Prensa y canon · Textos historiográficos
“Reflexiones acerca de la poesía bucólica”
- Autor del texto editado
- Carnerero, José María de (1784-1843)]
- Título de la obra
- Memorial literario. Biblioteca periódica de ciencias y artes, n.º V, 20 de febrero de 1806
- Autor de la obra
- [No se indica]
- Edición
- Madrid:
Imprenta de los señores García,
1806
- Paginación
- pp. 206-222
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Editor: Vera Acuña Torreño
Encoding: Noelia Santiago López
Editor: Vera Acuña Torreño
Encoding: Noelia Santiago López
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Córdoba, 14 septiembre 2025
Reflexiones acerca de la poesía bucólica
Las primeras sociedades fueron sumamente sencillas en sus costumbres; y en su seno nacieron la música y la poesía. Esto lo hallamos confirmado en los libros hebreos, los más antiguos que conocemos. En tiempo de los hijos de Lamec, Jabel y Jubal ya se tocaban el harpa y la flauta. La poesía al momento debió imitar; las bellezas del campo y la inocencia de una vida pura y tranquila prestaron desde luego sus encantos a los primeros poetas y la poesía bucólica nació.
La poesía ha seguido casi en todos los tiempos y en todas las naciones la verdad de las costumbres reinantes; particularmente en aquellas composiciones que por su misma esencia, aun cuando hijas de la ficción, encierran en sí la pintura de las pasiones más comunes. Recórrase la historia de la poesía: en los primeros tiempos consagrada enteramente a describir la vida pastoril, la civilización se mejora y en ella toma otro rumbo; la divinidad ocupa la atención de los hombres, la magnífica idea de su omnipotencia presta nuevos recursos y la más alta sublimidad lírica ocupa el lugar de la sencillez y blandura. Los hombres arden en pasiones muy agitadas; las sociedades se aumentan considerablemente, y ya los hombres admiran a aquellos semejantes suyos que brillan sobre los demás por su heroísmo, por su poder y sus progresos. Son reputados por divinidades en la tierra y consiguen las aclamaciones que se dieron al autor de la naturaleza.
Si quisiéramos seguir en estas observaciones, nos perderíamos en su inmensidad, advirtiendo el origen de la poesía dramática y de todas las demás composiciones que han ido sucesivamente naciendo de las mismas pasiones de los hombres. Pero no es este nuestro fin.
Siendo el objeto de la poesía bucólica pintar las costumbres pastoriles, notamos que siguió exactamente la verdad y sencillez de ellas entre los orientales. Pero luego este género de la poesía perdió su grata simplicidad en Europa, aun en tiempo de Virgilio, como veremos después. ¿Esto se deberá atribuir a la diversidad de costumbres o a la corrupción del buen gusto? Confesamos que el problema es muy difícil de resolver. Virgilio, este gran poeta, se apartó ya de la senda que siguieron los poetas hebreos, y particularmente los griegos Teócrito, Mosco y Bión; y aun cuando en sus bucólicas se conoce que estaba muy empapado en la lectura de tan buenos modelos, no siempre observó aquella naturalidad exacta que debiera observar cuando hablaban sus pastores. Pero sigamos el orden de los tiempos, y nuestras reflexiones irán desenvolviendo más claramente todas estas variaciones.
La historia de Rebeca está respirando el candor, la sencillez y el pudor que reinaron tanto tiempo entre las mujeres de los primeros siglos. Ya posteriormente varió el aspecto de la poesía hebrea. El cántico de Moisés después del paso por el mar Rojo, los salmos de David, etc. ya son de otro género de poesía muy diversa. Pero el Cantar de los cantares, que es tan dulce y tan hermoso, nos presta margen para examinar más detenidamente las bellezas de la poesía bucólica entre los hebreos, advirtiendo que en este caso entendemos por poesía bucólica aquella que está consagrada a pintar los incidentes particulares de la vida doméstica, cuando las costumbres eran tan puras, que casi todos eran pastores. Teócrito le imitó conocidamente en su Idilio 18; en él hay pedazos traducidos literalmente de muchos versículos del Cantar de los cantares. Los mismos caracteres, el mismo giro y expresiones casi idénticas. Un coro de doncellas lacedemonias canta la boda de Helena y Menelao. Ya se ve que esto es imitar con mucha detención la composición hebrea.
