“Literatura. Sobre clásicos y románticos”
- Autor del texto editado
- “El Consabido”
- Título de la obra
- Cartas españolas, o sea Revista semanal histórica, científica, teatral, artística, crítica y literaria, t. V, cuad. 47, 1832-04-19
- Autor de la obra
- Carnerero, José María de (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de J. Sancha,
1832
- Paginación
- pp. 31-36
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Natalia Fernández Rodríguez
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 3 septiembre 2025
LITERATURA
Sobre clásicos y románticos
Señor editor de las Cartas Españolas,
estoy pasmado de que haya en el mundo un sistema de literatura que llaman Romanticismo, cuyo fundamento estriba en el desprecio absoluto de todo arte y toda clase de reglas. Yo hasta ahora no tenía noticia de otro Romanticismo que aquel de que hablaron y defendieron Schiller, Schlegel y otros sabios alemanes, muy eruditos, además, en el sistema clásico —así llamado por ellos—, no para contraponerlo, mas para distinguirlo del que dijeron romántico, facilitando así su mutuo examen y su completo análisis. Estos críticos eminentes nunca pensaron que el arte y las reglas no sirven para nada y que deben despreciarse, pues está al alcance de cualquiera que no puede haber análisis de las obras de la inteligencia ni de los procedimientos de la naturaleza de donde no resulten las leyes y reglas que, apoyadas en la observación, sirven para marcar el camino que debe seguirse cuando se trate de producir o imitar otras en la misma categoría. Tampoco hay quien ignore que hay reglas comunes a todos los productos del ingenio y de la naturaleza, pero también se sabe que cada cual de ellos tiene otras que le son peculiares, privativas y ajenas de los demás. Por ejemplo, las leyes del equilibrio son comunes al que corre y al que nada, mas uno y otro arte tienen otras que no les son mutuamente aplicables. Lo mismo puede suceder respecto a los géneros clásico y romántico 1 , y la dificultad, supuesta dicha división, consiste en discernir las reglas comunes y aplicables a ambos de las privativas a cada uno. Yo soy de aquellos que admiten esta división y de los que creen que las leyes de la epopeya romancesca deben deducirse del Orlando Furioso y no de la Ilíada, porque, aunque uno y otro poema pertenezcan a la categoría de los épicos, ni su asunto ni sus medios caben en un cuadro idéntico ni en las mismas formas. Y como, a pesar de esto, son cada cual en su género un modelo de belleza, infiero que, aunque distintos los caminos por donde han marchado sus autores, no por eso son menos rectos y aptos para conducir al fin que se propusieron. Lo dicho respecto a la epopeya debe aplicarse al drama, y de ello no debe deducirse que las reglas no existan en todos los géneros, sino que, además de las comunes, tienen estos otras diferentes. Por ejemplo, la regla de unidad de interés, la de que todas las partes de la obra estén enlazadas con tal conveniencia, que formen un todo completo con su principio, medio y fin, la de que las pasiones y los actos se expresen en el tono que les corresponde según las situaciones y el carácter que las distingue, etc., He aquí las leyes generales a todos los géneros; en ello no cabe duda, pero resta saber si la regla de las unidades clásicas, si la de no mezclar diversos tonos de poesía, ni personajes populares y graciosos con los serios, etc., son tan esenciales a todos los géneros dramáticos, que, faltando a ellas, nada bello ni grato pueda producirse. El romántico que adopta las primeras no puede encerrarse en las segundas, ni cabe en el estrecho cuadro que forman, y, no obstante, los dramas de esta clase producen tanto interés, agrado y un placer tan intenso, que nadie que sea imparcial y sensible podrá desear que Shakespeare ni Calderón fuesen clásicos, ni románticos Corneille, Molière ni Racine, pues cada cual en su diferente género han producido obras maestras de talento e ingenio, que acaso no hubieran existido a seguir los mismos pasos y por un mismo camino. En las bellas producciones clásicas disfruta , se recrea y se entusiasma el ánimo con la elegante sencillez de formas, la sublime naturalidad de expresión y la verosimilitud material que produce el uso adecuado de las unidades de acción, de lugar y de tiempo propias del sistema clásico. En los dramas románticos agrada y deleita la simpatía con que arrebatan el alma fuera del mundo material y prosaico; la rica e inagotable invención con que se pinta en ellos la idealidad de los siglos medios, tan análoga todavía con nuestras costumbres, creencia y modo de considerar los objetos; el interés que inspiran sus complicadas fábulas; el estilo lleno de pompa y abundancia con que se adornan; la metafísica con que se retrata la tendencia que tomaron las pasiones bajo el influjo teológico de una religión sublime; el arte con que reúnen todos los tonos sin que discorden el vuelo con que arrebatan la fantasía, produciendo ilusiones tan bien preparadas y graduadas, que no asustan la razón y la conducen a la fe necesaria para producir su efecto; y, en