Prensa y canon · Textos historiográficos
“Examen filosófico del teatro español. Relación del mismo con las costumbres y la nacionalidad de España. (Continuación) Artículo 2º”
- Autor del texto editado
- Morón, Fermín Gonzalo
- Título de la obra
- El Iris, semanario enciclopédico, t. II, n.º 4, 25 de julio de
- Autor de la obra
- Mellado, Francisco de Paula (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de Mellado,
1841
- Paginación
- pp. 54-57
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Biblioteca Digital Memoria de Madrid. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santaigo López
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Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 3 octubre 2025
EXAMEN FILOSÓFICO DEL TEATRO ESPAÑOL. RELACIÓN DEL MISMO CON LAS COSTUMBRES Y LA NACIONALIDAD DE ESPAÑA
(Continuación)
II
Cuando la invasión árabe conducida y dirigida por el conde don Julián, después de haber vencido y derrotado con su rey la gastada y envilecida población romano goda, entregó a saqueo y general incendio las ciudades de España, fijándose al cabo de dos años de devastación y de pillaje en las bellas regiones de Andalucía, y dejando desierta y desolada la parte interior de la península, dos cosas solo quedaron en ella que debían dar origen a las grandiosas empresas rematadas después por el esfuerzo y por el genio de nuestros ascendientes, el sentimiento religioso y la independencia y valor de los habitantes del septentrión de España, donde se concibió y realizó el sagrado y gigantesco proyecto de reconquistar el país de manos de un enemigo audaz y poderoso. «E los moros ⎼dice la crónica general de Alfonso el Sabio, hablando de la pérdida de España⎼ por aqueste engaño tomaron todas las tierras, e después que las ovieron en su poder, quebrantaron toda la postura, e robaron las iglesias e los omes, e llevaron todos los tesoros dellos, e todo el aver de la tierra que nos fincó y nada, si non los obispos que fuyeron con las reliquias e se acogieron a las Asturias». Nada quedó, dice con razón el cronista, sino las reliquias, los obispos y las montañas. Pero bastaban tan preciosos restos para encender los ánimos, recobrar la independencia, arrojarse a nobles y temerarias empresas y formar una nación que, trabajada duramente por una lucha de ocho siglos, debería salir de ella audaz, guerrera y heroica, para lanzarse sobre la África y la Europa, y marchar llena de valor y de confianza a la conquista de nuevas y desconocidas regiones. Cuando un principio o sentimiento moral se halla fuerte y profundamente arraigado en las costumbres de un país, pueden perderse batallas y desaparecer poblaciones; mas, si existe un rincón donde un corto número de hombres pueda refugiarse para librar momentáneamente su persona de una fuerza colosal, la nacionalidad se salvará en él. Así sucedió a España. El sentimiento religioso ahondado en el corazón de los habitantes por el régimen ascético y teocrático de la monarquía goda, y el amor de la patria y de la independencia que jamás desaparece en los pueblos montañeses se aliaron en ella admirablemente para emprender entre dos naciones opuestas en religión, en interés y costumbres una lucha desigual y terrible, que debía dar un temple heroico y sobrehumano a sus contendientes y ser origen de aventuras singulares, de prodigios sin cuento y de bizarrísimas hazañas.
