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Prensa y canon · Textos historiográficos

“La poesía considerada como elemento de la historia”

Autor del texto editado
Caveda y Nava, José (1796-1882)
Título de la obra
Eco literario de Europa, t. II, núm. 2, 01.01.1851
Autor de la obra
[No se indica]
Edición
Madrid: Establecimiento tipográfico de don Ramón Rodríguez de Rivera, 1852
Paginación
pp. 361-377
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Natalia Fernández Rodríguez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 4 septiembre 2025

La poesía considerada como elemento de la historia

Discurso leído por don José Caveda en el acto de recepción en la Real Academia

Española el 29 de febrero de 1852


Señores,

poseído de reconocimiento y respeto, y con más confianza en la indulgencia de la Real Academia Española que en mis escasos merecimientos, vengo a ofrecerle un corazón penetrado de sus bondades, el sincero deseo de merecerlas, aquella noble emulación que solo mide los obstáculos por la gloria de vencerlos. Bien sé que tan corta ofrenda ni corresponde a la grandeza de quien se digna aceptarla, ni a la honrosa distinción con que se propone alentar mi natural desconfianza al concederme generosamente el lugar que hoy ocupo entre los ilustrados guardadores de los tesoros de nuestra lengua. Mas, por fortuna, no en vano se dispensan la protección y el favor a los amigos de las letras cuando saben sentir y agradecer, que a donde no llega muchas veces la superioridad del genio, alcanzan a menudo la propia honra, el empeño de acreditarla y la afición halagada por la solicitud y los consejos de los que sabiamente la conducen a su objeto.

Y he aquí cómo, a pesar de las encontradas emociones que me agitan en este momento, y aun reconocida toda la pequeñez de los propios recursos, me siento animado por aquella confianza que inspira siempre la ilustrada bondad de la Academia. Pero a esta influencia moral se allega todavía la que ejerce sobre mi ánimo la grata memoria del ilustre académico a quien tengo la honra de suceder. Sí, señores, los ejemplos del excelentísimo señor duque de Frías son para mí una enseñanza y un estímulo. Cuanto nos rodea recuerda el cultivado talento que consagró al esplendor de la Academia y al buen nombre de su patria. Más distinguido todavía y digno de loa como literato que como grande de España; primero célebre por los tiernos acentos de su musa y los arranques de su elocuencia que por los blasones de una cuna mecida entre laureles, ha demostrado que no son solo los títulos heredados el verdadero origen de su merecida nombradía. Diéronsela cumplida su genio poético, sus escritos literarios, aquella filosofía con que supo hermanar los altos deberes de su clase con la protección dispensada a las letras. Que, en medio del fausto y de los favores de la fortuna, allí donde el ánimo se cansa y hastía y donde lánguido y desfallecido se adormece en la molicie, columbra y alcanza la prez de cultivarlas y sigue las huellas de aquellos ilustres discípulos de Marineo Sículo, los primeros en conceder a la nobleza española otro linaje de gloria que la de los campos de batalla y otro solaz que el de romper lanzas en Órbigo o sostener divisas y motes y nombres adorados en la próspera y adversa fortuna de los estrepitosos encuentros de la tela.

El duque de Frías, cediendo a las tendencias del siglo al buscar la verdadera grandeza en la elevación del ánimo, en los conocimientos humanos que le ennoblecen y sostienen contra los embates de la adversidad, contra las sugestiones del orgullo, contra los falsos halagos del poder desvanecido y ciego, llama en su auxilio las enseñanzas de la historia, y la Academia, consagrada a esclarecerla, le abre sus puertas; cede al entusiasmo de León y de Herrera, canta en su lira las glorias de la patria, las emociones mas tiernas del corazón, y este cuerpo literario le recibe en su seno. La poesía, la historia, los encantos de la inspiración, el examen severo y el juicio imparcial de las pasadas edades fijan irrevocablemente su vocación y su destino. Y esta vocación y este destino, señores, justificados por el resultado, dirigidos por el santo propósito de mejorar la condición de los hombres, de hermanar la sensibilidad y el recreo del ánimo con la virtud austera de la filosofía, y la ciencia de los hechos con las dulces ilusiones del sentimiento, vienen a determinar el asunto en que voy a ocuparme. No es mía la elección, porque, sucediendo al amigo de la Poesía y de la Historia, creo tributarle una ofrenda digna de su nombre si someto al examen de la Academia un objeto que él mismo elegiría con los títulos en la mano de Académico de la Lengua y Académico de la Historia. Por eso, me propongo considerar la poesía castellana como elemento de la Historia, ver cómo la verdad brotó muchas veces de la fábula, cómo fueron las realidades auxiliadas por las ficciones, cómo los cantos del entusiasmo público, al ensalzar la virtud o escarnecer el vicio en épocas muy apartadas de la nuestra, resonaron en la posteridad, encontrando eco en las páginas de la historia para salvar del olvido y de la oscuridad esparcida por los siglos la vida de los gobiernos y de los pueblos.