Para llegar a conocer el gusto particular de las naciones en la poesía no hay mejor medio que el de comparar el de unas y otras, y observar sus variaciones. Hablemos, pues, ahora de los poetas griegos, y luego volveremos a examinar bajo un mismo punto de vista estas imitaciones. Teócrito es sumamente sencillo en sus Idilios; aun cuando habla como poeta, habla como poeta bucólico, y ni un momento se olvida de que, para la maravilla de sus Idilios, no necesita apelar a los recursos de fantasía; y de los objetos más sencillos de la naturaleza deduce los materiales que necesita para sus fines. Este colorido de verdad, si nos es lícito hablar así, que brilla en todas su composiciones, le ha granjeado justamente la admiración y aplausos universales. Además, el apelar en la poesía bucólica a los recursos de que se debe valer un poeta lírico manifiesta frialdad de corazón. Representar a la naturaleza como son [sic] en sí, este es el mérito verdadero, y tal es el de Teócrito. En una gran pintura en que se nos representa, por ejemplo, la batalla de Farsalia nos admiramos al ver la armonía, la acertada distribución de los objetos que la componen y, en fin, los grandes recursos de que se ha valido el pintor para producir un gran efecto; recursos que penden de su imaginación, y, por consiguiente, más absolutos y que dan lugar al imperio de la opinión. Al contrario, un cuadro en que se trata de representarnos objetos muy comunes, que todos conocen muy bien, y que cuando los ven en imitación despiertan en la imaginación las menudencias de que constan, esto requiere mucha exactitud, y para decidir cuál sea más difícil sería preciso detenernos en muy largas discusiones. Ya Mosco añadió a la égloga un cierto arte de que antes carecía; es verdad que en él se observan mucha finura, tacto muy delicado y menos descuido. Pero tal vez no observó la más rígida naturalidad, que es el alma de los pastores, como dice Le Batteux. Bión es lo mismo: en efecto, los dos idilios, el Robo de Europa del primero y el Sepulcro de Adonis del segundo, ya no respiran aquella sencillez que caracteriza los de Teócrito; sin embargo, son bellísimos.
La poesía bucólica de los árabes es de un género enteramente diverso, aunque no nos atrevemos a decir que sea vicioso. Sus costumbres están perfectamente descritas, sus caracteres lo mismo. Regularmente se ocupan en pintar la beneficencia, la generosidad, la virtud conyugal, el amor y todas aquellas pasiones que más inmediatamente tocan al corazón. Se notan, sin embargo, en sus composiciones una cierta afectación y estudiada cultura que nos recuerdan que hablan poetas; pero este no será tal vez un defecto entre ellos.
Examinemos ahora la poesía bucólica entre los latinos, aunque en rigor no se debe hablar sino de Virgilio, pues aunque Nemesiano y Calpurnio escribieron églogas y églogas bastante buenas, no merecen entrar en discusión tratándose de Teócrito y Virgilio. Sería ciertamente una audacia de las más reprehensibles el intento de negar el mérito del segundo en este género; todos los literatos le han reconocido y muchos le han demostrado. Pero, ciñéndonos a nuestro primer punto, que es el de creer que ningún poeta bucólico ha seguido tan exactamente las huellas de la sencillez y de la verdadera naturaleza como Teócrito, ratificamos nuestra opinión cuando examinamos las bucólicas de Virgilio. Sus pastores son demasiado cultos; en fin, es muy artificioso, por decirlo así. Sin embargo, sus églogas respiran la naturalidad que tanto ha desaparecido en las de los poetas modernos. Tan sencillo es a veces Virgilio, que tratando un asunto estéril acude a unos pormenores en que se conoce el arte de este gran poeta; y con su versificación tan hermosa da un nuevo realce a sus composiciones. ¿Pero el separarse algún tanto de las costumbres pastoriles, el introducir la alegoría en las églogas y, en fin, valerse de ciertos recursos desconocidos en el poeta de Siracusa, no acreditan o que el gusto estaba un poco corrompido o que las costumbres latinas tuvieron un gran influjo en la poesía? Tanto más cuando las costumbres la tienen en la poesía efectivamente en todas las naciones.
Las costumbres griegas eran más sencillas que las de los latinos; sus églogas lo fueron también. Las de los árabes, afeminadas; sus poesías respiran por esto mismo cierta blandura, cierta voluptuosidad. Ningunas más puras que las de las más remotas sociedades; tampoco en ningunas composiciones poéticas se notan más sencillez, aunque sin bajeza, que en las hebreas que pertenecen al género bucólico. Para demostrar esto sería necesario presentar ejemplos y compararlos; y, aunque no sería difícil, sería difuso, y nuestro objeto no es el de extendernos mucho más en este artículo.
