“Florita (I)”
- Autor del texto editado
- Sin firma
- Título de la obra
- El guardia nacional, n.º 1460, 1839-12-16
- Autor de la obra
- Bastús y Carrera, Vicente Joaquín (dir.)
- Edición
- Barcelona:
Imprenta del Guardia Nacional,
1839
- Paginación
- pp. 1-2
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Victoria Aranda Arribas
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 4 agosto 2025
FLORITA (I)
Una tarde de estío, en el año de 1641, bajaban muchos caballeros de los alrededores del Retiro al Prado, y se encaminaban reunidos hacia la calle de Alcalá; entreteníales y preocupábales un acontecimiento que llamaba en alto grado la atención de la corte de Felipe IV y la del público de la villa de Madrid. La conversación era animada, y, sin embargo, no se analizaba en ella la rebelión de los catalanes ni la revolución que había colocado en el trono de Portugal al duque de Braganza; tratábase meramente de una compañía de cantantes italianos recién venida de Italia, y que en el día anterior tuvo la honra de representar en presencia del rey. Los ociosos de la villa y de la corte no hablaban más que de la prima donna, y todos se decían como una gran novedad que aquellos cantantes italianos estaban ajustados para seis meses en el teatro de la Cruz.
—¡Por Santiago! —gritó uno de los más ardientes apasionados de los recién venidos y de su música exótica— ¡Que yo no creo que haya en el paraíso mejores y más delicados conciertos! He oído más de cien oratorios, no solo en la capital del rey, sino en todas las catedrales de España, y sostengo que entre toda esa multitud de chantres no he ido uno cuya voz pueda compararse a la de Marino!
—Y yo sostengo —dijo otro— que no hay en España ni en el mundo una voz como la de Magdalena. ¡Qué brillantez! ¡Qué agilidad! ¡Qué sonidos tan limpios y tan delicados! ¡Santa Cecilia debía cantar así! ¡Magdalena! ¡Yo la escuchaba y estaba en un éxtasis, en el cielo! ¡Viva Magdalena! ¡Viva la primera cantatriz del mundo!
—¡Viva Magdalena! —repitió con entusiasmo aquella multitud de caballeros de la corte.
Uno de ellos entonces, que había contemplado esta escena con sentimiento –por lo menos cuyos movimientos de cabeza negativos eran una prueba de que no llevaba con gusto tantos aplausos–, dijo bruscamente:
—Sí, cantan bien, pero no cantarán jamás en castellano.
—¿Cómo? ¿Quién os lo ha dicho, don Pedro?
—Ella misma, señores. Ella misma esta mañana, al ofrecerle un papel en la ópera cuyas palabras ayer escribí y que don Blas Mineo va a poner en música.
—¿Cómo? ¿Ha rehusado un papel en una comedia vuestra?
—Sí, me ha dicho que no cantará jamás sino palabras italianas. Y me lo ha dicho con desdén, como si fuese una reina segura de que había de ser en todo anotada. Caballero de Calatrava, vos lo habéis oído. Es la primera cantatriz del mundo, es una soberana poderosa en cuya presencia deben doblegarse las frentes, por adornadas que estén de laureles.
A estas palabras, pronunciadas con ironía, el caballero saludó a sus compañeros, como esquivando la discusión que iban a producir sus observaciones, y se encaminó a la puerta de Atocha. Había cerrado en esto la noche, y los árboles aumentaban su lobreguez hasta el punto de que era difícil ver y conocerse a dos pasos de distancia. El caballero se dirigió al centro de la villa, y siguió pausadamente por las calles solitarias contiguas al convento de Santa Isabel. Bien que la obra fuese bastante adelantada, la noche oscura y el barrio poco frecuentado, caminaba el caballero sin cuidarse de un mal encuentro, hablando entre sí y levantando de vez en cuando la cabeza como para contemplar las estrellas. Cualquiera que hubiese escuchado sus palabras sin concierto ni sentido dicho habría seguramente que era su señoría un poeta o un enamorado. Así caminó largo tiempo sin advertir el sitio en que se encontraba, barrio el más pobre de Madrid y apartado de la Plaza Mayor, donde tenía su vivienda. Vuelto, en fin, de sus sueños y profundas meditaciones, y mirando a su alrededor con asombro como un hombre caído de las nubes, murmuró entre dientes estas palabras: «¡Jesús, la Virgen santísima venga en mi ayuda! ¡No sé dónde estoy, he perdido el camino!».
En este momento se oyó a lo lejos una campana que daba la hora. Eran las 10. El caballero dio algunos pasos más, pero con ánimo irresoluto y poco decidido. Se encontraba en una especie de laberinto formado por la reunión de muchas callejuelas negras y tortuosas, y entre las que no pudo reconocer, por más que hizo, lo que acababa de recorrer. Las casas eran altas y salpicadas las ventanas, en las que se veían algunas macetas de flores; de vez en cuando se veía en unos cuartos altísimos una mezquina claridad, con sus puntas de dudosa, que anunciaba que se velaba todavía en aquellos pobres rincones en que vivía la población miserable y mendicante de la capital de las Españas. Las puertas de las casas estaban abiertas de par en par, y se podía penetrar en aquellos pasillos sombríos como la entrada del infierno, y a cuyo extremo empezaba una escalera torcida y nada segura; pero ¿qué salteador hubiera osado penetrar en aquella especie de barraca, cuyo mobiliario no valía seguramente veinte reales? La pobreza de los que vivían era más segura defensa que un cerrojo sólido y una barra de hierro. Tan profundo era el silencio que reinaba entonces, que cualquiera habría dicho, sin miedo de verse desmentido, que aquellas calles estaban desiertas; ni una voz se oía, ni el ruido más pequeño. Tan solamente el perro de un mendigo, sin duda, interrumpía de vez en cuando aquella sublime y profunda majestad con un aullido lúgubre y penetrante. Una luz débil brillaba en medio de la calle. Era la de una lámpara colocada como si fuese un farol en el ángulo de una casa, delante de la imagen de la Virgen, que desde lo alto de su nicho parecía lanzar una mirada misericordiosa a los pobres pasajeros.
