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Prensa y canon · Textos historiográficos

“Examen filosófico del teatro español. Relación del mismo con las costumbres y la nacionalidad de España. Continuación. IV”

Autor del texto editado
Morón, Fermín Gonzalo
Título de la obra
El Iris, semanario enciclopédico, II, n.º 10, 5 de septiembre de 1841
Autor de la obra
Mellado, Francisco de Paula (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de Mellado, 1841
Paginación
pp. 151-154
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Biblioteca Digital Memoria de Madrid. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 6 octubre 2025

EXAMEN FILOSÓFICO DEL TEATRO ESPAÑOL. RELACIÓN DEL MISMO CON LAS COSTUMBRES Y LA NACIONALIDAD DE ESPAÑA

(Continuación).

IV


Alfonso XI promovió de tal modo los sentimientos caballerescos, que, a pesar de la guerra continuada tenida en su reinado contra los moros, fueron muy frecuentes entre árabes y cristianos los duelos, las relaciones de los caballeros de ambos bandos y el más delicado respeto hacia las altas cualidades. La crónica citada hace mención del desafío dirigido al campo cristiano en el sitio de Gibraltar por un caballero del rey de Granada; y, concluido un tratado entre este y el rey de Castilla, sucedió lo siguiente: «El rey de Granada veno allí al real de los cristianos verse con el rey de Castiella; et venieron y con él todas sus gentes. Et él comió con el rey de Castiella amos a dos a una mesa. Et, estando y muchas gentes de cristianos et de moros, amos estos reyes estidieron muy gran pieza en uno. Et, después que hobieron comido, el rey de Granada dio al rey de Castiella sus joyas las más nobles quél había podido haber, señaladamente una espada guarnida la vaina, toda cubierta de chapas de oro; et había en esta vaina muchas piezas de esmeraldas et de rubíes et de zafíes et pieza de aljófar grueso; et otrosí diole un bacinete muy bien guarnido con oro, et en derredor del oro había muy muchas piedras, et señaladamente había dos piedras rubíes, et la una en la fruente, et la otra encima dél, que eran tamañas como castañas. Et otrosí diole muchos paños de oro et de seda de los que labraban en Granada, et otras joyas muchas de las que él traía. Et otrosí el rey partió con él de sus donas de las que allí tenía» 1 . Se observa ya en esta entrevista la magnificencia y generosidad de los árabes, y el respeto y delicadeza con que se trataban las dos sociedades en medio del ardor de la guerra y del sentimiento religioso. Desde Alfonso XI hasta la toma de Granada (1492) fueron muy frecuentes las relaciones de los caballeros moros y cristianos y los duelos y lances de honor, que dieron origen a uno de los géneros más bellos y nacionales de nuestra poesía, a los romances moriscos y caballerescos, donde campean en sonora y brillante versificación las aventuras y los actos de heroísmo y de galantería ejecutados por los valerosos paladines de las dos nacionalidades, árabe y cristiana. Alfonso XI, con sus altas cualidades y su genio guerrero y caballeresco, contribuyó a dar al carácter nacional ese temple generoso y altivo, origen de señaladas hazañas; y, cuando no ocupaba a su belicosa nobleza en la lucha con los moros, la entretenía con justas y torneos, siendo muy notable lo que sobre esta materia dice su crónica (año 1333): «Este rey don Alfonso de Castiella et de León, aunque en algún tiempo estidiese sin guerra, siempre cataba en cómo se trabajase en oficio de caballería, faciendo torneos et poniendo tablas redondas et jostando, et cuando de esto non facía algo corría monte. Et otrosí, por que los caballeros non perdiesen de usar las armas, et todavía estidiesen apercibidos para la guerra, cuando menester les ficiese, estando en Valladolid mandó llamar por sus cartas los caballeros de la Banda et otros caballeros et escuderos fijos dalgo del su reino, que fuesen todos con él en aquella villa, tercer día ante del día de Pascua, et que tragiesen y todos sus caballos et sus armas. Et para aquel día que el rey les envió mandar venieron y todos. Et otro día de pascua el rey mandó bastecer un torneo de mui grand compaña de caballeros, et eran todos los caballeros de la Banda de la una parte, et otros tantos caballeros et escuderos de la ventura de la otra parte. Et en aquel día en la mañana mandó poner dos tiendas fuera de la villa en el campo do lidian los reptados: la una al un cabo et la otra tienda a la otra parle; et todos los caballeros fueron juntados en aquel campo armados de todas sus armas et en sus caballos. Et en este torneo entró el rey desconocido de la parte de los caballeros de la Banda; et pusieron cuatro caballeros por fieles. Et desque fueron todos en el campo, los unos de la una parte et los otros de la otra, venieron darse muchos golpes de las espadas de la una parte el de la otra. Et hobo allí algunos caballeros que cayeron los caballos con ellos, et otros caballeros que fueron derribados; et, como la priesa era muy grande, et todos andaban desconocidos, algunos hobo y que dieron al rey grandes espadadas encima de la capellina sobre las armas, non lo conosciendo. Et los caballeros que eran puestos por fieles de aquel torneo, veyendo el gran afincamiento en que estaban et la gran priesa que se daban los unos a los otros de amas las partes, et como había muy grand pieza del día que se juntaran, entraron entremedias dellos et feciéronlos partir. Et después venieron dos venidas los unos contra los otros, et, dándose mui grandes feridas, era la priesa muy grande entre ellos; et venieron a entrar todos en una puente pequeña que estaba encima de un rio ante la puerta de la villa; et porfiaron mucho este torneo en aquel logar, fasta que fue pasada cerca de la hora de la nona; et estonce los Fieles partiéronlos et fueron descender de los caballos en las tiendas, los caballeros de la Banda en la una, et los caballeros de la Ventura en la otra; et comieron cada unos dellos en sus tiendas. Et desque hobieron comido, los caballeros de la Ventura cabalgaron en los caballos et venieron a ver al rey et los caballeros de la Banda, que estaban con él en la tienda, por que los caballeros que habian sido fieles juzgasen cuales habían sido mayores en aquel torneo; et los caballeros de la Banda acogieron muy bien a los caballeros de la Ventura, et feciéronles mucha honra, et estidieron alli fahlando et departiendo de las aventuras que cada uno dellos habían habido en aquel torneo , et partieron todos con el reí et entráronse á la villa» 2 .