Por lo que respecta a la poesía bucólica entre los modernos, es preciso confesar que el mal gusto ha podido más que la razón. Todos han confesado las bellezas de Teócrito y Virgilio, y muy pocos las han imitado, habiendo otros que ni imitarlos han intentado. Cabalmente, en este género hay muy pocos rumbos que tomar, o tal vez no hay más que uno. Alejándose, pues, de él, se aleja la obra de la perfección y no llena su objeto. Los italianos han querido pintar la naturaleza, pero la han engalanado tanto, que le han quitado su verdadero colorido. Sus pastores solo tienen de tales el nombre: sus agudezas, sus imágenes, sus mismas expresiones recuerdan a cada momento que hablan poetas y no pastores. Este defecto es hijo del carácter nacional, y he aquí otra prueba del influjo de las costumbres en la poesía bucólica. Los franceses, y particularmente Fontenelle, se han alejado enteramente del sendero del buen gusto: es verdad que en sus églogas se notan mucha finura, delicadeza y artificio; pero estas mismas circunstancias, que en otras ocasiones manifiestan su buen gusto y su genio, ya en una égloga son defectos, y defectos muy reprehensibles, como que le roban su esencia por decirlo así. Gessner ha sido únicamente entre los modernos el que más bien ha desempeñado las obligaciones de poeta bucólico. ¿Pero en el seno de la Suiza, entre costumbres puras, y en un país tan pintoresco, no había de desplegarse su genio maravilloso? Además, ¡qué notable diferencia entre las costumbres de Italia en tiempo del Tasso y el Guarino, y las francesas en el de Fontenelle, y las de Helvecia cuando escribía Gessner! Esto, sin embargo, no salva los defectos; si los poetas conocen que las costumbres reinantes de su país no pueden acomodarse a la poesía bucólica, no las imiten, e imiten la naturaleza, que siempre es hermosa y siempre será bella, aunque tan grandiosa en sus producciones. En el modo de ver los objetos estriba la dificultad.
Es de creer que el haberse viciado la poesía bucólica entre los modernos ha sido efecto del mal gusto y de las costumbres. Pero este mal gusto, que comenzó entre los italianos, debería haberse extinguido posteriormente cuando las luces se aumentaron y cuando más se llegó a conocer el mérito de las obras de los antiguos. Los españoles, que imitaron tanto a los italianos, incurrieron en el mismo defecto. Y así, aunque admiramos el mérito de Garcilaso, nos parece que lo comete muy a menudo. Tal vez en ninguna égloga española se podrá encontrar tanta sencillez y al mismo tiempo fluidez y armonía como en la de Meléndez en elogio de la vida del campo. Particularmente, es hermosísimo todo el pasaje en que cantan los dos pastores: sus ideas son sencillas, sus comparaciones exactas y tomadas de los objetos más conocidos en la naturaleza; su lenguaje, fluido y natural . ¡Qué graciosa es aquella estancia en que dice Batilo!:
Y Dalmiro cantaba,
aquel que fue a la guerra,
y vio las tierras donde muere el día,
que en nada semejaba
el río de esta sierra
al mar soberbio que pavor ponía.
Me acuerdo que decía
que del viento irritado
espantable bramaba,
y las olas alzaba
hasta tocar el cielo encapotado,
tragándose navíos
como las enramadas nuestros ríos.
Verdad, novedad, sencillez, armonía: todo lo hallamos en esta estancia. La imagen es sublime; pero la dice un pastor y la dice como debe, y la compara bellísimamente con objetos que conoce y que dan a la idea un nuevo realce y primor. Y nada es más difícil que esto.
La poesía bucólica ha variado, pues, en todas las naciones, y siempre ha seguido en su rumbo el carácter nacional, y aun muchas de sus bellezas nacieron de la misma situación local de los países donde escribían los autores. Así que esta diversidad que se notó entre las églogas de Teócrito y las de Virgilio tal vez consistió en la diversidad de costumbres. No diremos lo mismo del Tasso y los demás bucólicos modernos: a estas circunstancias agregaron la del mal gusto, o al menos la de falta de conocimiento de la esencia de la égloga. Nosotros nos atrevemos a decir que entre los modernos únicamente encontramos el verdadero carácter de este género de poesía en los Idilios de Gessner, y en la égloga de Batilo. Ojalá que los que posteriormente escriban sigan el rumbo de Meléndez, ¡y tal vez podremos presentar entonces composiciones dignas de un Teócrito y de un Virgilio! Tanto más lo creemos así, cuanto la armonía, la blandura, la fluidez e inflexiones de nuestro idioma prestan los más maravillosos recursos para que un buen poeta exprese completamente sus ideas, y desenvuelva toda la fuerza del plan que se haya propuesto.
M. C.