Buscar sólo en la poesía la inspiración, el sentimiento y los sonidos armónicos, aquel grato embeleso que seduce y fascina, es despojarla de una parte de su verdadero mérito. Quedará entonces satisfecha la fantasía, cautivado el ánimo, halagado el oído, pero el espíritu de investigación y de examen no verá en ella la sociedad que la produjo, sus caracteres distintivos, los progresos o la decadencia de su civilización y cultura, los eminentes varones que la honraron o los seres envilecidos objeto de su execración y de sus odios. Hoy la crítica y el corazón se interesan igualmente, si bien con distintos fines, en el análisis de esos cantos populares, donde no el arte, sino la naturaleza, no la razón cultivada, sino el sentimiento abandonado a sus propios instintos, confían a la rima y la armonía la expresión del entusiasmo público y la memoria de los hombres y de los acontecimientos que trasmiten a la posteridad, de generación en generación, como un testimonio solemne de aquella nacionalidad ingenua y sencilla, pero robusta y enérgica, que respira en sus imágenes y da vida y movimiento a sus variadas descripciones.

Y no se exija a la historia esa noble tarea que la poesía desempeña en la infancia de las sociedades, porque no existen entonces el arte, ni el estudio y las investigaciones de la crítica, que dirigen el examen de los hechos y enseñan a juzgarlos cuando más estable y robusta la existencia de los pueblos, fijada la lengua y cultivado su espíritu, sucede la reflexión al entusiasmo y el raciocinio al sentimiento. Así es como la poesía, hija de la naturaleza, precede a la historia, producida por el arte. Homero ensalza en su Ilíada los héroes de la Grecia antes que Herodoto la describa en su Historia; primero se conmueve Atenas con los cantos guerreros de Tirteo que conceda atento oído a las narraciones clásicas de Tucídides. ¿Y por qué extrañarlo? Luchando la Historia con las tinieblas de los siglos, con las falsas apreciaciones de la opinión, con las distancias y el olvido y la incuria de los hombres, busca entre las ruinas de un mundo que no existe el origen y las vicisitudes y la disolución de los imperios, la creación de otros nuevos formados de sus despojos, el hacinamiento y la mezcla y la desaparición de las razas, que solo dejaron en pos de sí vagos o inciertos recuerdos y los sangrientos y mutilados restos de su ignorada existencia.

No así la poesía: invoque a la naturaleza presente en todas partes, inmutable como su autor, siempre joven y seductora, y encontrará a la vez la inspiración y el oráculo. Por eso el lenguaje del hombre desde la infancia misma de la sociedad fue un himno de gratitud a su Hacedor. Le bastó contemplar el universo, extasiarse en la infinita variedad de sus prodigios, para que el grito de la admiración y de la sorpresa se convirtiese en el primer canto de la poesía. Porque allí están sus perennes manantiales: donde existen la lobreguez misteriosa de los bosques, la luz brillante y pura que el sol derrama sobre las florestas, el silencio y la dulce melancolía de la noche con sus ilusiones y sus sombras, la suave languidez de la aurora, amiga del rocío, de las auras y de las flores, el bramido de las tormentas que estremecen el cielo y los mares y angustian y sacuden la tierra amedrentada.

Pero el poeta, inspirado por las augustas escenas de una naturaleza que bendice y no comprende, al desarrollarse las nacionalidades, que brotan de la desmembración y las ruinas del antiguo imperio de Occidente, como se desprende la luz del seno mismo de las tempestades, encuentra en el amor de una nueva patria, en su libertad o independencia, en la grandeza de sus héroes y sus empresas, en el carácter del individuo y de las instituciones, en las creencias y los triunfos de una religión consoladora, el objeto y la delicia de sus cantos. ¿Y cómo no entonarlos cuando los reclaman a la vez el solaz de los castillos feudales, la pompa marcial de los torneos, la gloria de los combates, el augusto aparato de las solemnidades religiosas y el espíritu caballeresco con su bravura y su galantería, sus proezas y sus amores? El vate, que aprecia estos elementos de la vida de los pueblos en la Edad Media, siente más que reflexiona. Rudo y sencillo como su siglo, como él enérgico y desdeñoso, maneja un idioma indócil todavía a las armonías del canto, al vuelo atrevido de la inspiración, y, más independiente que ilustrado, se dirige, no por el arte que desconoce, sino por la sencillez de las costumbres públicas, no por los modelos de la Antigüedad perdidos con su cultura, sino por el genio y las tendencias de sus contemporáneos.

Al consultarlas describe simplemente los sucesos que presencia, o acomoda a sus metros las tradiciones populares y las creencias de su siglo. No inventa, narra los hechos en un orden cronológico y ajeno de artificio.

