“Poesía lírica”
- Autor del texto editado
- Tejado y Rodríguez, Gabino (1819-1891)
- Título de la obra
- El Laberinto, periódico universal. Revista semanal del globo y del tiempo, t. II, n.º 24, 28/07/1845
- Autor de la obra
- Ferrer del Río, Antonio (dir.)
- Edición
- Madrid:
Prensas mecánicas de D.I. Boix,
1845
- Paginación
- pp. 294-296
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
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Córdoba, 23 septiembre 2025
Poesía lírica
Entre la poesía de una época dada y la condición social de los poetas que en ella figuran hallaría el observador una serie de relaciones que constituirían seguramente un estudio curioso y útil en gran manera. Veríase el origen de ciertas manías poéticas, que revelan el modo de existir de la sociedad en que aparecen, y se comprendería también hasta qué punto las creaciones del ingenio llevan ese sello de individualismo que tienen siempre todas las obras humanas.
Nuestros poetas del siglo de oro eran por lo general soldados o eclesiásticos: muchos, o por mejor decir, la mayor parte fueron una cosa y otra. Pasaban su juventud en las campañas de Italia y de Flandes; gozaban de aquella vida libre y alegre que no da lugar a meditaciones profundas; decoraban su ya rica imaginación con las galas que les prestaban los triunfos de Marte; y a vueltas de esta preciosa adquisición debilitaban la energía de su espíritu con esa superficialidad que ordinariamente le infunden las lides de Venus, especialmente cuando se cambia a cada momento en ellas las arenas del combate. De ahí esa mezcla de matonismo y de galantería, de altivez y de frivolidad; de ahí la ampulosidad que ordinariamente se halla en los cantos bélicos, y el helado discreteo que caracteriza las canciones amorosas de nuestros antiguos poetas. Pero en llegando a la edad madura, dejaban estos el arnés por la hopalanda clerical, hacían como quien renuncia de veras a las pompas y vanidades del mundo, aunque pasaran desde el campo marcial a los regios estrados, y entonces solía su musa encapotarse bajo el manto tenebroso de un rígido misticismo, que nos infunde pavor cuando acertamos a adivinarlo por entre el tupido velo de metafísica teológica que lo encubre.
Nuestros poetas del siglo pasado no eran por lo general militares ni clérigos; comenzaban por vestir el hábito escolar, que arrastraban con desenfado en las aulas salmantinas, y acababan por embutirse el ropón de los magistrados, ocupando un asiento en nuestras audiencias y chancillerías y en el consejo de nuestros reyes. Mas eruditos que ingeniosos, alcanzaron a imitar bien lo creado, y apenas crearon ellos nada; más severos que risueños, entregados desde su juventud a estudios graves, y ocupados después en juzgar las acciones de los hombres, fueron inclinados a examinar la vida íntima de la humanidad; y de ahí esa poesía moral y filosófica, epistolar y satírica que vemos nacida en su tiempo, dulce y tranquila en el regazo de Meléndez, enérgica y sentenciosa bajo la pluma de Jovellanos, cáustica en manos de Moratín, irritante y amarga en las de Iriarte, sincera y apasionada en las de Cienfuegos.
Indudablemente, esto era ya haber dado un gran paso para completar la restauración de la poesía castellana, añadiendo a la renovada belleza de sus formas la vida interior y profunda, que según hemos dicho le faltaba; pero la aparición de esta musa filosófica no vino adornada con los accidentes que la hacen poética, sino que, convertida en instrumento de censura más que de consuelo, de doctrina más que de persuasión, nació y vivió disertadora, produciendo más discursos que inspiraciones verdaderamente poéticas, y dejando descubrir aquel carácter de sus autores demasiado grave para ser bello, demasiado reflexivo para ser espontáneo, y demasiado adusto para ser persuasivo. Era preciso, pues, un cambio de sociedad; era preciso uno de esos acontecimientos que, agitando repentinamente las ideas y los afectos comunes, trajese en pos de sí una nueva manera de ser, y por consiguiente una nueva manera de sentir, de pensar y de hablar.
