Prensa y canon · Textos historiográficos
“Examen filosófico del teatro español. Relación del mismo con las costumbres y la nacionalidad de España”
- Autor del texto editado
- Morón, Fermín Gonzalo de
- Título de la obra
- El Iris, semanario enciclopédico, t. II, n.º 3, 18 de julio de 1841
- Autor de la obra
- Mellado, Francisco de Paula (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de Mellado,
1841
- Paginación
- pp. 38-41
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Biblioteca Digital Memoria de Madrid. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
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Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 3 octubre 2025
EXAMEN FILOSÓFICO DEL TEATRO ESPAÑOL. RELACIÓN DEL MISMO CON LAS COSTUMBRES Y LA NACIONALIDAD DE ESPAÑA
En el anterior artículo, sobre la tragedia griega y el carácter distintivo de la literatura antigua y moderna, manifestamos nuestra opinión acerca de las bellezas del teatro de Esquilo, Sófocles y Eurípides, de su enlace con las costumbres y nacionalidad de la Grecia, y de las causas que explicaban las formas artísticas de las tragedias griegas, admitidas después por definitivas y perfectas con la autoridad de Aristóteles en el brillante siglo de Luis XIV. Indicamos también la revolución producida en las ideas y sentimientos por la introducción del cristianismo y la irrupción de los pueblos del Norte, y el nuevo rumbo que la literatura debía tomar como resultado necesario de aquella. Nos limitamos en el primer artículo a reflexiones puramente generales, porque el desarrollo y demostración del pensamiento contenido en el mismo exigiría de suyo la formación de un libro. Sin embargo, nuestros lectores pudieron observar que en el examen y juicio de las obras literarias buscábamos más bien el fondo que las formas, dábamos preferencia a las bellezas naturales sobre las artísticas y de convención, y que no nos hallábamos dispuestos a calificar las más elevadas producciones del genio partiendo de la inmoble base de las reglas sostenidas con más o menos razón por los preceptistas. Y no es porque nosotros neguemos la verdad y utilidad de algunas, ni desconozcamos la saludable influencia del buen juicio de corregir los estravíos de la imaginación. En todo ello convenimos con las magistrales pretensiones de la escuela clásica. Pero, a decir verdad y sin querer ofender a los distinguidos ingenios que cuenta por patronos, nos ha parecido siempre pobre e infecunda crítica la que, despojando una obra literaria de su conexión con las costumbres, de las ideas y sentimientos que encierra, pretende solo juzgar el esqueleto de las formas, o, lo que es lo mismo, censurarla según su mayor o menor armonía con predeterminadas reglas. Sistema es este que ha conducido a sacrificar el fondo a las formas, a dar a las segundas una preferencia exclusiva, a considerar las producciones literarias como obra más bien de la razón y del trabajo intelectual que fruto espontáneo de la inspiración y del genio, y que, estraviando el gusto de la verdadera belleza, ha sido la causa del odio e injusto desdén mostrado hacia los más privilegiados talentos que, en alas de su fantasía y por un conocimiento instintivo de la sociedad en que vivían, adquirieron alto y distinguido renombre entre sus contemporáneos.
Pero tiempo es ya de que las obras de imaginación sean apreciadas bajo un punto de vista más lato y fecundo y que, sin negar a los críticos el derecho de examinarlas en su relación con las reglas o la parte retórica, por decirlo así, del arte, se estudie el fondo de las mismas, la fuerza del genio y de la imaginación, el placer que causaron al público contemporáneo, su conexión con las costumbres y el influjo ejercido en la sociedad. Cualquiera que sean las convicciones sobre el arte, bien se crea en la poética de Aristóteles, de Horacio y de Boileau, bien se adopte la opinión de nuestros dramáticos antiguos, y señaladamente la de Lope de Vega, que en su Arte nuevo de hacer comedias (1602) decía:
Elijase el asunto, y no se mire,
(perdonen los preceptos) si es de reyes;
lo cómico y lo trágico mezclados
y Terencio con Séneca, aunque sea
como otro Minotauro de Pasifae, [5]
harán grave una parte y otra ridícula,
que aquesta variedad deleita mucho.
Buen ejemplo nos da naturaleza,
que por tal variedad tiene belleza.
