Prensa y canon · Textos historiográficos
“Examen filosófico del teatro español. Relación del mismo con las costumbres y la nacionalidad de España. (Continuación)”
- Autor del texto editado
- Morón, Fermín Gonzalo
- Título de la obra
- El Iris, semanario enciclopédico, t. II, n.º 8, 22 de agosto de 1841
- Autor de la obra
- Mellado, Francisco de Paula (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de Mellado,
1841
- Paginación
- pp. 119-124
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Biblioteca Digital Memoria de Madrid. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
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Córdoba, 6 octubre 2025
EXAMEN FILOSÓFICO DEL TEATRO ESPAÑOL. RELACIÓN DEL MISMO CON LAS COSTUMBRES Y LA NACIONALIDAD DE ESPAÑA.
(Continuación)
III.
Así desde las proezas de Bernardo del Carpio, del Cid y de Fernán González, veía Castilla a ejemplo de tan claros varones reproducirse los más señalados actos de valor y de fidelidad caballeresca, que llegaron al más subido punto en el reinado de san Fernando y en los primeros años de Alfonso el Sabio.
La crónica del primero refiere que en su tiempo estaba confiada la tenencia dela Peña de Martos a don Alvar Pérez, quien había salido de ella, dejando a lacondesa su mujer y a su sobrino don Tello con 40 caballeros, vasallos suyos. Entretanto que don Alvar Pérez estaba en Castilla, Benhalmar, rey de Arjona, que se llamó así en el principio de su reinar porque era de allí natural, y después fue rey de Granada, vino con gran poder de moros sobre la Peña, y cercola y comenzola a combatir; y por poco la tomara, porque vino a tiempo que non había hombre ninguno en la fortaleza, salvo la condesa y sus doncellas, porque había entonces salido don Tello con los 40 caballeros a correr a la tierra a los moros; y también entonces no era aquella fortaleza tan fuerte como agora. Cuando la condesa se vio cercada, y la fortaleza sin hombres, mandó a susdoncellas que se destocasen en cabellos y se pusiesen en manera que pareciesen que fueren hombres, y tomasen armas en las manos, y se asomasen entre las almenas de la fortaleza, lo cual se hizo así, y ella tuvo manera como enviase un mensajero a don Tello allá donde era ido, por que le hiciese saber lo que pasaba sobre Martos. El cual, como lo supo, luego a gran prisa se vino para Martos él y los otros caballeros, y, como llegaron cerca y vieron tan gran poder de moros que tenían cercada la Peña y la combatían reciamente, fueron muy tristes y puestos en gran congoja, por no estar ellos dentro para la defender, y tenían miedo que aquel día se perdiese la Peña, que era llave de toda aquella tierra, y así mesmo que llevarían captiva a la condesa su señora y a sus doncellas y dueñas, porque no esperaban de ninguna parte ser socorridas que antes la Peña no fuese tomada, ni menos ellos podían entrar salvo, si no entrasen por medio de los moros, y era tan grande el poder dellos, que no se osaban meter en tan grande peligro. Ellos estando en esta congoja, que no sabían que remedio dar en estecaso, habló un caballero de los que allí estaban, que se llamaba Diego Pérez de Vargas, el que había ganado en la de Jerez el sobrenombre de Machuca, y díjoles de esta manera: «¿Caballeros, qué os parece que debemos hacer? Si queréis, hagamos un tropel, y metámonos por medio de estos moros, y probemos si podemos pasar por ellos a socorrer la Peña y a la condesa nuestra señora, que yo confió en Dios, si lo cometemos, que saldremos con ello; que no puede ser sino que alguno de nosotros pasendo la otra parte, y cualesquier de nosotros que a la Peña pueda subir la podrán defender que no la entren los moros, y los que de nosotros no pudieren pasar y murieren salvarán sus ánimas y harán lo que todo buen caballero debe hacer. Y justa cosa es que, pospuesto todo temor, lo hagamos así, porque, si esto dejamos de acometer, perderse ha la Peña, que es la llave de toda esta tierra, en quien tiene su esperanza el reydon Fernando que por ella se ha de ganar toda aquesta tierra que los morostienen ocupada; y más, que captivarán a la condesa nuestra señora, y a sus dueñas y doncellas, y nosotros caeremos en muy grandísima vergüenza y deshonra, que pusimos tal cobro en la Peña; y es cierto que antes querría morir a manos de otro moro, haciendo mi posibilidad, que no que se pierda la condesa mi señora y la Peña, y nunca yo pareceré con esta vergüenza ni ante el rey, ni ante don Alvar Pérez mi señor. E yo determino de meterme entre estos moros, y hacer lo que bastaren mis fuerzas, hasta queallí muera; y, pues todos sois caballeros hijos dalgo, y veis que conviene que esto se haga, haced lo que debéis, que no tenéis de vivir en este mundo para siempre; que de morir tenemos, y ninguno de nosotros se puede escusar de la muerte agora o después; y, siendo así, no debemos tanto temer el morir; porque, si aquí muriésemos, moriremos con mucha honra, haciendo todo aquello que buen caballero debe hacer; y, pues tan breve es la vida deste mundo, no debemos dejar de acometer esto con todas nuestras fuerzas y esforzados corazones, por que por nuestra cobardía no se pierda hoy tan gran pérdida; por eso, señores y amigos, ved si acordáis todos en esto; y, si no, de todos me despido, que yo quiero ir a hacer lo que bastaren mis fuerzas hasta que allí muera». Mucho le plugo a don Tello esto que Diego Machuca dijo, y respondió así a Diego Pérez: «Vos habéis hablado a mi voluntad, y lo habéis dicho como muy buen caballero que sois, y yo vos lo agradezco muy mucho; y los que así lo quisieren hacer como vos lo habéis dicho, harán lo que deben como buenos caballeros hijos dalgo, y, si no lo quisieren hacer, vos y yo hagamos todo nuestro poder hasta que muramos y no seamos hoy tan grande pérdida».