El caballero, devoto de nuestra señora, como buen castellano, se quitó su sombrero, rezó un Ave María y se sentó en un banco de piedra enfrente del nicho para tomar aliento y hacer tranquilamente un cigarrillo de papel.
Por este tiempo las noches de Madrid eran fecundas en acontecimientos: los enamorados y los ladrones se disputaban el dominio en ellas desde la medianoche hasta el amanecer, y peleábase frecuentes veces sin que la justicia interviniese en esta clase de combates. Pero en este barrio solitario ni había duelos ni serenatas, y así el caballero estaba libre de aventuras. Miró a su alrededor como para orientarse del sitio en que se hallaba, retiró la capa sobre la espalda y se puso a fumar con admirable cachaza su cigarro. La luz de la lámpara que reflejaba de lleno sobre él, hacía resaltar su figura como un retrato en medio de un fondo negro, y, la verdad sea dicha, su vestidura pedía excitar la ambición de gente menos escudada de su honra que la que habitaba los alrededores de la Puerta de Embajadores. Su capa de fino paño negro de Segovia dejaba ver una ropilla de seda en la que estaba bordada la cruz roja de Santiago; su sombrero, de florida, espiritual y brillante, que anunciaba todo lo más 40 años. El caballero cayó de nuevo en sus antiguas meditaciones: pensaba en Magdalena, que le había hecho un desaire tan marcado como ya saben nuestros lectores, y volvió de nuevo a caminar sin objeto, sin dirección, proyectando venganzas para saciar su resentimiento y su amor propio de poeta.
—¡Eh, no sería malo bajar un poco el orgullo a esta reina de teatro! Es necesario que antes de dos meses venga a suplicarme de rodillas que la escriba un papel, y entonces yo me haré rogar largo tiempo antes de prometérselo. He de escribir una comedia que alborote a Madrid, y quiero que, mientras se represente, la compañía italiana cante sus óperas delante de los bancos vacíos del Teatro de la Cruz! Magdalena ha rehusado un papel en mi Orfeo... ¡Oh! ¡Se arrepentirá de veras o dejaré de ser Calderón de la Barca!
En este momento, una música que parecía salir de una sala baja cuya ventana daba a la calle puso término al monólogo del caballero. Tocaban un instrumento de cuerdas, y eran tan dulces y tan apagados sus sonidos, que apenas turbaban el silencio de la noche. Acabado el preludio, se dejó sentir una voz melodiosa y divina que hizo exclamar al caballero:
—¡Virgen santísima! ¿Qué es lo que oigo? ¡Qué voz tan deliciosa!
Y aquella voz de una extensión maravillosa, de una pureza sin igual, se abandonaba a una caprichosa improvisación, y luchaba con el instrumento repitiendo las variaciones que una mano hábil y diestra ensayaba, al mismo tiempo, sobre el piano. Después se escuchó un nuevo preludio, y la misma voz entonó un himno a la Virgen. Durante el adagio, Calderón de la Barca se había acercado a la casa y escuchaba extasiado; la idea de vengarse de Magdalena escribiendo una de esas comedias heroicas que el público aplaudía sin cesar muchos meses había sido reemplazada por otra más a halagüeña para el insigne poeta; ¡Magdalena tenía una rival, y una rival que era española! El Orfeo de Calderón iba a salir al teatro con toda la gala del nombre de su autor, con todo el prestigio de la novedad. Examinó algún tiempo la fachada de la casa y, temeroso de no reconocerla al siguiente día, tomó su partido, y, entrando en el portal, exclamó en alta y descompasada voz:
—¡Hola! ¿Nadie está levantado en esta casa?
—¿Quién va?
—Un caballero de Santiago perdido en este laberinto, y que busca un alma caritativa que le enseñe la manera de llegar a su vivienda. Si hay algún cristiano aquí, que le veamos, ¡por Dios!
A esta exclamación siguió un rato de silencio. Abriose después una puerta que había a la derecha, y apareció una mujer de bastante edad y pobremente vestida, con un candil en la mano. El caballero se quitó su sombrero y la saludó políticamente.
—Dios os favorezca, buena mujer; me he perdido en estas calles y a nadie he encontrado a quien pudiese preguntar mi camino. Oí una voz que cantaba como un ángel y vi el cielo abierto. ¿Erais vos, señora?
La pobre mujer hizo una humilde reverencia y contestó con aire de satisfacción:
—No, señor, es mi hija.
—Por Santiago, que tiene una hermosa voz. De buena gana la escucharía otra vez para juzgar con más acierto su mérito. Volveré mañana, si se os antoja decirme dónde estoy y quién sois.
—Señor, esta es la calle de Mira al sol, cerca de la Puerta de Embajadores. Soy una pobre viuda y me llamo Ana Müller.
—Bien, bien. Gracias. Hasta mañana.
Don Pedro Calderón de la Barca saludó la vieja con respeto y emprendió su camino con dirección a la Plaza Mayor.