Este acontecimiento en nuestra España era la invasión francesa de 1808. La agresión de nuestros vecinos no podía ser más injusta; el pueblo acometido no podía ser más altivo, y era, además, el único que no había tomado una parte activa y universal en la gran revolución que agitaba entonces a la Europa. Por consiguiente, en este pueblo nacían afectos nuevos, la indignación y el entusiasmo; y, como el nuevo orden de cosas creaba en él nuevas necesidades, creó también nuevas ideas. Este pueblo poseído repentinamente de un pensamiento y de un sentimiento común debía tener un intérprete que le esplicase su nueva y propia existencia; así como este intérprete no podía menos de aparecer, pues que ya contaba con oídos que lo oyeran y con almas que lo comprendiesen; toda su obra debía ser buscar el lenguaje más a propósito para que, siendo bien entendido, hallase sus ecos correspondientes; ahora bien, como este lenguaje se encontraba en la poesía, hablaron los poetas. Veamos como lo hicieron.
Animaban por entonces todo el brío y la energía de la edad viril al señor don Manuel José Quintana, laureado ya con la corona de los poetas e inclinado desde sus primeros ensayos a los asuntos graves, y acostumbrado a sentir esas inspiraciones ardientes y profundas que descubren con su rápida intuición los misterios de la sociedad y del hombre, que esplican con nervio y claridad sus necesidades y sus instintos, y que hacen de la poesía un órgano de civilización tan poderoso y más universal, porque es más inteligible que los tratados filosóficos más socialistas y humanitarios. Bien joven aún, decía el señor Quintana a un amigo suyo estas notables palabras:
Y no siempre su honor la poesía
fundó en el muelle acento y blando halago,
en los objetos frívolos que ahora
por nuestra mengua sin cesar la emplean
.................
.................
¡Ay! Los sagrados venerables días
no son aún en que se torne al canto
su generoso y sacrosanto empleo.
Pero ellos brillarán.
¡Qué queja y qué predicción!... Ellas solas bastarían a justificar el nombre de cantor filosófico que a su autor se da, y son, por cierto, una reconvención anticipada a ciertos espíritus preocupados o descontentadizos, que, al ver desaparecer de nuestro parnaso los borregos de Filis y fas flechas del travieso Cupidillo, han ridiculizado con una acrimonia inmerecida a los que en época posterior han creído que la poesía tenía que cumplir una misión. También el señor Quintana creía en esta misión, y buena prueba daba de ello cuando, al ver los enemigos de su patria asesinar a inermes ciudadanos, talar sus campiñas, violar sus esposas e incendiar sus ciudades, pulsaba la lira de Tirteo concitando a la venganza y diciendo a las huestes iberas «Los altos coronad, henchid los valles».
Ya conocerá el lector que hablamos de la célebre oda «Al armamento de las provincias españolas contra los franceses». La creemos tan conocida, y nos parece, por otra parte, tan característica de la poesía del señor Quintana, que ella nos va a servir de tipo para juzgar a este eminente lírico, según nosotros lo comprendemos.
Hablando en un artículo anterior de la dañosa influencia que habían ejercido en nuestro parnaso del siglo XVIII el rigoroso preceptismo y el criticismo intolerante venidos de Francia, dijimos, para probar la funesta trascendencia que esta importación halda tenido en la espontaneidad de los líricos españoles, que cuando toda la Europa ensayaba una poesía nueva, buscando nuevos acentos con que mostrar su indignación contra el común tirano, «nuestra guerra de la Independencia tan bella, tan santa, tan poética, tan gloriosa, no produjo más armonías que el canto moribundo de un viejo ilustre (el conocido himno de Jovellanos) o algunas odas, en que, a despecho quizá de sus autores, se deja ver más la pretensión de parecerse a Píndaro o a Horacio que el género nuevo, enteramente nuevo de poesía, que reclamaba la noble España de 1808». Como este aserto alude al señor Quintana lo mismo que a sus contemporáneos, vamos a esplicarlo de una manera estensiva a todos y lo bastante clara, si nos es posible, para que nadie imagine siquiera suponer en nuestras palabras un desdén hacia cosas y personas que respetamos con el culto debido al talento y al patriotismo.
