Prensa y canon · Textos historiográficos
“Progresos de la literatura española”
- Autor del texto editado
- J. del C.
- Título de la obra
- La Esperanza. Periódico semanal literario, n.º 1, 05/01/1845
- Autor de la obra
- [No se indica]
- Edición
- Cádiz:
Imprenta de B. Núñez,
1845
- Paginación
- p. 2
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 7 agosto 2025
Progresos de la literatura española
A fines del siglo XV, cuando el odioso estandarte mahometano empezaba a doblegarse ante los rojos pendones de Castilla, las ciencias y las artes, desatendidas hasta entonces en nuestra Península, comenzaron a despertar del muelle letargo en que yacían, difundiendo por do quiera sus destellos de vida y de elocuencia.
La fogosa juventud de aquella época precisada a defender sus intereses y propiedades, invadidas por el molesto sarraceno, viéndolo alejar al fin de las playas españolas, depuso a un lado el militar arreo y ocupose ávidamente del estudio de las letras.
Entonces el árbol naciente de nuestra literatura empezó a dar sus primeros frutos, vegetando después coloso cedro del Líbano el que era ayer miserable arbusto.
La España en un pasado de siete siglos había gemido bajo el yugo africano, la patria de Pelayo y san Fernando vio derrocados en años de amargura tronos y altares, ilusiones y creencias. Una cosa, empero, permaneció inmóvil y solamente ella pudo erguir su victoriosa frente al través de los escombros de la guerra: ¡el genio literario!, ese mismo a quien olvidaron hasta entonces todos los corazones. Y era forzoso que así sucediese. La nación que tan noblemente conquistó con sus afanes su perdida independencia; el pueblo que en su entusiasmo patricio había derramado su sangre por la religión de sus padres no podía menos de anhelar un siglo más venturoso, en que libre de los azares de la guerra dijese a la vieja Europa: «Nosotros también conservamos un recuerdo de los tiempos felices en que la antigua Grecia se alzaba esplendente a la sombra del saber; nosotros queremos vestir el manto de Atenas, y entonces el pueblo que en su sed de libertad pudo arrojar de su territorio las huestes que lo subyugaron por espacio de siete siglos sabrá también elevar las ciencias y las artes a un grado sumo de esplendor y de riqueza». Este fue el primer progreso de nuestra literatura, progreso, por cierto, alto y sublime.
(Se continuará.)