Ya ha habido un diputado que se atreva a llamar a juicio a un ministro de Hacienda: ¡bravísimo! Ahora veremos si se le ajusta al señor conde cuenta estrecha, y como en efecto sea cierto que por error de pluma o suma se le han trasconejado a su excelencia algunos milloncejos, tendrá que aflojarlos y hacer de ellos completo reintegro a la nación. Y en seguida, en seguidita, emprenderán las Cortes con el señor Mendizábal, y con ese, con ese sí que habrá en que emplearse; y después veremos cómo sale del paso el señor marqués de Montevirgen, que ya no es marqués de Montevirgen; y, apurado esto, sabremos el porqué y el cómo de los disparates del señor Mon». Y así, discurriendo los honrados españoles que han hambre y sed de justicia, Dios sabe si extenderán sus esperanzas hasta más allá; porque tal vez habrá quien crea que el interpelativo señor Argüelles nos va a explicar por qué razón se le han abonado sueldos atrasados y cuantiosos del tiempo de su emigración, pagándole el patriotismo a peso de oro y la elocuencia en plata sonante a tocateja. También, dejándose llevar de estas ilusiones, quizá haya quien sueñe que el señor Olózaga sale también a la escena con sus cuentas debajo del brazo para hacer ver a sus conciudadanos que es falso que su señoría en su último viaje haya comprado en las inmediaciones de París una hacienda por la friolera de millón y medio de reales; y que, dado caso que la haya comprado, nada tienen que ver las alhajas y pinturas de los conventos en cuya recolección ha entendido su señoría con sus rentas y riquezas particulares, de las cuales no debe el público pedirle razón.

Véase hasta qué punto y dentro de cuán intrincados laberintos nos conduciría el hilo de las cuentas de los hombres públicos; pero no hay que dar cuidado, que no querrá Dios que nos veamos en tal extremo, porque, como yo dije en cierta ocasión (y perdonen ustedes la modestia de la cita), en España siempre se dan cartas a las cuentas, pero jamás se darán cuentas a las Cortes.

Por de pronto yo he enredado aquí una madeja que al diablo que la devane; y difícilmente podré desenredarme de ella a no decir a la manera de Quevedo:

Si en Londres se arregla Holanda
y la Bélgica se aquieta,
si viene a Madrid don Carlos
y a Turquía la Inglaterra;

si don Agustín se calla, [5]
y si enmudece Baeza,
si a Veracruz deja Francia
y a Ortigosa Argüelles deja;

si en Madrid logra el teatro
mejorar con otra empresa, [10]
si Molé queda ministro,
si rinde Toreno cuentas,

si Mendizábal se explica,
si Montevirgen confiesa,
si Olózaga restituye [15]
(caso de que hacerlo deba),

y si Mon de sus pecados
ofrece hacer penitencia:
abono para los gastos
del Estado y de la guerra, [20]

la mitad de lo que importe
lo que las Cortes resuelvan
que han escamoteado a España
cuatro ministros de Hacienda.




EL ESTUDIANTE

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