Consumada por el señor Quintana la fusión de las formas bellas con el espíritu filosófico de la poesía, su grande obra debió ser completar esta feliz combinación dándole aquel carácter de originalidad, poniéndole aquel sello de españolismo que, evidentemente, faltaba a la poesía del siglo de oro y que faltaría mucho más a la de la restauración. Nosotros concedemos al señor Quintana que ni los tiempos en que adquirió su educación literaria, ni los hábitos que a la misma debiese, ni las conexiones que le obligaban a respetar los principios y los hábitos de los jefes y sectarios de su escuela le hubiesen permitido intentar la obra que hemos mencionado antes de la guerra de la Independencia; pero, llegada esta, cambiada con ella la faz del pueblo español, exaltada su anterior apatía a punto de recibir fácilmente y acoger con entusiasmo las inspiraciones poéticas, ¿no era ocasión de que un talento como el del señor Quintana hubiera inaugurado una poesía tan nueva como lo era la vida española? ¿No era aquel el momento de abandonar el gusto académico y la poesía erudita, de adoptar las formas y el espíritu de nuestra poesía popular, inoculando así en nuestro pueblo las aficiones literarias, educando su inteligencia por medio de sus pasiones, y conjurando con tiempo esa abyección, esa indiferencia completa con que siguió y hasta cierto punto sigue aun mirando nuestros progresos literarios?
Si un crítico de mala fe concibiese el indigno proyecto de probar que en la oda anteriormente citada del señor Quintana hay más intención de ganar un premio académico por medio de una composición correcta, grandílocua, culta, clásica, que una ardiente y espontánea inspiración de la ira y el entusiasmo, ¿no encontraría más de una palabra, más de un verso, más de una estrofa que dieran apariencias de fundada a su maligna suposición?... Cuando la cólera hierve en el pecho, cuando se siente de veras esa llama del entusiasmo que agita violentamente cuanto hay en nuestro ser, ¿podemos guardar ese orden rigorosamente lógico en las ideas, esa distribución metódica de los períodos, esa perfecta combinación de rimas, esa elección de voces que se ven en la oda a que nos referimos? Está nuestra memoria tan fresca para hacer citas tan eruditas, para recorrer esa interminable escala de dioses y semidioses del paganismo, para recordar
el genio atroz del insensato Atila,
la Furia que el mortífero estandarte
llevaba de Timur,
y buscar un símil en «las víboras de Alcides», y una metáfora tan fría como es «el seno azul de la agitada Tetis?» . . .
No se crea que nos dicta estas observaciones ninguna preocupación contra determinada escuela o determinado género literario; para nosotros, todos los géneros son buenos cuando son oportunos, y tan lejos estamos de condenar el que cultivó el señor Quintana, que contaríamos por una adquisición preciosa en nuestra literatura contemporánea al poeta que apareciese cantando al mar, a la invención de la imprenta, al panteón del Escorial con el gusto y con la forma que aquel lo hizo. En asuntos de esta especie creemos que debe ostentar la poesía ese lujo aristocrático de academia que con tanta pompa sabe desplegar el señor Quintana; pero hay otros asuntos en que debe exigirse a la poesía que se humane alguna cosa, que se democratice un poco, que se olvide de ese compás y esa lima, que, si bien contentarán las exigencias de los censores clásicos, no obtendrán el mismo resultado en la Inteligencia y la sensibilidad de los que no lo son. El «odi profanum vulgum» del Venusino quiere, como todas las cosas, su sazón y su tiempo.
Amigo sincero y digno partícipe de los laureles poéticos del señor Quintana fue desde la citada época el señor don Juan Nicasio Gallego, cuya ardiente inspiración y esquisito gusto, clásico de buena ley, le han hecho justamente célebre en los anales de la lírica española, sin embargo de ser tan escaso el número de composiciones que ha querido entregar a nuestra admiración. Cantor filosófico, cono el señor Quintana, joven y patriota como él, también agitó indignado las cuerdas de su robusta lira proclamando su noble odio contra los asesinos del Dos de mayo en la oda de este nombre, que tan frecuentemente ha sido reproducida en distintas ocasiones por la prensa periódica. Las otras seis escritas en distintos tiempos y ocasiones, mencionadas por su biógrafo el señor don Ventura de la Vega en el Museo de las familias, constituyen con la ya mencionada los títulos que el señor Gallego ha adquirido al respeto general, y forman ese ramillete de flores esparcidas que los amantes de la literatura española debieran haber reunido ya de una manera conveniente, puesto que su autor no ha querido hacerlo, para presentarlas a la juventud por modelo de elocución, de estro y de armonía. En todas estas dotes se nos figura que el señor Gallego compite ventajosamente con el primero de sus contemporáneos, escediendo desde luego a todos en la espresión de un sentimiento especial, que le es propio, y en el que no tiene rivales, a saber: la ternura profunda, la melancolía espontánea y verdadera, que rara vez aparece con su verdadero colorido en las obras de los que fueron educados por la escuela del pasado siglo. Respondan por nosotros la elegía a la muerte de la reina Isabel de Braganza, la inserta en la corona fúnebre y esa bellísima oda al nacimiento de la que es hoy nuestra reina, en que el señor Gallego la saludaba como al iris de libertad y de concordia, postrando ante su brillo una cabeza ya encanecida en medio de los sufrimientos a que le condenaran pocos años antes el despotismo y la discordia. Sentimos en el alma no tener a mano ninguna de las composiciones citadas para copiar algunas estrofas. Hágase un libro, insistiremos una y mil veces, de las obras del señor Gallego, y no faltará seguramente en nuestra modesta biblioteca.
