Prensa y canon · Textos historiográficos
Sobre el antiguo drama nacional”
- Autor del texto editado
- Escosura, Patricio ˜de laœ (1807-1878)]
- Título de la obra
- El Reflejo, Revista semanal, n.º 10, 9 de marzo de 1843
- Autor de la obra
- Sales Mayo, Francisco (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta del Reflejo,
1843
- Paginación
- pp. 78-79
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 17 septiembre 2025
SOBRE EL ANTIGUO DRAMA NACIONAL
Obra del hombre, producto y refinamiento de la civilización, el arte dramático ha debido ser en todas épocas, y lo ha sido siempre en las primitivas, la expresión del pensamiento, el retrato de las costumbres y el barómetro de la ilustración de los pueblos. Sencillez en los planes, rústica energía en los caracteres, declamación en el diálogo, verdad en los sentimientos y falta de artificio, así en la marcha de la acción como en los desenlaces, son las dotes que caracterizan en todas partes al teatro naciente, modificándose después estos caracteres generales según los distintos suelos en que se halla. Así, es melancólicamente metafísico en Alemania; lleno de ese ingenio que los franceses llaman esprit en la patria de Corneille; profundo, sangriento y sombrío como el cielo del Támesis en Inglaterra; florido y violento en Italia; redundante, grave y teológicamente metafísico en España.
Desde las informes composiciones de Lope de Rueda, y así en ellas como en las imitaciones del teatro griego que les siguieron, se encuentra ya un carácter distintivo y peculiar a nuestro teatro, que es el de presentarse siempre eminentemente poético. ¿Ni cómo podía ser otra cosa? Bajo un sol vivificador, sobre un suelo en que el lirio y la rosa son producciones espontáneas, en una sociedad en que todas las pasiones son profundas y violentas, en un país tantos años dominado por la raza del desierto, en una tierra regada durante siglos con la sangre de conquistadores y conquistados, en que la guerra, y una guerra de religión, era el estado habitual del hombre; en España, en donde la realidad era harto triste para ser mirada muy despacio, naturalmente la imaginación debía sobreponerse a la razón para cubrir de flores el áspero camino que la suerte deparaba a la sociedad; y así sucedió en efecto.
A poco de haberse un tanto perfeccionado nuestro teatro, el espíritu teológico de la época que alcanzó se introdujo o, por mejor decir, se apoderó de él; y, como era imposible desterrar de las tablas al amor, por la sencillísima razón de que esta pasión, sentida por todos sin distinción de clases ni fortunas, es también la que materialmente debe inspirar más interés, lo que se hizo fue prestarlo un lenguaje metafísico, ingenioso y poco verosímil, que la tendencia social de la época no solo hacia tolerable, sino hasta necesario. Pero ni aun esto bastó para contentar el espíritu del siglo; fue menester crear un género puramente teológico, que hallaremos en los autos sacramentales, composiciones cuya creación nos pertenece exclusivamente y en las cuales no se sabe qué admirar más, si su índole extravagante, la agudeza del ingenio de sus autores, o la lozanía, la gala, riqueza y fluidez de la versificación; porque este carácter peculiar, lo repetimos, va siempre marcando y distinguiendo nuestro teatro de los extranjeros.
Y aquí nos parece a propósito observar que, por más que todos convengamos en que seguramente, en la época a que nos referimos, el pueblo interesado en las controversias teológicas que se agitaban entonces debía tener y tenía, en efecto, acostumbrado el entendimiento a las sutilezas metafísicas, habría a nuestro entender exageración en creer que estuviese al alcance de todas las complicadísimas y abstractas ideas que en el teatro había de oír. ¿Cómo, pues, no solo el vulgo las toleraba, sino que acudía con ansia a las representaciones? No encontramos más solución a este problema que la de decir que el encanto de la versificación, la magia de la armonía poética en oídos que la naturaleza ha formado para ella superaba todas las dificultades, pulía el entendimiento más rudo, prestaba sensibilidad al hombre más inculto.
Aparece después, y forma verdaderamente el teatro español, Lope de Vega, este coloso poético, ser privilegiado cuyos hechos pudieron pasar por fábulas a no ser tan recientes y tan unánimemente atestiguados; y le vemos apoderarse del teatro y conquistar el privilegio casi exclusivo de entretener al público. Y ¿cómo? Para nosotros no tiene duda que siendo un gran poeta, un versificador admirable. Sus fábulas suelen ser inverosímiles, y en la ejecución más bien bocetos que cuadros acabados; pero hay en ellas interés, sensibilidad, pensamientos elevados, sales cómicas originalísimas y en el decir una facilidad, una armonía, que aún hoy arrebatan.
Pasemos a Calderón, y le encontramos siempre delante de su siglo, con pensamientos de una profundidad, de una trascendencia, que las más veces parecen proféticos; con un corazón de fuego, pintando pasiones volcánicas, crímenes gigantescos; más tiempo en el cielo que en la tierra; exigiendo en la lectura, hasta para el literato del siglo XIX, la más constante atención en sus comedias heroicas para no perder el sentido; manejando en las de capa y espada las pasiones de sociedad con mano maestra, prestándoles siempre la nobleza de su carácter; haciendo al amor más metafísico que nadie lo intentó nunca; complicando en fin sus intrigas hasta lo infinito; y adorado del público, que aprendía de memoria y llegaba a comprender sus admirables versos, sus difíciles conceptos.
Moreto, con menos poder de creación, pero con mejor juicio que sus predecesores, es en nuestro concepto el que perfeccionó el teatro en aquella época feliz de gloria y esplendor para las letras. Compitiendo con Lope en la versificación, apoderándose y perfeccionando los pensamientos que aquel no hizo más que indicar, menos profundo y metafísico, pero más observador y lógico que Calderón, superior a todos en el diálogo, eminentemente cómico en las gracias, sus producciones en todos los géneros dramáticos entonces cultivados son las más perfectas y acabadas. Si era poeta, excusado es decirlo, porque sus escritos son bien conocidos.
Reasumiendo: interesar era el objeto que el autor dramático se proponía; y estaba seguro de conseguirlo siempre que, supuesto el ingenio, hablaba a las pasiones y halagaba el oído con buenos versos. El público iba entonces al teatro a interesarse, a divertirse, no a juzgar ni a criticar.
Sin más reglas, sin más frenos que el de la razón, nuestros poetas del siglo XVII han eternizado su nombre y gran número de sus composiciones que han llegado hasta nuestros días, que todos hemos visto representar con general aceptación y aplauso . Esta es una verdad de la cual se infiere lógicamente que aquellos dramas estaban en armonía con la índole, gustos, y sentimientos del público; más diremos: que eran el resultado y expresión del pensamiento español, y por consiguiente el verdadero drama nacional.
P. E.