Así es como la verdad histórica, tal cual la reconocen entonces los pueblos y el poeta la siente y aprecia, constituye el fundamento de esa candorosa poesía, apenas sujeta al metro y a la rima. Y no era, ciertamente, necesaria la ficción cuando la grandeza misma de los acontecimientos rivalizaba con ella en interés y novedad, y cuando, por otra parte, un pueblo enérgico y fiero, pero inocente y crédulo, se solazaba al escuchar del soldado la relación de sus propias hazañas o del austero cenobita los prodigios de una leyenda misteriosa. La poesía encontraba entonces un fecundo manantial en la imaginación y las creencias de la muchedumbre: nacía espontáneamente del estado social y de las disposiciones morales de los pueblos. El poeta no era más que su intérprete, el eco fiel del entusiasmo que los arrastraba a creer y exagerar. Afectados por el espectáculo de los grandes sucesos y de los grandes hombres, que los deslumbraban con su esplendor, sin pretenderlo, confundieron más de una vez la verdad con la ficción, salvando la distancia que las separa y pareciéndoles natural lo maravilloso cuando tan cerca se hallaba de la realidad misma. Pero esta fue siempre la base de sus peregrinas invenciones: la buscaron en el brillo y magnificencia del imperio de Carlomagno, en el carácter personal de este esclarecido príncipe, en la guerra fratricida de los albigenses, que ahogó en sangre la musa tranquila de los trovadores del Mediodía de la Francia, en las gigantescas empresas de las cruzadas con su heroísmo y su popularidad, en las expediciones atrevidas de los normandos y sus rápidas conquistas, en la institución eminentemente civilizadora y poética de la caballería, símbolo de la Edad Media, y origen fecundo de muchas de sus glorias.

Pero si tales son las fuentes y el carácter general de la poesía popular en las naciones de Occidente, tan pronto como el idioma, aun desaliñado y menesteroso, se brinda toscamente a sus inspiraciones, todavía en los pueblos cristianos de la Península Ibérica concurren por el mismo tiempo circunstancias especiales y poderosas causas a desarrollarla y confiarle la memoria de los grandes sucesos que cambian entonces los destinos de la patria.

Después de la conquista de Toledo por don Alonso VI, a fines del siglo XI, una serie de triunfos memorables anuncia que la lucha comenzada con gloria en Covadonga terminará felizmente en los muros de Granada. Los estados de Aragón y Castilla reciben de la cultura de los árabes conocimientos útiles, inventos peregrinos, artes e industrias que se aumentan y fructifican mas tarde. Al amparo de las carta-pueblas y de los fueros municipales, adquieren las villas y ciudades una existencia independiente, representación, influencia y riqueza, se robustece el trono, son menos frecuentes los alzamientos y convulsiones de la anarquía, lleva más lejos la victoria los aledaños de la patria, antes mal seguros y de continuo disputados por vencedores y vencidos, y los pueblos de lo interior, armados hasta allí para la propia defensa, pueden ahora entregarse con alguna seguridad a las tareas pacíficas do la agricultura y de la industria. Su idioma, lentamente apartado de su origen pero recordándole con orgullo, es ya distinto del latino. Y no consiste solo la diferencia, al empezar el siglo XII, en la introducción de nuevas voces, en que se hayan alterado muchas de las antiguas, sino también en la particular estructura de las palabras y de las frases, en la supresión de la voz pasiva de los verbos, en los nombres indeclinables, en el uso de los afijos sencillos y dobles, en la adopción de giros y modismos árabes, en aquella índole particular que pone a tanta distancia del idioma de Lacio la lengua vulgar de Castilla.

Para emplearla ¿qué formas adoptará la poesía nacional? Las más sencillas y populares, las más conformes a la soltura y energía de la frase castellana y a la fácil entonación de las narraciones: las del romance octosílabo. Venga este en buen hora de los árabes, como quieren unos; sea, como pretenden otros, la producción espontánea del genio nacional auxiliada por la índole misma de la lengua y admitida por el favor del público, es lo cierto que una estructura métrica en estremo desembarazada y natural, a propósito para las descripciones históricas, debió satisfacer desde luego una necesidad de los pueblos: la de expresar las inspiraciones de su lealtad caballeresca, de su respeto al trono, de su espíritu eminentemente religioso, de su valor y constancia. Suelto y enérgico, dócil a la composición, escapado de los labios del poeta con la misma espontaneidad que se exhala el perfume de las flores, lleva consigo el sello de la originalidad, concuerda admirablemente con el carácter de la época, y recibe su carta de naturaleza de la lealtad castellana, del misticismo religioso, del entusiasmo guerrero y del respeto y el apoyo concedidos a la beldad inocente y desvalida.

Una aquiescencia universal, una especie de instinto patriótico le confían la memoria de los merecimientos y los timbres de la nación y los altos hechos y el heroísmo de sus hijos predilectos. Nacido por ventura en los campos de batalla, allí cantado entre los trofeos y los estragos del triunfo por el mismo guerrero a cuyo valor se consagra, acrecienta después el esparcimiento y alborozo del castillo feudal y del palacio de los reyes, o ceba en las plazas públicas la impaciente curiosidad de la multitud extasiada y silenciosa en torno del poeta. Que no recordará jamás sin las lágrimas en los ojos y el patriotismo en el corazón, las torpezas de Rodrigo y las afrentas de la Caba; la tierna solicitud y el amor filial y el valor heroico del hijo del conde de Saldaña; el trágico destino de los Infantes de Lara; las nobles acciones de Fernán González; la indómita pujanza, y el intrépido denuedo y la lealtad severa del primer adalid y del mas cumplido caballero de Castilla, Ruy Diaz de Vivar; las dolientes querellas de Inés de Castro; los malogrados afectos de Blanca de Borbón, llorada por inocente y por hermosa; los prodigios de la batalla de Clavijo y los milagrosos laureles de las Navas.

