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Prensa y canon

“Teatro del Príncipe. Doña Mencía. Artículo segundo”

Autor del texto editado
Gil y Carrasco, Enrique (1815-1846)] E.G.
Título de la obra
El Correo Nacional, n.º 274, 1838-11-16
Autor de la obra
Borrego, Andrés (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de El Correo Nacional, 1838
Paginación
pp. 1-3
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 2 junio 2025

TEATRO DEL PRÍNCIPE

Doña Mencía

Artículo segundo


Al hablar en nuestro artículo anterior de la influencia social del drama, dijimos también que sentábamos semejante premisa para que el público pudiese conocer los datos que tendríamos presentes al analizar el titulado Doña Mencía. Dichosos somos en tener que alabar en él no solo el pensamiento filosófico y social que encierra, sino también el desarrollo y la encarnación (digámoslo así) de semejante pensamiento. La inquisición, esa especie de pesadilla que por tanto tiempo ha comprimido el corazón de España, es una mina inagotable de asuntos a cual más interesantes y dramáticos, y de los cuales siempre sacará el pueblo una grave y solemne lección. Al poner el señor Hartzenbusch en boca de don Gonzalo una especie de acusación lógica del proceder del santo oficio, ha dado una alta prueba de inteligencia en tocar ligeramente tal estremo y en fiar al sentimiento toda la execración que semejante instituto se merece. Uno de los elementos de muerte que encerraba el teatro a fines del pasado siglo, era el prurito de poner en boca de los personajes dramáticos largos razonamientos que, llenos de la mayor buena fe y de la lógica más robusta, apartaban con todo tales obras de su blanco por no dirigirse al corazón del público. El Sr. Hartzenbusch ha huido semejante escollo, y el éxito no puede ser más lisonjero para él. Los reflejos de las hogueras inquisitoriales alumbran todas aquellas escenas de desolación, y la maldita influencia no abandona a los desdichados personajes en toda la duración del drama. Tales resultados hablan más alto al corazón del pueblo que todos les recursos de la lógica más acerada, bien como la ensangrentada túnica de Julio César agitó y sojuzgó al pueblo romano harto más poderosamente que toda la oratoria de Marco Antonio.

No falta quien diga que combatir con todo el poder del sentimiento una institución muerta de vejez es usar con poca lógica de semejante arma cuando quedan en pie tantos abusos; pero a nosotros nunca nos parecen perdidas semejantes lecciones, y siempre que el pueblo alcance a ver en los pasados estravíos enseñanza para lo presente o para el porvenir, creeremos que se le encamina por la buena senda y que el teatro cumple su misión.

Y dejando aparte la idea capital de la obra tan filosófica y digna de alabanza, ¡qué conciencia, qué estudio tan prolijo revelan los caracteres de los personajes! ¡Qué actitudes tan vigorosas y pronunciadas! ¡Qué fisonomías tan individuales y esclusivas! ¡Qué delicados toques ha empleado el autor en doña Inés, la doncella de los primeros amores, de los amores inocentes, abandonados y sencillos!

[...]

Todo el drama revela un estudio esmerado y lleno de conciencia de nuestra historia y de nuestro teatro antiguo; y, ya que de esto hablamos, quisiéramos dar al señor Hartzenbusch un consejo que deberá agradecer, siquiera por la sana intención que lo dicta. ¿Por qué no tomar de nuestro inmortal Calderón aquella trama tan complicada de sus dramas, aquel enredo prodigioso tan lleno de vida y de color, que apiña sin confusión los sucesos, que hace pasar a los personajes por infinidad de pruebas, presentándolos bajo mil fases distintas, y desarrollando de este modo los caracteres cumplida y satisfactoriamente? Si la sublime creación de Doña Mencía hubiera pasado por más crisoles, tan tersa y reluciente hubiera salido que sin duda el autor hubiera visto acrecentarse su nombradía, que tan alta ha quedado en esta ocasión.

[...]

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