También pertenecía a la época, que nos ocupa el señor don Juan Bautista Arriaza. Poco diremos de este poeta, porque nada podemos añadir a cuanto respecto de él ha dicho en el primer tomo de este semanario el señor Alcalá Galiano, su biógrafo y crítico. El señor Arriaza no había llevado las hopalandas escolares, sino que había pasado su juventud luciendo la casaca de dos colores de tertulia en tertulia; por consiguiente, no podían alcanzarle ni los humos filosóficos de los poetas sus contemporáneos, ni los hábitos literarios que éstos debían a su educación clásica. Dotado de ingenio agudo, de facilidad en versificar, de una erudición somera, hizo versos como su vida, alegres, juguetones, galantes, ligeros. Sus amores, sus melancolías, sus arranques de entusiasmo, todo lleva cierto sello de facticio, cierto matiz de superficial, que halaga casi siempre los oídos, pero que nos deja el alma y el corazón tan vacíos como si nada hubiéramos leído. En los cuerpos de guardia, en las tertulias de provincia y donde quiera que no se exija una sensibilidad profunda o grandes y trascendentales ideas, tendrán y tenían boga efectivamente hasta hace poco tiempo los versos de Arriaza; y, como estos por su estructura anti-clásica, por los asuntos sobre que versan y por su lenguaje popular son muy a propósito para el canto, han sido cantados, en efecto, unas veces al son del piano y más frecuentemente al de las modestas guitarras que componen la orquesta de las reuniones de familia. Aún nos parece sentir repetido en mil partes por mil voces distintas el eco de aquel
Ya llegó el instante fiero,
Silvia, de mi despedida,
pues ya anuncia mi partida
con estrépito el cañón.
El señor Arriaza apuró todas las combinaciones métricas imaginables: desde el endecasílabo suelto hasta la letrilla, desde la oda hasta el romance, recorrió todos los géneros, todas las rimas, obteniendo muy pocas veces elevación en el pensamiento, muchas menos todavía verdadera ternura, pero casi siempre una cadencia agradable, una fluidez prodigiosa. Si hubiera nacido cuarenta años después, de seguro habría inundado todos los periódicos de la capital y de las provincias con plegarias a María, las quintillas a la muerte, los romances a él y a ella, y demás composiciones de este jaez, que salieron en el primer periodo de la última década, como un río desbordado, de las aulas universitarias, de las oficinas de hacienda y de todos los puntos, en fin, donde brotaban esos genios malditos sobre la tierra, que estaban, como dice el Curioso parlante, entre la palmeta y el barbero.
Ya que vamos recorriendo el período de nuestra historia literaria inmediatamente anterior al presente, debíamos mencionar las poesías primeras del señor Martínez de la Rosa y del duque de Rivas; pero respecto al primero, como él con sus obras posteriores nos ha dado derecho a tenerlo por nuestro contemporáneo, le pediremos cuenta de su vida pasada cuando nos toque hablar de la presente; y respecto del segundo, además de militar la misma razón, no queremos por ahora darle el pesar de hablarle de aquellos tomitos de sus poesías publicados el año de doce, que, según tenemos entendido, quisiera el señor duque hundir bajo siete capas de tierra. En el artículo inmediato hablaremos largamente de este insigne poeta, considerando la transición de sus principios literarios, el espíritu de sus poesías líricas, la respectiva comparación entre antiguas y las modernas, y últimamente la influencia de estas últimas en el desarrollo de la espantosa crisis literaria a que estamos asistiendo hace diez años.
La escena cambia; aparecen nuevos actores. Vamos a contar su vida y a dar razón de sus obras.
Gabino Tejado