Lo que no se puede dudar es que en todos los países dotados de una literatura rica y fecunda refleja esta siempre con mayor o menor verdad todo lo que hubo de profundo, dramático y poético en las costumbres. Por ello la Europa, cambiada moralmente desde el cristianismo y la irrupción de los pueblos del Norte y entregada a un desarrollo instintivo y espontáneo durante la Edad Media, tiene una literatura original, fiel reflejo de las ideas y sentimientos que animaron su vida y nacionalidad. Por eso creemos también que a toda historia o crítica de las obras literarias debe preceder una reseña de las costumbres y de los principios dirigentes de la sociedad, y juzgamos que el examen de aquellas bajo el punto de su mayor o menor observancia de las reglas artísticas no puede menos de ofrecer un cuadro pálido e imperfecto de sus bellezas. La literatura, por desgracia, no ha sido hasta el día considerada de este modo, único que en mi opinión es completo, que destruiría muchas preocupaciones, rehabilitaría reputaciones tratadas con desdén y daría ideas más vastas del arte. El siglo XIX, naturalmente grave y filosófico, no se contentará por ello con las apreciables historias literarias de los Tiraboschis, Bateux, Andreses y La Harpes, y aspirará a considerar la literatura y las bellas arles bajo nuevos y más grandiosos aspectos.
No es nuestro ánimo en el presente artículo desarrollar este pensamiento con respecto a la literatura de Europa; un trabajo semejante sería superior a nuestras débiles fuerzas, y no contamos para él con la suficiente preparación; así, nos bastará hacer esta indicación general, seguros de que algún día ella dará su fruto y será adoptada por los ingenios privilegiados que tengan de la historia literaria la alta idea que ya Bacon tenía al principio del siglo XVII, y que tan bien supo desenvolver en el capítulo 4.°, libro 2º de su admirable obra De dignitate et augmentis Scientiarum.
Mas, si hubo algún país en que la literatura y, sobre todo, la dramática, refleje con fuerte y brillante colorido lo que hubo grande, religioso, caballeresco y sublime en las costumbres, este país ha sido España. Nosotros no tenemos el menor incidente en firmar que Grecia y España son los dos pueblos dotados por excelencia de un teatro nacional. Mas, decaída nuestra antigua pujanza y enervada la grandeza de nuestro carácter bajo los últimos reyes de la dinastía austríaca, atacada nuestra nacionalidad desde el advenimiento al trono español de la dinastía francesa, muertos los grandes genios que inmortalizaran el indolente y voluptuoso reinado de Felipe IV, y entregado nuestro teatro a rapsodas y poetas sin genio, sufrió el yugo del estéril clasicismo francés, que, lleno de orgullo y de ridículo pedantismo, condenó al olvido y al desdén las producciones de nuestros más sobresalientes ingenios; y no parece sino que los Luyandos, Montianos, Apandas y Moratines aspiraban a divinizar las obras de nuestros vecinos para deprimir y entregar al desprecio las que recordaban días gloriosos, y una literatura original y sublime. Los Nasarres y Velázquez, preocupados de las estrictas reglas de los preceptistas, juzgaron con notable injusticia nuestro teatro antiguo, el autor del Café y del Sí de las niñas excusó en sus Orígenes examinarle, el señor Martínez de la Rosa estuvo severo con Lope de Vega y nuestros poetas dramáticos en sus Apéndices a la comedia y a la tragedia, y, si el distinguido crítico don Alberto Lista vindicó nuestras antiguas glorias dramáticas en sus excelentes Lecciones de literatura española pronunciadas en el Ateneo de Madrid, limitose, sin embargo, a la apreciación de nuestro teatro bajo un punto de vista meramente artístico. Empero, como este examen de todas las obras literarias y en especial de las españolas es manco y defectuoso, y los ligeros trabajos de los Lampillas, Bouterweks y otros adolezcan de este vicio, es nuestro ánimo en el presente artículo marcar un nuevo rumbo para censurar las producciones del genio, convencidos, como íntimamente lo estamos, de que jamás podrá ser bien y cumplidamente juzgada la literatura española sin el estudio y exposición previa de sus costumbres y sentimientos que tinte tan caballeresco y sublime dieron a nuestro carácter. No se espere, pues, por ello que hagamos un análisis razonado y artístico de las mejores comedias de nuestros distinguidos ingenios, tareas esta desempeñada por otros, en especial por el señor Lista y a la cual ni damos la importancia que algunos, ni profesamos ardiente afición. Reseñar rápidamente las costumbres y sentimientos religiosos y caballerescos de nuestros mayores y mostrar que los Vegas, Calderones, Rojas, Moretos y Alarcones supieron agradar y conmover a sus contemporáneos, reproduciendo en magníficos versos y en una poesía llena de galas y de pompa oriental, todo lo que había heroico y sublime en nuestra historia, tal será el principal objeto a que dedicaremos en lo sucesivo algunos artículos.
F. GONZALO MORÓN