“La celosa de sí misma: comedia en tres actos, de Tirso de Molina”
- Autor del texto editado
- Lista y Aragón, Alberto (1775-1848)
- Título de la obra
- El Censor. Periódico político y literario, t. IX, n. 50, 1821-07-14
- Autor de la obra
- Miñano y Bedoya, Sebastián (1779-1845)
- Edición
- Madrid:
Imprenta del Censor, por D. León Amarita,
1821
- Paginación
- pp. 99-109
Fuentes
Información técnica
Transcriptor: Marina Paniagua Blanc
Encoding: Noelia Santiago López
La celosa de sí misma: comedia en tres actos, de Tirso de Molina
Para formar idea de los progresos del arte dramático en el siglo XVII basta comparar esta comedia con la de Calderón Mañana será otro día. La fábula es casi idéntica en ambas, aunque en la de Calderón no se supone a la protagonista celosa de sí misma, sino interesada en volver o por su honor o por su vanidad. La manera con que está conducida la acción en una y otra manifiesta el diferente genio de ambos poetas y el grado de perfección de sus combinaciones teatrales.
La pieza de Tirso de Molina tiene situaciones más dramáticas y caracterizadas que la de Calderón; pero sus medios y artificios son pobrísimos . Don Melchor viene de León a Madrid a casarse con la hija de un antiguo amigo de su padre. Oyendo misa en la Victoria, se enamora de una tapada, cuya lindísima mano, que sirve de enlace, de desenlace y de episodios a la comedia, le robó el corazón hasta tal punto, que despreció por ella a su prometida esposa, doña Magdalena. Es de saber que doña Magdalena es la misma dama que vio tapada y, por consiguiente, es la celosa de sí misma.
Esta vuelve a verle a la puerta de la misma iglesia, acompañada de un escudero alquilado, el cual, por sacarle dinero a Ventura, lacayo de don Melchor, le dice que aquella dama es la condesa de Girinola, señora napolitana. Don Melchor, entregado enteramente a su nueva pasión, vuelve a casa de su futuro suegro, se despide con pretexto de un viaje, y todos se burlan de él, porque ya todos saben que galantea a una condesa. Esta escena, que termina el segundo acto, es muy cómica, pero está muy mal preparada. Don Melchor no debe los insultos que en ella recibe sino a la traición, sumamente inverosímil, de Ventura. También es muy dramática la escena del tercer acto en que don Melchor, en lugar de una condesa, encuentra dos, sin saber cuál es la verdadera. Esta escena es igualmente inverosímil, pues ni la perfidia de Quiñones, criada de doña Magdalena, ni la osadía de su vecina doña Ángela, que se finge la condesa, bastan a prepararla.
En fin, doña Magdalena engaña cuantas veces quiere a su amante, hasta que el poeta ha cumplido sus tres actos bien largos y se determina a descansar. Entonces se desenlaza la comedia por la confesión espontánea de la celosa de sí misma.
No es así como Calderón prepara su fábula. Don Fernando viene de Barcelona a casarse con doña Beatriz de Leiva, a quien, apenas llega a Madrid, socorre sin verle el rostro ni conocerla, en dos lances muy peligrosos, pero sin ser culpada en ninguno de ellos más que de demasiada condescendencia con una amiga suya. Cuando don Fernando se presenta en su casa, quedan ambos recíprocamente prendados; pero los siniestros informes que el novio recibe y que son resultado de los lances anteriores le obligan a renunciar a ella, y pretexta un viaje como don Melchor. Doña Beatriz, por vengar o su honor sospechado, o su vanidad ofendida, o su amor burlado, finge sucesivamente el papel de las dos damas libertadas (porque don Fernando creía que habían sido dos), y le detiene en Madrid hasta que averigua el motivo de su indiferencia hacia ella, y entonces le prepara el desengaño que sirve de desenlace a la pieza.
El desengaño es también muy teatral y muy preparado, porque los malos informes que le habían dado de ella procedían de dos damas celosas de doña Beatriz por creerla amante de don Juan de Ayala, que las engañaba a entrambas y que era hermano de la heroína, aunque llevaba diferente apellido por un pleito que seguía con su padre.
La comedia de Calderón tiene mucha más acción e incidentes que la de Tirso; sin embargo, la subordinación que hay entre los lances y la manera con que los unos dependen de los otros, y todos de una equivocación primitiva, hace que la fábula sea perceptible y verosímil. Alléguese a esto el lenguaje caballeroso, el cómico profundo y el diálogo superior de Calderón.
La celosa de sí misma está también dialogada con mucha gracia. A ella, al carácter locuaz y divertido de Ventura, y a las escenas originales e interesantes que la componen debe el efecto que produce en la representación, más bien que al mérito de la combinación dramática. Por otra parte, el lenguaje de Tirso, siempre castizo, siempre lleno de sales, tiene una cierta mezcla de sencillez e ingenio que causa tanto placer en la representación como en la lectura. Su locución es animada, sus pinturas vivas, principalmente cuando son de pasiones amorosas; su cómico ni es cáustico ni profundo, pero es original y agradable. El carácter de la celosa es muy dramático y carece de las indecencias con que Tirso ha manchado la mayor parte de sus comedias. En esta hay muchas descripciones de costumbres antiguas.
