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Prensa y canon

“Siglo XIX. 1º de enero de 1838”

Autor del texto editado
Fernández Villabrille, Francisco (1811-1864)
Título de la obra
Siglo XIX, vol. II
Autor de la obra
[No se indica]
Edición
Madrid: 1838
Paginación
pp. 1-3
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 6 octubre 2025

Siglo XIX

1º de enero de 1838


E1 siglo acaba de cumplir los treinta y ocho años, y en esta época solemne, cuando ya está próximo a entrar en su edad madura, parece bien que dirijamos atrás una mirada y recapitulemos los principales acontecimientos de su juventud. Son tantos y tan sorprendentes estos sucesos, que aun su ligera y breve reseña merecía tratarse con más estension que en un artículo de periódico, porque la influencia política, industrial y literaria de la época en que vivimos debe llamar profundamente la atención del filósofo y del historiador. Parece que impele a los hombres y a las naciones a engrandecerse, a resistir a la arbitrariedad del poder y a seguir una ley de progreso cuyo imperio hace cambiar el aspecto de las cosas. Jamás han acontecido revoluciones tan generales ni con tal rapidez; los síntomas fundados al parecer sobre bases indestructibles caen a impulso de imprevistas teorías; todo aquello que era venerado por su antigüedad se ve desacreditado por los hombres nuevos, y hasta las ideas religiosas, los dogmas sagrados que el mundo estaba acostumbrado a respetar, se ven combatidos por los que pretenden hacer a la humana razón juez supremo de todas las cosas. La moderna generación al abordar a la orilla de este mortífero torrente es bastante sensata para no dejarse arrastrar de espléndidos sofismas, y para conocer que todo se malogra cuando se arranca el freno a las pasiones y el remordimiento al corazón.

No ha sido ciertamente este siglo uno de aquellos en que la historia presenta el raro ejemplo de pueblos disfrutando tranquilos los goces de la vida social, bajo el manto protector y la oliva bienhechora de la paz. Las naciones han sufrido alteraciones políticas muy violentas, desde que Napoleón las conmovió con su marcha triunfante. Aquel guerrero formidable dispuso a su antojo de las coronas de los gabinetes, de las iglesias y los países, hasta que los españoles, haciendo frente a su impetuoso avance y destruyendo sus legiones imperiales, hicieron al mundo salir de su letargo. Desde entonces algunos estados se han vuelto a constituir sobre sus antiguas bases. Francia, España, Portugal y Bélgica han cambiado su forma de gobierno, la belicosa Polonia sucumbe al autócrata no sin sostener una porfiada lucha, y la Grecia y el Egipto consiguen al fin sustraerse al poder del reformador Mahamud. La civilización se desarrolla rápidamente en los Estados Unidos del Norte de América, y esta revolución social es promovida por más de seiscientos mil estranjeros que van a buscar del otro lado de los mares la quietud y seguridad que ya no esperaban hallar en su patria. Otras repúblicas del suelo americano siguen el ejemplo de los estados de la Unión, y en breve su pabellón ondea en lodos los mares, sus embajadores son admitidos en todas las cortes, y su independencia es reconocida hasta por la misma metrópoli que las dio existencia política e hizo avanzar en la carrera de la civilización. Tantas agitaciones no han sido sin sangre vertida, y aun hoy día, hablando en general, los pueblos se afanan por acertar a fijarse en unas instituciones que mejor tiendan a mejorar la condición de los hombres y los liberten de las convulsiones que agitan el cuerpo social.