Fue, pues, el romance la crónica de la muchedumbre, el primer eco de aquel entusiasmo popular y guerrero que, manteniendo vivo el encono de Aragón y Castilla contra los enemigos del nombre cristiano, produjo ocho siglos de combates y de victorias. No pudo ocultarse esta verdad al buen sentido de Argote de Molina, cuando reconoció que en esa antigua poesía castellana se halla verdaderamente perpetuada la historia de los pasados tiempos. ¿Y en qué otra parte se encontraba la de Castilla hasta mediados del siglo XIII? Porque difícilmente se concederá su nombre a los breves y descarnados cronicones del monje de Albelda, y de don Alonso III, no más extensos y variados que una simple cronología, ni la merecerán tampoco los del Silense y de Sampiro, del obispo de Tuy y del arzobispo don Rodrigo, donde, si hay en realidad menos aridez y más detenimiento, y se traslucen ya vestigios de las creencias populares conservadas en los cantares de gesta, grandes son también los vacíos, escasos los hechos, e incompletas las narraciones.

A un monarca tan ilustrado como don Alonso X, mal comprendido porque fue superior a su siglo, desgraciado porque se propuso mejorarle, correspondía esclarecer los hechos memorables de su patria; reunir los esparcidos materiales que los comprueban; darles unidad y enlace; formar de todos ellos un conjunto, cuya variedad y grandeza, cautivando la atención, hiciesen innecesarias las leyendas y relaciones históricas de sus antecesores. La Crónica general de España es el insigne monumento que erigió a las glorias de la nación, cuando podía decirse que se hallaban confiadas a las tradiciones orales y al patriotismo de los pueblos. Si no realzan esta obra literaria una crítica severa, un plan bien ordenado y la generalidad de las miras, todavía con sus aciertos y sus errores y la mezcla singular de la fábula y de la historia, del espíritu caballeresco y de la crédula afición a todo lo maravilloso, nos ofrece la fiel pintura de la época, y da cumplida idea de su carácter y sus costumbres. Ningún otro libro, por ventura, retrata de una manera más pintoresca y exacta la España de la edad media. La ficción descubre en él la realidad.

Entre los materiales acopiados por el monarca castellano para formarle, no se cuentan solo los cronicones que le precedieron y las obras de los escritores romanos, godos y árabes de que entonces se tenía noticia; son igualmente consultados y seguidos los cantares de gesta, como depositarios de muchos acontecimientos cuya memoria no se encontraba en otra parte. Cuando el autor no lo confesase así al referir los hechos de Carlomagno y Bernardo del Carpio, aparecerían las pruebas de esta verdad en la prosa pintoresca y las singulares narraciones, y el sabor caballeresco y los diálogos poéticos de toda la tercera parte y grandes trozos de la cuarta. La bella historia de los infantes de Lara, pasajes enteros de la del Cid y de Bernardo del Carpio, son verdadera poesía de un carácter antiguo: fragmentos, sin duda, de fablas y romances populares entonces conocidos, que solo perdieron la rima y la medida al acomodarse á la narración histórica de la Crónica. Citaré como testimonio de esas trasformaciones, entre otros mil ejemplos, el llanto de España después de vencida por los árabes. «Fincara toda la tierraa (dice la Crónica) vacía del pueblo, bañada de lágrimas, complida de apellido, huéspeda de los estraños, engañada de los vecinos, desamparada de los moradores, viuda y asolada de los sus fijos, confondida de los bárbaros, desmedrada por llanto e por llaga, fallescida de fortaleza, flaca de fuerza, menguada de conorte, asolada de los suyos... Olvidados le son los sus cantares, el so lenguaje ya tornado es en ajeno e en palabra estraña».

¿De qué otra manera los acentos poéticos del trovador recordarían a Toledo en el momento de la reconquista y al comparar su presente ventura con sus quebrantos pasados, los males que derramaran sobre la patria el afeminamiento y corrupción del último monarca de los godos?

Los rasgos del romance son todavía más frecuentes en la Crónica del Cid, escrita muy probablemente primero que la General de don Alonso X. Nuestro digno académico, el excelentísimo señor marqués de Pidal, los pone de manifiesto en su excelente discurso preliminar al Cancionero de Baena. Contrayéndose al cerco de Zamora y al juramento prestado por Alonso VI en manos del Cid, solo con agregar o suprimir un corto número de palabras convierte la prosa de esta parte de la Crónica en verdaderos versos romancescos, medio sin duda empleado anteriormente por el cronista para ajustar a sus narraciones históricas los antiguos cantares relativos al mismo objeto. ¿Y qué otra cosa es el Poema del Cid, esta sencilla y venerable inspiración de la musa castellana en el siglo XII, la más antigua que ha llegado hasta nosotros, sino una crónica rimada, la historia del héroe castellano escrita en versos alejandrinos, pero con la llaneza simpática y el noble candor de los cronistas anteriores al siglo XIV? El orden cronológico en la narración de los hechos, la falta de artificio en la estructura del conjunto, la sinceridad genial de la época, la economía de los ornatos, la sencillez de las descripciones, el corto número de los detalles, todo la aproxima a la historia. Un conjunto de los cantares de gesta es también la Crónica del rey don Rodrigo, llena de todas las creencias de su tiempo y plagada de fábulas. Tanto se acercan estas obras literarias a los antiguos romances, y tan íntimo aparece el parentesco de unas y otras composiciones.

