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Prensa y canon

“Estatua de Cervantes”

Autor del texto editado
A. G. D. de V. Y.
Título de la obra
Cartas españolas, o sea Revista semanal histórica, científica, teatral, artística, crítica y literaria, t. IV, cuad.42, 1832-03-08
Autor de la obra
Carnerero, José María de (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de J. Sancha, 1832
Paginación
pp. 289-291
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Natalia Fernández Rodríguez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 3 septiembre 2025

Estatua de Cervantes


Señor editor de las Cartas Españolas,

el ferviente y patriótico amor que, hasta el día desde la infancia, ha dirigido mis acciones, estudios y deseos me mueve a comunicar a usted mis ideas, y a cuantos creo puedan simpatizar con ellas. Glorioso y envanecido con el nombre de español, donde quiera que dirijo mi vista me complazco en ver españoles presidiendo la Europa en los altos hechos de honor, en las artes de la imaginación, en los útiles saberes y en el entusiasmo de cuanto es noble y digno de su país. Dominadora del mundo la España en el siglo XVI, dio a la Europa en el XIX la heroica señal de su independencia, ostentando el primer ejemplo de una nación que sabe sacrificar al honor sus intereses materiales y alzarse de entre ruinas y cenizas para probar al universo hasta dónde llega su noble firmeza y lealtad. Este mismo sentimiento patriótico que anima mi existencia se acrece cada día cuando veo la mano protectora de un monarca extenderse benéfica a cuanto puede acrecentar el brillo y ensalzar las glorias del país que domina, donde vio la primera aurora de su vida y de que ha recibido tantas pruebas de amor, fidelidad y respeto. En un corto espacio de tiempo hemos visto alzarse dos magníficos monumentos, envidiados acaso de la Europa, que publican y hacen eterna la grandeza del soberano que los ha hecho nacer. A su voz, el genio de las artes batió sus alas de fuego e inspiró a Álvarez y a Solá las dos obras maestras que adornan el Real Museo y llevarán a las futuras generaciones la memoria de un reinado donde se produjeron hazañas propias de almas españolas y donde descollaron cinceles dignos de perpetuarlas. La muerte fatal nos arrebató prematuramente al autor del grupo que, en una acción heroica del sitio de Zaragoza, nos simboliza la constancia del valor y decisión de los españoles en la guerra contra Napoleón, producto toda del amor a Fernando VII, nuestro amado rey. Pero aún nos queda el cincel sublime que, dando vida y animosidad a un mármol, sacó de él las estatuas de Daoíz y de Velarde jurando morir por el rey y por la patria. Y, sobre todo, nos conserva el cielo aquel noble soberano, bajo cuyos auspicios nacen y se amparan la bondad, la munificencia y el talento creador.

Si hay héroes a cuya gloria la fatalidad opone muros de hierro, hay grandes reyes que saben contrastarla y vencerla, vengando la agraviada memoria de aquellos a quienes ultrajó áspera suerte. Hasta ahora el nombre de Cervantes lo debe todo a sí propio, poco o nada a sus compatriotas. Los contemporáneos lo ultrajaron y dejaron morir en la oscuridad, o acaso en la miseria. Su fama europea es hija de sus obras y talento, y, por desgracia, hasta el día, sus compatriotas han hecho para ella menos que los extraños.

En todos los países del mundo se levantan estatuas a los grandes ingenios en letras cuyos talentos fueron el honor y el tesoro de su gloria; y el que descuella entre todos por su amor patriótico, el que perdió una mano en la batalla de Lepanto, el superior en ingenio a cuantos son y han sido, el que abarcando y comprendiendo por sí solo el espíritu de los pasados siglos se puso al frente del venidero y mostró al mundo la marcha que seguirían las futuras edades; este coloso, digo, de talento, valor y virtud, apenas halla en su país un retrato perecedero que nos recuerde su fisonomía. ¡Fatal olvido! ¿Pero acaso el inmortal de Cervantes necesita otro monumento que el que a sí mismo levantó en el Quijote? No, ciertamente, mas su país debiera asociarse a su nombre levantándole una estatua, cuya falta deja un enorme vacío en el templo de las glorias españolas. Cervantes fue el honor de la patria: la patria debe tributarle su gratitud. La providencia, acaso, ha dispuesto que el guerrero Carlos V, el II y prudente Felipe y el generoso Carlos III se olvidasen del manco de Argel para que su noble descendiente Fernando VII pueda engrandecer su nombre levantándolo sobre el de todos los reyes sus antepasados. El del augusto Fernando, unido al de Cervantes, llegará sin duda a la posteridad como el del augusto César al de Horacio y al de Virgilio, empero por un sentimiento mas noble y generoso, pues el ingenioso y grande autor del Quijote, pobre, abandonado y abatido bajo el imperio de los monarcas que ensalzaba y en el siglo que honró, verá desagraviada su memoria cuando domina su patria un soberano que nada le debe y a quien no puede inducir a un acto tan noble sino el amor al mérito distinguido y el anhelo por satisfacer las deudas de su país para con quien le honra con las inmortales obras de su ingenio. En los oídos de nuestro monarca Fernando no resuenan las tristes quejas, ni las humildes lisonjas, ni las tiernas plegarias del cautivo de Argel, del manco de Lepanto, pero a sus ojos se ostenta el brillo de su ingenio, el efecto de sus tareas y la magnífica obra del Quijote. Solo oye el eco de la Europa aclamando entusiasmado: «Cervantes es digno de una estatua y, entre los monarcas, solo Fernando es digno de levantársela». Madrid, bajo sus auspicios, se hermosea y compite con las mejores capitales del mundo; por todas partes circula la vida y el entusiasmo de las artes, todo se llena, pero el vacío que deja Cervantes ¿quién le colmará? Fernando. Ya lo veo colmarse, sí; ya el cincel de Solá 1 , apenas ocioso de su magnífica obra, emblema de la constancia y lealtad, cede obediente al mandato augusto del monarca español y produce inspirado del genio ¿qué? La estatua de Cervantes. Ya me parece que, animado el mármol o el bronce, me retratan la actitud, la interesante y espiritual fisonomía del autor del Quijote en aquel momento de inspiración donde robó el fuego sagrado y concibió la sublime idea, admiración de la Europa, ante la cual desaparecieron las ilusiones de la ignorancia y se ostentaron limpias, puras y sin mancha la filosofía y el arte. En los labios entreabiertos, en la elevación del pecho, en la noble apostura del héroe esculpido, creo percibir el vuelo fantástico de su imaginación, que sin esfuerzo ni violencia deja caer desde la pluma al papel, como un copioso pero apacible manantial sus cristalinas aguas, las fáciles pero profundas ideas que creaba el ingenio.

Si todo esto es un sueño que halaga mi fantasía, este sueño es harto lisonjero y probable, pues se funda en una realidad, en el generoso y noble corazón de nuestro monarca y en su anhelo y solicitud por la prosperidad y gloria del país a quien gobierna y protege.



A. G. D. de V. Y.

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