Destruida y casi exterminada en España por la conquista la envilecida población romano-goda, quedaron señoras de su territorio dos sociedades nuevas, llenas de vigor y de genio. La sociedad árabe, de costumbres generosas y magníficas, y entusiasmada a la sazón con las señaladas victorias y brillantes triunfos ganados en nombre de la religión; y la sociedad septentrional y cristiana de España, pobre de medios y recursos, pero altiva, guerrera, emprendedora y arrastrada a la pelea por el sentimiento religioso, el amor nacional, y la urgente necesidad de su conservación. Los árabes, dueños de las bellas regiones de Andalucía, respirando el embalsamado aire de nuestras costas meridionales, bajo un cielo sereno, hermoso y apacible, y dirigidos por la noble y desgraciada familia de los Ommiades, dieron un desarrollo magnífico y esplendoroso a su carácter generoso y guerrero, a su imaginación oriental, a su genio amante de las ciencias, del lujo y de la pompa en los edificios y en los vestidos, en los saraos y torneos. Pero, mientras crecía asombrosamente en gloria y en pujanza durante los tres primeros siglos (710 a 1001) la población árabe, luchaba penosamente la cristiana con el poder colosal de sus enemigos, con la esterilidad de las regiones que habitaba, con la inseguridad general y con la escasez de medios y recursos para satisfacer las primeras y más urgentes necesidades de la vida física. Mas al través de tan duras circunstancias y en la orfandad del país tomó un temple belicoso y heroico el carácter nacional, y las tradiciones y las baladas populares, las crónicas y los poemas contaron en rudo, sencillo, pero encantador lenguaje, las señaladas aventuras, virtudes religiosas y esclarecidas hazañas de Bernardo del Carpio, del Cid y de Fernán González. La religión y la guerra sirvieron a aumentar la grandeza personal de estos héroes que distinguieron su vida, según los poetas y cronistas, por los más insignes actos de bizarría, de piedad religiosa, de honor y generosidad caballeresca. Es, en medio de la lucha jamás interrumpida de las dos sociedades árabe y cristiana, en el ardor religioso de la época y en la libertad absoluta que las circunstancias daban para desarrollarse los más nobles caracteres, como nacieron y se arraigaron hondamente en España las costumbres y sentimientos caballerescos, señalado contraste con la grosería y refinada barbarie tendidas comúnmente en la sociedad. Mas los ejemplos de valor, de lealtad y piedad religiosa de los caballeros se conservaban profundamente en la memoria de los hombres, se celebraban por cantores y juglares en las reuniones populares, se transmitían a la posteridad en crónicas y poemas, y servían para excitar los ánimos a las más arrojadas empresas, para mantener el espíritu religioso y guerrero, templar fieramente el carácter nacional y dar a la vida ese tinte tan dramático y romancesco que distingue en especial la España de la Edad Media.
La caballería nació entonces espontáneamente de las circunstancias de la época; y, al modo que las cruzadas o la lucha cristiana y mahometana la dieron origen en Europa, así también los mismos sentimientos y situación la promovieron y fortificaron en nuestro país, donde por la continuación de la guerra, el orientalismo de los árabes y la intención del principio religioso, tomó una energía desconocida en otras partes. La caballería es en nuestra opinión propia de la sociedad cristiana y septentrional, y adoptada después por los árabes; empero, la generosidad y nobleza de proceder, rasgo distintivo de estos, ejerció no pequeño influjo sobre el carácter español. Las dos sociedades mezclaron sus usos y costumbres; y, desde el esclarecido Almonozor (siglo X) hasta el esforzado Muza (siglo XV), frecuentes fueron entre árabes y cristianos los duelos y torneos, y el más delicado respeto hacia el valor y las altas calidades en medio de la oposición de raza y de religión. Lucas de Tuy ensalza en su cronicón latino el distinguido honor con que eran tratados los cristianos por Almanzor, y la crónica general de Alfonso el Sabio, fiel y poético reflejo de las costumbres caballerescas de España, refiere que el generoso Hagib, secretario del rey de Córdoba, armó caballero a Mudarra González, hijo bastardo de Gonzalo Bustios de Lara y no titubea en escribir del mismo el siguiente elogio: «E este Almanzor era ome mui sabio e esforzado, e alegre, e franco, e mucho ardid, a mui sotil; así que sabíe falagar los moros e cristianos, e averlos a todos de su parte, e bien semejaba a ellos, que más los amaba que a los moros, e fazíales tanta honra, que ellos trabajaban en facerle servicio e lo que veían que le plazeríe» 1 .
(Se continuará)