Y esta natural alianza, que así las estrecha, viene ya de muy antiguo. El arzobispo don Rodrigo, aun cuando se propone aparecer severo y desterrar de la historia las ficciones, todavía da cabida en su obra De rebus hispanis a muchas que son objeto de la fabla y los decires y los cantares de gesta. Si con detenimiento se examinase el cronicón del Tudense, en sus páginas se descubrirían también indicios ciertos de las creencias populares tomadas de los romances que las transmitían de generación en generación, más o menos bien conservadas.

Que en ellas se encuentre un fondo de verdad, un hecho que originariamente les haya servido de fundamento, puede tenerse por cierto después de las escrupulosas y detenidas investigaciones con que la filosofía y la crítica de nuestros días esclarecieron la historia. La credulidad del vulgo, la imaginación y licencia del poeta, las alteraciones de la tradición oral, según el cambio sucesivo de las ideas y las opiniones y el transcurso de los tiempos, allegaron sin duda la ficción a los hechos históricos, revistiéndolos de circunstancias y pormenores, puro engendro del entusiasmo popular o de la fantasía poética de los juglares. Pero desde luego se echa de ver que en estas invenciones hay por lo general rasgos característicos, descripciones felices en que respira el genio de la edad medía, y más a propósito para retratarla que la árida y estéril exactitud de aquellos descarnados cronicones, fría y descoloridamente veraces, donde a menudo se encuentran solo inanimados esqueletos y vagas indicaciones que nada enseñan y nada determinan.

El ejemplo dado por don Alonso X de perpetuar en la historia los memorables hechos de la nación no fue seguido por sus inmediatos sucesores, don Sancho el Bravo y don Fernando IV. Opusiéronse por ventura a esta empresa literaria las desavenencias y revueltas de la tierra y las guerras con tenaz porfía sustentadas contra los moros. Pero don Alonso XI, favorecido por la victoria y amigo de las letras, dispuso que se continuase hasta sus días la Historia general del Rey Sabio, cuya difícil tarea fue desempeñada, según algunos pretenden, por Fernán Sánchez de Tovar. Esta nueva Crónica comprende los tres reinados sucesivos de don Alonso X, don Sancho el Bravo y don Fernando IV; y, si su estilo es seco y descarnado, y tosca y desabrida la locución, todavía en los sucesos importantes que refiere se encuentra aquel sabor romancesco, aquel espíritu aventurero, aquella arrogancia caballeresca que, a pesar del autor mismo, comunican más de una vez a sus narraciones el gusto de los antiguos cantares.

Mas pulida y ataviada la Crónica de don Alonso XI, escrita por el canciller Juan Núñez de Villaizán, pero igualmente severa y mesurada, alguna vez emplea, sin embargo, los detalles y descripciones del romance. Véase, si no, la bella pintura de la juventud de don Alonso XI, uno de los más preciados adornos de esta historia. Las de Pero López de Ayala que a ella se siguieron, indican más saber y cultura, otra circunspección y conocimiento de los hombres y de las cosas. En sus fáciles y desembarazadas narraciones se muestra ya la lengua castellana con toda la espontaneidad y armonía necesarias a la entonación histórica, así como aparecen también la inteligencia y destreza con que el auto la maneja. Quizá carecería este de la rica y lozana vivacidad de sus antecesores; quizá, impasible y circunspecto, pretendió ocultarla, atendiendo menos al estilo pintoresco que a la gravedad del historiador. Pero, todavía con aquella sencillez genial que tanto le distingue, comunica el más tierno interés a cuanto refiere de la bella y desgraciada Blanca de Borbón: pasaje notable, continuado en varios capítulos, que en mucho se asemeja, por los candorosos detalles y la narración apasionada, a los romances que sobre el mismo objeto se compusieron en el siglo XVI, trasunto tal vez de otros más antiguos.

