Prensa y canon · Textos historiográficos
“Secretaría. Concluye la carta del número antecedente”
- Autor del texto editado
- El Escolar Andaluz
- Título de la obra
- El Regañón general o tribunal catoniano de literatura, educación y costumbres, n.º 21, 10 de julio de 1803
- Autor de la obra
- Pascual Ferrer, Buenaventura (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de la Administración del Real Arbitrio de Beneficencia,
1803
- Paginación
- p. 163
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de Google Libros. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 22 septiembre 2025
SECRETARÍA
CONCLUYE LA CARTA DEL NÚMERO ANTECEDENTE
Estoy muy distante de confundir a nuestro censor con los autores de aquella proposición, pero dígame, por su vida, ¿qué hombres sensatos son esos que nunca podrán llevar a bien la introducción silogística en las verdades más santas y de fe? (número 4, página 29.) ¿Serán los Aquinos, los Buenaventuras, los Alfonsos de Castro, los Vegas, Sotos, Victorias y otros tales? Ya se ve claramente que no. Y por la misma razón no serán tampoco «Cano ( ibidem ), Tostado, Arias Montano y otros muchos doctores así salmaticenses como de las demás universidades de España, los cuales han sido antorchas que nos han hecho y nos harán siempre ver el camino más recto que debemos tomar para entender las santas Escrituras, los Padres de la Iglesia y demás escritores ortodoxos». Si estos, pues, son tan a propósito para enseñarnos la teología, ¿con qué consecuencia escribe a renglón seguido «yo quisiera ver desterrado el utrum de una ciencia en que se trata del dogma de nuestra religión?» ¿Hay por ventura vocablo más frecuente que el utrum en los escritos de estos doctores?
Pero lo que verdaderamente escandaliza es que «solo el nombre de controversias teológicas deba escandalizar a todo cristiano». Según esto, ¿qué haremos de aquellas obras inmortales en que se establecen sobre solidísimos apoyos los dogmas sagrados del catolicismo y al mismo tiempo se rebaten con denuedo los dardos sofísticos que contra ellos disparan los herejes? ¡Las habremos de entregar a las llamas! ¿Qué juicio formaremos tambien de la sabiduría y mérito de un Belarmino, de un Natal Alexandro, de Petavio, Gotti, Tournely, Boucat, Berti y demás controversistas famosos?
[...]
Mas, aunque estoy convencido de esta verdad, quisiera para afirmarme más en ella que nuestro Amigo me resolviese una dificultad que no es floja, a mi corto juicio. Cuando se restauraron las letras en tiempo de Julio II y León X, y después en tiempo de Luis XIV, ¿estaba ya arruinado el obstáculo del ergotismo en Italia y Francia? Entretanto que salgo de esta duda, suplico a los estudiosos de nuestras historias literarias que, sin perder de vista el estado en que se hallaban en España en los siglos XVI y XVII las facultades de pane-lucrando, reflexionen sobre el mérito de las obras de fray Luis de León, Juan Villén de Biedma, Vicente Espinel, los dos Álvaros Gómez, Antonio de Guevara, Tomás Correa, este célebre competidor de Mureto, Ercilla, Lope de Vega, Góngora, Calderón de la Barca, Cervantes, sin olvidarse de Juan Luis de la Cerda, de Salablanca, de Cascales, de… Mas ¿será posible numerar todos nuestros varones ilustres por su literatura, que florecieron en aquel tiempo en que el ergo resonó más alto que nunca en nuestras aulas? ¿No es cierto que cada uno de los que llevo citados (exceptuando muy pocos) hizo más silogismos que todos los ergotistas juntos que hoy tenemos?
Pues ¿qué diré de los célebres oradores sagrados que tuvimos en el siglo XVI? La nobleza de sus pensamientos, el nervio y solidez de su estilo, la acertada economía de su erudición, la fuerza de sus reconvenciones y las cualidades todas de un digno ministro de la divina palabra los hacen admirables aun a los mismos extranjeros, tan poco amigos de reconocer nuestras glorias. Sin embargo, nadie ignora que fueron todos ellos unos terribles ergotizantes. Pero no se contentaron con este solo estudio, sino que juntaban a sus profundas meditaciones sobre los príncipes de la escuela una suma aplicación a la lectura de los mejores maestros de la elocuencia griega y romana y de los Padres de la Iglesia que más sobresalieron en esta bella arte. Si los oradores de nuestros días siguieran estas mismas huellas, no saldrían a luz tantos discursos llenos de pedantismo, de voces altisonantes, frases puramente francesas (como, por ejemplo, decidida afición, página 101), sinónimos aglomerados, expresiones poéticas, epítetos mal aplicados (como sangrienta artillería, pág. 100) y otras cosas semejantes, hijas legítimas del estudio de las bellas letras mal dirigido. Digo mal dirigido para preocupar la modificación con que piensa nuestro Amigo ponerse a cubierto de cualquier censura, diciendo (página 101) «que la barbarie es hija legítima de los estudios escolásticos mal dirigidos», pues, como tengo ya insinuado antes, toda clase de estudios mal dirigidos puede producir la barbarie y otros vicios, según el rumbo que tomen en su extravío. Es, pues, un golpe poco maestro aquella restricción; y así vemos que el mismo que la hace, a pesar de su buen gusto, ha caído en no pocos defectos de literatura, como tengo insinuado, y a los que podrían añadirse los siguientes: la culpa son ellos mismos y no sus hijos (página 100), por decir la culpa es de ellos o está en ellos, etc. Más: no es tan fácil el hombre (falta un que ) o la mujer las contenga, etc. Item: al nivel de las otras naciones (ibidem), en vez de al nivel con las de otras naciones; en fin, por no ser molesto, raro es el hombre (página 101) cuyos padres desde la cuna le hayan infundido etc., que es decir , según creo, cuyos padres sentados en una cuna como en una cátedra le hayan etc. ¿Y es este el hombre que insta por que se destierre el ergotismo (página 104), como obstáculo del estudio deliciosísimo de las bellas letras?
Señor Presidente, yo tengo otras pretensiones muy diferentes, y son que vuestra merced continúe sus esfuerzos en favor del buen gusto en todos los ramos de ciencias y artes; y, así como no ha intentado hasta ahora destruir ninguna de ellas, sino reformarlas en la parte que lo necesitan, lo mismo decretará en orden al escolasticismo, de cuyas ventajosas utilidades tenemos repetidas experiencias desde el siglo XIII hasta nuestros días. Fuera de que puede decirse, sin peligro de errar, que por lo general la dirección de los estudios teológicos se halla hoy entre nosotros en un estado nada inferior a la de los estudios de la filosofía, jurisprudencia y medicina. Salud.
El Escolar Andaluz