A este siglo pertenece también el haber descubierto importantes verdades en las ciencias, y el hombre industrioso ha sabido por medio de útiles invenciones satisfacer más cómodamente sus exigencias y aumentar los goces de sus semejantes. La química moderna, intentando descomponer uno por uno los elementos de que consta el universo, ha abierto fecundo y dilatado campo a las aplicaciones en las artes. El vapor, prestando una fuerza mágica a los débiles brazos del hombre, le hace ahorrar tiempo y trabajo en sus operaciones. Valido de tan poderoso agente comunica a sus máquinas una sorprendente actividad y hace subir a la superficie los tesoros escondidos en los abismos de la tierra. Ya colosales embarcaciones surcan velozmente los mares, sin tener necesidad de que un viento favorable infle sus velas, mientras que series de carruajes, cuya fuerza reunida es superior a las fuerzas humanas, ruedan por tierra con celeridad inaudita en el carril de hierro que la industria les trazó. El hombre fiado también en los aparatos que inventa, se sumerge en los abismos insondables del océano, y aun allí lleva el aire atmosférico necesario a su respiración; ayudado de un cuerpo invisible e impalpable se lanza en los espacios aéreos, arrostra el furor de los vientos, emprende los imposibles, y en su audacia hasta parece que intenta penetrar los arcanos de la divinidad. Tan pasmosos adelantamientos, aun no del todo apreciados, han producido en el mundo un cambio estrardinario, y son debidos en gran parte a la feliz combinación de las ciencias con las artes, para prestarse mutuo auxilio. Esta alianza ventajosa ha hecho comprender la relación que existe entre unas y otras, ha hecho que el artista y el menestral adquieran los conocimientos elementales útiles a su profesión, v que el laborioso operario, buscando alivio a sus fatigas en la lectura del arte que le ocupa, haga después de su teoría exactas y acertadas aplicaciones. Hechas así populares las ciencias y las artes, los conocimientos útiles se han propagado con rapidez; los esfuerzos de los sabios y la libertad de la prensa han acabado de difundirlos a un número infinito de personas. Esta ilustración más generalizada, este anhelo de saber que se nota en todas las clases, han caracterizado a nuestra época, que ya se alza con el pomposo dictado de Siglo de las luces.

Llégale su vez a la literatura, y sufre también una revolución, no solo en sí misma, sino al mismo tiempo en todo aquello con que tiene relación. La filosofía y los preceptos de Aristóteles, en armonía con la marcha lenta de los siglos anteriores, no pueden subsistir ante el movimiento actual. Las reglas dictadas por los autores, a quienes la antigüedad dio el nombre de clásicos, por su autoridad y porque habían servido de texto para la enseñanza en las clases, son desconocidas, son atropelladas por escritores que adoptan en sus composiciones estilo nuevo, vago, ideal, que, sin sujeciones de ninguna especie, dejan libre campo a la fantasía. Esta pretendida escuela moderna resucita las leyendas, las trovas y romances de la Edad Media, y, adoptando el estilo y las formas que prefijaron a sus composiciones los escritores españoles del siglo diez y seis, invade primero la escena y después todos los géneros de literatura. Las nuevas producciones chocan primero por su novedad y extrañeza, pero luego hallan fácil acogida y rápida aceptación entre la multitud curiosa, aficionada a la variedad y amante de las sensaciones fuertes y extraordinarias. La juventud española se lanza a la gloriosa palestra, hace competir sus obras con las de los más famosos escritores extranjeros e intenta elevar a su patria a la altura que ocupó en otro tiempo en el mundo civilizado. ¿Y por qué no ha de ser así? ¿Acaso el ingenio de los españoles es menos aventajado y audaz ahora que lo fue en los siglos anteriores? No ciertamente, y la mayoría de nuestros poetas ha sabido ya mejorar y dar su valor verdadero al romanticismo: han sabido instruir al pueblo sin viciarle. Nuestros jóvenes trovadores han acreditado ya que pueden escribir con entusiasmo las hazañas de nuestros héroes, presentar la sociedad actual como ella es en sí y desenvolver un gran pensamiento moral, sin manchar sus cuadros con sangre y horrores exagerados e indecorosos. Loor eterno a los que vindicando el honor nacional han sabido entrar en parangón con los ingenios más aventajados de Europa. Ojalá fuera yo capaz de hacer el elogio merecido de aquellas obras que tanto aumentan su reputación; pero mi voz humilde solo puede expresar la admiración y la gratitud. A estos seres privilegiados pertenece extender más y más la esfera del humano saber, difundir las bellezas y hacer la guerra al mal gusto y a la extravagancia. Ellos deben trazar la senda de moderación que han de seguir tantos como desean imitarles; particularmente aquellos que al consagrar sus periódicas tareas a la ilustración de sus contemporáneos pretenden seguirlos en su gloriosa marcha. La juventud actual es feliz por florecer en un tiempo en que los buenos principios en artes y ciencias triunfan de los partidarios de la ignorancia y de la preocupación, y más dichosa todavía por hallarse animada de aquel fuego sublime, de aquel noble entusiasmo que incita a las grandes empresas y promueve las obras maravillosas. Estas circunstancias ensalzaron los tiempos de Alejandro, de Augusto, de León X y de Luis XIV, y han de hacer también memorable al SIGLO XIX.



F. Fernández Villabrille

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