Mas estas cualidades, en parte debidas a la rudeza de los tiempos y en parte a la índole especial de los sucesos, campaban sobre todo más libremente y fueron también más comunes en las crónicas anteriores al siglo XIV. Porque la poesía popular no solo les ofreció las tradiciones y la nacionalidad que les daba su sanción, sino también el colorido del estilo, aquel entusiasmo candoroso e infantil, que acoge satisfecho la fábula y la historia; aquella poética credulidad, tan llena de atractivos y tan disculpable cuando admite hasta las glorias dudosas de la patria. ¿Y quién no creía en esa época de fe robusta y pura, de acontecimientos extraordinarios, que hacían probables hasta los imposibles, y de sinceridad y honradez caballeresca? Ninguno consideraba entonces como un romance las estupendas hazañas de Hércules; los asombrosos reinados de los Geriones; las proezas inauditas de los doce Pares. Dábase entero crédito al encantado y fatídico palacio de Toledo, reconocido en mal hora por el rey don Rodrigo, y al hallazgo fatal de los misteriosos lienzos que retrataban la imagen siniestra de los alárabes, dominadores algún día de la Península Ibérica. Los amores de la Caba y la odiosa y pérfida venganza del conde don Julián aparecían no como el fondo de un romance, sino como la causa verdadera de la pérdida de España. Temeridad hubiera sido dudar de los minuciosos detalles del alzamiento de Pelayo y de los prodigios que acompañaron su victoria. General asentimiento merecieron las sugestiones traidoras de don Opas, y la cruz fabricada por los ángeles, y los portentos de la batalla de Clavijo, y el canto profético del pescador que anunciaba, orillas del Guadalquivir, la sangrienta derrota de Almanzor.

Pero si estas y otras muchas narraciones romancescas, admitidas en las crónicas y objeto de la poesía popular, llevan consigo el sello de su origen, no son, sin embargo, creaciones inútiles para la historia. Siempre nos revelan cómo pensaban sus autores, cómo aparecían a sus ojos el sacerdote y el guerrero, el señor y el siervo, la ciudad y el campamento, el palacio y la cabaña, la sociedad entera de su época.

Costumbres, ideas, civilización, cuanto constituye el carácter de un pueblo, cuanto concurre a determinar su originalidad y darle una fisonomía propia, se encuentra en esas ficciones, hijas de sus creencias, nacidas de altas y arrojadas empresas, alimentadas en la prosperidad y la desgracia por el espíritu nacional y grandes y memorables recuerdos. En armonía con las tendencias y preocupaciones de la muchedumbre, la llevan a los combates en alas del patriotismo y de la gloria; la prosternan ante las aras del santuario donde deposita los trofeos de sus victorias; convierten el sentimiento religioso que la anima en instrumento de todas sus acciones; le imponen como un deber amparar al débil, resistir a la injusticia del poderoso, santificar el heroísmo en la apoteosis de los lujos predilectos de la patria, consagrar una lealtad inviolable al trono de sus reyes, erigir como un eterno comprobante de sus altos merecimientos esas augustas y venerables basílicas que hoy nos sorprenden con su majestad y su grandeza, y bajo cuyas silenciosas bóvedas se elevan cubiertas de emblemas las tumbas de nuestros padres, resuenan todavía los nombres de los Alfonsos y Fernandos, ondean entre nubes de incienso las banderas de San Quintín y de Pavía, y brillan al lado mismo del santuario los sangrientos aceros del Salado y de las Navas.

He aquí a la poesía ilustrando la historia con las inspiraciones que recibe de la sociedad misma, a cuyo brillo y esparcimiento se consagra. Así como las ruinas monumentales, realzada por los recuerdos y el prestigio de los siglos, si empiezan por hacernos sentir, acaban por hacernos pensar; porque sus descripciones son pinturas; porque el amor de la patria que la anima lleva consigo el raciocinio que analiza; porque la sensibilidad que la apasiona vigoriza aquel instinto seguro que adivina el carácter de los individuos y de los pueblos; porque la ficción misma es un ejemplo, y el halago una enseñanza.

No se encontrarán en el canto del poeta ni la cronología, ni el orden de los sucesos, ni la precisión minuciosa de las narraciones: pero allí están siempre el espíritu de los tiempos , el genio que los juzga, las tintas que los realzan, la inspiración que los liberta del olvido. Por eso, al examinar los preciosos restos de la musa castellana, tal cual existía antes del siglo XVI, podríamos decir como el orador romano cuando contemplaba las antiguas ruinas de la ciudad eterna: «Los vestigios de la historia nos rodean por todas partes».

Es indudable: en las apreciaciones generales, la poesía que observa y copia la naturaleza, y cuyas imágenes emanan siempre de una realidad, nos hace formar de muchas cosas ideas más exactas que la historia misma, y con su narración apasionada, con su animado colorido, con sus brillantes conceptos, nos revela secretos que nunca hubiéramos descubierto por otros medios.

Si esta verdad pudo ser mal apreciada o de todo punto desconocida en tiempos de más erudición que filosofía, hoy concurre con otras muchas, antes ignoradas, a determinar la fisonomía propia de las pasadas edades. La historia, que al sacarlas del olvido reúne con escrupulosa diligencia sus restos mutilados y dispersos por la mano del tiempo, no tiene ya por exclusivo objeto las sucesiones de los reyes, las batallas y conquistas, los alzamientos y rebeliones de los señores de vasallos contra los tronos o los pueblos, la creación de las casas monásticas, los blasones y timbres de la heráldica; aquellos hechos brillantes, pero sin influencia en los destinos de un pueblo, que como los meteoros luminosos deslumbran un momento, sin dejar el rastro más leve de su existencia y su aparente importancia en el orden inmutable del universo. Más atenta a la verdadera grandeza de las cosas que a sus vanas apariencias, investiga también y desenvuelve y avalúa las causas de la elevación o decadencia de los pueblos; representa fielmente su civilización y sus costumbres, su carácter político, moral y religioso, las revoluciones que determinan su vocación y su destino. Generaliza y clasifica; ve el conjunto, y de las relaciones y el enlace de sus partes componentes deduce las condiciones necesarias de la existencia de la sociedad y del individuo.