El galán que, en lugar de oír misa, se deja prender en el templo y el ratero que corta en él una bolsa eran frutos de aquel siglo; y no sabemos por qué los había de producir también el nuestro. También lo eran los engaños y artificios de que se valía cierta clase de mujeres para atraer a sus lazos a los jóvenes forasteros y noveles que llegaban a Madrid.
Es muy animada la descripción que hace de ellas Ventura, cuando, viendo enamorado a don Melchor, le dice:
¿Al primer tapón zurrapas?
¿Perdido, a la primer treta?
¿En tierra al primer golpe,
y al primer lance babera?
¿Mas qué, has visto alguna cara [5]
marginada de guedejas,
que el solimán albañil
hizo blanca siendo negra?
Manto soplón, con más puntas
que grada de recoletas, [10]
chapín con yeso de plata,
crujiendo a ropa de seda,
la camándula en la mano...
Aunque están muy lejos de nosotros aquellos trajes y costumbres, la verdad y viveza de la descripción los presenta de bulto. Obsérvese el uso original que hace Tirso de las palabras marginado de guedejas, albañil y grada de recoletas, comparación rápida que puede pasar por metáfora. Estas son expresiones gráficas que manifiestan la destreza con que el poeta sabía manejar el idioma.
No es menor la cortesanía con que hace expresar su pasión a don Melchor cuando la tapada le manda retirarse:
Y yo quiero obedeceros,
sin esperanza de veros,
sin remedio de olvidaros.
La construcción del último verso parece viciosa, pero está fundada en aquel verso del romance antiguo:
El remedio del olvido
no le conocí jamás.
Y aunque hay diferencia del nombre al infinitivo, sin embargo, la licencia poética puede extenderse a sustantivar un verbo.
Ya antes había dicho don Melchor:
Cesó con esto la misa,
que me holgara yo que fuera
de pasión.
Esta es una de las muchas profanaciones de las cosas sagradas que se permitían nuestros antiguos cómicos; pero, a lo menos, en la exageración del amante se conoce que los jóvenes de aquel siglo se parecían a los del nuestro en no gustar de las misas largas.
En el examen del bolsillo robado a la tapada y recobrado por don Melchor hay también alusiones a los errores médicos del siglo. Encuentran una piedra azul oscura con un papel que dice:
Esta piedra es por extremo
buena para el mal de ijada.
Celebrando doña Magdalena la generosidad de don Melchor, dice a su criada:
De tanta eficacia es
conmigo no el interés,
la acción sí, que te confieso
que hechizo para mí ha sido.
QUIÑONES. Es grande hechicero el dar. [5]
Inmenso y rico es el mar,
y recibe agradecido
el tributo sucesivo
del arroyuelo menor,
que en los estudios de amor [10]
solo hay libros de recibo.
Estos dos últimos versos, además de echar a perder la comparación anterior, son ya del gusto de Jacinto Polo, y solo debieran encontrarse en su Universidad de amor.
Tal vez forma Tirso voces nuevas, como gaticinante mano, por mano de gato; mano que nos melindró el bolsillo, es decir, que tomó el bolsillo, aunque al principio lo rehusó. Casi todo el cómico de este autor consiste en la formación y aplicación feliz de estas palabras.
Doña Magdalena manifiesta los celos que tiene de sí misma en los versos siguientes:
Hombre que a darme la mano
viene aquí desde León,
y es tan mudable y liviano,
que en la primera ocasión,
liberal y cortesano, [5]
a un manto rinde despojos,
y a una mano el alma ofrece,
¿no quieres que me dé enojos?
Quien así se desvanece,
y sin penetrar sus ojos [10]
lo que por no ver ignora,
se suspende y enamora,
exagera, sutiliza,
y palabras autoriza,
pues en palabras adora, [15]
¿qué satisfacción dará
a quien por dueño le espera?
¿O quién me asegurará
de voluntad tan ligera,
que desposado no hará [20]
lo mismo con cuantas mire?
Estas reflexiones justifican el carácter de La celosa de sí misma y le hacen verosímil. Concluiremos con el siguiente diálogo, que muestra qué especie de ingenio se empleaba entonces en las conversaciones amatorias. Doña Magdalena, viniendo a devolver el bolsillo que se había llevado el día anterior, dice:
DOÑA MAGDALENA. También a venir me obliga
la hacienda que usurpo ajena,
que es justo restituirla.
DON MELCHOR. Si lo decís por un alma,
que desde ayer fugitiva [5]
en su casa la echan menos,
yo la doy por bien perdida.
DOÑA MAGDALENA. ¿Es vuestra?
DON MELCHOR. Sí, mi señora.
DOÑA MAGDALENA. ¡Qué traviesa es! ¡Qué atrevida! [10]
No me ha dejado dormir
toda esta noche; registra
curiosa cuantas potencias
el pensamiento ejercita
y, siendo huéspeda, se hace [15]
mandona en mi casa misma.
Prométoos que, a no venir
esta mañana una amiga,
que es su señora por ella,
me diera muy triste vida. [20]
DON MELCHOR. ¡Señora suya, y no vos!
¿Quién os dijo tal mentira?
DOÑA MAGDALENA. Una doña Magdalena,
noble, cuerda, hermosa y rica...