Todos los otros caballeros, viendo que era cosa justa lo que don Tello y Diego Pérez decían, dijeron que eran todos de aquel acuerdo, y que así se hiciese. Entonces hiciéronse todos un tropel, y dijeron que todos y cada uno trabajase de romper, y pasar adelante hasta subir la Peña los que pudiesen. Luego dieron de las espuelas reciamente alos caballos, y rompieron por medio de los moros, y el primero que rompió ehizo lugar a los otros, y el primero que subió la Peña fue Diego Pérez Machuca. De estos caballeros pasaron y subieron la Peña de Martos la mayor parte dellos; los que atajaron los moros, que no pudieron pasar, esos murieron, Cuando el rey moro vido cómo aquellos caballeros se habían puesto a tan gran peligro y habían subido a laFlorida, conosciendo que eran muy buenos y esforzados caballeros, y, pues que a aquello se habían puesto, que creía que defenderían muy bien la Peña deMartos, y, viendo que muy poco le aprovecharía estar allí, alzó el cerco e fuese. Y desta manera fue socorrida la Peña de Martos, y la condesa librada por elgrande esfuerzo y consejo de Diego Pérez Machuca 1 .
Colocadas así en terrible y continuada lucha dos sociedades opuestas en religión, en intereses y costumbres, uníanse las más nobles y fuertes pasiones para templar fiera y altivamente el carácter español, excitar los ánimos a las más arrojadas hazañas y dar un tinte heroico y sobrehumano a las acciones. Arrastrados a la pelea los habitantes de la España feudal por el sentimiento religioso, el honor, el amor nacional y el atractivo de rico botín, viéranse en aquellos siglos de románticas aventuras realizarse las más altas y gloriosas empresas, y correr los hombres a porfía en busca de proezas y prodigios sin cuento. La imaginación dirigía y arrebataba al noble y al caballero, y jamás fallaba al corazón el necesario esfuerzo para hacer verdaderas las magníficas y esplendorosas ilusiones de aquella. No eran tiempos de razón, de cálculo ni de filosofía; mas en nombre de la religión, de la lealtad y del pundonor, un corto número de hombres en vuelo de su fantasía consumaba los más atrevidos y grandiosos hechos y dejaba muy atrás el heroísmo de los bellos días de Grecia y de Roma.
Empero uno de los rasgos distintivos de esta época, que produjo el romanticismo y el carácter altamente poético y dramático de la edad feudal y que inspiró más tarde a nuestros más distinguidos ingenios, fue el ideal y sublime respeto tenido a las mujeres por los caballeros en medio de la común barbarie y de las groserías generales. Este sentimiento era propio de las tribus germánicas, y Tácito en su admirable obra sobre las costumbres de los germanos, dice al hablar de estos: «consideran en las batallas como santos testigos los lamentos de las mujeres y los vagidos de los niños. Creen haber en las primeras algo de divino y providencial, y ni desprecian sus consejos, ni oyen con indiferencia sus respuestas». Mas, aunque los primitivos germanos, del mismo modo que algunas tribus de la América del Norte, conocieron esta diferencia romancesca hacia el bello sexo, necesario es confesar que las costumbres descritas por Tácito ni eran propias de todas las tribus germánicas, como lo prueba la inferioridad de la mujer sancionada en la legislación lombarda, sálica, ripuaria e inglesa, ni se conservaron después al ponerse en contacto los bárbaros del Norte con la inmoral y profundamente depravada sociedad romana. Por el contrario, nada hay menos delicado, más grosero y brutal que el cuadro ofrecido por la Europa en los siglos V, VI, VII, VIII y IX. Al leer los cronicones latinos de esta época, sobre todo los de Frelagario y Gregorio de Tours, no parece sino que los bárbaros vinieron a añadir su rústica ferocidad, su grosería salvaje y su fría crueldad al envilecimiento y corrupción del imperio. La moralidad, el respeto y santidad del hogar doméstico, el honor y la deferencia romancesca hacia el bello sexo, nacieron de la vida feudal y de castillo en los siglos X y XI, y hallaron magnífico y brillante desarrollo cuando las dos nacionalidades árabe y cristiana combatieron por el poder y por la religión en oriente y occidente. Excitado poderosamente el sentimiento de la dignidad y de la grandeza personal por las costumbres aristocráticas, arrebatada la imaginación de los hombres por la religión y el amor a la guerra y a las aventuras, arrojábanse los caballeros a las más atrevidas hazañas; y la romántica imaginación de la