Con tan magníficos torneos escitaba el rey de Castilla el valor y el honor,promovía los sentimienlos caballerescos, se hacía digno jefe de la altiva noblezae inflamaba su imaginación tras las proezas y todos los sentimientos de generosidad y de hidalguía. No había aun principiado la terrible lucha de la Francia y de Inglaterra, no se habían dado todavía las memorables batallas de Crecy y de Poitiers, ni fundádose por Eduardo III de Inglaterra y Juan II de Francia las célebres órdenes de la Jarratierre y de la Estrella, sucesos que tanto contribuyeron al desarrollo de la caballería en Europa, cuando los caballeros de la Banda entreteníanse diariamente en justas y torneos, y se presentaban en sus reglamentos y en su conducta como el tipo de todas las virtudessociales. Disputen en buen hora críticos y filósofos sobre la verdad de los sentimientos caballerescos en Europa, que por lo relativo a nuestra patria apenas hay crónica, romance, comedia, ni anécdota que no muestre evidentemente que la lealtad, la nobleza de proceder y todas las virtudes caballerescas no solo fueron una verdad en España, sino que formaron sus costumbres, su nacionalidad, sus glorias y su literatura. Conocidas son de todos las obligaciones morales de los caballeros en Europa; mas nos atrevemos a decir que ninguna nación puede presentar en 1330 reglamentos como los dados por Alonso XI a los caballeros de la Banda. No hay género de virtud ni sentimiento de generosidad que no les estuviese prescrito; y al volver la consideración a los tiempos de barbarie y de grosería general en que ideas tan elevadas y pensamientos tan hidalgos se tenían por un corto número de hombres, el corazón nos late y sentimos a la vez el desdén y la indignación más profunda hacia los filósofos y demagogos que en nombre de la fría y material razón y proclamando el dogma de la igualdad han ridiculizado y arrastrado por el suelo instituciones respetables, dejándonos tras sí abundante cosecha de miserable cálculo, de baja ambición, y de grosero e insufrible egoísmo. Creemos por ello que nuestros lectores no verán con disgusto la reseña de las obligaciones morales de los caballeros de la Banda que tan honrosas son al carácter nacional, y cuyo conocimiento puede servir mucho al objeto que nos hemos propuesto de examinar el teatro español en relación con las costumbres y con la historia del país.



F. G. MORÓN

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