“Observaciones sobre el real decreto del 4 del actual relativo a la impresión y publicación de libros, &c.”
- Autor del texto editado
- Sin firma
- Título de la obra
- El Siglo, n.º 2, 1834.01.24
- Autor de la obra
- [No se indica]
- Edición
- Madrid:
Imprenta de Marcelino Calero Portocarrero,
1834
- Paginación
- p. 1
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Natalia Fernández Rodríguez
Encoding: Noelia Santiago López
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Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 20 agosto 2025
Observaciones sobre el real decreto del 4 del actual relativo a la impresión y publicación de libros, &c.
(...)
Imaginamos a Newton entregado a sus altas meditaciones, descubriendo la verdad en los arcanos del firmamento, disipando las nebulosidades que ofuscaban su lustre y por tantos siglos le habían oscurecido. Sentimos la agitación sublime del divino Milton, dando vida en su robusta y fulgida mente a las imágenes que habían de representar la creación de la luz y de las celestes esferas. Vemos al festivo Cervantes, honor de España, concebir en su risueña y dorada fantasía aquellos caracteres que suspendieron al mundo con sus gracias y exaltaron la verdad aniquilando el error con flexible pero severo azote. Admiramos entusiasmados estos luminares de la razón, y se derrama en nuestros pechos un cáliz de hielo al pensar que ni por acaso tuviesen tales hombres que sujetar la luz de sus almas a la inspección de un censor frío incapaz, tal vez, de entenderlos, tal vez preocupado contra ellos y positivamente su inferior en todo; que hombres como estos no pueden compararse con los oscuros ministros que suelen encarcelar la razón. Y no se diga que no era el objeto de la censura reprimir el vuelo intelectual de hombres tan eminentes. De ninguno de ellos se conocía de antemano la eminencia, ninguno de ellos nació ya anciano y docto, sino infantes ciegos de ánimo todavía niños, y adultos después sin nombre literario, con todas las flaquezas de la especie, sumamente pobres, a lo menos los dos últimos, pero destinados por la Providencia, a pesar del erudito orgullo y pedantesca soberbia de los poderosos, a abrirse por la inteligencia humana surcos de luz más brillantes que corrieron nunca otros hombres en ninguna edad conocida del mundo. ¿Y quién vivía en sus tiempos capaz de juzgar de sus raciocinios ni inspiraciones? Los grandes hombres se anticipan de mucho a su siglo. (...)