fin, la magia con que presentan la acción y movimientos de las diversas vicisitudes que caracterizan la vida individual y el roce de las encontradas pasiones que existe entre los héroes serios, los burlones graciosos, los sencillos aldeanos, los valientes y los cobardes, los pobres y los ricos, los grandes y los pequeños. Tales son los diversos elementos y partes que admite el género romántico, y el arte consiste en unirlas y enlazarlas con tal conveniencia, que formen un todo perfecto sin excederse de los límites fuera de los cuales desaparecen las ilusiones. Las reglas del arte en general, y las de este género en particular, existen diseminadas y obedecidas en las obras de los grandes maestros, y de ellas deben deducirse por los críticos, eliminándolas de los defectos propios a los siglos en que se produjeron. Así, en el sistema clásico como en el romántico, se hallarán sin duda defectos u obstáculos inherentes al género que habrán de pasar en el uno como pasan en el otro por concesiones y licencias, sin las cuales no existiría ninguna obra de imaginación. Los clásicos, por someterse a sus unidades, inciden en inverosimilitudes numerosas que es preciso concedérselas como licencias; los románticos, dividiendo la atención del espectador por trasladarle como en vuelo de un lugar a otro lugar, de una edad a otra edad, de una acción a otra acción, pero presentando siempre un solo y único interés, debilitan la verosimilitud a que aspiran los clásicos, desenvolviendo una pasión o un vicio aislado y abstracto dramáticamente tratados. Pero, en desquite, crean otro género de interés y de placer que en vano intentarían producir bajo las reglas y formas del clasicismo, demasiado estrechas para los asuntos románticos. Aquella variedad, aquel continuo movimiento y bullicio dramático que produce la novedad y trama de lances que se cruzan, varían y caracterizan la vida individual puesta en acción y no en cuento; aquel encanto que resulta de la colisión de diversos intereses, del contraste y lucha de muchas pasiones en un solo individuo, del choque de las circunstancias con el tumulto social, todo digo produce una clase de goces opuestos, si se quiere, a la sencillez y elegancia del gusto griego, pero no menos reales y en armonía con la naturaleza del corazón humano. El drama romántico no es ciertamente la comedia ni la tragedia griega como las reglamentó Aristóteles y las ejecutaron Sófocles, Eurípides y Menandro, sino una cosa distinta, porque es la expresión dramática de la historia y de la novela. Es en fin, no la crítica de un vicio o una virtud abstracta y personificada, ni la acción única de un héroe, y sí la pintura de la vida del hombre como la concibieron las nuevas sociedades con toda la extensión y mezcla de vicisitudes que acompañan la completa existencia individual. Cuanto va dicho explica mis opiniones particulares en la materia, pero, como estas no son una razón de fe, lo que importa es establecer un campo de discusión donde puedan combatirse facha a facha, a cuyo fin deberán resolverse las cuestiones siguientes:
1ª ¿Existe en poesía una marcha de ideas fundada en existencias sociales y religiosas que no puede encerrarse en los cuadros y formas que usaron los griegos y analizó Aristóteles? 2
2ª Si existe, ¿basta por sí a constituir un nuevo sistema de poesía e idealidad?
3ª La epopeya romancesca perfeccionada por Ariosto, y los dramas de Calderón y Shakespeare, produciendo el mismo efecto y conservando sus bellezas peculiares, ¿pueden contenerse en un cuadro igual al de la Ilíada o al de las tragedias clásicas?
4ª ¿Todas las reglas del clasicismo son en sí tan generales y esenciales que nada bello puede darse fuera de ellas?
5ª Si así fuere, ¿por qué razón agrada y entusiasma la epopeya romancesca y el drama romántico que tanto se apartan de las expresadas reglas?
Para resolver estas cuestiones no basta declamar contra el mal gusto, ni decir que los románticos desprecian las reglas, pues no es verdad. Es preciso, sí, probar que para conseguir el fin que se proponen, causar las ilusiones que causan, pintar la vida como la pintan y tratar los asuntos que tratan pueden hacerlo como lo hicieron los antiguos griegos. Es preciso, además, probar que Ariosto, encantando a los humanos con su poema, hizo mal en ello, y que Calderón y Shakespeare, entusiasmando a su siglo y a los que siguieron, fueron unos necios. Y, en fin, deberá hacerse patente al universo que cuantos se divierten, recrean y gozan con otro teatro que el griego y el francés hacen muy mal en entregarse a sus sensaciones antes de examinar si están o no acordes con tales o cuales reglas que se pretende imponerles.
Concluyo diciendo que ni Schiller, ni Schlegel, ni yo, ni hombre alguno racional hemos sostenido nunca que las reglas deben despreciarse, aunque sí creemos que es coartar al talento y al ingenio creador el someterle a aquellas que solo son esenciales en ciertos casos, y no generales, como se las supone. Y lo prueban las muchas obras que existen fuera de ellas y no son menos perfectas y grandes. Esta es la verdadera cuestión.
El Consabido.