Por eso la filosofía, apoyada en las tradiciones, y sin desdeñar las memorias de nuestros mayores, contando con el auxilio de la erudición que había mirado con hastío, incrédula y presuntuosa en el siglo XVIII, busca y encuentra la historia no solo en las crónicas, las medallas y las lápidas, sino también en los monumentos de las artes, en los prodigios del romance, en la sencillez de los cantos populares, en la poesía nacional consagrada por la admiración o la gratitud pública a los héroes y sus empresas. ¿Cómo, pues, desechará en sus investigaciones los romances, que pintan siempre describiendo, que se hallan sostenidos por el genio de la edad media, que son como ella originales y variados, y tienen por objeto uno de los períodos más grandiosos que puede ofrecernos la monarquía española? Ningún otro pueblo se asemejaba entonces a la Península Ibérica; ninguno ofrecía el mismo interés y atractivo. Los elementos de civilización que abrigaba en su seno le daban un carácter tanto más original y seductor cuanto que el genio oriental y el de Occidente concurrían de consuno a determinar sus rasgos esenciales. Razas diversas, contrastes de costumbres y de creencias, la gravedad del godo, la imaginación del árabe, el espíritu civilizador y filantrópico de la Biblia, el sanguinario y fanático del Koran formaban ese conjunto fantástico que, largo tiempo mal conocido y apreciado, se mostraba incompleto y falto de animación en nuestras historias. El árabe, el rabino, el borgoñón, que habían concurrido a la conquista de Toledo y a las repoblaciones de Salamanca y Zamora, el fiero sucesor del godo con todos sus recuerdos y sus ritos, con sus costumbres y su civilización especial, ora adversarios y contrapuestos, ora relacionados y unidos por estrechos vínculos e intereses, habitadores de un mismo suelo, cambiando sus mutuos inventos y haciendo comunes sus ideas, se prestaban, sin pretenderlo, al desarrollo de una civilización original, como eran diversos sus elementos componentes; vigorosa y fecunda, como eran extraordinarias las pasiones que fomentaba, y grandes y trascendentales los sucesos que contribuían a formarla.

Alternaban entonces la galantería oriental con el pundonor y la firmeza de las razas del Norte; la apasionada fogosidad de los hijos del desierto, y su imaginación y su ardiente fanatismo, con la ruda constancia y la bravura y el espíritu independiente y caballeresco de los sucesores de Recaredo; la quimérica idea de un Edén fantástico con la verdad, las esperanzas y la resignación del cristianismo; la voluptuosidad del harén con el ascetismo sombrío de los claustros monacales. Al lado del juglar de Castilla y del trovador de Aragón entonaba sus versos el rawi de las Andalucías. Un mismo suelo sustentaba la mezquita y la catedral gótica, la aljama de los califas y el alcázar de los reyes. Y, mientras que el monje cristiano en breves y sencillos cronicones legaba a la posteridad los hechos memorables de su patria, alentado el sabio musulmán por la generosidad de los califas, consignaba en pomposas memorias o los graves sucesos de sus reinados o los dulces y tristes recuerdos del desierto.

Tales son las circunstancias, el movimiento intelectual, los gérmenes de civilización que, fecundando el genio de nuestros poetas, dieron a sus cantos hasta el siglo XVI, si no pulidez y brillo, por lo menos el colorido y la verdad histórica. Fueron, pues, estas composiciones populares el trasunto de un original no bien estudiado y comprendido en el espacio de muchos siglos; donde, si la composición podía parecer ideal, los caracteres, los rasgos generales, los matices y el espíritu de la época retrataban fielmente la sociedad y el hombre.

¡Lástima grande que el mismo desarrollo de la civilización y de la lengua, tan fecundo en abundantes y sazonados frutos literarios, solo para esos rudos, pero inapreciables restos de la primitiva musa castellana, hubiese de ser funesto! Porque cuando ganan la historia y la erudición, y el impulso parte del trono mismo, y son poetas los reyes y los grandes, se abandonan al vulgo no solo la antigua estructura métrica del romance, sino también los sucesos históricos que le sirven de objeto y el sentimiento de nacionalidad que le produjo. Ciertamente, no se citará con alguna seguridad uno solo de los romances populares anteriores al siglo XVI . Mas, por fortuna, los publicados en la segunda mitad del mismo, heredando su espíritu, conservan sin duda muchos de sus rasgos y cuanto pueden permitir la tradición oral y los recuerdos y el instinto patriótico, siempre apegado a los hábitos antiguos y celoso de perpetuarlos.

En todas estas bellísimas composiciones se descubren profundos vestigios de otras más antiguas, y aun consiguió el arte con ingeniosas restauraciones conservar hasta su rudeza y desaliño. Por ventura existen algunas, cuya diferencia de las antiguas consiste solo en un corto número de variantes.