mujer encerrada en los poéticos castillos de la edad feudal no podía menos de sentir la más tierna y sublime afección hacia los esforzados paladines de su tiempo. Esta vida de aislamiento y retiro contribuía poderosamente a conservar el pudor y la poesía de las mujeres, y debía hallar la más delicada simpatía en el corazón de los hombres. Enemigos como lo somos de todo lo que tiende a deprimir la dignidad del otro sexo, creemos profundamente que la modestia, la virtud y el recogimiento conquistarán siempre a la mujer el respeto y consideración del hombre, y la harán aparecer a sus ojos embellecida con aquella brillante poesía y sublime idealismo, origen de señalados hechos y heroicos sacrificios en las relaciones de ambos sexos. Tal fue la situación de estos en la época feudal, y no es va de extrañar que la romancesca fantasía de los caballeros tuviese hacía las mismas tan poética adhesión y realizara en su nombre tan singulares empresas. España sobre todo, por causas de que ya hemos dado cuenta, excedió a los demás países en costumbres caballerescas y en el respeto a la mujer. Célebres son ya por poéticas aventuras en la crónica general de Alfonso el Sabio la infanta de Navarra, mujer del conde Fernán González, y doña Jimena, esposa de Rodrigo del Vivar; mas nada hay que ofrezca un tinte tan maravilloso y romancesco como los amores de la hermosa Zaida con Alfonso VI de Castilla. «E el rey don Alfonso (dice la crónica general, página 245), que fue siempre muy esforzado rey e muy aventurado, habíe ganado mucho, pero con todo eso non dejaba de contender en fecho de armas, tanto, que moros e cristianos habíen de ver con él, e en todo esto sonaba la fama muy grande de este rey don Alfonso, e hobol a oír e saber aquella doncella doña Zaida, hija del célebre Abenabet, rey de Sevilla, e tanto oíe decir deste rey don Alfonso que era caballero muy grande e muy fermoso ome en armas e en todos los otros sus fechos, que se enamoró dél; e non de vista, ca nunca lo viera, mas de su buena fama e del su buen prez, que crescíe cada día e sonaba, con que cada día más se enamoraba dél doña Zaida, tanto, que fue a demás; así que, ella muy enamorada dél, como las mujeres son sotiles e sabidoras para lo que mucho han talante, hobo ella sus mandaderos de cómo el rey don Alfonso andaba entonces por Toledo, e por las conquistas que facíe entonces en las villas aderredor della; e que, cuando era acerca de la tierra desta doña Zaida, hobo ella sus mandaderos, con quien le envió decir e rogar que hobiese ella la vista dél, ca era muy pagada de su prez e de la beldad que decíen dél, e quel amaba e quel quería ver. E, aun por llegar el preito más aína a lo que ella queríe, enviol decir por escripto las villas e los logares que su padre le diera, e que, si él quesiese casar con ella, que le daría Cuenca e todos aquellos castiellos e fortalezas que le diera su padre. E el rey don Alfonso, cuando este mandadero oyó, plegol mucho con aquellas nuevas, e enviol que viniese ella a do tuviese por bien, e él que la iríe a ver de todo en todo. E unos dicen que ella vino a Consuegra, que era suya, cerca de Toledo; otros dicen que a Ocaña, que era suya otrosí; e otros dicen aun que las vistas, que fueron en Cuenca. Mas las vistas háyanse do quier, que el fecho de lo que Zaida queríe acabose, e nos vayamos por el cuento de nuestra historia, que dice así. Pues que el rey don Alfonso tomó su caballería muy grande e buena, guardando todavía bien de engaño e de traición que no anduviese, fue a ver a doña Zaida. E después que se vieron amos, si ella era enamorada e pagada del rey don Alfonso, nos fue el rey don Alfonso menos pagado della, ca la vio él muy grande e muy fermosa, e enseñada e de mui buen continente, como le dijeron della. E hobo luego sus fablas con ella, e demandó que, si ella tal preito queríe, que si se tornaría cristiana, e ella dijo que sí e que le daría luego Cuenca e todo lo al que el padre le diera, e que faríe todas las cosas del mundoque la mandase de mejor mente que otra cosa, solo que con ella casase. E el rey don Alfonso, veyendo cómo era nueva la conquista que el ficiera de Toledo, e con lo que la Zaida habíe, que sería de gran ayuda para haber a Toledomejor parcida, hobo su consejo con los condes e ricos homes,e tornola cristiana, como habemos dicho en contado en esta estoria suso ante desto. E casó con ella, e fizo luego un fijo, e ella entregó luego al rey Cuenca e todo lo al»
F. G. MORÓN