Al lado de esas imitaciones tendríamos hoy los originales, si los hombres ilustrados del siglo XV no los hubiesen despreciado, creyéndolos harto vulgares y groseros y a mucha distancia de su cultura. Conforme adquirían conocimientos y su gusto se depuraba, pretendiendo ganar como eruditos lo que perdían como indiferentes a la poesía popular, abandonaron el romance histórico a las clases inferiores. Eran soldados y poetas y, en vez de cantar los altos hechos de su país y sus propias hazañas, prefirieron exhalar vanos suspiros y encarecer la próspera o adversa fortuna de sus fríos amores. En daño suyo y de la historia, si no del arte mismo, siguieron ese nuevo camino por rumbo opuesto al antiguo, poco más o menos como los literatos del siglo XVIII, que, lejos de imitar la rica poesía de sus predecesores, al olvidarla como desaliñada y ruda, cultivaron exclusivamente la extranjera, no de tanta valía en algunos de sus géneros, y estraña al gusto y las ideas de Castilla.

Así, pues, desde el reinado de don Juan II las clases más altas y las más inferiores de la sociedad reparten entre sí la rica herencia de la musa castellana. Queda entonces para el vulgo la poesía popular inartificiosa y ruda, pero tradicional y patriótica: viene a ser el patrimonio de las gentes ilustradas la erudita y cortesana, con las misteriosas alegorías del Dante y los plañideros amores del Petrarca. La una es joven y lozana en su decrepitud; la otra aparece débil y cansada en su misma infancia. Aquella continúa siendo la fiel depositaría de los hechos pasados; se alimenta con recuerdos de gloria, respira las auras nativas, reposa en la cuna de la lengua vulgar y la acaricia como su hermana gemela; esta otra, peregrina y palaciega, desvanecida con su cortesanía, extraña a la fiereza castellana, busca las relaciones de la provenzal y se somete, cual siervo en grillos de oro, a los preceptos de la gaya sciencia.

Pero una y otra poesía vienen en auxilio de la historia, porque, si la antigua conservada en los romances viejos del siglo XVI nos hace conocer los tiempos pasados y su fe exaltada y ciega y el sentimiento íntimo de las creencias que animaban a la multitud, también la otra nos da cumplida idea de la nueva cultura introducida en Castilla, del sesgo que tomaban las vocaciones particulares, de la cortesanía del palacio y de la instrucción difundida entre las altas clases de la sociedad.

Estos recuerdos de una literatura que fenecía para desarrollarse otra peregrina y extraña, de los romances de Timoneda, Sepúlveda y sus imitadores , pasaron entonces al teatro nacional, todavía sin carácter determinado y falto de la gala y gentileza que alcanzó poco después. Lope los acogió el primero, creando un drama original y brillante, delicado y lleno de atractivos, eminentemente español y retrato fiel de las costumbres y de los sentimientos que hasta allí conservara la tradición en las poesías populares. ¡Con qué verdad aparecen en sus animadas escenas la noble y altiva fiereza castellana, el grandioso carácter de aquellos esforzados varones que, arrojando a los hijos de Ismael al otro lado del Estrecho, triunfan en Italia y en Lepanto, sorprenden la mansión de Brahma en las misteriosas regiones del Oriente, desafían los fantasmas y las tempestades que circundan el Cabo de Buena Esperanza y se lanzan a un mar desconocido y doblan los ámbitos del mundo para tremolar en todos el pendón de Castilla realzado con los laureles de ocho siglos! En esas escenas se encuentran también la dignidad y el sufrimiento en el infortunio, la grandeza y la moderación en la prosperidad, las nobles costumbres de la familia, la sensibilidad apasionada y el delicado orgullo de la matrona castellana, que concilia la ternura del corazón con el sentimiento de su propio decoro, la lealtad y el pundonor del caballero que diviniza y rinde adoración a la hermosura, que convierte a su rey en un semidiós y le sacrifica cuanto no sea su honra sin mancilla, que hace del amor una religión y un culto, y de la beldad un elemento de gloria y de heroísmo.

El genio elevado y fecundo de Calderón y las imitaciones de sus discípulos conservaron este mismo carácter al teatro durante el siglo XVII. Siempre costumbres y miras españolas, siempre la lealtad y el valor en los caballeros, la sensibilidad y el orgullo en las damas, siempre el patriotismo en las ideas y el sentimiento de la dignidad nacional en todo. ¿Por qué se ha negado también este último asilo a la musa de nuestros padres? ¿Por qué se ha pretendido que, rompiendo con lo pasado, renunciase a esos brillantes destellos de una nacionalidad vigorosa y enérgica, emprendedora y sublime como fueron grandes los sacrificios para adquirirla? Al reparar este deplorable abandono muy tarde conocido, no veamos solo en los antiguos romances y dramas nacionales la fecundidad de la invención, los encantos del sentimiento y la armonía. Considerémoslos también como fieles auxiliares de la historia, como un precioso depósito de documentos para ilustrarla, que jamás resonarán las divinas armonías de la musa castellana sin que venga a darles nuevo precio el amor de la patria y la grata memoria de los altos merecimientos de nuestros mayores.

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